domingo, 12 de marzo de 2017

ANTONIO OTERO SECO [20.024]


Retrato de Antonio Otero realizado por su hijo Mariano en 1966.



Antonio Otero Seco

Antonio Otero Seco (Cabeza del Buey, 1905 - Rennes, Francia 29 de diciembre de 1970) fue un escritor, poeta, periodista y crítico literario español. De ideología republicana y masón, colaboró en publicaciones como Nuevo Diario, Correo Extremeño, La Libertad, Diario de Madrid, Heraldo de Madrid, Mundo Gráfico, Estampa, La Voz, El Sol, La Verdad, Política, Misión, Mundo Obrero, Frente Rojo, Levante y CNT; y fuera de España en Le Monde, Les Temps Modernes, Ibérica o Le Monde des Livres. Después de la Guerra Civil, fue encarcelado y condenado a muerte; conmutada la pena y puesto en libertad hacia 1941, marchó al exilio a Francia en 1947, primero París y más tarde Rennes, en cuya universidad trabajó. Después de su fallecimiento, en 1973, se publicó un libro en su honor, titulado Homenaje a Antonio Otero Seco.

Aún joven ya había publicado algunas novelas cortas en Badajoz y colaborado en los periódicos El Correo Extremeño, La Libertad y Nuevo Diario de Badajoz. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en Sevilla, Granada y finalmente en Madrid, adonde llega en 1930 y en cuya Universidad Central se doctoró en Filosofía y Letras. Inicia su carrera literaria y periodística y frecuenta las tertulias de Pombo y de la Granja del Henar, relacionándose con escritores de la talla de Valle-Inclán, Gómez de la Serna o García Lorca. De ideología republicana y masón, colaboró en publicaciones como Nuevo Diario, Correo Extremeño, La Libertad, Diario de Madrid, Heraldo de Madrid, Mundo Gráfico, Estampa, La Voz, El Sol, La Verdad, Política, Misión,4 Mundo Obrero, Frente Rojo, Levante y CNT; y fuera de España en Le Monde, Les Temps Modernes, Ibérica o Le Monde des Livres. Su pieza teatral La Princesa Coralinda (1934) fue representada en Madrid en ese año y en Valladolid al año siguiente. Hizo la última entrevista que concedió Federico García Lorca poco antes de su fusilamiento; fue el 3 de julio de 1936 para Mundo Gráfico. Se casó con la vallisoletana María Victorina San José, de la que tuvo tres hijos. Cuando estalló la Guerra civil siguió escribiendo en la prensa republicana, donde a veces firmaba con el seudónimo de “Antonio de la Serena”, en referencia a su comarca de nacimiento. En 1936 escribió junto al comandante Elías Palma Ortega Gavroche en el parapeto, la primera novela de la guerra publicada en la España republicana.

Después de la Guerra Civil, fue encarcelado y condenado a muerte; conmutada la pena por 30 años, fue conducido al penal de El Dueso, cerca de Santoña; sale en libertad condicional a fines de 1941 y le pusieron en libertad en 1942. En las cárceles de Porlier y El Dueso había escrito una serie de poemas reunidos bajo el título de Ausencia y dedicados a su esposa. Entonces pasó a la clandestinidad política mientras fingía ser representante comercial. Colabora en el semanario Misión, en el que escribe una serie de biografías históricas bajo el rótulo de “Claros Varones de España”, firmando con el seudónimo de Luis Herrera, por tener prohibido utilizar su nombre. Igualmente escribe dos obras teatrales en verso (La eterna enamorada, El Rey de Oros) que son estrenadas en Madrid y Barcelona a nombre de un amigo suyo no depurado, Manuel Ortega Lopo. Sus actividades clandestinas hacen que sea detenido y sometido a tortura para que delate a sus compañeros de organización. No lo hace, y éstos sobornan a uno de los guardias, con lo que consigue escapar. Un día de marzo de 1947 marchó al exilio a Francia disfrazado de cura y con documentación falsa, primero a París y más tarde a Rennes, donde se reunió con su familia y en cuya universidad trabajó.

