martes, 25 de octubre de 2016

ÁNGEL MARÍA FERNÁNDEZ [19.366]

Elvira Valgañón y Angel Mª Fernández

Ángel María Fernández

Ángel María Fernández (Arnedo, La Rioja  1973) es profesor de lengua y literatura española. Cursó sus estudios en las Universidades de La Rioja, Málaga y Salerno (Italia). Dirige desde 1999 las Jornadas de Poesía Aqueteleo en su ciudad natal. Ha publicado cuentos, artículos y poemas en diferentes revistas. Colabora con el festival de cine Octubre Corto para el que estuvo al cuidado de la edición del guión de Rafael Azcona La paella (Ed. Aborigen, 2006). En 2007 firmó el libro-entrevista Roberto Bodegas: El oficio de la vida, los oficios del cine (Ed. Aborigen). Algunos de sus poemas pueden encontrarse aún en los cuadernos Pájaro en llamas (CIA & cía., 2007), Poemas de la época B (Diosloscría, 2008), 8 poemas para leer con la ele puesta (Jara Carrillo, 2009) y en la antología 14 poetas riojanos en las Jornadas de Poesía en Español (Cultural Rioja, 2008).



DE "Manzanas traigo", se ha dicho:

"Ángel Mª Fernández llega a su primera publicación de manera poco ingenua, lleno de ironía, humor y reflexión sobre el poeta y la poesía. [Su obra exhibe] una utilización de la métrica y los ritmos clásicos que roza lo magistral, especialmente porque ‘estando, no están’".

JULIO ESPINOSA GUERRA

"Como subido a lomos de una mula escribe Ángel María sus versos. Dormido al trantrán del motor de la bestia, súbitamente despierta y se pregunta: ¿dónde estoy? Y al divisar en lontananza el skyline de un cementerio se vuelve a dormir".

ARTUR SOIGNÉE PILON

Poeta periférico, felizmente acomodado en su libre albedrío, en la producción de Ángel María Fernández laten, unas veces con ánimo cubista, otras prerrafaelita, ecos de Nicanor Parra, Rudyard Kipling, Guido Gozzano, Paulino Lorenzo, pero permanece siempre Ángel Mari como tambor millefiori. Allá donde crea escuchar las voces de José Watanabe, de César Vallejo, de Jaime Gil, no se equivoque: son los píos de un gorrión, el chaschás de los charcos, el crujido de las barras de pan. Fernández prepara bocadillos con los cadáveres. Si es verdad que la vanguardia apenas puede más que jugar a tararear con las formas (los temas son siempre los mismos), Ángel María respeta los esqueletos formales para bailar alborozado con los temas.



HACIA ELLOS

¿Por qué la infancia es más que la verdad?
LORENZO PLANA


Agua y día, el alfil rejuvenece.
Mi corazón es agua y también día.

El ajedrez es el deporte de los muertos,
yo trazo una diagonal de vida.

La belleza del mundo aumentará
mientras derroto a los peones de la muerte.
Será el aperitivo del amor.

Podré saltar como un caballo
haciendo sietes allá en la infancia,
asimilar las reglas del juego.

La belleza del mundo aumentará
y tan solo en el centro de los lechos
tendrán sentido, recién nacidas, las cosas.

¿Por qué la infancia es más que la verdad?

El alfil rejuvenece como un crío
rejuvenece a sus abuelos.

Esa es la forma de premiar al hombre.

No más belleza. No más verdad. ¡Basta!

Recién nacidos, nietos como alfiles,
camino diagonal infinito a sus abuelos.

Una belleza mucho más que la belleza.
Una verdad que es mucho más que una verdad.

La infancia, alfil, quiere saciarte.





Manzanas traigo

Por Juan Soros

“El ingenio y el humor, como todas las sustancias corrosivas, tienen que ser utilizados con cuidado.” Sentencia Lichtenberg sin sentenciar a nadie. Con ese cuidado nos escribe Ángel María Fernández (Arnedo, 1973) sus poemas y se cuida, también. No hay ocurrencias en sus poemas. Sí ocurre mucho. Lo anecdótico, la experiencia, no en busca de sentido ni por sí misma sino como epifanía, a la manera en que Joyce entendía esta palabra tan cargada. Un casi diario, recuerda la escritura de Ana Cristina Cesar dispersa en cartas y postales enviadas, la dificultad de encontrarla reunida, de leerla sin conocer a un tú concreto o identificarse con él, donde la mirada irónica nunca es desenfadada o ramplona sino que esconde su cuidado. Esconde una mirada profunda que se oculta y que se cuida, ante todo, de tomarse demasiado en serio, tomándose la vida muy en serio. Así, el último poema del libro titulado “Vivir” concluye: “si se trata simplemente de morir”. Usaríamos la palabra cínico si no estuviera desvirtuada en nuestra lengua hacia un sentido peyorativo. Habría que hablar de una objetividad dolorosa como la de la escuela de Diógenes donde lo cínico es una mirada honesta y valiente. Ingenua (es decir originaria, vista por primera vez) y hermosa. Cuidada pero en la publicación, donada. No es fácil encontrar la poesía anterior de Ángel María Fernández, distribuida en cuadernos o libros de difícil acceso pasados de mano en mano y de ciudad en ciudad, como un contrabando. Es un gesto notable que rompa ese cuidado círculo para entregar un libro, además bellamente editado, de amplia difusión. No es contradictorio con su práctica anterior, es simple lentitud. Ha llegado el momento, sin reivindicaciones, sin aspavientos.
            
