sábado, 29 de octubre de 2016

ÓSCAR DÍAZ [19.404]


Óscar Díaz 

(Sama de Langreo, 1997)
Con su primer poemario, 'Rosa hermética' (Colección Literaria Universidad Popular, 2015), le valió en 2015 el Premio Nacional de Poesía Joven Felix Grande.
En 2016. ha publicado: "El sentir. Poemillas del ahora" (Ediciones La Isla de Siltolá, 2016)

Ha recibido diversos premios entre los que cabe destacar: XIII Premio “Alberto Vega” de Poesía (2013), XIV Olimpiadas de Filosofía de Asturias (2015) y XI Premio Nacional de Poesía Joven “Félix Grande” con el poemario Rosa hermética (Colección Literaria Universidad Popular, 2015). También ha colaborado con publicaciones como Anáfora, Heracles y nosotros o Atlántica XXII. Además, ha participado en múltiples encuentros y en RTPA. Ha organizado y coordinado los I Encuentros Poéticos de la Universidad Complutense de Madrid.


Viene Óscar Díaz de ganar uno de los premios más prestigiosos de Poesía Joven de este país: el Félix Grande (presidía el jurado Luis Alberto de Cuenca). Al mismo tiempo, ganaba las Olimpiadas de Filosofía asturianas, con un expediente de bachillerato donde las matrículas o sobresalientes producían en propios y ajenos un segundo deslumbramiento. Rosa hermética, su poemario ya en las librerías, está llamado a revolver conciencias, provocar ritos mágicos, ríos de tinta, hechizos tan variados como crueles o dañinos. Óscar Díaz viene de un eterno sueño pop de noches interminables, mujeres guapas como sombras espectrales y una cata de buena literatura como último mordisco del alma que empieza a dejar de ser joven y ve en el peligro una extraña suavidad o metamorfosis sibilina. Cuando ve la luna, aúlla en los sitios, generalmente vestido de naranja y con una cojera simulada a lo Lord Byron. [Diego Medrano. / Escritor]





De "El sentir. Poemillas del ahora" (Ediciones La Isla de Siltolá, 2016)


Madrugada de la venta

La apariencia ida, dejada en lo ajeno
a mi doma. No sé
qué escala ni qué tempero la oficia,
pero se extingue. Ven
y ordena este lagar, y que no manche
la pitanza, sino que la cobije
bajo su alón y la confíe al horno.
Luego, para el mercado,
escoge aquel carro que en la batalla
trajo jornal en curso, y en su tesón.
Quieren yantar, modorra para el viaje
coral y dulce de la miel de brezo
que recorre la juerga.
Y ahora que ya ha vendido y acompaña
la riqueza, entreguémonos
a la tabarra hasta
el hartazgo, hasta el fin de la cantera.
Después, venido el día,
los vecinos le taparán en mantas
sobre loza, ningún
canchal alertará su reposo, aunque
la calina solivia.
Con esta carne alzada, ¿quién será
su dueño? Él mismo, y solo.



POEMA QUE ME SURGE ANTE EL
RECUERDO DE LOS LABIOS DE MI PADRE
PRONUNCIANDO LAS PALABRAS QUE IBA
ENCONTRANDO DENTRO DE UN AJADO
LIBRO DE CUENTOS DE HADAS

Quizá no venga aquí
a la cura, al poderío de amena
rebelión. Pero podría teñir
la hombrada oscura, la hazaña que apenas
deja vivencia, igual
que el nacimiento de los jaramagos.
Asoma el vencimiento
contra su planetario pedernal
y, más que nunca, parcela sin manta
la puebla, la trinchera
de espuma y los reflejos de los nácares
como otra vida donde
la salud es temprana y la jornada
se diluye en la tos
cansada posterior al sueño. Sabe
curarla con antiguas
ideas, pues en alguna ocasión
llevaba inmaculados
pañales, alegres prados seráficos
propios de la niñez.
Mas miramos al polvo
de la bagatela, a la alta herrería
que la iluminó y olvidamos los pastos
angelicales, esas mañaneras
gárgaras antes del puesto. Recuerdo
cuentos, historias que si ahora entrasen
y siguieran valiendo;
el ímpetu, el fervor de rebelión
las llevaría allí
donde hubo andamiaje, pero su magia
es hoy ramazón, fanal cuya luz
torna a los inconstantes mediodías
de un célico almendro que ya se agota.



