domingo, 23 de octubre de 2016

OSWALDO RIVERA VILLAVICENCIO [19.347]



OSWALDO RIVERA VILLAVICENCIO

(Ambato, Ecuador, 1930 - 2013)
Escritor Latacungueño, que con tan solo nueve años ganó el concurso nacional de redacción en la escuela de los Hermanos Cristianos. Se graduó con buenos honores en el colegio Vicente León.
Ya en Quito, se graduó en la Facultad de Filosofía. Así volvió a Latacunga para dedicarse a la docencia. Fue rector del colegio Vicente León.
Trabajó 20 años en el Ministerio de Educación y Cultura, llegando a ser incluso tercero en jerarquía, porque ocupó el cargo de Director de Planeamiento.

Datos adicionales:

– Oswaldo Rivera estuvo casado con María Robayo. Tuvo cinco hijos, 18 nietos y 9 biznietos.
– Ha escrito 35 libros sobre varios temas, especialmente historia, literatura, filosofía, educación, poesía, etc.



DESOLACIÓN

Sobre el camino del pueblo 
duro tiembla la esperanza ... 
Nadie comprende esos gritos 
amarillos de azadones.

El pueblo está en la colina. 
El cielo no es cielo, sufre
la distancia de los ríos... 
Los árboles sitibundos 
miran entre el aire gris
la angustia de las cisternas. 
Sentado está en la colina 
junto a su soledad
pero llenito de efélides.



ÉXODO

Mañana te vas del campo 
Carmelina Chuquitarco;
la ciudad te espera alegre 
para que sirvas a gritos. 
Llévate en tus ojos negros 
mi cántaro campesino 
de donde bebiste tanto. 
Y si no vuelves recoge 
esta poquedad de tierra 
en mi pañuelo.
Y llévalo hasta tus labios 
cuando sufras, cuando llores.

Nuestras cosas. Tantas cosas: 
el fogón, las sementeras
los "chugchis" y aquellos bueyes 
que trazaron nuestros surcos. 
Tantas cosas... nuestras cosas 
aullarán en tus oídos. 
¿Volverás? Y si es que vuelves 
con un niño entre los brazos 
encontrarás un rebozo
bordado con barro negro 
esperándote en tu casa.

Nuestra tierra, Carmelina, 
es el lecho irrenunciable. 
Sentirla, abrir su cuerpo 
para amándola dejar
en su desnudez diversa 
aunque estas pocas semillas. . . 
¡Qué faena Carmelina! ¡Qué faena! 
insaciable y más completa.



ECOS CONNUBIALES

Hoy he andado solo con un plato vacío 
midiendo el ofertorio del amor. 
Esperemos esposa -eterna limpidez-
bebamos la misma agua, la de ayer... 
No entremos, espera que amanezca 
para desayunar;
me da miedo ese barro 
fresco de tu dulzor
por ser el más querido.
No entremos, espera, ya han volado 
el puente
y por el río están pasando 
todos a quienes les debemos 
el alquiler del favor.

Esposa,
y ahora en qué yema del dedo
podremos recibir lo que nunca nos dieron 
después de haber sufrido.
Se acabará algún día este extraño minuto, 
iremos por el mundo afanosos... regresaremos 
no llores, no habrá quién nos aguarde;
el tiempo es el pintor de nuestros cuerpos, 
él nos hará más viejos. Y cada día al llegar 
la muerte estará lista, nos pedirá la cuenta 
del alquiler del cuarto de la vida.

No llores... tanto te quiero.
Y nos levantaremos cuando el deseo 
se agarre de nosotros
e iremos por la vida mordiendo 
la avidez de las cosas.
Ten fuerte tu carácter y tus manos,
este mundo es la mesa vacía para él solo.

Esposa,
meditemos abrazados del dolor,
o mejor salgamos... vístete pronto 
ponte la blusa de sonrisa altiva,
yo el gabán del cansancio desterrado. 
Pero espera, han volado el puente, 
toma la mano, ponte el corpiño de la resignación, 
que por el río pasan a quienes les debemos
el alquiler del cuarto de la vida. 
Espera, quiero planchar aquel pañuelo 
mojado por tus lágrimas
con la plancha del sol de los esfuerzos. 
Toma la mano, arrímate a la vida,
la vida es un vientre transparente 
y nosotros los fetos angustiados. 
¡Ven! ayúdame a reír porque sonrío, 
avúdame a vivir que mucho he muerto 
remendando la ropa del desvelo
con la aguja de todos los combates.



ENTUSIASMO CÓSMlCO

Regresaste cansado entre dolidas tardes 
con un peso de intemperie;
tanto habías hecho que las provisiones 
de calor y de esperanza
fermentaban llagadas en el borde del alma.

Comenzar apagando las llamas del dolor 
cuando ninguno terminó su designio, 
cuando estaban adultos de esperar lo que nunca 
modelaron para alcanzar el sueño,
era aprender a vivir.

Entusiasmo,
volviste al espanto, repasando sus huellas. 
Y acariciaste las insignias de las mismas
sonrisas
que anhelantes buscaban en el fondo 
del arroyo las imágenes
de sus propias caras,
y viste deteriorados ímpetus
queriendo la paz para empezar la guerra.



