domingo, 30 de octubre de 2016

ROCÍO MORAGAS [19.420]


Rocío Moragas 

(Córdoba, ? - ?). Los críticos la sitúan «en el entorno de Cántico», donde nunca publicó, pese a la proyección nacional de su obra y a su relación con los impulsores de la revista; Pablo García Baena le dedicó uno de los sonetos de Almoneda (1971) y Miguel del Moral pintó un retrato suyo veinte años antes. Es autora del libro de poemas La piedra escrita (1950) y del libro de cuentos El pan ácimo (1958). En los años cuarenta y cincuenta publicó en revistas vascas y madrileñas; asistió a la tertulia del Café Gijón. Trasladó su domicilio a San Sebastián.

Rocío Moragas, la poeta de Cántico que nunca publicó en Cántico.


Mi noche

Han cerrado las puertas a la noche,
una a una, las casas de la aldea;
la han dejado en la calle. Ella venía
cautamente del valle por veredas.
Talud, caminos, prados y trigales;
como un roce de terciopelo negro
era su paso, entre los olivares,
tan callado y seguido que sus manos
sorprendía sin mal, ni sobresalto
y encantaban todo cuanto tocaban:
luciérnagas, murciélagos y sapos,
luces, sombras, cadencias y la danza,
la melodía del silencio y pausa
y la de las honduras y distancias.
Venía transparente, ente cendales
que robó al río. Sus dedos de plata
lucían azabaches de arrayanes
y sus pies los diamantes de la escarcha.
Venía ungida de perfumes raros
de musgo, de azahar y de hojas muertas
que son su lucho, su camino y rastro.
Al pasar, en la alberca se encontró
un pandero de plata sobre el agua
que la luna olvidó y entró en la aldea
buscando rejas para su rondalla.
El búho en el perfil del campanario
se roía de envidia y dio su alerta
por callejas, por patios y tejados
contra la cortesana de caminos.
Contra la cómplice de dolor y pena,
de la infidelidad y del desvelo,
de los ladrones y de las rameras,
de los recuerdos tristes, de la ausencia,
del frío de los tedios, de las dudas,
de la desesperanza y la indigencia.
Han cerrado las puertas a la noche,
una tras otra. Y ella está en la calle,
llamando compungida a las ventanas,
y está yerta de frío, pena y hambre.
Yo le he dejado entrar entre mis rejas
y me ha traído a mí sola el goce
de su cosecha vespertina, llena
de paz, de amor, de ensueño y de reposo,
del buen recuerdo, de feliz promesa.
Me ha dejado, prendido de mi espejo,
su pandero de plata, mientras llega
el día y ella vuelve a su misterio.
Porque mi noche no es la noche mala
que búho increpa y el temor rehuye;
mi noche es un silencio entre rumores
y una sombra de ensueño entre dos luces.

(De La piedra escrita, 1950)



REGRESO

Ven, sombra mía, y siéntate a mi lado,
compañera de días soleados,
mi misma yo bajo mis cielos grises,
medida de mi voz, del gesto y paso,
que tanto has dicho, acariciado e ido
a mi sueño, a mi amor y en mi camino.

Estamos de regreso, sombra mía!
Esta es la tierra que también mecía
mi cuna y mis ensueños tan bonitos
por ignorar enojos. Me dió savia,
que llenó mi alma y mi cuerpo en un reguero
ácido y dulce, como el limonero.




RELOJ DE SOL

Agüita; no me ganaba,
Fuente de la Piedra Escrita;
agua buena a la derecha,
agüita mala a la izquierda.
Dos leones me querían,
porque yo era toda buena;
yo era la niña Rocío,
del Patio de las Palmeras.
Agüita; no me envidiaba,
Fuente de la Piedra Escrita;
si se miraba en mis ojos, 
era, toda, buena agüita.
Los dos leones guardaban
mi palacio chiquitito;
Yo era la niña Rocío,
del Patio de Patinillos.
Agüita, no se enturbiaba.
Fuente de la Piedra Escrita;
si bañaba dos limones, 
un clavel y yerbabuena.



PETENERA DEL SAPO, LA GRULLA Y LA LUNA

El sapo estaba acechando
en vela
del camino caminito
la vera.
La grulla estaba observando
en la higuera
con hormiguillo de rabia
piojera
a que la luna pasara,
galana,
para ensuciarle la cara
nevada.
La luna estaba en la esquina
con miedo
de toparse con el sapo,
¡refeo!
La grulla estaba irritada
de envidia.
El sapo estaba rijoso
de tiña.
La luna se estaba quieta,
¡tramposa!
La noche le pasó un guiño
¡chistosa!




PABLO GARCÍA BAENA, dedicó uno de los sonetos de Almoneda (1971) a Rocío Moragas.

ROCÍO MORAGAS

La púrpura, el clavel, el vino ardiente...
No. La noche, el estío con su llama.
La adelfa que el arroyo en sangre inflama...
Tampoco. Ni el coral del sol poniente.

Tal vez la nieve, la magnolia, el frío
pétalo de la aurora y de la acacia.
¿Dónde encontrar la imagen de tu gracia
si la perla por ti se hace rocío?

Un rumor de guitarra y calentura
quiebra en sollozo el vuelo de su talle:
no podréis imitarla, surtidores,

cuando grácil de mármol su escultura
ofrece al viento turbio de su valle
como llama de luna entre las flores.








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