martes, 25 de octubre de 2016

ERACLIO ZEPEDA [19.362]


Eraclio Zepeda

Eraclio Zepeda Ramos (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 24 de marzo de 1937–Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 17 de septiembre de 2015) fue un escritor, poeta y político mexicano.

Cursó el bachillerato en la Universidad Militarizada Latinoamericana (UMLA), donde formó un círculo de estudios marxistas con Jaime Labastida, Jaime Augusto Shelley y Nils Castro. Estudió Antropología Social en la Universidad Veracruzana, lo que le hizo unirse a grupos políticos de izquierda, lo que se refleja sus obras literarias.

En 1960 asistió al 1.er Congreso Latinoamericano de Juventudes en Cuba y, cuando la invasión de Bahía de Cochinos, al igual que Lázaro Cárdenas del Río, se alistó como soldado junto con Carlos Jurado, Nils Castro y Roque Dalton, designándosele oficial responsable de la Compañía Especial de Combate.

Profesor

Fue profesor de la Escuela Preparatoria de San Cristóbal de las Casas en 1957, de la Escuela de Derecho de esa misma ciudad, de la Universidad Veracruzana de 1958 a 1960, de la Universidad de Oriente, en Cuba en 1961 y un año más tarde de la Universidad de La Habana, de la Escuela de Instructores de Arte de La Habana, del Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín.

Eraclio Zepeda fue creador del grupo de orientación campesina de la CONASUPO en 1967, fundando el Teatro de Orientación Campesina, donde habría de producir la radionovela San Martín de la Piedra y fundado el periódico mural El Correo Campesino.

Política

Participó en una serie de movimientos en contra del gobernador de Chiapas Efraín Aranda Osorio pues éste había aplicado el delito de disolución social. De 1958 a 1959, fue militante del Partido Obrero Campesino, para luego pasar al Partido Comunista Mexicano, partido en que sería militante de 1969 a 1981. En el PCM fue miembro del comité central y de la comisión política y corresponsal en Moscú del órgano La Voz de México.

Fue cofundador y miembro del Comité Central del Partido Socialista Unificado de México y del Partido Mexicano Socialista, siendo precandidato a la Presidencia y candidato a senador por Chiapas. Fue diputado federal por el PSUM en la LIII Legislatura del Congreso de la Unión de México. En 1989 fue cofundador y miembro de la Comisión de Garantías del Partido de la Revolución Democrática. Entre diciembre de 1994 y abril de 1997, fue secretario de gobierno del estado de Chiapas, con los gobernadores Eduardo Robledo Rincón y Julio César Ruiz Ferro.

Premios y distinciones

Medalla Conmemorativa del Instituto Nacional Indigenista en 1980.
Premio Xavier Villaurrutia por Andando el tiempo en 1982.
Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, desde 1994.
Medalla Belisario Domínguez, 2014.
Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura otorgado por la Secretaría de Educación Pública en 2014.
Doctor Honoris Causa por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas y la Universidad Intercultural de Chiapas, 2015.

Obras

Cuentos

Benzulul (1959)
Asalto nocturno (1979)
No se asombre, sargento
Ratón-que-vuela (1989)
Horas de vuelo (2001)
Quien dice la verdad

Novelas

Las grandes lluvias (2005)
Tocar el fuego (2007)
Sobre esta tierra
Viento del siglo

Teatro

El tiempo y el agua (1960)

Poemas

La espiga amotinada (1960)
Ocupación de la palabra (1965)
Elegía a Rubén Jaramillo (1963)





Soy un hombre que vive con el viento,
con el pájaro, con la nube, con la noche.

Vivo con todo lo que busca
un espacio preciso, en donde
anidar el espíritu lleno de gritos.

Tengo un espíritu ancho de universo,
y a la luna enredada entre mis nervios.

Soy libre:
leopardo encuevado en las mañanas;
jabalí que se pierde en el crepúsculo.

Viento soy



De “Laco”, dice Octavio Paz: “La primera y única vez que vi a Eraclio Zepeda me pareció una montaña. Si se reía la casa temblaba, si se quedaba quieto veía nueves sobre su cabeza, es la quietud, no la inmovilidad un signo fuerte. La tierra áspera que esconde tesoros y dragones, el lugar donde viven los muertos y los vivos guerrean”.

