martes, 31 de agosto de 2010

773.- BIANCA DORATO


Bianca Dorato. Poeta italiana. Nació en 1933 enTurín, donde vive. Escribe en dialecto piamontés y ha publicado los siguientes libros: Tzantelèina (1984); Passagi (1990); Drere 'd lus (1990); Fiòca e òr (1998), Travërsera (2003). En 1998 en "L'Arvista di'Academia" (Montreal, 1998) se editó una novela breve con el título de Signaj. También publicó textos para teatro entre los que cabe recodar Ël Serv (1997).




Donde el jabalí desgarra.

Por qué en el crepúsculo ya nadie enciende
el fuego que adornan de llama
las piedras amorosas,
casas de mi patria: por qué la noche nutricia
ya no conoce sueños ni alegría ni deseo
en espera del amor –nada más
la oscura profundidad del bosque
las rodea salvaje y empuja al negro
jabalí de la sombra contra los muros,
en las heridas de los portales;
su colmillo que carcome
es relámpago en la oscuridad. Ya no hay
ningún lamento
que lacere el silencio de sus estancias
abandonadas,
ni memoria que en el amor
las hiciera impregnarse de palabra viva,
casas de mi pueblo.
Por qué, la tierra sometida
ya no conoce desde hace tiempo
huellas de hombres,
ni azadas resplandecientes
que levanten terrones
ni canción alta de luz que la alcance;
tierra hurgada en lo oscuro, que sin simiente
es sombra abierta para acoger la sombra.





Escondite

Aunque está donde los álamos de escarcha
se elevan muy altos en busca del cielo,
es para mí este lugarmudo y lejano en la niebla.
Aquí adonde llegan los senderos del campo
tan breves en el horizonte
quedo a esperar, y sola sobre la tierra
me tiendo a dormir en el hielo.
Está tan dura y negra la hierba
que sin tregua atormentan juntos
la oscuridad y el frío, y no hay voces,
murmullos o gritos que manen del dolor:
hace tanto tiempo me habita el corazón
este crepúsculo de invierno. Y aquí
me ofrendo, helada, como el campo
que de tanto abandonado ya ni un vuelo roza.
Mas por el cual atendiendo siempre al deseo
incontenible del sol seré cielo y meta.





Oscuridad

Mi huella sigue las del jabalí
sobre la nieve lívida: y voy
a través de la oscuridad densa a los negros
portales abiertos de la aldea
inmóvil en el frío. Tienen gradas de hielo
mis casas, y candelabros de hielo
para encender las lámparas
de una noche que no espera despertar.
No hay voces sobre el sendero,
sólo la impronta profunda
clara sobre la nieve, que tan hacia lo lejos va
por campos y prados, regresando a los barrancos
pavorosos, donde en lo más profundo
del corazón pujan
-mi corazón, mi tierra- el deseo y el dolor.
No tiene voz la queja por la herida
donde incesantemente se hunde el colmillo salvaje
ni canto mágico para detener la sangre, canto
hecho de luz y de aire y de aguas risueñas
que aún conocen las piedras viejas y los hogares:
ni candil que encendido se oponga a la tiniebla
densa y sea sobre una ventana,
estrella para evocar estrellas. Nieva ahora,
sobre la aldea, sobre esta tierra
sombría, mi corazón: yo sigo largamente
la huella, que en la espesura se oculta.





Tzantelèina (montaña del alto valle del Rhêmes,
Valle d’Aosta, Italia)