SANGRE SOBRE LA LUZ

Sangre sobre la luz,
Allende Salvador, Neruda Pablo:

Por los árboles coposos de esta América, 
en las lloviznas blancas de los Andes,
por nuestros ríos verdes y colinas, 
en el fuego gentil de los volcanes, 
por la raíz de nuestros vegetales, 
por vuestros propios huesos unitarios, 
porque la luz del sol nunca es inválida, 
llegará vuestra sangre, vuestras voces, 
cual cortezas
adheridas al pecho de los pobres, 
v ascenderán al azul horizonte 
donde esperan los tigres y las águilas.



ESFUERZO CAMPESINO

La tarde transcurría
entre frondas, cáscaras y huesos. 
Los hombres purulentos. Sólo el aire 
reponía las cosas acechadas. 
Sacudíanse las hierbas, los papales. 
Los cuerpos encogidos en las mesas 
se servían la cena del descanso 
depositando el dolor en la misma 
huella cavando sus congojas.

Las manos ampolladas, 
la sangre con espinos
y sus pies confundidos 
atravesando la ruta del sopor 
corren a rescatar neveras
de los días idénticos.

¿No fuiste tú pequeño agricultor 
que descalzo subiste a la esperanza?
¿En dónde está el salario presentido? 
Fue la primera vez que a tu esfuerzo 
condecoráronle con pedazos
de cansancios rotos en sus rodillas.

Soldados de la tierra a cuyo o borde 
transitan los pies heridos.
Su empeño hizo el pan,
el aceite, las barajas, los hijos,

Y más aún su olor a penca madurada 
pudo escoger el sueño.
Por eso cuando siento su coraje de bronce, 
su grito sonreído golpeándose en los mirtos, 
comprendo que la Patria
es el mejor altar 
que pudo modelarse 
con su oración perenne.



Balada prima


Oswaldo Rivera Villavicencio, poeta mayor de las letras locales.

Por Miguel Angel Rengifo Robayo 


Nació en Latacunga un 13 junio de 1930. Hijo de Rómulo Rivera (quien fuera Secretario del Municipio de Ambato) y de Ana María Villavicencio Toro, es Licenciado en Ciencias de la Educación, especializado en Filosofía. Escritor y columnista de varios diarios y revistas nacionales y extranjeros. Educador en las provincias de Cotopaxi y Pichincha, Presidente de la Casa de la Cultura de Cotopaxi, funcionario y Director Nacional de Planeamiento de la Educación del Ministerio respectivo. Poeta. Ha publicado varias obras de filosofía, biografía, literatura, historia, cultura popular, ensayos y crítica literaria que pasan de una treintena. Algunas de ellas: Reflexiones filosóficas y comentarios, Juventud y Angustia, Pensamiento Filosófico de Juan Montalvo, Etica Profesional, Vibraciones del Tiempo, Rostros Americanos, Relatistas de Cotopaxi, Percepciones Lingüísticas Populares, Simón Rodríguez: pensador y maestro, Pensamiento Educativo de Bolívar, Vibraciones del tiempo, Escritores de Cotopaxi, La literatura en el pasillo ecuatoriano, Leyendas tradiciones y otros cuentos, etc.


“Caminando”

Nada ahora permite conjugar en pretérito; al parecer se nos vino una fuerza inevitable de querer componerlo todo sobre el caos, un día le pregunté que significaba ser “latacungueño”: “nunca es irse a pesar de la ausencia, o del desarraigo, una suerte de cosmopolita” me refirió mientras paladeábamos sobre Ortega y Gasset y algo parecido a empatar el tema del pasillo en la literatura ecuatoriana.

Que el hombre es él y sus consecuencias, que la razón ética del latacungueño sabe a la condescendencia antes que a su propia confianza, porque únicamente los íntimos se pueden brindar este valor, el de la solidaridad y la hospitalidad: hacer un favor sin mirar a quién, guiar.

Es una suerte dialéctica, ese lugar donde procuramos al fin ser contemporáneos de todos los hombres; el latacungueño no es único, no es irrepetible, no es una esencia, es una historia y esa historia sigue en movimiento y uno de esos episodios ha sido escrito, en sentido más semántico, por el intelectual Oswaldo Rivera Villavicencio (1930-2013).

En mitad de esa construcción significante, tuve la oportunidad del finísimo arte de la amistad, a pesar de la zancada generacional coincidimos en una respuesta que me diese a la tesis de cuál posición política tenía él: “la ideología no es filosofía, creo firmemente en la democracia”  fue siempre su atino y convicción.

Dedique hace más de un año en esta misma columna un afanoso perfil sobre Rivera Villavicencio como el apóstol mayúsculo de la intelectualidad local, sin empacho me acercó un agradecimiento más bien alentador pues su gesto tenía tanto de humildad como de sabiduría, el de colegas, el de prójimos.

Habría de recordar entonces la pasión puesta por un tema recurrente sobre el poeta modernista Valencia, algunos apuntes sueltos y la férrea tesis defensiva de incluirlo en los anales de la antología latinoamericana con regios argumentos y estudios contundentes para erradicarlo de las fauces de la marginalidad a la que ha sido injustamente heredado.

No hemos tenido tiempo para despedirnos, los más cercanos hemos apiado la rutina, referido al silencio, homenajeado la amistad y más avezados aún conspiramos contra el olvido. El significado profundo de decir adiós es volver hacia la esencia; mis sentidas condolencias a la familia de tan valeroso ser humano, Oswaldo Rivera V.

En su última línea ante la inquietud y afirmación de que si Latacunga es un laberinto le dije alguna vez:  ¿y cómo se sale de tremendo laberinto? y me contestó “caminando”.
  








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