viernes, 10 de marzo de 2017

LUIS VELÁZQUEZ BUENDÍA [20.020]


LUIS VELÁZQUEZ BUENDÍA

Luis Velázquez Buendía (Madrid, 1957).
Licenciado en Filología Clásica.
Licenciado en Medicina, especialista en Salud Pública, campo en el que trabaja desde 1982.
Libros de poesía publicados hasta la fecha:

En el extrarradio (Huerga y Fierro, 2002).
Una nueva familiaridad (Pre-Textos, 2006)
Meditación de un entorno ordinario (Pre-Textos, 2009).
Una deriva indeseable (Libros del Aire, 2013)
Una extraña naturalidad (Pre-Textos, 2015. XX Premio de Poesía Villa de Cox 2014)
Material de conciencie (Ediciones Trea, 2017)

Poemas suyos  han aparecido en algunas revistas de poesía, como Paraíso, Revista Anónima de Pre-Textos y Piedra de Molino.
Fue incluido en la antología La musa funámbula. La poesía española entre 1980 y 2005, de Rafael Morales(Huerga y Fierro, 2008).



ESCENA EN LA CALLE

Y ese grupo de piel atezada, reunido
antes de la comida a la puerta de casa –
la camisa blanca estirada, abultada
en la curva del vientre, distingue
la flor de más autoridad–,
que hace suya la calle
bajo un soportal de cemento y las horas del día
que allí sin quedar registradas transcurren,
¿también, ese grupo impecable que rondan
paisanos gorriones, gurriatos aún
débiles que traen alborozo, también
ese grupo de aire familiar, pero no mi familia,
conocido tampoco, llegados de fuera, compacto,
una broma?
Si tuviera color
y fuera un color falso: pero qué color es
atezado a la sombra hacia el este treinta kilómetros,
por donde se alza puntual el día versicolor.
Entonces, un grupo aburrido, un boceto
que arriesga en detalles insípidos su escaso interés de conjunto:
repara en la mano desnuda sin sello de oro macizo
que hubiera apresado su dedo anular en un cálido abrazo
estival, hipertrófico. Entonces,
si es junio de aguas torrenciales, repara
también en el desconcierto
–ése sí que es pescado de doble cabeza–,
un lúbrico sueño, una cueva esculpida,
un hurto que el grupo, aunque nadie sonríe,
porque el tiempo ha borrado el encausto en algunas figuras,
se diría que oculta a una torva evidencia.

(de Meditación de un entorno ordinario)





AUTORRETRATO SOBRE FONDO MALVA


Nada puede decirse acerca de ello,
o no debe decirse. Y sin embargo,
mirarlo es admirar sus cualidades,
admitirlo: -Lo admito, y nos compele a obrar
como extraños.

La luz es imprecisa; el azul
del rojo consanguíneo. Sobre sillones malva,
una pizca de angustia diluida,
Proteo se transforma.

Un pez rojo atrapado en los hielos violetas
era el amanecer; quebró la imagen
y el sol apareció resplandeciente;
porque insistió un extraño, alguien insistió,
la contraída imagen se dilata
y el soñador, muy perspicaz,
cerró los ojos al deslumbramiento.

Las cualidades frente a las prioridades,
la extenuación del blanco que es el blanco,
la asimetría del rostro, la
rebelión callada de las partes.

Incandescencias sin reminiscencias
los días venideros, todavía habitables.
Al pie de la montaña
el ánimo se expande, grandiosa es la montaña;
arriba, hacia la cumbre, el frío quema,
la luz es quemadura, la montaña
no es una montaña.


                                         (de Meditación de un entorno ordinario)







AQUELLOS ÁRBOLES ALTOS que de lejos no distingo,
jamás sabré su nombre. ¿Serán mañana sombras
doradas por un sol vacilante al nacer?
Si dijera su nombre, debieran compartirlo
con otros de su especie, en ese caso un tanto
de precisión sería excesivo: el nítido perfil
inapropiado de las hojas, la flor, tal vez el fruto en la
ilustración botánica. Pero aquí la distancia
sobremanera importa, permite que apreciemos
el noble porte, la frondosa copa, el bello alineamiento;
que ignoremos hace el nombre
al pasar admirando por la carretera.
Jamás recorreré esa distancia que me aparta,
atravesando fincas, del camino al trabajo.
Por siempre serán sombras, belleza,
del nombre cegador.