De aquí te miro, mi lejana Tzantelèina
desde esta sombra fría que se opone al alba
en las pendientes de la medianoche. Cómo tiemblo,
sobre la nieve donde el viento sibilante
se arremolina fuerte contra la claridad;
mientras tú arriba te alzas como novicia
para florecer en la nueva hora: tú que eterna
respiras en la luz. Y ya la voz
áspera de la perdiz roza los pedregales
sin un grito. Entre tú y yo, tan ancho
el cerco de los hielos, tan larga la soledad
que año tras año atormentan el rayo del sol,
y el abismo nocturno: estruendo y bramido
que destrozan rocas. Y por una hora solamente
corolas de oro brotan sobre la morena,
cuando se mezclan tierra y luz. Viene el verano
ebrio de dulzura, y el alma me conmueve
en grito y huracán el desgarramiento del deseo,
juntos me queman el goce y el dolor:
similar a un rayo es la estación del sol,
un torrente precipita esta fuerza que me posee.
Así yo te miro de frente al día que viene,
delante de mí tan lejana, Tzantelèina,
tan inmóvil allá arriba.
Pero devolver la mirada y la vida
hacia el esplendor de la cima no alcanzada,
solitaria y pura donde la juventud del alba
perennemente goza; he aquí,
porqué marcada de amor tan deseosa voy,
por ser canto que se eleva a tu silencio.






Sobre la pedrerera

Tan violentamente ha picado el sol
encandeciendo la pedrera desierta
el cielo de piedra donde la serpiente
dulcísima se arrastra y se delicia
de su ansia y de la hora meridiana.

Y mientras voy buscando el quedo
susurro de profundas aguas ocultas
firme y lánguida de improviso
toda me envuelve y paraliza
la amarga dulzura que desgarra.




Piedra del confín

Cuando llega la nieve
a la cima de los Mirtilos
yo soy roca sagrada,
piedra del confín de la luz y grito
el deseo de la tierra
siempre viva y del aire,
esplendor que el halcón atrapa
en mudo vuelo: es en mí
palabra el batir del ala.
Para los rapaces el cielo.
de : Tzantelèina (1984)






El abuelo

En la oscuridad de la noche
un paso llega lento
sobre las tejas del techo:
¿cuándo estas pesadas botas
han caminado sobre la tierra?
Por nostalgia de su casa tal vez
desde lo más lejano llega
buscando los muros
amados y el hogar,
las palabras de un tiempo:
así largamente vive el deseo –
más que la vida aún.
Pero gime en las tinieblas
el portal abierto, y la tierra
de los alrededores, herida por el jabalí
conoce huellas salvajes:
el umbral desgastado por pasos
desde hace mucho ha perdido
el recuerdo de una huella humana.
De pronto cantan los gallos
próxima el alba dirá el abuelo:
en vano llamando
todavía golpea sobre las tejas-
a nadie encuentra,
que diga una plegaria
el alma que no tiene paz.

de Drere ‘d lus (1988)
(Senderos de luz)







La primavera

De nuevo, este año, buscaré el lugar,
el pequeño valle donde los halcones tienen
un escondrijo para el amor:
ya ahora se buscan,
dan vueltas arriba del pedregal,
y yo siento el grito y el desgarrarse del aire
cuando pasan las alas:
dentro del corazón lo siento,
cuando el gemido de la nieve que se derrite
tan largamente canta.
Y ellos se alzan, altos,
alas potentes para atrapar el cielo, y juntos
vuelan, y beben el esplendor. Hay allí
arriba, lugares, entre malezas y piedras,
donde tan tierna y tan temprana la hierba
ahora germina. Y llega el tiempo beato
que tan límpido en nosotros llamea en el cielo,
tan fuerte el grito; y los miro, ellos, que van
con vuelo seguro hacia corrientes puras
cándidas de luz, y en la cumbre del deseo
se rozan, en altos rechinares. Todo es para ellos,
allí arriba;
ellos sólo poseen el cielo profundo, ellos solos
que ebrios de alegría cantan su locura:
debajo del vuelo, la tierra despertándose
de nuevo.

(Traducción: Rocco Carbone)





Quizá

Quizá es este abrazo
—o el cielo que dentro de nosotros
a empujones de luz se vierte
quizá, el esplendor
de la mirada reflejada en la mirada,
o el temblor de un huracán
que nos trastorna, amedrentándonos-
o solamente el pequeñísimo
temblor de los hilos de hierba
de oro, acá junto a nosotros,
sobre el inmóvil hielo de la tierra.
Es un soplo ligero apenas
el viento pasa -pasa por arriba nuestro-
viene desde lejos, y canta
hacia lugares lejanos va.

(Traducción: Rocco Carbone)





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