En París entró en contacto con la Agrupación de Periodistas Españoles en el Exilio presidida por Ángel Galarza, quien lo nombró secretario. Allí encontró a su amigo Jesús Izcaray, que ejercía el cargo de vicesecretario. Por cuenta de esta organización hizo un viaje por el Norte y Este de Europa (Dinamarca, Finlandia, la URSS) cuyas impresiones reflejará en un poemario titulado Paréntesis sonriente. En París se relacionó con hispanistas como Jean Cassou, presidente de la Association France-Espagne, o Jean Sarrailh, rector de la Universidad de París, así como con intelectuales franceses como Albert Camus o Jean-Paul Sartre. En la revista de éste, Les Temps Modernes, dio a conocer su experiencia carcelaria,10 con el objetivo de denunciar la realidad del “universo concentracionario franquista". Entre 1950 y 1952 trabajó como traductor para la ONU y la UNESCO y en ese último año, gracias al apoyo de Jean Sarrailh, obtuvo una plaza como lector de español en la Universidad de Rennes, donde tuvo entre sus alumnos al futuro hispanista Jean-François Botrel. En Rennes fue muy respetado y querido por sus alumnos, pero llevó una vida algo aislada de los círculos de emigrados españoles, concentrados sobre todo en París y Toulouse; desde 1967 sostuvo correspondencia con Miguel Delibes, iniciada con motivo de la edición de Cinco horas con Mario; escribió crítica literaria y reseñas para Le Monde y para varias revistas americanas: Ibérica (Nueva York); La Torre, Asomante (Puerto Rico); Cultura Universitaria, Papel Literario (Caracas); y una larga serie de diarios, entre ellos Tiempo (México); Mercurio, La Nación (Santiago de Chile); Venezuela Gráfica, República (Caracas); Occidente (Bogotá); El Universo, El Telégrafo (Guayaquil); Radio Universal (Buenos Aires)… En agosto de 1970 fue distinguido con Palmas Académicas “por servicios eminentes aportados a la cultura francesa”. Tres años después de su fallecimiento por causa del cáncer el 29 de diciembre de 1970, se publicó un libro en su honor titulado Hommage à Antonio Otero Seco (Rennes, 1973)8 en que colaboraron Ramón J. Sender, Victoria Kent, Jesús Izcaray, Luis Amado Blanco y escritores del interior que mantuvieron correspondencia con Otero, quien contribuyó a la difusión de su obra en Francia: Camilo José Cela, Ana María Matute, Ángel María de Lera, Carmen Conde, José Corrales Egea, Francisco García Pavón y Miguel Delibes. También empezó a publicarse gran parte de su obra inédita.

Obras

Obras, Rennes: Université de Haute Bretagne, 1972.

Narrativa

El dolor de la vejez (Badajoz, 1925)
La tragedia de un novelista (Badajoz, 1926)
La amada imposible (Badajoz, 1926)
Una mujer, un hombre, una ciudad (Barcelona: Ediciones Bistagne, 1929).
Con Elías Palma, Gavroche en el parapeto (trincheras de España). Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1937.
Vida entre paréntesis (relato autobiográfico inédito)

Lírica

Viaje al sur.
Ausencia
Paréntesis sonriente
Poésie. I, 1930-1950 [Bédée]: Éditions Folle avoine, 2016.

Teatro

La Princesa Coralinda (1934)
La eterna enamorada
El rey de oros

Varios

Obra periodística y crítica: exilio. Rennes: Centre d'études hispaniques, hispano-américaines et luso-brésiliennes, Université de Haute-Bretagne, 1973.
Obra periodística y literaria: antología, Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2008.
Madrid-Ceuta, Tetuán-Tanger S.l.: s.n., 1934.
Écrits sur García Lorca, dont sa dernière interview, Rennes: Part commune, 2013.



Vendrás.

