miércoles, 2 de junio de 2010

168.- JAVIER SICILIA


Poeta, ensayista, y novelista mexicano nacido en Ciudad de México en 1956.
Realizó estudios en las facultades de Filosofía y Letras y en la de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de México.
Ha sido fundador y director de El Telar, coordinador de varios talleres literarios, guionista de cine y televisión, jefe de redacción de la revista Poesía, miembro del consejo de redacción de Los Universitarios y Cartapacios, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 1995, profesor de literatura, estética y guionismo en la Universidad La Salle de Cuernavaca y actualmente director de la revista Ixtus.
Es autor de los siguientes libros de poesía: "Permanencia en los puertos" 1982, "La presencia desierta" 1986, "Oro" 1990, "Trinidad" 1992, "Vigilias" 1994 y 2000.
En 1990 ganó el premio Ariel por el mejor argumento original escrito para cine y en febrero de 2009 el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes por "Tríptico del desierto".
Actualmente reside en Cuernavaca.


De Vigilias ante la vida:

Alegría por el cuerpo

A William Nessme

Eres, oh cuerpo oscuro, el siempre amado,
desnudo lecho en que los días fueron
y el placer de las noches donde ardieron
el sueño, la pasión y lo sagrado.
Por ti conoce el alma lo creado:
las formas de las cosas bajo el día,
tu desnudez más pura y la alegría
de sentirte en la sombra sosegado;
conoce el pan, el agua, la blancura
y el mar que bajo el cielo tiembla al roce
del ave y su secreta arquitectura...
Tantos dones al alma has entregado
que en la muerte, mi amor, sabré del goce
de haber vivido un día lo creado.







Despedida
(A la manera de Cavafis)

I
Recuerda, cuerpo, cuánto te quisieron:
no sólo las alcobas donde amaste
y los desnudos cuerpos que gozaste,
sino también los ojos que te vieron,
los labios que por ti de ardor temblaron
y por los cuales en deseo ardiste.
Recuerda, cuerpo, que alto y bello fuiste
como un dios, que otros cuerpos desvelaron
sus noches recordándote, y amor
rozó sus ojos como si el rumor
de tus besos tocara sus caricias.
Esta noche en que a solas te desnudas
y los años pasaron y las dudas,
recuerda como entonces sus delicias.

II
Pues,
nada te detendrá mi cuerpo amado,
ni el ardor de los besos que allanaste,
ni las tibias alcobas donde amaste
la blancura de un cuerpo abandonado;
nada, muchacho, nada, ni el helado
secreto de los labios que habitaste,
ni las heridas ingles ni el engaste
de tu placer herido y entregado
al roce delicado de unos dedos;
nada, mi servidor, mi amante, nada,
ni acaso la caricia más amada,
pues más allá del goce y sus recuerdos,
ah, sientes cómo el polvo se aproxima
a la dulce insistencia que te anima.







Encuentro

Me sedujiste, Amor, y me he dejado
seducir, me forzaste y me pudiste,
allanaste mi alcoba y le prendiste
fuego a mi alto cuerpo amurallado;
violaste con tus labios mi costado,
a tu placer rendida me tuviste,
mi goce a sequedad lo redujiste
y a polvo mis encantos y mi agrado;
tendida, cual la tierra contra el día,
tus oscuras caricias me domaron
hasta volverme yermo y luz baldía;
y ahí donde tus labios se gozaron
y sólo queda un hueco, un claro abismo,
de tan simple y desnuda soy Tú mismo.







Vigilias

A Manuel Ponce

Escuchar el rumor bajo la aurora
del día que se abre a la espesura,
mirar la madrugada aún oscura
adelgazarse lenta en cada ahora;

estar ahí sin tiempo y sin demora
contemplando el espacio en su mesura
y sentirse atrapado en la atadura
de su exacto equilibrio que enamora;

y ser entonces árbol, agua y tierra
y luz donde la noche ya vacía
delinea los contornos de la sierra,

lo sabe aquel que vela a cielo abierto
en espera de Dios y de su día,
lo sabe sólo quien está despierto.