De “Laco”, dice Juan Rulfo: “Quien lee a Eraclio Zepeda siente la ternura que él lleva en su corazón, un hombre que expresa ternura, que sabe desarrollar y desenvolver, y sobre todo expresar la ternura tiene que crear ternura”.

De “Laco”, dice Rosario Castellanos: “En su literatura hay una conciencia vigilante que no quiere quedarse las meras imágenes de las cosas, que quiere tocar raíces, que quiere tocar su testimonio en el sitio que le corresponde dentro del conjunto de datos, que sobre Chiapas se han ido reuniendo”.

De “Laco”, dice Emmanuel Carballo: “Es un joven, bueno, lo dijo en 1961, es un joven que ve con amor y solidaridad los problemas humanos, sus cuentos, además de arte, son documentos”.

De “Laco” Zepeda, dice Vicente Quirarte: “Cuando se lo ha exigido México ha ocupado cargos de responsabilidad pública y ha enfrentado esperezas de quienes no recuerdan con la frecuencia y con la intensidad de vidas una frase lapidaria de José Martí: “Quienes no tienen el valor de sacrificarse han de tener al menos el pudor de callarse frente a los que se sacrifican”.

De “Laco”, dice Federico Reyes Heroles: “Como mexicano qué orgullo que Eraclio Zepeda, el poeta, el cuentero, el cuentista, el antropólogo, el historiador, el hombre de compromisos reciba el merecido honor, de la presea de su paisano Belisario Domínguez. Don Belisario estaría muy contento”.



ASELA

Eres la mar profunda habitada de sorpresas: hay peces extraños en tu vientre, sueños de marina en la baranda, viejos navíos sepultados en el fondo.

En el centro que vibra con las olas guardadas, un nido brutal de tiburones, una perla que se agita entre mis labios, un banco de coral bajo el delirio.

Tú eres el mar con alegres bocanadas, arenas que me cubren en la playa y algas que en mis puños se derraman.

Tú eres la mar: me hundo en tus regiones, adentro, construyo, te alabo,

                  Hosanna! ¡Hosanna!

Sobre el puente me instalo con un salto,
me lanzo a la aventura por poniente,
transformo este paisaje con abrazos,
sé de océanos ayer tan sólo presentidos,
capeo temporales que muerden a la borda,
la fanfarria de tu falda izo en el mástil.

Sobre tu cuerpo navego lontananzas.
Silba un viento extraño en tu cabello.
Tus senos tienen un lejano sabor a continente.

Me hablas de lugares: por tus dientes
me entero de archipiélagos que se allegan
al discurso del mar, como vocales.
Cartógrafo del sueño y la vigilia
en tus pezones trazo la deriva.
Rosa alborotada de los vientos
calculas derroteros al sextante.
Baja estrella polar que me conduce.
Constelación de Tauro entre los muslos
te descubro religioso a cada noche.

Los límpidos rastros del compás
te marcan círculos negros en las ingles,
tinta china en las axilas,
arcos perfectos en los ojos profundos.
Atlas universal del gozo eres, amada:
te poseo en forma semejante a la del potro.

Forma planetaria el cuerpo: la tierra
es alta y esbelta, con abras de cobre
en los dédalos polares y una cálida ternura
en el capricornio acariciado.
Visión que se levanta de las olas,
el grito jubiloso del vigía,
continente anunciado por un ave,
las palmeras reventando una bengala,
un olor costanero en las narinas.
Viene el viento terral que hincha el velamen.

Espuma a punto de ser piedra,
has emergido como una isla
que hiciera hervir la sal del mar.

Tierra para fundar la casa,
piedra sobre la cual edificarme,
traza de una ciudad futura
llevas en los flancos,
anuncio de un pueblo por venir.

Ya no puedes partir, eres la tierra.
En ti todo misterio tiene acomodo.
Al idioma son inhóspitas tus eras,
a tu corazón se me queda amarrada la sintaxis.