ÓSCAR DÍAZ. EL SENTIR. POEMILLAS DEL AHORA. COLECCIÓN TIERRA. ISLA DE SILTOLÁ, 2016

Por Carlos Alcorta

La precocidad de algunos poetas, cuando va unida al rigor y a la conciencia del oficio, no deja de sorprendernos y causarnos admiración. Este es el caso de Óscar Díaz, un joven poeta asturiano que, pese a no haber cumplido aún los veinte años, puede presumir ya de haber publicado varios libros, algunos de ellos con premios significativos dentro de la poesía joven, como lo es el Premio Félix Grande, obtenido el pasado año. Su convencimiento, su pasión poética le ha conducido a colaborar con diversas revistas y publicaciones, además de promover encuentros poéticos, todo ello compaginado con sus estudios de Filosofía. Sin duda, un caso —no es el único, por supuesto— llamativo de devoción y de esfuerzo creativo.

El sentir. Poemillas del ahora, el libro que acaba de aparecer en la editorial La Isla de Siltolá, editorial atenta como pocas a las nuevas voces poéticas, refleja desde su mismo título la perentoriedad de la poética que lo sustenta, lo que prueba una vez más la clara conciencia del oficio que posee Óscar Díaz. Estos poemillas del ahora tienen un presente inmediato, acaso sustentado también en un pasado reciente, pero, seguramente, no tendrán un después, un futuro ni siquiera cercano, más allá del recuerdo anecdótico del propio autor y esto, en sí mismo, no es un lastre, es consecuencia sólo, como he dicho, de una toma de conciencia que constata que los ejercicios de estilo son necesarios para adquirir la destreza que se ansía. Por otra parte, esta práctica de hacer dedos pronto encontrará un cauce expresivo amoldado no sólo a la técnica, sino a la intuición, hasta conseguir que surjan las «palabras de mi sentimiento íntimo», como decía Larkin. Sólo así la imitación se convertirá en apropiación.

En El sentir. Poemillas del ahora la frontera entre una y otra aún no está muy definida. El libro, en su primera parte, parece remitir desde los títulos de los poemas, no sin cierta ironía, a ciertos hábitos de la poesía culturalista. Largas descripciones que acotan las referencias tanto temporales como sentimentales del asunto tratado. Los versos, sin embargo, parecen más un pastiche de ese culturalismo tan de moda en una época y, posteriormente, denostado incluso por sus más conspicuos artífices. Da la impresión, por su particular retórica, de que Óscar Díez busca referencias en las zonas más lejanas de nuestra tradición, desde las jarchas o el Cantar de Mio Cid, desde el Romancero y Fray Luis hasta nuestro Siglo de Oro. Basta prestar atención a la querencia que el poeta revela por el adjetivo insólito —de hecho, muchos de ellos casi en desuso—, al hipérbaton frecuente, a los anacronismos (los poemas «Los talares de Mercurio», incluido en la segunda parte, y «Una idea encendida hacia la histeria de una visión breve», de la sección final, son un ejemplo entre muchos de lo que digo), hasta el punto de que acabamos sospechando que el poeta otorga mayor importancia a la sonoridad de la palabra que a sus múltiples significados («Antes quiero aposento, larga música/ que conquiste el fruncido/ cuartel de nuestro saldo»). Sólo es una sospecha, claro está, porque también advertimos que la recuperación de unas formas y lenguajes que son parte de nuestro patrimonio poético se puede entender como una vuelta de tuerca para hacer de la realidad un lugar menos superficial, con más aristas, con mayor hondura. Esos significados ocultos por resultar esquivos pueden aparecer, en virtud del uso primoroso del lenguaje, entre los pliegues de las yuxtaposiciones semánticas, del «paseo nocturnos del hombre» por el filo mellado de la cotidianidad. Un lector atento será capaz de averiguar el lugar exacto en el que hallarlos.



'Rosa hermética' 
(Colección Literaria Universidad Popular, 2015)

Reseña literaria La belleza de las ruinas

Por Paula López Montero 

'Rosa Hermética', primer poemario del poeta asturiano Óscar Díaz, se desvela y baila en la juego del lenguaje, en un lenguaje deformado, demolido, en ruinas.

