lunes, 31 de octubre de 2016

MARÍA DOLORES ARANA [19.428]


MARÍA DOLORES ARANA

Nació en Zumaia, Guipúzcoa el 24 de julio de 1910  -  Falleció en Hermosillo, al norte de México, el 5 de abril de 1999.

Recuerdo de María Dolores Arana, 
exiliada en México

Hamaikabide Elkartea

María Dolores Arana era la primogénita de una familia profundamente tradicional, religiosa y acomodada de Guipúzcoa. Nació en Zumaia el 24 de julio de 1910, hija de Victoriano Arana y Remedios Ilarduya. Su padre era administrador de la aduana de dicha localidad. A causa del nuevo destino de Victoriano Arana, administrador de aduana de Irún, la familia regresó a la casa familiar de San Sebastián, donde María Dolores creció junto a sus ocho hermanos. Agobiada por el ambiente familiar, pronto entró en contacto con los círculos intelectuales. Todavía en San Sebastián, junto con otras amigas pintoras como Menchu Gal o Mari Paz Angoso, se integró en la sociedad GU, una sociedad gastronómica y cultural, ubicada en Angel 13, refugio de artistas e intelectuales, encabezada por José Manuel Aizpurua, el arquitecto que diseñó el edificio del Club Náutico de Donostia, preeminente miembro de Falange. Jesús Olasagasti, Juan Cabanas y otros frecuentaban esa sociedad, varios de los cuales compartían ideas con Aizpurua aunque también asistían otros artistas como Mauricio Flores Kaperotxipi y habían sido invitados además de Jose Antonio Primo de Rivera, Federico García Lorca, Max Aub o Picasso.

Dolores siguió en un principio los pasos de su padre y se presentó a las oposiciones para el cuerpo auxiliar de aduanas, pero también fue a Madrid a estudiar Filosofía y Letras. En 1935 publicó su primer libro de poesía, Canciones en azul (Zaragoza: Cierzo), y colaboró en distintas publicaciones de la época, como la zaragozana Noreste o la barcelonesa Hoja literaria. A pesar de trabajar como auxiliar de aduanas durante un tiempo, Arana quería presentarse a las oposiciones como profesora de literatura, pero el estallido de la guerra impidió que iniciara la carrera que la acercaría más a su vocación literaria. Arana inició su trayectoria literaria durante la II República. Con la guerra afloró su conciencia más política y consiguió aunar ambas inquietudes trabajando como secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. Durante la guerra trabajó también para el gobierno republicano y prestó sus servicios en Caspe, donde conoció a quien sería su pareja, José Ruiz Borau —cuya identidad cambiaría más tarde en Francia adoptando el apellido Arana, José Ramón Arana—, líder de la UGT, entonces consejero de Obras Públicas y después de Hacienda en el gobierno autónomo de Aragón. Su compromiso con el gobierno de la República la obligó a marchar al exilio, junto a su compañero José Ramón Arana, en enero de 1939.

Después de una estancia en Francia, concretamente en Bayona, durante la cual su compañero estuvo recluido en el campo de Gurs y donde nacería su primer hijo, Juan Ramón, marcharon a América desde el puerto de Marsella, gracias a la ayuda de la norteamericana Margaret Palmer. Primero tuvieron que pasar algunos meses en Martinica, en la República Dominicana y en Cuba antes de recalar finalmente en México, en 1942. En Martinica precisamente nacería su segundo hijo, Federico.

Los primeros años en la ciudad de México fueron extraordinariamente difíciles. Para sobrevivir María Dolores Arana tuvo que emplearse como fabricante de colonia, como vendedora de golosinas, como comerciante de muñecas o como profesora particular de piano. Trabajó también como maestra en algunas escuelas, entre ellas el Colegio Madrid, fundado por exiliados españoles. No obstante, al mismo tiempo, continuaba su labor literaria en revistas del exilio como Aragón o Las Españas, con reseñas de libros y otros artículos de índole cultural, firmados con el seudónimo Medea.

Tampoco abandonaba su actividad poética, y así en 1953 publicó en el exilio su segundo libro de poemas, Árbol de sueños, con prólogo de Concha Méndez. Se trata de una poesía muy intimista, de un pesimismo marcado por las duras circunstancias del exilio, la cual surge como arma para la introspección. La soledad, la nostalgia y cierta tristeza son los rasgos predominantes del poemario, contrapuestos a destellos de optimismo y de vitalidad que explican finalmente la perseverancia en la poesía y en la vida. Por otra parte, su rigor y gran capacidad intelectual le posibilitaron colaboraciones en diversas publicaciones mexicanas.