Eva Chinchilla ha dicho que la lectura de Manzanas traigo recuerda a Nicanor Parra y es cierto. Recuerda a muchos poetas, muchas lecturas, pero el tono de Parra, no referido, no citado (como sí aparecen desde san Juan de la Cruz hasta Borges, Machado o Gil de Biedma, hasta José Watanabe o Chus Arellano). Aparece el eco de Parra como si se dijera: “entre broma y broma la muerte asoma”. La muerte como conciencia extrema de la vida y de sus pequeñeces y grandezas. En “la disco”, el paseo a orillas del Cidacos, la estación de autobuses o el aeropuerto. En la subversión de los signos como es pasar de la “Carta al padre” de Kafka a un poema titulado “Mi padre se parece un poco a Kafka”. ¿Cómo llegar a ser hijo de Kafka? Cinismo (del bueno) e ironía que nos ponen ante los ojos la inocencia perdida. No la nostalgia aurática de la inocencia perdida. Su aparecer, epifanía. Sin infancia ideal. Es, por el contrario, “La que vuelve y vuelve / extraña y dulce vuelve / lo mismo que una fiesta con un solo invitado / disfrazada de otro tú / que ya no eres tú; / inocencia de la fue tu inocencia, / carné de tu carne, plagio, tradición.” La broma desactiva el patetismo, reactiva la memoria. La broma desactiva lo reaccionario, activa una conciencia crítica. Por ejemplo, con lucidez, en el poema titulado “La gente” que en paralelo con su discurso usa el ritmo para hacer una seria broma sobre los usos métricos (actuales) y su valor simbólico. Comienza con rimas bobas, repitiendo las palabras completas, para terminar con una estrofa de cinco versos rimada en “gente” cuyos dos últimos versos son “la gente entonces desparece gente, / y gente que era gente ya no es gente.” Así llevando los mecanismos de rima y aliteración del endecasílabo (el “saber hacer versos”) hasta su límite absurdo. ¿A favor o en contra del ritmo? No viene masticado. Esta poesía no da respuestas, plantea preguntas. Como una buena broma. Da cuenta de una perplejidad ante el mundo y ante el poema mismo. La última de las tres secciones que forman el libro se titula “Gimnasia rítmica”, ¿por el ritmo?

Quizás más difícil que la poesía “difícil” es leer esta poesía en su aparente facilidad. Y caer en la trampa. Una trampa cuidada, amable. Una poesía que disimula su dificultad. Por delicadeza, por sobriedad, por reírse un poco del personal, también. Pero nunca lo mira por encima del hombro. Siempre está a su lado, hay un pozo humano, emocionado, asombrado pero también consiente del medio que usa. No reduccionista sino crítico. Otra vez, resuena Nicanor Parra, en su extendido trabajo para bajar a los poetas del “Olimpo”, también Eduardo Milán cuando habla de cuidarse de “el lírico” o la ironía de José-Miguel Ullán, resuenen. Pero Fernández trabaja de contrabando. No es mala estrategia. No se enfrenta de manera directa al lírico ni al popular, resiste en las virtualidades de la palabra poética sólo comprometida consigo misma. Con su particular visión del mundo, compleja, contradictoria, entre eufórica y triste. Cuidada. Lenta. Como su producción poética, lenta y desperdigada pero cuidada. Lo que se agradece. No la lentitud cancina y autocomplaciente del acomodado en versiones dosificadas, edulcoradas, simplificadas de lo poético sino la lentitud del que se lo piensa dos veces antes de decir cualquier cosa. Se lo piensa dos veces y ante la disyuntiva –el silencio o el tópico– hace una broma. Una broma seria, donde lo que está en juego es darle forma a la experiencia. No complacerse en ella y en sus presupuestos. No darla masticada por una hermenéutica ramplona, del consenso. Darle forma de epifanía. Cotidiana pero ritmada, que nos muestra lo excepcional, la nuda vida, que nos hace volver a mirar, que se sorprende y nos sorprende, con cuidado. Así los frutos, los dones que indica el título y que quizá también se leen como el don del poema que nos ha dado Ángel María Fernández: “De donde vienes traes un hatillo con todas las cosas / que piensas que necesito: / Silencio, misterio, ritmo, vino, gracia, caricias, animosidad // Yo tengo manzanas.”






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