Sé que vendrás
porque hace mucho tiempo que te espero.
Vendrás
pero no te veré.
Verás mi huella:
Una línea de sueños, de afanes, de amarguras,
como una Vía Láctea cargada de tormenta.
Llegarás, pero yo
habré dejado el lecho de tantos años tristes.
Sólo un hueco, una sombra, un molde, una canción

(Homenaje 145).



VEJER DE LA FRONTERA

Vejer: Desde el automóvil
quiero llevarte en el cuadro
del parabrisas. Así
te descuelgo del espacio.
Vejer: Maqueta de pueblo
en el azul recortado.
Vejer: Silencio infantil
de nostalgias traspasado,
huyendo del verde ansioso
que está devorando el campo.
¡Cómo me angustia ese verde
que va hacia el pueblo trepando!

¿Quién ha tirado al azul
ese puñal de dados?…

Vejer: Quisiera llevarte
en la palma de la mano.

En la solapa del tiempo

gira loca, loca, loca

entre las manos del viento,
la gran rosa de papel
de tu molino harinero.

Vejer: Yo quiero esa rosa,
loca de sol y de cielo,
para llevarla en la proa
de mi barco aventurero.
Dámela, Cerca, en Tarifa,
me espera un barco velero.
Quiero llevarla triunfante
por las aguas del Estrecho,
girando como una brújula
sobre la noche del pelo
de mi amor. Dame tu rosa
de papel de terciopelo.

Este poema, dedicado al pintor Alfredo Palmero, fue publicado en La Libertad, en la edición del 10 de septiembre de 1933.




Miguel*

I

¡No, que la canción se ha muerto!
¡No, que el árbol se ha secado!
¡No, que el barco ha naufragado
antes de llegar al puerto!
Todas las flores del huerto
deshojan el sí y el no.
En Orihuela nació.
Un arcángel jesuita
le bañó en agua bendita
pensando en Gabriel Miró.


II

No cantes, que ya nos deja,
al costado una lanzada,
la frente cuadriculada
por la sombra de la reja.
No cantes que ya se aleja.
No cantes, no cantes, ¡no!
En Alicante murió.
Un ibérico cainita
le ofreció la dinamita
pensando en el Agipró.


III

En Orihuela nació,
pastor de cabras, poeta,
a la sombra de un cometa
que el destino le marcó.
En Alicante murió,
entre la hoz y la cruz.
Cuando se apagó su luz
un arcángel jesuita
le ofreció la dinamita
dentro de un verde capuz.

*Antonio Otero Seco, Obra periodística y literaria. Antología, edición, introducción y notas de Francisco Espinosa y Miguel Ángel Lama. Mérida: Editora Regional de Extremadura, 2008, volumen II, pp. 229­230.



a Miguel Hernández*

Miguel, Miguel, Miguel, estás llorando
por encontrar el ritmo de tu nombre.
Déjame que blasfeme y que maldiga
porque el ritmo murió tu misma muerte.

Te encuentro y, sin embargo, te busco en todas
partes,
en el claro recuerdo de tu clara sonrisa,
y en esa luminosa proyección de tus ojos
empapados del verde huertano y entrañable.

¿Qué pensarán las madres de los que te mataron,
segando tu voz clara de gallo que horadaba
con piqueta de ritmo y pico ebrio de aurora
el filón de tu canto en la mina del día?

Miguel: lloro y escribo y evoco tu figura
de campesino sabio e ingenio ciudadano
y recuerdo aquel vino del cáliz de tus ojos
con tu pan y tu sal de mano hospitalaria.

¿Recuerdas aquel día? Mi hijo había llegado
abriendo en lloro inédito la puerta de la vida
cuando le levantaste sobre tus hombros fuertes
mi hijo en redondo como en la Eucaristía.

¿Por qué agujereaste, al nacer, la cayada
de pastor de rebaños, de almendros y de musas
que encontraste en la cuna como ofrenda paterna,
antes de que lo hicieran la tierra y los gusanos?

