domingo, 16 de octubre de 2016

MIGUEL ALEJANDRO VALERIO [19.294]



MIGUEL ALEJANDRO VALERIO 

Miguel Alejandro Valerio (República Dominicana, 1985) es n jóven autor dominicano que ha cursado Filosofía en la St. John’s University, NY, y estudios literarios en español en la misma institución. Ahora está cursando estudios culturales y literarios latinoamericanos en The Ohio State University. Piensa escribir su tesis sobre la vanguardia poética en República Dominicana. 

Su primer poemario, Los presentes de la muerte, fue galardonado con el Premio Interuniversitario de Poesía de la editorial Paroxismo en 2012. Su segundo poemario, La noche de Ohio, fue editado por la misma editorial en 2015. También es académico y actualmente trabaja una tesis sobre la participación negra en los festivales de la América colonial, particularmente en México y Brasil.  


Autorretrato a los 31

Monotonía de lluvia tras los cristales. 
Antonio Machado


Miedo… a qué le tengo miedo?
Me pregunto sin arrogancia
ni intención de ofender a los dioses
en estos días de interminable lluvia.
He tenido tan poco…
He perdido tanto…
Supongo que le tengo miedo
a la policía y al desahucio.
Pero desde nuestra comodidad
esas son cosas que les suceden
a personajes periodísticos.
Y supongo que como todos
le tengo miedo a la muerte.
Pero a pesar de su silencio milenario,
la conozco tan bien…
(En Roma nos hicimos aún más íntimos
una noche de inclemencia.)
Miedo…¿a qué le tengo miedo?
Sé que no se vuelve.
Y si le tengo miedo a algo
quizá sea a no llegar. 
No llegar a tiempo a tu lecho.
Tener que vivir con tu recuerdo
sin jamás llegar a conocerte.
Llegar al fin del camino
sin haber sembrado una buena semilla.
Sí, tengo miedo, como Neruda,
de morirme sin haber labrado una mesa.



Aeropuertos

donde es Ulises
el que espera


Hijos de Sísifo

qué dios hemos ofendido
para correr la misma suerte
que Sísifo


Madre

Diría –como Poe–
que no hay palabra
más dulce. Pero
siempre se la he
dicho –petrificado–
a una extraña.

  
A Alba

La vida es extrañar.
ALBA

Alba, la vida será extrañarte.
En un instante la ola que te trajo
ya te aleja. Que el viento favorezca
la nave en que viajas y que todos
los puertos te reciban con brazos
abiertos. Dejas una huella
en nuestro corazón que ninguna
marea borra. Aquí quedamos
a la espera de nuestra próxima
embarcación. En cada puerto
preguntaremos por ti.



Telémaco

Me voici, mon père; votre fils est prêt à mourir pour
apaiser les dieux; n’attirez pas sur vous leur colère.
Fénelon

Canto 1

A quién buscas, Telémaco
en el agua estrellada

Por qué abandonaste
el encargo paterno

Por qué dejaste a Ítaca
en busca de nadie


Canto 2

Heme aquí, padre
dispuesto a aplacar a los dioses

No temas como Abrahám
No esperes otro cordero

Clava tu puñal en mi garganta
con la caricia paterna que nunca recibí

Descuartízame y tírame al vacío
que ya soy espectro sin tu cuerpo

  
Canto 3

Ya no caerá sobre ti la ira
que aún no he sentido

Ya puedes atravesar
el Aqueronte en paz

He aquí la moneda
Abre la boca





Interuniversitario de Poesía de Editorial Paroxismo.  Con el libro Los presentes de la muerte.

“Ya desde el título, tan rico como sugerente, que presenta la muerte, cualquier muerte, como un don y, a la vez, como una actualización de la experiencia fundadora de la angustia existencial, este libro trata de una vida siempre íntima y a veces recóndita, agazapada en el pasado. Un yo encarnado bucea en las aguas turbias de la infancia en busca de los dones de la muerte y las existencias que, entrelazadas, derraman una música en sordina, para emerger en un presente marcado por el tiempo que huye: “nunca regresa al espejo el mismo hombre”,afirma Valerio, reescribiendo la célebre sentencia de Heráclito, para después detenerse en esos “rostros que jamás volveremos a ver”.