(de En el extrarradio)





MUEVE LA NADA EL VIENTO de los árboles,
la nada de las retamas, con violencia,
la arena que ensucia el aire, papeles
que atrapan los remolinos de la nada
del viento.

(de En el extrarradio)







QUÉ MÁS sino pintar este sucio anochecer,
este último instante
de lejanías de árboles apenas perfilados,
última luz sin sombra que ya es sombra,
antes que se lo trague todo la noche, última sombra.
Qué más sino pintar este mundo de mil formas,
sino pintar este mundo,
pintarlo y repintarlo
aunque sea a la luz siniestra de una farola,
la última,
aunque ya solo alumbre un círculo desierto.

(de Una nueva familiaridad)




DRAGÓN ÁRIDO

El azufaifo está en la idea del verano
como en lugar propio,
arraigado en la sal de la conciencia,
enredado en su secreción de espinas,
extendido en la impronta de la luz.
Pedro y Juan charlan en el parque, en el gran bulevar,
forman parte de la noche amarilla, sin centro,
sin peso específico,
irritante porque no trasciende, no anula el día, lo renueva,
más bien lo continúa, lo pone en dique seco,
sin embargo hay una gran calma,
una ausencia de dimensión, como en un estuario
del río de la vida, y aunque no puede oírseles
seguramente la conversación es distendida,
fluye sin obstáculos, lentamente.
Es noche de flores venusinas. Hay una comunión de los que duermen
y los que ociosos velan: las bengalas
multicolores se encienden en el cielo, el ojo brillante
las refleja, la retina
una y otra vez se impresiona
y tras la traca final hay un silencio breve; luego 
la conversación vuelve a fluir sin rumbo, sin esfuerzo.
Se habla de lo que no necesita meditarse
o se medita a flor de piel, a la puerta de casa,
porque hace calor dentro. Cuando la brisa corre ligera
parece que avanza la noche, que se hace más noche, se adentra
en su propia oscuridad.
Hay también, en incierta lejanía, una música
residual; como la voz sonora, resonante en la calle vacía,
de algún transeúnte incidental
recuerda que hay un universo, espacio que
recorrer, aunque la noche 
parezca comprimirse en las palabras ágiles
y calientes, sin peso específico, de Alí y Mustafá.
Se habla y también se cuchichea,
es un susurro cósmico
interminable.

Cuando la bella higienista dental
hurgó la confluencia de raíces
un estremecimiento olímpico recorrió el cuerpo tendido del paciente
que hasta ese preciso instante había distraído su atención
con efusiones propias de una mente estival
y situaciones adyacentes al largo periodo de vacaciones que se aproximaba.
El mes de junio había sido excepcionalmente caluroso,
el verano había entrado prematuramente.
Miró a la joven higienista, sus dorados bucles
que destellaban la luz fría e intensa de la lámpara,
igual que la montura también dorada de sus gafas, tras cuyos cristales
un iris azulino e inquieto constreñía las pupilas atentas;
semioculta tras la mascarilla la encontró más atractiva que nunca,
pero la elemental tensión en que se hallaba enseguida abortó cualquier excursión erótica.

Las cicatrices que deja el verano
son las más notorias, las más inolvidables.
Uno se siente ciertamente orgulloso de ellas,
son señales de vida ganada,
no pesa su recuerdo, al contrario, son manifestaciones
de luz
que no envejece,
sin el curso del día, luz
que ciega, ciegos henos aquí
por el verano
para la oscuridad.

(de Una nueva familiaridad)






ESOS CASI RAQUÍTICOS MAGNOLIOS, algo
incluso enfermizos en sus cajas de cemento, esos
magnolios pequeños para siempre han dado
grandes flores blancas como palomas
con las alas abiertas o cerradas, quién
lo diría. Cuando se abren esas
grandes palomas blancas como flores
hasta la extenuación abren las alas como pétalos
recios, mas sedosos, y en el centro
se descubre la espiga dorada de su sexo.
De canela
tíñelas la muerte, olorosas palomas.
Esto ocurre aquí, sabedlo, forman parte
de un estanque pequeño que retiene
las sobras de la fiesta hebdomadaria del consumo,
envoltorios y bolsas al viento arrebatados, unos focos
que irritarían al mismísimo Duchamp tan descarnados
sin disimulo usurpan a flor de agua al agua el espacio 
de su movimiento
que animan gruesos chorros
que van bien con el tráfico
de avenidas cruzadas.