Por tus ojos me lanzo en pos de los sucesos.
Inicio una observancia de prodigios,
una común visión de los metales
y una clara embriaguez me sube al punto.

De tus ojos planetarios vengo y voy a los asombros.
A través de tu mirada contemplo el silbo
que del árbol se desprende.

Toda tú eres a mi cuerpo la pupila.
Alegría vendaval en tu cintura
me señalas territorios y marismas,
días que se granan en próximas mazorcas.

En ti poseo a todas las criaturas.
Te me tornas en figuras y animales.
Creo que eres el barro original
del que emergieron todos los objetos.
Me derrumbo en tu vientre de líquidos soportes.

Me enamoro de tus pies y tus cabellos,
de tus flancos marinos me enamoro.
Mi nombre es inquilino de tu boca
y tu boca se me queda entre los dientes.
La furia del amor yo te derramo, me derramas.

Entre mis manos tu entraña se madura,
te rompe las medidas el verano,
te crece la cintura como Junio.
Me obligas a crecer también con esto.
Me acostumbras al mundo cuando callas;
cuando callas me entregas continentes.
Con la cabeza descansando entre tus senos
esparzo la mirada por ciudades,
por talleres distantes a las manos,
por campos encarnados de trigos y pezuñas,
por altos picos de soleados pinos,
por el valle extenso
bajo el ala en vuelo del milano.

Recluta del prodigio
me ofreces con tus pechos el planeta.
Mi estatura por tu valle reverdece y se despliega,
por tu talle hasta el sol se desarrolla.

Déjame crecer los frutos sementales,
las constelaciones vibrantes como hormigas:
inicio un rotar de oníricas elipses,
una palada de cal que me duplica,
un cometa de luz en que me ovillo.
Tiempo de barbecho es tu costado,
aclaración de voz y grito extenso, tu garganta.
Hay algo en ti que no es de nadie,
que te marca y te anuncia en las esquinas.

Hay algo en ti que se derrama por tu falda
y siembra siemprevivas en la acera.
Hay algo en ti que hace deletrear tu nombre,
que me lanza por las calles a buscarle de repente.
Hay algo en ti que yo me aprendo.

Llenándole la casa, abriéndome los ojos
vas y vienes por el día.
Me colmo de quietud
con tu presencia de alegres ventanales.
Te amo sencillamente y una piel de marejadas
me revienta entre los dedos.
La soledad entonces no es más que una palabra rota.

Sé de una paz que viene a aletearte en las axilas.
Te mueves por mis cuartos alumbrado pequeñas pertenencias,
me acomodas los libros por edades,
la mesa que tengo tan llena de caballos;
orientas la finalidad de mis papeles,
restiras las praderas de mi lecho,
me llamas para el pan y la sal que me has dispuesto. 
Alada, aleteas alrededor de la casa
y alrededor de la mesa.
Me entusiasma tu presencia en mis lugares,
tus descubrimientos de mi ropa vieja,
el retrato de un perro que murió
a los ocho años de mi edad,
una piedra que recogí no podría explicar por qué
y mi asombro de niño por las más leves
movimientos del fuego.

Todo lo contemplas y asimilas,
me hurgas por adentro y yo te entiendo.
Calculo tus pisadas por mis venas,
por la sala, mis pupilas,
el calor estival de tus espaldas
y la cálida sobra de tu vientre.
Te recuero antigua, desde siempre, desde allá
donde una vaca muge en los olanes del alba.
Contigo, amada, vengo y voy
del calendario a tu cintura.
Dormir a tu lado es ponerse a masticar augurios,
levantar la persiana que ciega el equinoccio,
convertirse en ala mucho antes de ser pluma.

Dormir a tu lado es desandar lo conocido,
regresar hacia lo hondo,
ir encontrando las señales dejadas en los meses,
hacia el viento que sostuvo mi interés del árbol.
En mis brazos te construyo y te derribo.
Te invento aptitudes y problemas.
Te habito los ojos en la risa y la risa
te habito con sucesos.
Te abono los nocturnos con semillas.
Eres pila bautismal de mis encuentros.
Te entrego diariamente un nombre nuevo.
Nos hundimos en la sal de las olas sucesivas
y aparezco ante tus muslos transformado.
¡Qué proyecto de asombro constituyes!