Zazen

I
Sentirte, Amor, es contemplar el muro,
el muro blanco, limpio ante el que rezo,
espejo de la luz, desierto yeso,
cerrada claridad, confín más puro.

Sentado ante su luz el día es duro,
duro tiempo sin fin, vacío ileso,
donde el cuerpo extravía forma y peso
y ausente se contempla más seguro.

Yo me abro mi Amor a este vacío
en el que a solas soy blanco desierto,
espacio sin lugar y polvo yerto,

polvo de luz, ausencia ya sin brío.
Nada queda de mí que estoy abierto
sino esta claridad donde te espío.

II
Herido por tu luz ya nada espero
de mi cuerpo que es éxtasis del día,
polvo absuelto en la luz del mediodía,
paja seca quemada por Tu esmero;

es luz la suave tarde de este enero,
luz mi pan y la alcoba húmeda y fría,
mi mujer, la ciudad y la alegría
de mi alma que arde en tu brasero.

¿Qué puedo ya esperar si todo es fuego
que cotidianamente me calcina
y deja en lo más hondo su sosiego?

Todo en la vida es luz de tan amada,
sólo mi cuerpo es paja, leña y brizna
que consumido en luz es tierra, es nada.







De Vigilias ante los santos:

Agustín Pro

A José Ramón Enríquez
y a Ignacio Solares

Solo, ante el pelotón que lo ejecuta,
Pro se ha puesto a rezar e invoca a Cristo;
no lo alcanza el rencor, duro e imprevisto,
de Calles, ni la befa y la disputa.

Su dolor el via-crucis rememora
cuando bajo las sombras amanece
y a la venganza jacobina ofrece
su cuerpo en cruz, altivo cual la aurora.

A Cristo imita en ese aciago día
en que de pie enfrentado al soberano
hace vivir su fe con su agonía.

Vive al fin la verdad en esa muerte,
y en el cuerpo de Pro que yace inerte
se muere la victoria del tirano.







Albert Peyriguere

Para ser el menor entre los hombres
y servir a Jesús, una mañana
abandonó su iglesia y su sotana,
la liturgia, sus fieles y sus nombres.
Sobre tierras paganas fue un errante:
anduvo por Rabat, amó a su gente
y en el Kebbab inhóspito y doliente
sirvió a los más pobres, fue constante.
Ni la espada, ni el fuego, ni las prédicas
fueron los incentivos que llenaron
al infiel con las llamas evangélicas;
de Jesús fue razón su humilde historia,
el amor que sus obras heredaron:
él fue su servidor, su oscura gloria.







Charles de Foucauld

A Georges Voet
y a Patricia Gutiérrez-Otero

Sediento de aventuras fue un soldado
de Francia en las colonias africanas;
amó el desierto, el sol, las caravanas,
el goce de las hembras, lo vedado.
Una tarde en los yermos de Marruecos,
bajo la hirviente luz que es un destello
fugaz de Dios, tal vez sólo un resuello,
descubrió su placer, su goce seco.
Buscó en la trapa, se hizo un monje austero;
se negó hasta ser sombra, polvo, nada,
y a los tuaregs sirvió, fue un pordiosero.
No conoció del triunfo la morada;
solo en su soledad fue oscuramente
un hombre que amó a Cristo intensamente.







Concha Armida

A Luis Fracchia

Una mujer piadosa e iletrada;
vivió en un mundo dulce y venturoso,
tuvo un rancho, unos hijos, un esposo,
fue una vida pequeña y ordenada.
Nadie supo que en la aparente calma
de su hogar el Espíritu moraba,
que el amor de Jesús la devoraba
y vulneraba su quietud de alma.
Sólo el padre Rougier supo en secreto
que ese fuego interior, arduo y discreto,
era la confidencia misteriosa
del dolor de la cruz y su agonía.
Nos legó una orden religiosa
y una vasta y profunda teología.