(de Una deriva indeseable)




TODAS LAS BANDERAS PEQUEÑAS 
SALUDAN AL VIENTO

Cuando se alza el viento de poniente
en la ciudad de torres y cúpulas antiguas,
como hojas de un mismo árbol fabuloso
todas las banderas despiertan al unísono
y emprende el vuelo sin moverse aquélla:
así va la alegría 
con su nave con cien gallardetes.
Y en la alta mar remota de la noche sin luna
-balizas del sueño de su joven corazón- 
tiemblan las luces de otro continente.

(de Una deriva indeseable)






BAJO UN CIELO GRIS ECLIPSADO
MIEDO A LA PUERTA DE CASA

Qué seriedad la del niño
pisando en el barro los reflejos
de la luz irreal de las farolas,
el barro brillante saturado
de lluvia que repica y corre
por humildes regueros cosmogónicos.
Qué perfección del portaviones
de plástico flotando en el alcorque inundado:
la plaza solitaria la señal
acuciante de la hora tardía,
la plaza metafísica el reloj
del tiempo deformable.
Qué seriedad la del hombre
mirando sus fotos de niño;
así tuvo que ser, desterrado
de aquel tiempo mítico.
La lluvia continúa cayendo
aquí como entonces;
los paraguas abiertos invidentes
se abordan sin pedir disculpas.

(de Material de conciencia)




SEPTIEMBRE


La naranja aparece en el centro
de gravitación. Alrededor suyo
cae la incertidumbre de los días,
nebulosos planetas, cae la nada
tranquilizadora, las palabras
que se abultan y se desmoronan,
el obstinado signo de interrogación 
desamparado como un leño seco.

La naranja un día sobreviene
en el frutero (mi mujer la compró);
no estaba el mundo preparado para ello;
como si a consecuencia de una herida
aún se retrajera, quiero decir que
la conciencia que teníamos de él
era tal vez menguante; la naranja
se apoderó de ella sin dificultad, 
el mundo
               no parecía.


(de Material de conciencia)





COMO QUIEN LLEVA UN FAROL PARA ALUMBRARSE

En la hora agria del retornar del día,
por el crepúsculo que huye de calles trasnochadas,
vas, voy
con el frágil paquete de pasteles
melindrosamente cogido del cordel.

Es el umbral tal vez de la otra vida
en la que te dispones a entrar con tu viático.
Vas a una cita en las sombras
que despeja la claridad del día.
Es el momento justo
antes de que desaparezcas.

Luego se impone el mundo y el sol quema
hasta la última huella de tus pasos.


(de Una extraña naturalidad)




PARQUE NOCTURNO CON ESTANQUE


La noche llega en la luz de las farolas amarilla en la alameda oscura, recortada en la claridad del cielo aún inextinguida. El misterio baja al estanque que refleja el agitado juego de luces misterioso. Desde lo más profundo de las sombras llega una anécdota cruel: los paseantes pretenden su plácida ignorancia y comentan empero lo que ocurre, bajo la luz equívoca, con gran disimulo. Las últimas barcas se deslizan como roedores de agua. La escena se oscurece y se avivan los reflejos en el agua. El agua negra crece en nuestros susurros mas no puede sofocar aquello que pasó, que está ahí en la oscura alameda palpitando, gritando, revelando su último ser desconocido.



(de Una extraña naturalidad)




CUANDO CALLE sólo
cuando calle volverás
a hacerte presente invadir
mi espacio atravesar traspasar
me aniquilar
me sólo
cuando calle
mas
para que calle para por
fin callar aún
–juro que callaré te
juro que 
callaré– 
aún no es tiempo aún
un árbol sí
me crece un árbol
todavía en la voz: árbol 
palabra pul
món árbol la 
raíz
profunda
en el estómago
la sed
como capullos de voz sed
de decir en
las ramas las hojas espenlaub
un árbol
tenaz
pero lo sé
sé que algún día un día un día de máxima angostura
un día 
de tenebrosa azulidad
el cielo él el azuloso un día
cederá
un día
desdibujado él y todo
se desdibujará
y yo
ya no más yo ni tú
ni tú más tú des
cenderemos des
cenizaremos a
nosotros
a
nos
otros
ligeros
vueltos callados
un día
cómo decir
de reencuentro un día
volverás
a ser la calle la
vociferada la
atestada 
de mundo hambre
saciada de mundo


(inédito)








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