Este amor tiene más furias que el mar.

    [Relación de Travesía]



Benzulul (fragmento)

" En estos lomeríos hay de todo. Todo es testigo de algo. Desde que yo era de este tamaño, ya eran sabidos de ocurrencias estos lados.

La misma caminata. Siempre el mismo rumbo. De Tenepaja al aserradero, del aserradero a Tenepaja. Las mismas señas. Los mismos pinos. En este árbol colgaron al Martín Tzotzoc para que no le fuera a comer el ansia, y empezara a contar cómo fue que los Salvatierra se robaron aquel torote grande, semental fino, propiedad del ejido. Este árbol, sí, este mismo, fue el final de Martín Tzotzoc.

El camino lo ve todo lo que pasa. Y el que vive en el camino sabe mucho. Yo averiguo cada huella, cada casa, cada bestia, cada muerte. Eso sí, por nada platico lo que encuentro. Es de mucho peligro. Capaz quedo en algún roble igual que un judas, pa alegración de los zopilotes. El Martín Tzotzoc tuvo mala suerte. ¡Si no va a ser mala suerte irse a topar con un trabajo de los Salvatierra! Todo lo vio. Desde que se lo pusieron al toro la gaza, hasta que se lo fueron llevando jalandito. Luego, el Encarnación Salvatierra regresó para borrar las señas, y allí se lo encontró. El Martín dijo que no iba a decir nada pero el Encarnación no muy le quiso hacer caso. ¡Nomás se lo pepenó del pescuezo y se lo llevó pal roble! Allí lo encontraron columpiándose, con un mosquero que ni dejaba echar la bendición siquiera. Mala suerte del Martín Tzotzoc. Yo desde ese ínter, me hice la obligación de no decir nada. "



LA REBELIÓN ZAPATISTA EN LA VOZ 
DE ERACLIO ZEPEDA

Viene de lejos es el único texto que Zepeda escribió sobre la rebelión, pero es un acercamiento bastante acertado y completo a ella, de manera que conviene transcribirlo aquí íntegro. En él está hablando un verdadero maestro, capaz de tocar, con muy pocas palabras, el meollo del drama que significó la toma zapatista de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, en aquella memorable madrugada fría del 1 de enero de 1994. Escuchémosle primero, antes de someterle a nuestras preguntas y miradas críticas. Escribe Zepeda:


Cuando las aguas de la creciente derrumban las casas, y el río se desborda arrastrando todo, quiere decir que hace muchos días que empezó a llover en la sierra, aunque no nos diéramos cuenta, me dijo don Valentín Espinosa.
Estábamos hablando de cómo fue que de pronto vino la guerra a caer en
estas tierras.
Y nos pusimos a platicar de tantas maldades que les han y les hemos hecho a la indiada. Es que desde el principio de los tiempos, cuando empezamos a hablar en castilla, fuimos a darles duro, al palo y sin zacate. Si tenían tierras buenas, a quitárselas íbamos. Que si el río lamía sus tierras y bien se navegaba en sus aguas, nuestras eran. Para ellos el cerro y los pedregales. ¿Que sus abuelos se las heredaron? ¡Pues nuestros padres se las quitaron!

–La poca tierra que les dejamos sirvió para que sembraran lo que a nosotros nos hacía falta, para pagárselas, cuando se les pagaba, a como nosotros queríamos…

–Pero eso fue hace mucho tiempo, don Valentín…

–Mucho para nosotros, para ellos fue ayer, y la cicatriz no cierra todavía.

Y me quedé viendo la iglesia, y los palacios y la plaza, todo de piedra
labrada. Y pensé en las manos que labraron.

–En todo están sus manos. No te equivoques, dijo don Valentín.

Y me quedé pensando en todo lo que había conocido desde niño: los caminos, los puentes, las presas, los aljibes, los pozos, los cimientos, las casas. Y en todo advertí la mano de los indios.

–¿Y dónde viven?, preguntó don Valentín.

–Fuera de todo lo que hicieron, contesté.