Teresa de Lisieux

Sentada en la penumbra del convento,
Teresa observa el muro gris y yerto;
no la turba el silencio, ese desierto
del alma, en la quietud del aposento.
Los sueños y los goces de la vida
que en el duro Carmelo palidecen,
en ella ya no existen. Obedecen
sus ojos a otro sueño, a otra medida:
piensa en la dicha amada que le espera,
en el dolor que roe sus pulmones
y ofrece en redención y la lacera;
sabe en su pequeñez que no está sola,
que en la noche y sus arduas aflicciones
es Dios quien sufre en ella y quien se inmola.







De Oro, 1999
(fragmento)


Oh Escritura de fuego,
Consuelo de la noche en el relámpago,
Señor del alto ruego,
Exhalación del sándalo,
Cauterio de los labios, suave bálsamo;
Desvelo de las vírgenes,
Fermento de la uva, Enredadera,
Secreto de los orígenes,
Verdor de la pradera,
Ojiva de la llama entre la cera;
Guardián de los secretos,
Majestad de la rosa, Breve espina,
Señor de los desiertos
y Cima de la encina,
Escritura del alma que calcina,
Blancura de la luna en los trigales,
Promesa del abismo,
Señor de los mortales,
Testigo de la luz y sus zarzales,
quédate entre nosotros,
no te vayas, que brille tu esplendor,
tus mares y tus rostros
y todo sea estupor
y sueño de muchacha y fiel candor.

Y Tú, pleno de luz,
Cabellera que incendia la estación
y florece en la Cruz
como una exhalación
de rosas en la luz del corazón,
eres también el alma,
la impaciencia del fuego en las arenas,
el giro de la palma
contra el viento y sus penas
y la humilde blancura en las avenas;
hueles a sauce y mar,
a todos los aromas de las playas
cuando el día al clarear
desciende a su atalaya
y arroja el resplandor de su atarraya;
eres el grito del
sol, el hálito verde de la espuma,
el cielo en su tropel,
las dunas de la bruma,
la Ascensión que en la carne nos consuma;
la vastedad del fuego
que recorre la carne desde dentro
y en un hermoso juego
de luz que rompe el centro
genera lo diverso
y nuestro encuentro;
y cincelas el ojo,
la alquimia de la miel en la colmena,
la ley del petirrojo,
el oro de la arena
y la enhiesta esbeltez de la azucena;
fabricas el aroma
de las flores, la cifra de los pájaros
en cuyo vuelo asoma,
como un blanco relámpago,
la terrible hermosura de tu escándalo;

Quédate así, Artífice,
unido indisoluble a tu creación
y pulimenta, Príncipe,
la silla y el arzón
raído do cabalga la efusión
de los negros imperios,
y el espejo de plata biselado
en que el vasto misterio,
por el hombre allanado,
se rebaja a miseria y a pecado,
y de un hermoso engarce,
luciente y negro como el firmamento,
todo el amor que esparce
tus joyas, tu pigmento,
tu cincel y tu áureo pulimento.
Pues, Señor, aunque a veces,
donde los seres todos se congregan,
nos ahogan las heces,
las tinieblas nos ciegan
y la muerte y su imperio nos entregan
la oscura damnación
de las cosas del mundo y tu albo incendio;
aunque en el corazón
donde habita el compendio
de tu profundo Ser, hay un dispendio
que nos consume en lodo,
en fulgores de soles devorados,
en un confuso modo
de vivir separados,
ajenos a Ti mismo y olvidados;
aunque en tu fiel dulzura
hay días en que todo se fragmenta
y la vida es oscura
y nada nos contenta
y el orbe nos parece una ardua afrenta,
aún te escucho en las noches
trabajar nuestra carne desde dentro,
entregarte en derroches,
incendiar nuestro centro
y continuar así el mudo encuentro.
Pues no hay fin para el viaje,
sino Tú que nos labras y tripulas;
no hay vuelta ni viraje,
sino Tú que modulas
nuestro curso en la noche y nos vinculas
al lecho en que gozamos
de tu impronta y tu clara semejanza,
de tus suaves reclamos,
tus parajes, tu danza,
tus solitarios campos, tu labranza,
para que pueda andar
por tu cuerpo desnudo, Amado mío,
y pueda caminar
por tu abierto atavío
y hartarme en tu festejo de amorío.