Rosa Hermética, primero poemario del langreano Óscar Díaz, fue galardonado el pasado año con el XI Premio Nacional de Poesía Joven. Un libro insólito en su sentido más literal ya que vaga fuera de los circuitos comerciales de librerías y estantes de recomendación literaria y que, para los curiosos, se puede encontrar dentro de la colección de poesía de la Universidad Popular José Hierro.

Un poemario maduro en el que, en palabras del poeta, “hay que escamar el dátil para alcanzar el fruto”, que se pliega y, sin embargo, encuentra su apertura con una cita de Georg Trakl “Die Süsse unserer traurigen Kindheit” (La dulzura de mi infancia triste), quizá con los ecos también de la mano de Leopoldo María Panero, seguido de un preámbulo a la lectura e impresión del propio poemario de Óscar Díaz: “El Nuevo Hombre ha de deformarse”.

La ruina, la deformación, y sin embargo el relampagueo de la belleza, de la verdad. Quizá la pregunta que, con ahínco y devoción, busca el poeta pueda ser la de la posibilidad de la belleza en las ruinas, de la certeza del lenguaje para nombrar las cosas. Una poesía apoyada en la filosofía y viceversa, que se encuentra en los ecos de Nietzsche y Heidegger.

Escrito a edad temprana, apenas con 16 años, su acto de creación, su propuesta, viene con un título nada inocente: Rosa Hermética. El hermetismo del lenguaje para nombrar las cosas que por sí solas no tienen mundo, la construcción perfecta y rítmica de una poesía que busca la belleza de la rosa, de la Naturaleza. Para entender el poemario hay que apreciar las espinas que serán introducidas en la carne del propio hermetismo y también quizá para desvelar, abrir los pétalos del propio simbolismo.

A veces torrente, a veces cálculo, siempre ritmo. Óscar en búsqueda de una belleza y una verdad que sin embargo nunca existieron y se tornan, en esta estructura del mundo, la del lenguaje, necesarias: 


“La brújula que orienta el destino 
es la belleza, 
la continua búsqueda de la casualidad 
para encontrar la belleza 
que nunca ha existido.” 


La fragmentación forma parte de este tiempo del lenguaje y del sujeto: 


“Larva donde se esconde lo no dicho 
la cantera del pensamiento sin anclaje 
cuya geometría de piedras surca los fractales 
mi sujeto no tiene más construcción que la lucha de fragmentos”


Aún en mayúsculas se escriben Hombre, Naturaleza, Nada, Mujer, Historia, Creación: 


“Ah la casualidad de la existencia 
que hace al Hombre
empujado por el viento 
como un molino
para ser entregado a la Naturaleza.” 


El Hombre avocado al precipicio, al abismo, a un camino suspendido y en cuestión: 


“En mi puño caben las semillas 
separo la montaña de la materia 
única lengua que no se enrama
más frondosa que los pies
no hay camino pues no hay recorrido 
el vacío sucede como una línea ascendente.”


Sobre el acto de creación, con el juego entre el hombre y el hambre, el poeta escribe: 


“Oscuro es el manto que protege el rostro del poema 
nada es lo que se crea, todo proviene; 
éste es el acto poético, ¡ah acto del hambre!
donde cuelga la boca que ondea.
El Hombre no cruza el río
porque se conforma con vivir en la infinita espera
¡ha de deformarse! 
Ese es el único rezo a la espuma 
que cobija el agujero
¡es la vida la simetría de lo absurdo!”


En el siguiente poema, en ese giro a la infancia, al pasado que ya apuntaba Rilke y que se menciona también en palabras de Trakl se apunta a la tentación del hombre decadente: 


“El paso del Hombre 
es solo un paso 
sin retroceso
solo sabe qué mira 
al girarse
el ojo que se gira
mostrando la diferencia
como un pez que nada
sin saber qué nadó antes 
como el hilo que une
a la creación del Hombre,
que es el lenguaje,
con el cuerpo.”


Óscar Díaz, nombrado poeta de madurez temprana elije con perspicacia a sus maestros y sabe que en la literatura hace falta una dosis de maldad, una maldad también como construcción: 


“He sido suicidado 
tras colgarme de las lenguas 
de los cómodos
¡maestros del sueño!” 


Aunque, a veces, encontrar la voz en el decadentismo, pueda sólo corresponderse con el eco en las ruinas.


La perfección no ha de ser 
pero ha de verse como una esfera
en plena comunión con la Naturaleza
himno rampante del cielo
el no-ser es el desastre
así como el tiempo sollozante
que clavó a Cristo.





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