–¿Y dónde mueren?

–En cualquier parte. De cualquier cosa.

–¿Y de qué te sorprendes?, volvió a preguntar.

–¿Sorprender?

–De lo que estás mirando… y don Valentín extendió el brazo para que su
mano describiera el mundo.

Y fue entonces cuando vimos las botas de hule nuevecitas hasta abajo y las gorras nuevas hasta arriba, y las mochilas en la espalda, y los uniformes ciñendo el cuerpo, y las escopetas en las manos, y las lanzas en las manos del otro compañero, y las miradas dispuestas debajo de las gorras.

–¿A dónde van?, les preguntó una mujer.

–A la guerra, contestó un niño arreglando su mochila.

–¿Contra quien?

–Contra el tiempo, contestó un viejo que amarraba la punta de su lanza.

–¿Por qué a la guerra, don Valentín?, quise saber.

–Esto viene de lejos. Cuando el río crece quiere decir que desde hace
tiempo se están preparando en la sierra los torrentes.

No cabe duda que estas líneas fueron escritas poco tiempo después de la toma de San Cristóbal de Las Casas, antigua capital de Chiapas, por los zapatistas, aquel 1 de enero de 1994. Dos mestizos, uno joven y el otro adulto, ven e interpretan la llegada de los rebeldes indígenas desde la acera de una calle de la ciudad. Los soldados que les contestan también son dos e igualmente de edad diferente: un niño y un viejo. A través de unas pocas preguntas nos enteramos de la centenaria explotación de la población indígena por parte de españoles y criollos. El viejo mestizo tiene el valor de identificarse con aquellos opresores; así lo indica el plural que aparece en sus respuestas: “cuando empezamos a hablar castilla, fuimos a darles duro”. Es admirable la manera concisa pero sugerente en que el autor evoca la enajenación de bienes y personas que la población indígena sufrió a manos de sus amos mestizos. Aún más admirable es la manera en la cual introduce sutilmente el cambio de posición en el diálogo de los dos
mestizos: primero es el viejo que da las repuestas, después es el joven, vencido y convencido por las evidencias que ve. Así el lector es llevado con verdadera maestría a la conclusión inevitable: la herida recibida por la población indígena es muy vieja y la cicatriz aún no cierra; a los rebeldes les sobran razones para tomar las armas e ir a la guerra.
Muchos en Chiapas admiraban a Zepeda, en primer lugar por su extraordinario talento de cuentero y cuentista, pero también por su cercanía a la población indígena y su larga trayectoria de luchador en movimientos y partidos de izquierda. Pero poco tiempo después de haber publicado Viene de lejos, el autor tomó la decisión —inconcebible para la mayoría de sus amigos y compañeros de lucha— de entrar a formar parte del gobierno chiapaneco en una coyuntura de abierta represión contra el movimiento zapatista y sus bases de apoyo. Durante
los dos años en que estuvo de secretario de Gobernación, se le derrumbó la imagen que había construido a lo largo de toda una vida. Después de retirarse anticipadamente de aquel cargo ominoso, entró en un silencio prolongado, tanto a nivel privado como público. Dedicó ese largo retiro a un proyecto muy ambicioso: la escritura de una tetralogía histórica, de la cual dos tomos ya han sido publicados: Las grandes lluvias (México: Fondo de Cultura Económica, 2006) y Tocar el fuego (México: Fondo de Cultura Económica, 2007). En imitación de Marguerite Yourcenar, autora de la famosa trilogía Le labyrinthe du monde (Paris: Gallimard, 1974, 1977 y 1988), combina la historia familiar propia con la del entorno social y político de Chiapas durante los últimos dos siglos.
El texto Viene de lejos es, pues, una avis rara en el conjunto de la obra de Zepeda: es un cuento, sí, pero también una clara toma de posición en favor de la liberación de los indígenas enarbolada por las tropas zapatistas. Y todo esto puesto en un contexto histórico de larga duración, utilizando con gran maestría el diálogo como herramienta de expresión literaria. El texto brilla con una luz muy propia, si lo comparamos con el resto de la obra del autor y tomamos en cuenta su negativa de ser identificado como “escritor indigenista”. Al contestar a los críticos que querían calificarlo como tal después de la publicación de
Benzulul, Zepeda había afirmado entonces: “Escribí sobre indios porque eran las personas que mejor conocía. Si hubiera conocido cosmonautas hubiera escrito sobre cosmonautas”. Es decir que no existía en él nunca la identificación con la llamada “causa indígena”. Recordar aquella puntada podría ayudar a entender la facilidad con la cual Zepeda pudo olvidar lo escrito en 1994, dándole un valor puramente circunstancial.