De Lectio


Nota

Lectio se refiere a la lectio divina (lectura divina) que durante la Edad Media no sólo fue un método de oración -aún practicado por los monjes-, sino también una forma de aprehender algo de los profundos e infinitos sentidos de la Escritura. El monje que leía y el que escuchaba las voces paginarum tomaba de aquel enorme viñedo del texto una palabra, una frase, uno o dos versículos y durante el día, como si se tratara de un fruto atrapado por un animal espiritual, lo rumiaba hasta obtener algo de su sustancia. De ahí la recomendación de un monje a sus discípulos: "Cuando sientan náuseas por los mordiscos que han tragado sin entender deben regurgitarlos de nuevo del estómago a la boca para quitarles la corteza".
Durante los últimos cuatro años de mi vida, como un monje medieval trasplantado a un mundo sin significados, he rumiado algunos versículos, incluso algunos pasajes enteros de la Escritura, sobre todo del Evangelio; junto a ellos he rumiado también algunos poemas de los más altos poetas. Buscaba en ellos la sustancia que me permitiera encontrar ciertos sentidos de la Escritura en un mundo que no sólo ha perdido cualquier significación trascendente, sino que, incluso, a través de la técnica y de su virtualidad, ha ido velando las huellas de lo real, es decir, las huellas de Dios en la Creación.
He compuesto estos poemas bajo la oscuridad de la fe. Con esa pobre y pequeña lámpara he vuelto a releer la Escritura y a rumiar, de cara al mundo, algunos de sus pasajes. Esta es la sustancia de esta lenta y a veces gozosa “ruminación”.


Juan 18, 15-27

Para Cocó


I

Aunque toqué la fuente y bebí de su luz
no aprendí nada
porque es de noche(1)
y no espero mirarla otra vez
ni desear lo que un día me dio

-¿para qué lamentarme de lo que están matando sin remedio?
¿para qué abandonarme a una pureza humillada
y esperar lo que no ha de volver?
¿para qué recordar ese extraño instante
en que lo tangible reveló un momento lo intangible?
¿acaso fue real
o sólo fue el destello del deseo en la oquedad de lo imposible?-

porque es de noche
y nada es otra vez
y la nada de la muerte es la nada y nada más

y vuelvo a decir que no
que no habrá un mañana para ella
donde sus ojos puedan ya saciarnos
aunque a oscuras
porque es de noche
y creo que no
que todo ha terminado
y el mundo es sólo el mundo y nada más

-No acudirán a ella los hijos de mis hijos cuando llegue la hora
no podrán ya lavarse entre sus aguas
ni encontrará reposo su cansancio
¿tomarán el sendero de la cabra
los riscos de las águilas para ponerse a salvo?
¿o quizá pasarán como las sombras
como yo en esta hora de la desolación
cuando la fuente gime como gime una madre?-

mejor la espera del alba
la posibilidad de lo tangible
la noche incuestionada donde olvidamos la noche

mejor la luz artificial de los hoteles
los labios de una hembra en el temor de mi carne

mejor el ruido
las poleas que chirrían en los muelles
y velan el silencio del recuerdo

mejor el olvido
el terrible olvido de los días
que seguir aquí añorando lo que ya no he de añorar
mirando a la que un día fue más transparente que el aire en los desiertos de Altar
más pura que los ríos en la impiedad de las rocas
porque es de noche
y no espero mirarla otra vez
y digo que no
que todo ha sido en vano.


II

El gallo mecánico ha cantado las seis
y yo sigo aquí
bajo la neblina del alba,
porque es de noche,
añorando lo que ya no he de añorar,
escuchando el clamor del día que no responde(2),
que no responde,
mientras tú te oscureces
y eres lodo y no fuente,
porque es de noche
y te derramas como agua que nada contiene
y tus huesos están dislocados,
secas tus entrañas
donde los perros rondan
y rasgan tu túnica
y la muerte es la muerte y nada más,
porque es de noche
y siento tu vergüenza.

