domingo, 19 de febrero de 2012

GERARDO FULLEDA LEÓN [5.934]


Gerardo Fulleda León

Nació en Santiago de Cuba en 1942. Fue fundador y sub-director de las ediciones El Puente. Obra poética: Algo en la nada (1961). Ha publicado poemas sueltos en La Gaceta de Cuba, en la revista Unión, en el El Corno emplumado, en el Semanario Lunes de Revolución, en el periódico Prensa Libre, en revistas digitales y tiene dos libros inéditos: Nostalgia de Troya (1986) y Tragedia mal contada (2003). Se ha destacado fundamentalmente como dramaturgo y entre sus obras se destacan La muerte diaria (1959); Cal en las tumbas (1961), 3er premio en el primer Concurso Nacional de Teatro Cubano del CNC (1962); Aquel verano (1962), mención en el mismo concurso; Los Profanadores (1968); Plácido (1967-1975), Premio Concurso Teatro Estudio 1982; Ruandi (1977), Mención Concurso La Edad de Oro (1978), Premio UNEAC al mejor texto, (1985), Premio Rubén Martínez Villena (1986), Premio Pelusin del monte –UNEAC- (2009); La querida de Enramada (1981), Mención Concurso UNEAC (1982); Provinciana (1984), Premio Concurso La Edad de Oro (1985), Premio La Rosa Blanca (1990); Chago de Guisa (1983-1986), Premio Casa de las Américas (1989), Remiendos -El otro Javier- (1993), Premio Terry de Dramaturgia, Festival del Monologo de Cienfuegos, 2007; Lengua de Coco (1994); Remolino en las Aguas (1996); Betún (1999); Voy por cigarros (2005); El patio de los azahares (2011); La pasión desobediente (2013). Algunas de estas obras han sido llevadas a la TV y la radio.




De Algo en la nada (1961)

El por qué

No preguntes qué eres
si
no sabes por qué existes.
Trata de hallar
la verdad.
Analiza el absurdo.
Busca en la nada.
Eres hombre.
Abarca todos los seres.
Las algas marinas
son plantas.
El por qué?
Búscalo.
Aclara tú.
Llegarás al principio.
Te asustará
la idea de saber
que…
Soy… Dices.
Tan solo existes.
Como el aire en el espacio,
que viene,
pasa,
lo sentimos,
pero no queda.
No perdura ni el contacto
de su roce.
Luego… Nada.
Pasarás así.
Género, título, ser…
No me preguntes.


Bullicio

Saldré a la calle.
Me entregaré a su caos.
De gentes apuradas,
agotadas.
De autos y edificios
enormes.
Caminaré por una
y luego
por otra acera.
Miraré a los demás
o a cualquier vidriera.
Me fundiré
en la música mecánica
de los pasos.
Tocando
una marcha monótona
con mis pies.
Pasarán sin verme.
Me detendré
quizás, en una esquina.
Pediré
un mapa de viaje
o una revista.
Ambas cosas
llenarán mi alma
de la alegría
que produce lo distante.
Lo que no vemos
todos los días.
Al rato he de apurarme.
Los oficinistas.
Los obreros.
Los colegiales.
Hombres y niños
invaden la ciudad.
Es mediodía.
Yo que he venido huyendo
del infernal ruido
que hay en los bajos
de casa.
(Al fin están arreglando
la acera.)
Me doy cuenta
que formo parte
de este bullicio.



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Largos parlamentos
leídos al azar.
En una guagua,
en el cine
o sabrá Dios en qué lugar.
Ligar uno con otro.
Como el ron
con la “Coca”.
Y seguir con la idea
ya sin ningún atenuante,
repetiré,
como actor de buena memoria.
El jingle,
el slogan,
el refrán,
será un caramelo
con dulce de jalea.
Lo masticaré
entre mis dientes.
Al comer,
beber,
o al ir hacia el baño.
No durará mucho.
Tres,
cuatro,
cinco semanas
o meses.
Después hastiará su ritmo.
Y vendrá otro.
Como cuando no gusta
el “high-ball”,
se toma seco el wiskey.
Pero se sigue tomando,
se sigue aprendiendo.
Nadie por eso va a detenerse.



Chico comprensivo

Cuando era chico
comprendía la muerte.
Mejor dicho,
sabía cuál sería mi suerte,
después que la casa se llenara
de gentes,
que llorarían y gritarían.
Haciendo llorar
a los que no sentían deseos.
Sabía que en el cielo
había paraíso
e infierno.
En la iglesia,
iba los domingos a misa.
Me decían
que si era bueno,
iría al cielo.
Mas entre las muchas cosas
que no comprendía,
estaba el nacimiento
de un niño.
Hoy ya lo sé.
Mas ahora
que sé qué es la muerte
y entiendo su existencia.
Es cuando menos comprendo.
Cuando sé que solo hay tierra
bajo las huellas que mis pasos dejan.
Cuando imagino
que no habrá más sol,
ni paseos por la arena.
Nace en mí el deseo
de no saber
que la muerte existe.
Y quisiera ser
de nuevo un chico,
para poderla comprender.



DE LA BITÁCORA DE UN MARINO

a Ángel Acosta León

Están en regla el corazón y sus redes.
El salitre nos ha devorado la cara.
Toda la mañana hemos navegado
a toda vela rumbo a la isla.

Aún esperamos tener noticias
del que saltó la borda alucinado
tras la estela de una imagen en el agua.
En su litera encontramos algunos signos:
tatagua, colombina, flor del pecho, cafetera.