En 1960 Arana y su compañero José Ramón se separan. Este episodio se sumará al dolor que le causaba el exilio. Su único refugio fueron entonces los libros y sus dos hijos. Su vida tuvo un gran paralelismo con la de su amiga, la también poeta, Concha Méndez. Al llegar a Cuba los Arana habían conocido a Concha Méndez y a Manuel Altolaguirre, amistad que se afianzaría posteriormente en México al reencontrarse ambas familias. Arana compartió inquietudes y experiencias con Méndez, lo cual les llevó a una admiración mutua que se puede observar en los prólogos a los poemarios que ambas poetas publicaron en México. A esta amistad se le añadió el poeta Luis Cernuda quien, desde su llegada a México, vivió en casa de Concha Méndez, a la cual fue muy asidua la propia Arana. Concha de Albornoz se sumó también a este círculo de amistad.

Las dificultades económicas remitieron un poco cuando hacia 1960 entró a trabajar en un taller de redacción de la Facultad de Economía de la UNAM y, sobre todo, cuando algo más tarde la contrataron como correctora de estilo en la Secretaría de la Presidencia de la República. Allí escribía discursos, llevaba a cabo investigaciones culturales para la presidencia, y traducía y corregía artículos.

En 1966 publicó Arrio y su querella, un breve libro de historia de la filosofía cristiana, en una colección de cuadernos de lectura popular editados por la Secretaría de Educación Pública. En la misma colección publicó más tarde otro título sobre la figura de Recaredo. Por otra parte, desde su estancia en La Martinica se había interesado por el vudú y la magia negra; fruto de este interés publicó en 1987 un libro sobre ello que tituló Zombies. El misterio de los muertos vivientes (México: Posada).

Nunca dejó de estar conectada intelectualmente con el País Vasco y España. Trabó amistad con distintos poetas y escritores del interior, con quienes mantenía correspondencia, y, a partir de la muerte del dictador, hizo algunos viajes en los que priorizaba sus estancias en la casa familiar de San Sebastián. A partir de 1961, y por mediación de su amigo Luis Cernuda, colaboró en la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, con quien entabló una larga amistad. Tal como le señaló el propio Cela, Arana asumió el papel de cónsul de Papeles… en México, por lo que ésta le mandaba periódicamente reseñas de libros de autores mexicanos.

Arana no volvió a España hasta después de la muerte de Franco. En el verano de 1976 realizó su primer viaje al acompañar a su hijo mayor al Festival de Cine de San Sebastián. En los 80 hizo algún viaje más y gran parte de su estancia la pasaba en la casa familiar donde había crecido. Pasados algunos años se trasladó a vivir con su hijo Juan Ramón a Hermosillo, al norte de México, donde falleció el 5 de abril de 1999.

Mar Trallero




María Dolores Arana (Zumaya, Guipúzcoa 1910-1999)  295 publicó un único libro, Canciones en azul (1935), previamente a la Guerra Civil, tras la cual se marchó al exilioen México, país en el que desarrolló una intensa actividad. Durante esta etapa, la autora,casada con el escritor aragonés José Ramón Arana, editor de Las Españas, se dedicó, adiversas actividades didácticas, editoriales y periodísticas, al tiempo que colaboró enalgunas publicaciones como Novedades, Las Españas, El ruedo ibérico, Mujeres y Papeles de Son Armadans. Con posterioridad al año 1936, publicó, así, un poemario sin título y editado manualmente en el año 1940 en Bayona, y Árbol de sueños (1953), en México, con prólogo de Concha Méndez (Rivera Rosas 141).

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295 A pesar de la intensa actividad de esta escritora durante su exilio en México, se tienen pocos datos de su trayectoria previa a la Guerra, con la excepción de la publicación del poemario Canciones en azul en 1935. Esta carrera literaria iniciada previamente al año 1936 continuó durante el exilio, publicando.
Durante su etapa como exiliada, se dedicó a actividades didácticas, editoriales y periodísticas y colaboró en diversas publicaciones como Novedades, Las Españas, El ruedo ibérico, Mujeres y Papeles de Son Armadans. María Dolores Arana estaba casada con el escritor aragonés José Ramón Arana, editor de Las Españas (Rivera Rosas 141).