Miguel: quiero decirte todo lo que tú sabes:
que la rosa se ha muerto por culpa de tu ausencia
y que este año el arado dimitió de su hierro
porque no quiere espigas extrañas a tus manos.

Están buscando todas las viudas de España
–viudas de su hombre, de tu vida y tu muerte–
tu perfil de certeza de tierra germinada
rasgada por el trino de un ruiseñor constante.

(Y tú, Miguel Arcángel, tú, Miguel, levantabas
a mi hijo que abría la puerta de la vida.
Escucha tu mensaje, su voz que te pregunta
en un túnel de ausencia sin remedio y sin eco).

Treinta siglos sonoros de ríos españoles
hinchaban esas venas de tus brazos labriegos
que mi hijo aprendía a saber levantando
el bosque primitivo del vello de tus manos.

Miguel, Miguel, Miguel, como a tu amigo,
muerto en su carne de hombre y vivo en tu poesía,
déjame que te diga con palabra entrañable
lo que tú adivinabas de muerte y viva muerte,
que me llega lanzado por honda de pastores.

A las aladas almas de las rosas,
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

París, 30 de abril de 1952

*Antonio Otero Seco, Obra periodística y literaria. Antología, edición, introducción y notas de Francisco Espinosa y Miguel Ángel Lama. Mérida.  Editora Regional de Extremadura, 2008, volumen II, pp. 245­247.


El hombre que hizo la última entrevista a Lorca

Antonio Otero Seco, periodista, narrador y poeta, amigo de Chaves Nogales, escribió también la considerada primera novela sobre la guerra civil

Por JESÚS RUIZ MANTILLA





Desde de la izquierda, Antonio Otero Seco, general José Miaja, coronel Vicente Rojo y Elías Palma, con un ejemplar de la novela 'Gavroche en el parapeto'.


Cuando Lorca vio a Antonio Otero Seco por última vez, le pidió un favor y le hizo una promesa. Primero, que no publicara hasta pasados unos días la entrevista que el periodista y amigo íntimo le acababa de hacer. Le juró también que le daría el primer ejemplar de su nuevo libro en cuanto estuviera listo: se iba a llamar Poeta en Nueva York. “Tendrá 300 páginas o algo más. Se podrá matar a alguien tirándoselo a la cabeza”, le dijo.

La primera parte del trato se cumplió. La segunda, no. Un mes después, Federico fue asesinado en las inmediaciones de Alfacar (Granada). Pero las noticias resultaban tan confusas que Otero Seco (Cabeza de Buey, Badajoz, 1905-Rennes, 1970) decidió estar absolutamente seguro de aquel mazazo para publicar, el 24 de febrero de 1937 en Mundo gráfico, la que había sido, según él, su última entrevista en vida.

Tuvieron que pasar siete meses para desenmarañar dimes, diretes y confirmar la tragedia. Unos decían que estaba escondido en casa del músico Manuel de Falla, otros que los habían fusilado a los dos. Se había formado hasta un escuadrón de estudiantes con el nombre de Mariana Pineda para ir a rescatar el cuerpo. Lo cuenta el mismo Otero Seco en Escrits sur García Lorca, recién publicado por sus hijos, Antonio y Mariano, en la editorial francesa La Parte Commune, versión bilingüe.

Los dos han decidido rescatar la memoria de su padre. No solo han sacado a la luz este volumen que contiene íntegra aquella entrevista. También otro dedicado a sus encuentros con Picasso y Dalí, así como sus poemas. Pero en Francia. Allí es donde viven desde que Otero Seco tomara el camino del exilio y se ganara la vida como profesor en la Universidad de Rennes. “En España está absolutamente olvidado”, afirman. Tan solo los historiadores Francisco Espinosa y Miguel Ángel Lama han rescatado gran parte de sus escritos en una antología editada por la Universidad de Extremadura. “Algo encomiable, que agradecemos muchísimo”, afirman sus descendientes.