Eraclio Zepeda en Poesía en movimiento

MÉXICO, D.F. (apro).- En el prólogo a Poesía en movimiento (1966), la antología preparada por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis (Siglo XXI Editores, 1966), el poeta Octavio Paz explica cómo aplicó el I Ching o libro de las mutaciones a la obra de los poetas más representativos. El siguiente es un fragmento acerca del grupo “La espiga amotinada”, conformada por los chiapanecos Juan Bañuelos, Jaime Labastida, Oscar Oliva, Jaime Augusto Shelley y Eraclio Zepeda, y se reproduce en ocasión del fallecimiento de este último, ocurrido el jueves 17, cuando el autor de Benzulul tenía 78 años.

Juego

En 1960 apareció un libro, La espiga amotinada, que era la presentación colectiva de cinco jóvenes: Juan Bañuelos, Oscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, Eraclio Zepeda y Jaime Labastida. El prólogo lo firmaba el poeta catalán Agustí Bartra, guía y amigo de estos muchachos. El título del libro era romántico y un poco retórico. Los poemas también lo eran. La actitud del grupo pareció exagerada. Paso por alto la retórica y me quedo con el romanticismo y la exageración.

A este libro siguió otro: Ocupación de la palabra (1965). Sin someterse a los necios preceptos del “realismo socialista”, los cinco han declarado que para ellos el ejercicio de la poesía es inseparable del cambio de la sociedad. Esta pretensión, en la segunda mitad del siglo XX, puede hacer sonreír. Por mi parte creo que, inclusive si se estrellan contra el famoso muro de la historia, pensar y obrar así es un punto de honra para cualquier poeta y más si es joven. Al proclamar su voluntad de unir el acto y la palabra, el grupo volvió a la actitud de Taller, sólo que con mayor lucidez y osadía poética.

Este regreso fue, además y sobre todo, un retorno al verdadero origen del movimiento poético moderno. Doble tradición: una va del surrealismo, por la vía de Rimbaud, hasta los románticos alemanes y Blake; la otra va de Marx por el puente de Fourier, hasta Rousseau y su complemento contradictorio: Sade. Es la tradición del comienzo, el principio del principio que ha inspirado a la poesía moderna desde el fin del siglo XVIII: la ambición de construir una “sociedad poética” (comunista y libertaria) y una “poesía práctica” (como los ritos, los juegos y las fiestas).

Así pues, el modelo que refleja la situación de este grupo dentro de la joven poesía mexicana, es el Primer cielo u Orden primordial. Como el grupo está compuesto por cinco poetas, la simetría parece romperse. No es así. Al leerlos advertí que en Jaime Augusto Shelley –sin que esto implique el menor juicio sobre sus lealtades políticas y amistosas– el gusto por la experimentación es mayor que la voluntad del testimonio. No repruebo esa inclinación (la aplaudo) pero creo que esto separa un poco a Jaime Augusto de sus compañeros.

El signo que corresponde a Bañuelos es el Trueno, sólo que ahora en relación de antagonismo complementario con el Viento: Oliva. Otra diferencia: aquí el Trueno no nace arriba: brota de la tierra. Es una protesta de abajo. El Viento la recoge y la extiende. La unión de estos dos signos produce el de Aumento. Este último encierra la idea de crecimiento, progenie, propagación (palabra que se codea con propaganda). Trueno y Viento: la imagen de la violencia con que irrumpió el grupo y, asimismo, advertencia contra las facilidades del proselitismo y la elocuencia. Como la de Montes de Oca, la poesía de Bañuelos es poderosa pero su peligro no es la dispersión sino el ruido: la retórica de la fuerza. La poesía de Oliva me recuerda a veces la de Éluard, no por el erotismo sino por la limpidez: edificios verbales hechos de aire. Si Bañuelos tiende al énfasis, Oliva en ocasiones se evapora. Trueno y Viento se complementan y se oponen: el primeo es movimiento que se difunde; el segundo es movimiento que penetra. Uno es un círculo en expansión; el otro, una flecha que se aguza.