Canciones en azul se publicó en la Colección de la Revista Noreste de Zaragoza, en Cuadernos de Poesía. La ornamentación corre a cargo de Comps Sellés, al tiempo que todo el libro está presidido por una cita de Gerardo Diego: “Porque es azul la mano del grumete, amor, amor, amor de seis a siete”. Como su mismo título indica, el libro está conformado por poemas breves y generalmente en versos de arte menor, de inspiración popular y en los que el azul, color del mar y del cielo, se convierte en símbolo de la libertad que añora un sujeto poético que ansía salir de sí hacia el mundo para poder alcanzar la realización personal: 

“Te regalo mis días 
y mis noches, 
azul viento,
viento azul.
Que así te quiero, 
con ese esmalte 
de ojos, ese bogar
marinero y esas
ráfagas, antojos
de destrozar mi velero” 

(Arana 1935a: 38). 


El viento se concreta, asimismo, como el vehículo que posibilita ese camino hacia la liberación, hacia la esencialidad y la desposesión total, ya que permite y facilita el movimiento tanto de los barcos como del propio sujeto: 


“¡Que me desnude el viento! 
¡Que me amortaje el viento!
¡Quiero vivir y morir en el viento!” 

(ibid. 46). 


En algunas ocasiones, este deseo de libertad está expresado de un modo extremadamente minimalista, en poemas brevísimos, en los que cada sema tiene significado en sí mismo: 


“Yo quiero un velero azul; 
como el de aquel marinero 
de gorra azul” 

(ibid. 28).


El sueño y la ensoñación se convierten asimismo en otra vía para alcanzar una cierta liberación mediante la salida a un espacio en el que es posible vivir nuevas vidas.
El sujeto poético se presenta, por consiguiente, como un ser lleno de anhelos y deseos, cuya sangre y pulso bullen en ansias de libertad: “Percibo el latir violento de los pulsos que derraman mi sangre bermeja por todas las esquinas. En no sé qué noche aprisionante de misterios y fatalidades” (ibid. 24). Con todo, incluso el camino de los sueños no está libre de peligros y dificultades que le causan temores irracionales: 


“He vivido en mil sueños 
mil vidas magníficas.
Cerradas las pupilas,
el pensamiento ignoto. 

¡Y tengo miedo siempre…! 
¡Y huyo de mi sombra…! 
Mi alma, gota a gota, 
en ansia se desborda” 

(ibid. 14). 


Este tono de angustia existencial y de miedo se puede identificar en numerosos poemas del libro que constituyen, sin duda, la otra cara, la visión alternativa a aquello que el título en principio parece sugerir. Así, por ejemplo, el siguiente texto constituye una desmitificación de la eternidad, que es vista como un estado que no resulta deseable, como un invento de Dios, tras el cual sólo queda la nada: 


“Eternidad fría,
insípida, falsa.
Oscilación sin pausa.
Muerte y vida. (…) 
Pulsación en el tiempo. 
Noche y día. 
Descarnada 
mentira de Dios 
y NADA” 

(ibid. 22).


En otros poemas, sin embargo, la influencia de la lírica popular resulta más evidente, de manera que es posible identificar algunos recursos característicos como la repetición de un estribillo que contribuye a dotar de una cierta musicalidad al texto.
Obsérvese, así, el siguiente poema en el que el sujeto poético parece estar reclamando el abrazo del día y la desaparición de la noche: 


“¡Bésame! 
Traga la luna 
y lávate la cara. 
Se enroscó mi alegría 
en los flecos 
de la madrugada. 
¡Bésame!
Traga la luna 
y lávate la cara
antes que nazca 
la mañana” 

(ibid. 43). 

En algunos poemas es posible identificar un cierto tono infantil, que viene dado por la sencillez del lenguaje, el minimalismo en la expresión y la simplicidad en las ideas expresadas. Así, por ejemplo, en el siguiente poema -que se sirve de la forma de la canción infantil- tenemos como protagonista a un pirata, al tiempo que una rima fácil y deliberada –riman entre sí casi todos los versos en consonante- , da la sensación de que el poema está puesto en boca de un niño: 


“No mata el pirata. 
No quiere oro y plata 
ni vestir su capa escarlata. 
Han falsificado su estrella 
¡tan bella!- 
con hoja de lata. 
¡Ay! Qué dolor tiene 
el pobre pirata 
de estrella barata” 

(ibid. 15). 


[Texto: IMÁGENES FEMENINAS EN LA POESÍA DE LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS DE PREGUERRA (1900- 1936)
Doctoranda: Inmaculada Plaza Agudo] 






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