Para ellos, la memoria es una maleta pesada pero absolutamente necesaria. El primer recuerdo que Antonio, el mayor, tiene de su padre, prende tan lúgubre como teñido de desconcierto: lo conoció en el penal del Dueso (Cantabria). “Un 18 de julio de 1941. Yo acababa de cumplir tres años y los vencedores habían tenido el detalle de permitir a los presos reunirse con sus hijos para conmemorar lo que para ellos era el alzamiento y para nosotros el comienzo de la tragedia”.

FEDERICO ANTE EL JUEZ

Antonio Otero Seco recuerda la luz de Federico García Lorca. Brillaba, con su dentadura blanquísima en mitad de la tez morena, lo mismo en las tertulias teatrales y literarias de los cafés que declarando ante un juez. En esos trances comprometidos era cuando podía sacar lo mejor de sí, incluso. Como cuando tuvo que declarar acusado por un guardia civil de haber ofendido al cuerpo con sus poemas. Otero asegura haber presenciado aquella escena precisamente el 3 de julio de 1936, cuando, según él, le hizo aquella última entrevista.

“Cuando la leí por vez primera me quedé de una pieza”, asegura Ian Gibson. “Sobre todo por lo de la citación. Yo no podía, ni puedo, saber hasta qué punto Otero apuntó las palabras exactas del poeta. Pero sí dijo que el guardia, un señor de Tarragona, le pedía poco menos que su cabeza. Resulta escalofriante. No cabe duda que el poema Romance de la Guardia Civil española ofendió e incluso enfureció a no pocos ciudadanos del bando contrario y me imagino, a no pocos mandos del Cuerpo. Es muy probable que el ser su autor no le ayudara nada en los últimos momentos. Esto fue para mí lo más portante de la entrevista”, afirma el biógrafo. Lo que le extraña es que en esa época no hubiera alusión alguna a La casa de Bernarda Alba, terminada entonces. “Lorca se la leía a todo dios porque estaba muy contento con ella, por eso tiendo a pensar que pudiera haberse producido antes”.

En ella, el poeta le comentaba infinidad de proyectos. Aparte de la culminación de Poeta en Nueva York –“Un libro sobrio y de contenido social que defraudará”, decía, “a esos lectores que echan baba lujuriosa con La casada infiel”-, la preparación de obras teatrales como la ahora conocida Comedia sin título, otra obra de inspiración andaluza, o La sangre no tiene voz, que trataba el tema del incesto. El autor le confesó que quería descansar y con tanto anuncio temía volver locos a los editores y empresarios teatrales. Por eso le pidió que aguantara un poco antes de publicar sus palabras. Ninguno de los dos imaginó lo que truncaría todo poco después.

¿Su delito? Ejercer el periodismo y haber mostrado apoyo a la Izquierda Republicana de Azaña. El caso guarda tanto paralelismo –en inquietudes, género y compromiso- con el de Manuel Chaves Nogales que urge una justa recuperación en su país natal. También Otero se definía como liberal y republicano. Abogaba por una tercera vía abierta, alejada de la losa dogmática encaminada a los totalitarismos y ejercía un periodismo libérrimo, muy conectado con el mundo cultural.

Pero no solo eso. También ha pasado por ser el primer autor, junto a Elías Palma, de la que se considera novela pionera de un género que traería cola hasta el presente: la guerra civil. Y lo hizo en caliente, sin que la distancia para algunos necesaria le frenara un impulso que también bordó Chaves Nogales en sus relatos de A sangre y fuego. Este conjunto de narraciones, décadas después, ha sido reconocido como una obra maestra, precursora del nuevo periodismo 30 años antes de que, como dicen, lo inventara Truman Capote. “Los dos fueron muy amigos, compenetrados en la causa de una España alejada de los extremismos, puros demócratas”, afirma su hijo Mariano.

La novela germen de Otero Seco y Palma se titula Gavroche en el parapeto y es una fusión de crónica y ficción necesitada también de una difusión urgente. Los autores llegaron a entregársela al general Miaja y al entonces coronel Vicente Rojo, cuando ambos defendían el asedio a Madrid [momento que puede verse en la fotografía], recoge su amigo y profesor, Jean François Botrel. “También abordó la autoficción”, afirma este. “Fue en el relato Entre paréntesis, donde cuenta su experiencia en las cárceles”, comenta Antonio Otero hijo.