La muerte, en efecto, es un don y una presencia; la presencia y la dádiva misma de la vida. La muerte es una serie de tiempos implacables y presentes, porque “el que muere no es el muerto, sino el que le sobrevive” (Jaime Sáenz). La muerte de seres queridos, la muerte de la inocencia, la muerte de Dios. Con elegante contención y lucidez, la escritura de Valerio se hace errancia por “las mil y una noches sin

electricidad de [la] niñez”, en busca de alguna luz que no sea la de la muerte. Un viaje paralelo al de la vida, sin otra posesión que la memoria –“el verdadero equipaje”–. Una escritura que, en ciertos poemas, se hace lúdica, recordándonos que toda escritura es solo un juego ante la muerte. Un juego que, en un perpetuo hacerse y deshacerse, no puede tener fin, pues la muerte acecha, los brazos llenos de presentes. Porque –como escribe el poeta de forma admirable– “la niñez es un juego / dejado a medias / para siempre” y “también la vida / padre Shakespeare / es un país del cual no se vuelve”.

Libro terriblemente unitario, de una coherencia sobrecogedora, despojado de titubeos juveniles y de modas, Los presentes de la muerte nos ofrece el don y la presencia de una voz madura, medida y próxima, no pocas veces emocionante.

Reseña preparada por Guillermo Ruiz Plaza
Poeta y cuentista boliviano


María estaba cansada
de estar cansada
de morir sin muerte
y una noche de año viejo
al alborear
se fue al monte
a buscar un nido
donde dormir
el sueño profundo
del olvido.


*


Esta mañana la muerte
vino por ti
¿Quién la mandó?
¿Tu Dios misericordioso?

No hay cliché o verso
que consuele
cuando la muerte
llama a la puerta equivocada
a las tres de la madrugada


La extraña muerte de Miguel Alejandro Valerio, escrita por él mismo

El 11 de marzo de 2014 fue un día extraordinariamente veraniego en Columbus. A las tres de la tarde se registró una temperatura de sesenta grados Fahrenheit. Ese día Miguel salió a hacer su primera sección de jogging de la temporada. Se puso tenis y salió a ver si el tiempo requería cazadora. Se dio cuenta que no. Volvió a ponerle llave a la puerta y salió definitivamente. Caminó el corto tramo entre su apartamento y el sendero donde haría jogging. Al llegar al sendero encontró dos asiáticas tomándose una foto en el puente que cruza el Olentanyi en ese punto. Comenzó a hacer jogging corriendo lentamente. Corrió treinta segundos y después comenzó a caminar enérgicamente. Se justificó este cambio de ritmo con la excusa de que no quería alcanzarle al tipo que iba delante de él. 

Siguió caminando enérgicamente detrás de ese tipo y la tipa que iba delante de él. Cruzó otro puente que cruza el Olentanyi y pasó por debajo del puente Dodridge. Volvió a hacer jogging cuando se hizo distancia entre él y aquellos que iban delante de él. Esta sección duró mucho menos que la primera. Pasó un gordo con la música a todo dar en los audífonos. Vio una chica muy guapa que venía corriendo en la dirección contraria y pensó proponerle que se acostara con él si él mantenía su ritmo. Se imaginó un diálogo entre él y ella. “Di que sí sólo para tener una razón para correr.” “¿Y qué me darás si no mantienes mi ritmo?” “Cien dólares.” Siguió caminando sin hacer nada. Pasaron tres chicas en patines. Iba pensando que la propuesta no estaba bien articulada, porque acostarse no implicaba tener sexo, y si la tipa era lista, podía interpretarlo a su favor. Pero se imaginó que al llegar al apartamento con la chica, en vez de bañarse, se entrelazarían apasionadamente, bañados en sudor. El tipo que iba delante de él dobló. Miguel apresuró el paso y fue alcanzándole a la chica que iba de delante de él. Se dio cuenta de que no era tan gorda como se le figuraba a distancia.

Iba en el teléfono. Al parecer hablaba con su compañera de cuarto. Miguel se echó a la izquierda para rebasarle pero tuvo que detenerse a amarrarse los cordones del tenis derecho que se habían desatados. Después le rebasó corriendo. Corrió el último tramo del sendero que haría ese día. Corrió debajo del puente de Lane. Subió los escalones del puente corriendo. Pensó en Rocky Balboa y en aquella vez que vio su estatua a los pies de los escalones del Museo de Arte de Philadelphia una cálida mañana dominical de marzo. 

Cruzó la calle Lane corriendo. Pasaron algunos coches. Al volver al sendero, se encontró con la que no era tan gorda, que ya no venía en el teléfono. Ella tomó la calle Lane hacia la calle High. Había terminado su sección. En la distancia divisaba la chica de la propuesta. Pasó una chica medio gorda en patines. Pasaron otras chicas en las que pensó hacerle la misma propuesta. Pasaron algunas parejas. Pasaron algunos gordos en bicicletas. Cuando ya estaba llegando donde dejaría el sendero para volver al apartamento, se encontró con tres chicos neonazis. Éstos procedieron a darle una paliza. Cuando estuvo inconsciente lo tiraron en el Olentanyi, donde se lo comieron los patos.                        





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