La otra pareja es Montaña y Lago. La primera y única vez que vi a Eraclio Zepeda me pareció, en efecto, una montaña. Si se reía, la casa temblaba; si se quedaba quieto veía nubes sobre su cabeza. Es la quietud, no la inmovilidad. Un signo fuerte: la tierra áspera que esconde tesoros y dragones. El lugar donde viven los muertos y los vivos guerrean. Uno de los mejores poemas de Zepeda es Asela: el hombre que mira a la mujer tendida, el monte frente al mar extendido. Labastida es el Lago, el depósito de agua: en su fondo se encuentran muchas cosas –quizás las que perdimos en la infancia–. El Trueno proclama, el Viento propaga, la Montaña defiende: el Lago recoge a los elementos. Aunque la poesía de Labastida no es reflexiva como la de Pacheco, sí tiende a verterse en formas estables. Montaña y Lago se unen en un signo contrario al de Bañuelos y Oliva: Disminución. El Lago mina a la Montaña y ésta inmoviliza al Lago. Los riesgos: desmoronarse y estancarse. El remedio: que el agua corra, que el monte se levante. Doble movimiento: el agua, horizontal; el cerro, hacia arriba. Disminución no es un signo malo (no hay signos malos ni buenos): es lo contrario de Aumento. La influencia de Disminución corregiría los inútiles excesos de Aumento y éste fortalecería a aquél.

El movimiento está representado por Bañuelos y Oliva; el elemento estático por Zepeda y Labastida. Bañuelos tiende a las formas fijas (extraña nostalgia del ocelote por la jaula); Oliva, el más inventivo y amante de la experimentación entre los cuatro, aún no encuentra una forma; la tentación de Zepeda es la fuerza inmóvil, la pesadez; Labastida puede secarse. Los cuatro, al lado de muchos gritos y puñetazos, han dado a nuestra poesía joven algo que le faltaba: la rabia.





Eraclio Zepeda (1937-2015)
22 Sep 2015

Necesario, un estudio riguroso de los poetas de La espiga amotinada. Fotografía: archivo Siempre!

Carmen Galindo

Una pareja muy atractiva formaban Eraclio Zepeda y Elba Macías. Lo eran por la razón más bien frívola, pero inapelable de que los dos eran guapos. Él, ya se sabe, participó como actor en dos filmes memorables México Insurgente, de Paul Leduc, y en Campanas rojas; de Serguei Bondarchuk; la primera basada en la obra homónima de John Reed, la segunda, en la biografía del periodista norteamericano. En ambas, Eraclio interpretaba a Pancho Villa, ya que le daba un aire de familia, por más que Eraclio era chiapaneco y mejor parecido que el héroe legendario.

            Los reconocimientos se le acumulan. Menciono algunos: el Premio Chiapas, el Villaurrutia, aunque notoriamente tardío el Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, algún otro por sus cuentos para niños, miembro de la Academia de la Lengua. A lo que hay que sumar la Medalla Conmemorativa del Instituto Nacional Indigenista y la Belisario Domínguez. Entre los puestos notables, diputado del PRD, Director de Radio UNAM, y Embajador de México ante la Unesco.

La espiga amotinada

De modo muy similar a como el grupo Contemporáneos guerreó e impidió ver a los Estridentistas, el que en algún lugar leí llaman el Cuadrilátero de los sesentas, integrado por Pacheco, Zaid, Montes de Oca y Aridjis, hizo a un lado a los de la Espiga amotinada. Esos pleitos literarios, no me cabe duda, tienen siempre un motivo ideológico.