Entró en la prisión madrileña de Diaz Porlier acusado de “activísima campaña periodística contra el movimiento nacional y apología de la causa marxista, entre otras cosas”, añade Botrel. Le pidieron pena de muerte. Se la conmutaron por 30 años. Le trasladaron al Dueso para que le comiera la humedad en aquella fortaleza de horrores frente a la playa de Berria, cerca de Santoña, pero salió en 1942.

Se introdujo en la clandestinidad política –“Le veíamos de pascuas a ramos cuando se dejaba caer por casa”, comenta Antonio-, pasó por representante comercial como escaparate del activismo político. Velaba como podía de la seguridad de su esposa, María Victorina San José, y sus tres hijos. Un buen día, cruzó la frontera a Francia disfrazado de cura.

Allí quedó deslumbrado por París. Pero cambió el abrigo de otros colegas en el exilio y la recién estrenada efervescencia de la capital tras el girón que le habían dejado en las calles los nazis, por un puesto seguro en la Universidad de Rennes. Allí se volvió a reunir con su familia y pasó sus días, espigado y silencioso, dichoso por volver junto a su esposa e hijos, pero triste por una España amputada. Escribió para medios suramericanos y Le Monde, hasta su muerte, en 1970. Saltaba del periodismo a la novela, el teatro y la poesía en medio de una obra discreta pero constante que espera ser ahora redescubierta como merece.


Antonio Otero Seco, Masón Extremeño
Muerto en el Exilio

Por Manuel Pecellín Lancharro

Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes


En la biblioteca de la sección de español de la Universidad de Rennes se
puede leer una placa que dice así: “Antonio Otero Seco, español, liberal,
republicano, nacido en 1905, fue poeta, periodista y crítico literario; exiliado en 1947, enseñó español desde 1952 en esta Universidad y murió en 1970 de nostalgia y lejanía”.

Dicha Universidad bretona publicaba el año 1971 el volumen Hommage
à Antonio Otero Seco (Rennes, Centre d´Ètudes Hispaniques, Université de Haute Bretagne) para honrar la memoria del profesor recién desaparecido.

En dicha obra colaboraron conocidos autores franceses y un importante
elenco de firmas españolas entre las que figuran nombres como los de los también exiliados Victoria Kent, Jesús Izcaray o Ramón J. Sender, junto con numerosas personalidades del interior, con las que el finado mantenía relaciones epistolares: Carmen Conde, Ana María Matute, José Corrales Egea, Miguel Delibes, Francisco García Pavón, Ángel María de Lera o el propio Camilo José Cela, en cuyos Papeles de Son Armadans había publicado Otero, que también consiguió ver artículos suyos en Ínsula o Revista de Occidente


Discurso de Antonio Otero Seco

Puede apreciarse que el papel es malo, de la época, y no durará. Está
escrito con una máquina muy baqueteada que carece de eñes y de alguna tilde, y corregido a mano por el autor. Tiene correcciones ajenas que no deben tenerse en cuenta (página 2, destructores por destructora; página 4, espinas por espigas). Las correcciones del autor son evidentes, aclara Juan Solo Abardía).

Permitidme que mi primer saludo -junto al que siento la satisfacción de dirigiros- vaya al V. M. y a los queridos HH. de una Respetable Lo., para mí inolvidable.

Viviría cien años en esta dura brega de buscar para mi Patria escarnecida y atormentada, un airón de Libertad, de Justicia y de Tolerancia, y me alimentaría a lo largo del camino el recuerdo imborrable de la vida y la muerte, del esfuerzo y la obra; del ejemplo y la conducta, sin flaquezas ni desmayos, de aquellos QQ. HH. que ahora evoco con emoción que no puedo -ni quiero- reprimir, y que, en estos instantes, se reúnen en mi corazón en tenida magna de fraternidad.

