martes, 26 de agosto de 2014

PET KRÁL [13.050]



Petr Král

Escritor y poeta checo (Praga 1941). Poeta de sensibilidad refinada, un amante del cine mudo. Král participa en las actividades del grupo surrealista de Praga, pero después de la ocupación soviética de 1968 se trasladó a París, donde trabajó con los surrealistas franceses. Para la historia personal y la formación, escribe indistintamente en checo y francés, pero hasta 1990 sus libros sólo se publicarán en el extranjero. Su poesía, altamente discursiva, condicionada por los recuerdos del pasado, llama la atención por su capacidad de imaginación fértil, el refinamiento de las imágenes, los enfoques obsoletos, la melancolía velada que lo acompaña. 
Petr Král, se ha convertido en escritor en lengua francesa.

Entre sus libros: & Co. (1979), Per un'Europa blu (1985), PS ovvero Viaggi in paradiso (1990), Il diritto al grigio (1991), Sentimento di anticamera in un caffé di Aix (1991), Il miele delle curve (1992), Vita privata (1996) e le prose liriche dell' Era dei vivi , pubblicate nel 1989 in un'ampia antologia. Král ha anche pubblicato l'importante antologia Surrealismo in Cecoslovacchia (1983), una rievocazione lirica della capitale boema ( Praga, 1987) e un volumetto di annotazioni e aforismi: Quaderni parigini (1996).


Poemas Petr Král
Traducción: Delphine Simonin



Con la ola 

No hay verano, solo los brazos tendidos para siempre 
en su nombre, el grito del pájaro que mide con su vuelo 
el desierto original. En algún lugar, sin embargo, una 
desconocida, de una sola sacudida, 
liberará su cabellera rubia, dejándola caer 
sobre su nuca, sus hombros cálidos, salpicados de 
pecas, 
cuando ya su frente penetra en la frescura 
del instante próximo 
—y antes que entre, antes que la ola de oro oblicuo que 
recorre la bahía se convierta en iglesia, de pie sobre la roca, 
el silencio asoleado de los corredores en las escuelas 
desérticas beberá el estrépito de las guerras púnicas, 
el grito de las madres entrará en las hojas 
de los cuadernos, vírgenes otra vez, 
y la memoria de las tormentas en las cintas de anisado 
enrolladas, conciliadoras, en el fondo de los vasos 
esperando aquí y allá, 
en el jardín; 
el engaño fugaz del partido de fútbol se borrará ante la 
lenta verdad de las sombras que se arrastran detrás de
los jugadores, sobre el pasto cada vez más oxidado.





Más allá del invierno 

Subir, abrirse paso a través de la noche. 
En lo alto de la escalera, bastará 
con tropezar, con beber un trago de noche distante 
como un chillido 
que llega de pronto de lo hondo. 
Dientecitos blancos que se burlan, aparecen 
entre los lirios. 

La primavera no llega todavía, solo el aplazamiento 
seco de una promesa de tormenta 
se desliza —¿dónde?— detrás de las arcadas 
que bordeamos al subir. 
El crepúsculo apaga bajo nuestros pies la pendiente 
tendida 
y deja, insistente, renacer en nosotros un bulto de 
silencio bajo las palabras. 
El viento lejano habla en las estatuas, hace brillar 
en su masa una lámpara helada, 
hasta el blanco, color de lo que fue y de lo que seremos. 
Dientecitos se burlan en las cenizas. 

Después de años de espera 
en las venas, corredores desérticos, 
ahora apenas, en la oscuridad, los temblores de una 
rama; 
hasta tu dedo es un ser pálido, lleno de ansiedad, 
cuando sigue en la noche las lineas de las fisuras 
en los costados de las casas. No leas nada, sin embargo, 
escucha solo el deslizamiento ensordecedor de las 
bibliotecas, avalanchas de terciopelo. 



El tintineo algo nostálgico de las credencias vendrá a 
unirse 
de lejos, el futuro bosteza siempre, helado, sobre el 
pedestal vacío. 
(En el taxi el volante es de antemano un circulo 
carbonoso 
trazado temblorosamente sobre la penumbra de la
posguerra, de nuevo hasta las llanuras nevadas 
hasta las promesas provinciales de verde. Detrás del cristal 
de bordes ennegrecidos 
el paisaje en jirones blancos sera un armario 
lleno de ropa; bastará iluminarlo un poco 
con nuestras frentes). 

En el auto detenido contra el instante 
la penumbra es un chal que se desliza 
de los hombros. Las piernas, dulce corriente 
bajo el desorden de las faldas, 
drenan siempre ternura hacia la quemadura amarga 
y hacia los ácidos de la primavera inaugural.




El día siguiente 

Otra vez la mañana. La torre del pequeño hotel 
tan atrayente la moche anterior 
y tan sub-marino, lleno de miel brillante, traspasa 
ahora la bruma como un hueso desnudo, 
el rostro que, de ida, iluminaba tu camino como una 
làmpara, 
ahora no es más que carne cruda con una sonrisa 
incierta. 
Nada muy nuevo; el deseo mismo ya es solo no—deseo 
irritado, 
la cara asombrada del policía se vuelve casi inhumana 
al girar hacia la cocina familiar. Entonces todo, en la 
duda, puede volver a empezar de cer0; 
otra vez llegar a la esquina, decidir si doblar a la 
izquierda, hacia el rumor lánguido de la ciudad, 
o subir a lo largo del agudo silencio de los pequeños 
muros, con la espuma de las acacias. 
En los dos casos, es cierto, dejarás a tu espalda, en la 
encrucijada, 
varias mejores vidas posibles.





Rumores 

No se trata 
de la gloria más allá aún del 
muro dominical 
un día quizá suba 
por los ladrillos desangrados.

los cazadores andan 
el humo sale de las escopetas
algo falta siempre en los ramajes
de la última granja 

el día nos une cada uno se 
inscribió al menos con el dedo 
en el tabique enlosado 

Como las cosas se acercan más bien a los rumores 
que a los edificios 
crece el número de tablas de albercas desmontadas 
de aviones caídos de las ramas bajas 
en el huerto lejano 

En algún lugar comparto contigo una casa inacabada 
Adivino la historia la noche entre las ortigas 
el ejército rodea al pueblo 
muy cerca la carne ardiente de los muslos







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