Mas, tú, mi fuente, ¿así me lavas
y me inspiras confianza?
Una oscura presencia domina en las sombras sin ser vista,
una esquirla de agua que refresca en el breve destello de lo oscuro
donde marcha la fe con su séquito absurdo de esperanzas
como si el garabato de tu rostro ocultara un designio inextinguible
que sostiene mi espera
aunque a oscuras
en el interminable tiempo de la noche.


Juan 20, 17

Para Ana María Montes de Oca


En el Verbo está el tiempo,
no el transcurso de la historia donde una vida comienza y termina,
sino la salamandra del alma;
no la mera progresión concebida por los sabios
para negar el pasado y afirmar lo nuevo de cara al futuro
o para decir que el ayer, que ya no es, era el lugar del privilegio,
sino ese incendio que hace posible la historia
en la que tú y yo nos encontramos un día;
esa imperceptible luz que permitió el momento
en el que tú y yo fuimos por calles pedregosas
hablando de lo nuestro
y tuvimos tiempo de demorarnos,
tiempo de compartir nuestra sonrisas,
tiempo de saber que el tiempo era la eternidad que habíamos tocado en nuestros ojos;
no el ayer ni el mañana;
no el ahora en sucesiva progresión,
sino ese fuego en donde encontraremos los momentos ya vividos.

Tú no puedes saberlo,
porque tu tiempo aún está en la historia
y el tenue velo de tus actos lo cubre,
y aunque un día lo percibiste en mis ojos,
cuando tuvimos tiempo de demorarnos,
tiempo de compartir nuestras sonrisas,
tiempo de decir te quiero y perdernos en calles pedregosas,
tiempo de mirar la mañana y oír el lamento de las barcas sobre la llama azul de las mareas,
tiempo de sentir el agua del Jordán en nuestros cuerpos
y el sabor a sal en la comisura de los labios;
tiempo de leer a los profetas,
de recordar la visita del ángel en el umbral de Abraham
y el sabor amargo del mordisco en la manzana;
tiempo de asombrarnos de los relieves de Chartres,
de las grecas de las tejedoras mixtecas,
de los vestigios indios hallados al azar de un paseo por los campos;
tiempo de saber del regocijo de las almas
que evadidas de la carne se abandonan a lo inefable
sin dejar el definido espacio que marca su tumba,
el suelo que algún día contuvo su forma entre nosotros;
tiempo de saber que la felicidad de las cosas creadas
tiene la solidez del tiempo y el gozo de lo concreto;
aunque todo esto lo percibiste en mis ojos,
ahí donde el tiempo escapó a nuestros actos
para revelar el lugar de la presencia,
no lograste asir su significado.

Por eso, no me toques.
Tú estás en la historia,
yo en el tiempo
y aún no he ascendido al sitio donde todo se recoge y vuelve a ser presencia;
porque la historia
-aunque al percibirla en mis ojos
y en esos instantes privilegiados en que al trascender los actos
captaste el punto en el que el tiempo cruza la historia,
el lugar de la Encarnación-
está tejida con lo intemporal,
con esa presencia tan concreta
como la mía en este instante que es ninguna parte,
dentro y fuera de ti misma,
entre la historia y el tiempo,
en esta hora incierta que antecede a la mañana,
como cuando tuvimos tiempo de caminar por calles pedregosas
hablando de lo nuestro
y percibir la densidad del mundo;
tan concreta como las hendiduras de los clavos en mis manos,
a esta hora,
fuera y dentro de ti misma,
entre el tiempo y la historia.

No me toques,
porque si ahora me tocaras
me quedaría en el devenir,
atrapado en el perpetuo movimiento de una pura pasión no purificada,
en el cauce de una corriente sin fin,
movida por poderes que un día se apartaron del principio que las hace posibles.