Aquella Res. L. está tan unida a mi carne y a mi espíritu masónicos, a mi
fervor entrañable por nuestra Augusta Orden, que no quiero cometer la injusticia de renunciar a colocarla en el lugar de honor de este modesto trabajo. Me habéis dado tantas pruebas de espíritu masónico; habéis sido para mí cantera de tan finas calidades; habéis sabido cumplir la abnegada y meritoria labor de conducirme por las tinieblas, proyectando sobre mis ojos la viva luz de vuestra conducta, que quiero unir mis raíces -hundidas en aquella Logia Madre- a este magnífico florecer de la Respetable Logia “IBERIA”, que, de modo tan generoso y fraterno, me ha abierto sus brazos. ¡Dichoso el que, como yo, puede tener la felicidad de sentirse vinculado a dos Logias que honran a nuestra Augusta Orden! Era aquella Logia - permitidme este nuevo viraje hacia el recuerdo- una Logia perdida “en un lugar de España”; una célula viva en la España muerta; un cuerpo estallante de vitalidad incontenible allí donde los jinetes de la tiranía franquista -más destructora que los cuatro del Apocalipsis- habían reeditado la  desolación del cabello de Atila, destruyendo todo signo de vida con sus cascos; una Logia, en fin, llena de luz pura, como un diamante en un estercolero; un vigía alerta en la España que sufre y que lucha; en la España que no se curva; en la España que agoniza cada noche y renace cada mañana; en la España que grita su verdad y que no renuncia a decirla, aunque cada palabra de protesta se engarce en el crucigrama trágico del Dictador para formar el “considerando” de una sentencia de muerte.

Esa Logia, modesta, sencilla, callada, obscura, voluntariamente sumergida en nieblas de silencio y en abisales honduras de recato, porque el más ligero rayo de luz la hubiera quebrado en su eficacia, condenándola al fuego eterno -se llamaba “CAUTIVERIO Y VALOR”. Estaba situada, utilizando nuestras bellísimas terminologías, en los Valles de Santander, allí donde cada mañana, el mar, piadoso, venía a poner un embozo de encaje blanco sobre la tierra fría de un pequeño cementerio en el que cada noche caía bajo las balas franquistas -con una condecoración de plomo en el pecho- un racimo de españoles ejemplares.

Estaba -repito- en los Valles de Santander y en el punto geográfico exacto en el que se alza el penal del Dueso. Limitaba al Norte con la Tiranía de Francia; al este con la Crueldad de la Falange; al Sur con el mismo Mal y al Oeste con los pelotones de ejecución del Nacional Sindicalismo; es decir, con la más absoluta negación de todo lo que nosotros representamos y contra lo que hemos jurado luchar desde el momento mismo en que el Pueblo Masónico tuvo la generosidad de pedir luz para nosotros. Allí, en medio de ese mar de sangre, la Respetable Logia “Cautiverio y Valor” era una isla de dignidad, un Robinson de amor, un menhir erguido -como un dedo justiciero- señalando el blanco eterno de la Verdad, de la Tolerancia y de la Virtud, en el centro exacto -geométrico y frío- del patio de un penal de Franco.

Allí-V.M. y QQ. HH.- recibí mi aumento de salario con el honor que me hicieron al considerarme digno de compartir sus trabajos con el grado de Compañero. Había llegado poco antes de otra prisión franquista -la de Porlier, de Madrid- donde los masones, unidos, nos prestábamos toda la solidaridad que nos era posible en nuestra desgracia común y donde cada uno procuraba ser ejemplo, con su conducta, para el resto de los compañeros de cautiverio. Habían fusilado allí a un hermano, al que el propio tribunal militar había propuesto para el indulto, ante la limpidez de su conducta profana -fiel reflejo de sus virtudes masónicas- pero al que el Ministro de la Guerra franquista y el propio Franco no habían querido perdonar porque era masón. En la sentencia de muerte de aquel hermano y al margen de la propuesta de indulto, hay una nota de puño y letra del entonces ministro de la Guerra en la que se dice: “No ha lugar al indulto porque es masón”.