Los hombres laboran desde el amanecer.
Ahora, canturrean y beben sobre la borda
ese vino que cada día es más escaso
y tan nocivo como un noviazgo largo.

Ah, anciano de hablar profético.
Si aún conversas con tus antepasados
y adivinas el curso de las lluvias,
dinos qué se ha hecho de nuestra alegría,
cuántos de nosotros llegaremos al puerto,
y cuál mensaje arrastró al suicida
que alienta indescifrable en nuestros sueños.



POÉTICA

Ante la hoja en blanco tiemblo:
¿qué cocodrilo, canario o fiera
saltará en sus dominios?
¿Acaso el tinte de la memoria,
el faisán de los sueños,
la mayor caligrafía del misterio?


OBRA DE GRACIA

Si me reduces a esta piel, negra
como la cordura de las grandes visiones,
pasarás por alto un privilegio.

Ya en las bodas de mis padres
se brindó por la fertilidad de mi madre,
grano más que espiga
raíz mejor que árbol.
Ella giró en los preparativos
con aires de doncella,
tras dar fe de la virilidad paterna,
nave mejor que mástil
cuenca más que río.
Sin embargo, qué inocencia en sus gestos,
en la forma de entrelazar sus piernas
y adentrarse el uno en el otro.
El cuello de mi madre, galeote insumergido,
vaticinaba la marejada en su espalda.
Ah, la saliva de sus labios,
miel, licor en el insomnio de mi padre,
qué negrura tan refulgente en sus brazos.
Él dominaba todo género de astucias,
supo siempre demorar una caricia,
detenerse a un paso del misterio
y respirar hondo
para hacer más valiosa su victoria.
Qué dominio sobre el pulsar de su pecho,
sobre el ir y venir de sus arterias
y aquellas palabras por inventar siempre,
germinando en su garganta.
Pero, qué jolgorio final,
qué llovizna tan irrefrenable
al humedecer vida,
abandonándolos en su mejor obra de gracia.

No hubo mejor bautismo para mi piel,
miembros configurados por estos ejercicios.
El aliento y la torpeza de mis gestos
es la heredad de aquellos cuerpos.
Encuentra tú en nosotros esencia de aquel rito
y asume mi piel como un presagio.



AVE FILOSA

Solo si desatas tus cabellos
y corres por el cuarto desnuda,
descubro la libertad.

Es entonces
cuando, al tapiar tus manos con mis manos,
te hago una bóveda en el pecho.

De ella, como espectro
o ave filosa, te escapas
dejándome dentro.



TRAMPAS Y CORREAJES

El antílope es la pieza
más codiciada del verano,
no por la riqueza de sus carnes
o el precio de su osamenta.
Todo reside en las dificultades
que su captura impone.
Armas blancas o de fuego,
tramas y correajes fracasan
allí donde la sola intensidad
de lo bello logra domesticarlo.



ANTORCHAS Y LICOR

para Lali

Las cosas que esperé y he soñado
están sentadas frente a mí
y aguardan por mi aprobación.
Nada es más importante ahora
que las cosas que he hecho
en espera de este instante.

El camino recorrido aquella noche
cuando, antorchas y licor, cantábamos
canciones de doble filo.
Y las muchachas andaban descalzas,
riendo como las estrellas.

Y en un recodo nos detuvimos
y sentí el aroma de tu pelo
y nos hicimos firmes promesas
y nos regalamos la luna, decorada
como la viñeta de un libro,
antes de apagarse tras una nube.



NOSTALGIA DE TROYA

para Luisa Josefina Hernández
There are places I remember...
The Beatles

Hay lugares que recuerdo
y en donde nunca he estado.
Plazas, cuerpos, ciudades
que me acompañan sin quererlo
interminables días
colmados de apetencias y sonidos.
Fiestas a las que no fui invitado
y atesora el sótano de la infancia.

Al caer la tarde
basta un olor, la música lejana
del oráculo de un verso.
Entonces soy presa
en sus redes que me enmudecen
y adueñan de sus parajes.

Luego retorno a mi sitio
con una nostalgia de Troya
que me cala en un escalofrío.

¿Existen realmente fuera de mí
esos cuerpos, esos espacios que invento?



PERMANECER EN SOMBRA

a mi madre

Y de pronto no fuiste más la desvelada.
Desconsolado aprendí a saberte
al recrear tu voz apilada al recuento.

Las manos no erigirán sueños y chales
ni otorgarán perdón en un gesto.
Todo se te ha quedado turbio, atado
como si permanecer en sombra fuese vida.

Ahora: aprender a decir cómo amabas,
tornabas al dolor o simplemente eras.
Reconocerte en cartas y retratos.
Hay que no olvidarte y llorarte
y dejar tu nombre para los domingos
o los días infinitamente tristes
en que uno sea el desvelado.


Fruto deshojado

                      Para Marta Valdés

Desde esa habitación de tres por cuatro
donde reinábamos en la calla Concha
nadie ha vuelto a mirarme como me mirabas.

Apenas el soplo del invierno
derrota la nostalgia con el tibio
 fragor del ausente aliento.
¿Cómo era madre mía, cómo?

Palabras, palabras y palabras
Solo el eco de la victrola
una y otra vez
desde el bar de la esquina
brotando del diamante
resuena en la caverna del pecho.

¿Cómo se ha borrado todo?

Aromas, delirios y ritos
tal fruto deshojado
arrojado al estercolero.

Solo el mensaje de palabras
como una, aun, supurante llaga.

G.F.L.2013.





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