            
La antología La espiga amotinada estaba formada por cinco poetas: Juan Bañuelos, Óscar Oliva, Jaime Labastida, Jaime Augusto Shelley y, por supuesto, Eraclio Zepeda. No estoy muy segura, pero todos ellos, o la mayoría, formaron parte de la Liga Leninista Espartaco, el grupo político que encabezaba José Revueltas. Naturalmente, pues se trataba de crear un partido político, los espartaquistas eran más, recuerdo entre ellos otros nombres, el de Andrea, la hija de Revueltas, y el de otros dos poetas: Enrique González Rojo, el más radical, y el de Enrique Lizalde, quien habría de sumarse a las huestes de Octavio Paz y pasarse a las filas del anticomunismo. Es obvio que los de la Espiga amotinada no sólo mantenían una estética diferente, sino profundas diferencias ideológicas. Sin embargo, por lo que lo menciono aquí es que apenas alguien echa un vistazo a esta antología, y a la siguiente, que se tituló Ocupación de la palabra, y observa que se trata de una poesía completamente diferente, otros temas (Elegía a Rubén Jaramillo, por decir lo más obvio), pero sobre todo otra estética, otra forma de concebir la poesía. Al leerlos, me hizo falta, mucha falta, un estudio riguroso que valore a estos grandes poetas y no por razones ideológicas, que no niego existan, sino porque de algún modo tuve la sensación de que esta poesía se encaminaba por rumbos innovadores, distintos por completo; de modo paradójico, más que enraizar en la tradición, esta poesía abre brecha, se aventura.

Los poetas de Chiapas

Si, por un lado, a Eraclio se le agrupa con estos poetas, también, y con toda razón, se le reconoce como parte de los escritores de su región, Chiapas. Ahí, unos nombres coinciden, (Juan Bañuelos, Óscar Oliva) y otros se suman, Elva Macías, su compañera, y principalmente, dos celebridades, Jaime Sabines y Rosario Castellanos. A Eraclio se le suele caracterizar como realista latinoamericano, pero sobre todo se le hace descender, con toda razón, de la literatura oral y en particular de la chiapaneca. (Rulfo, se dice, proviene también de la literatura oral, pero la del sur de Jalisco). Soy una de las pocas personas que nunca tuve la suerte de escuchar a Eraclio como cuentero, una tarde tuve el privilegio de escuchar, gracias a Luis Terán, al Chu Castañón contando sobre las aventuras teatrales del padre del propio Chu y del padre de Eraclio, en donde el motivo cómico era que el rubio padre del Chu interpretaba a un indio, y el de Eraclio, al finquero alemán. Como ya dije nunca escuché a Eraclio, pero en sus textos se advierte, a las claras, el origen oral de su literatura. Escuche, usted, esto:

—Resulta que nací con pata de vago. Pie de chucho como dicen por allí. Me gusta andar de arriba pa abajo por todas estas tierras del diablo. Desde chiquito era ya muy dado a pepenar el rumbo; nomás agarraba mi morralito y patas pa qué te quiero.

Patrocinio Tipá conoció tierras. Las cañadas y los valles se le fueron acomodando detrás de los ojos.

Su trayectoria en la izquierda

Ya dije que fue espartaquista, también perteneció al Partido Comunista y conforme la izquierda fue sufriendo avatares Eraclio acompañó el proceso: fue del Partido Obrero Campesino, del Partido Socialista Unificado de México, luego del Partido de la Revolución Democrática y en casi todos los casos, si no es que en todos, fue de la comisión política, vale decir de la dirección. Sí, ya sé que fue Secretario de Gobierno de Chiapas cuando la masacre de Acteal lo que casi acaba con el prestigio del escritor, pero yo creo más en el movimiento general, en la corriente que acompañó, que, por ejemplo, estuvo en la Batalla de Playa Girón en defensa de la Revolución Cubana. Fue corresponsal de prensa en la Unión Soviética y maestro de español en el Instituto de Lenguas Extranjeras en China. Impulsó y dirigió el Festival Internacional de Cultura del Caribe.
       
Su obra literaria, ya que practicó novela, cuento, teatro y desde luego poesía, tiene un horizonte oral y sobre todo, la audacia del aliento lírico.




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