No me toques,
porque a pesar de que el mundo y su historia se transfiguraron en la Encarnación
-ese semientendido regalo que vislumbraste en mis ojos-,
debo subir al Padre
para que el tenue fuego de la paloma
hienda el polvoso viento de la historia
y lo que ahora es sólo un camino envuelto por la niebla,
una aparente sucesión de días y de noches,
una amarga punzada abierta en la memoria,
un encuentro casual e inesperado
por la escabrosa senda que te lleva al sepulcro,
rompa su envoltura,
su sentido hecho de aparentes progresiones que no vuelven,
y puedas mirar como te miro ahora,
en este eterno instante,
dentro y fuera de ti misma,
donde el mundo redimido recupera la presencia igual a la del tiempo.

Lucas 24, 5


Como en Pascua, cuando la luz se apaga en medio de la iglesia
y nos quedamos a oscuras escuchando el silbo del rezo
como un rumor de alas,
sin comprender nada,
sin saber nada,
ya no buscamos.

Hemos dejado de perseguir al Ángel en los pasadizos del sueño
y el fuego de Dios en el misterio de lo oscuro,
como si los ángeles del Señor
en la nocturna noche
hubiesen secado nuestra lengua,
enmudecido nuestros labios
ya no buscamos
ni un más allá percibimos:
crestas de un génesis secreto,
parajes horadados de fuego,
espejos de luz cuya belleza fluye en torrentes y se recoge en ellos,
únicos, exactos en su fugaz presencia.

¿Será, tal vez, que el más allá se diluye en torno nuestro
y lo entrevisto en lo eterno se desvanece sin poder retenerlo y nosotras en él?;
¿será, tal vez, que lo que de eternidad nos pertenece se aparta de nosotras como
el aroma de la sopa caliente
y lo que imaginamos con deslumbrantes imágenes tiene sólo nuestro sabor?

Y hemos creído entonces
en ninguna jerarquía angélica
ni derrumbamiento de las almas en el seol de la noche
ni luz oscura y abisal de fuego
ni manto de pedrería sobre trono de jaspe
ni ciudad de oro puro,
sino este simple estar aquí y ahora,
esta tenue vestidura que es el mundo
como un suave aliento sobre nuestras espaldas,
desbordándonos,
como el rumor del rezo en la Pascua a oscuras,
como un dejo del Padre,
sus rasgos confundidos con los nuestros.

¿Es que acaso su reino,
lo que emana de sí para nosotras
tiene sólo el aroma de las cosas concretas?;
¿o ese algo que vislumbramos en ellas
guarda una profundidad tan abisal como la finitud que las contiene?;
¿acaso estamos confundidas en los rasgos del Padre
como la vaguedad y el estupor en los ojos del crucificado?


Porque desde entonces,
la ropa que se seca desnuda en los alambres,
los torsos de las niñas sobre sus bicicletas,
una voz que nos acoge y nos despide:
"buenos días, buenas noches",
una suave caricia,
un rubor de mejillas,
el sabor de la tumba vacía en el recuerdo
nos bastan para ver el misterio.

A veces acontece que nuestras manos
al rozar la materia
nos hacen sentir lo eterno,
tal si allí persistiera la caricia que una vez obtuvimos
y viviéramos la pura duración.

A veces la mirada de los enamorados,
ese destello consumido de asombro que parece decir: "No más",
ese precipitarse en el éxtasis de sus pieles
para dejar de ser por un instante,
nos hacen sentir la turbación del abismo,
el estupor ante el vacío
del que emanan las formas que nos arrebatan.

A veces una simple compañía
hallada en el azar de un Emaús,
una palabra dicha,
un gesto, una mañana
nos bastan para saber
que nunca hubo nada
ni camino hacia adentro
o camino hacia afuera
ni oscuro pasadizo
ni secreta frontera,
sino esta realidad que pende del vacío
y misteriosamente nos posee,
incomprensible, amantísima,
inocente en su pura presencia
como un rumor de alas en el incendio de la noche.

_________

(1) Juan de la Cruz, “Qué bien sé yo la fonte do mana el agua pura”
(2) Salmo 21.


Lectio es el último poemario publicado del autor y aparece incluido en La presencia desierta, poesía 1982-2004 (México:FCE)


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