Y debajo la firma de Franco con esta antefirma: “Enterado. Conforme”.

Aquel masón admirable que en la prisión de Porlier era ejemplo vivo de virtudes, se llamaba Martín Manzano y era alcalde una villa heroica, que si no estuviera ya en la mejor Historia de España por haber parido a un hijo digno de este otro hermano, hubiera pasado ahora por haber parido a Martín Manzano, que era hijo y alcalde Móstoles. Su antecesor tuvo la audacia de declararle la guerra a los extranjeros invasores del suelo español. Este, luchó contra los españoles que invadían el propio suelo de la patria. En su memoria y dentro de su ataúd de fusilado “por enemigo de su Patria”, unos pobres versos míos recibieron sepultura en la tierra anónima donde tantos españoles admirables esperan la hora de
poder estremecer de gozo sus cenizas viendo a España liberada.

Fueron escritos mientras Martín Manzano estaba en capilla y enviados a él clandestinamente, momentos antes de que saliera de la cárcel para no volver. Con él fueron a la tierra. Decían así:


 “En esta noche negra que cubre todo el cielo
Mientras gritan los muertos con voces traspasadas,
Quiero decirte, HERMANO, mi adiós de despedida.
Bajo el compás abierto de tus piernas serenas
Pasa el río que nadie salvó con la mirada.
Si en esa ruta tienes tu rol de navegante
Deja que en ti salude al mejor Capitán.
Que aguarden esos hombres que esperan en la puerta
La corona de espigas de tus brazos labriegos
Para cerrarla a golpes de llaves y eslabones
Al cuello de tus manos aún no decapitadas.
O que vuelvan al Mundo de su cuadro de Goya,
Donde el farol devora la rueda de los días,
Porque tú eres la Vida con sus perlas maduras.
Tu sangre, derramada antes de ser vertida,
Endurece la arcilla del hombre de la calle
Y abre venas y surcos en la tierra sedienta
Donde duermen tranquilos tus hijos y los míos.
Toma mi corazón. Llévale en esa mano,
Con geografía de montes y ríos de trabajo,
Para que sea mañana una robusta encina
Cerca del jaramago, de la estrella y la rosa.
Me duelen tu tranquila serenidad de justo,
Tu verdad que harakirán las duras bayonetas;
Tu bondad verdadera, tu sonrisa de niño,
Tus manos puerperales, de vuelta del arado;
Y ese perdón tranquilo, de semilla espontánea,
Sin hiel y sin vinagre, que Cristo envidiaría.
Me duele el agua clara tranquila de tus ojos,
Tu postura de siempre, tu voz de cada día,
Tu cigarro sin miedo, tu tranquila conciencia,
Tu sonrisa, tu amable despedida sin vuelta.
Desde la alta colina en que nos dejas solos
Déjame que te grite con voces que me llaman
Desde todos los rumbos cruzados de la rosa
La verdad que me dictan los hombres que no han muerto:
Mañana, cuando se oigan avanzar nuestros pasos,
Tu estarás con nosotros porque tu eres la IDEA’’.


La primera tenida a que asistí en la Respetable Logia “Cautiverio y Valor” fue la tenida fúnebre en memoria del Q. H. Martín Manzano. No teníamos- naturalmente -un templo adecuado, ni podíamos, sin riesgo de la vida- decidirnos a la práctica de nuestro hermoso rito, tan cargado de sugerencias espirituales, tan llena de sugestiones poéticas inefables.

Habíamos elegido para reunirnos la escuela de la prisión. Para mejorar el nivel cultural de muchos de nuestros compañeros de cautiverio, los componentes de la Logia habíamos hecho uso de nuestros títulos académicos o de profesiones no corrientes, para lograr de la Dirección -más atenta a realizar mercado negro con los escasos alimentos de la Colonia Penitenciaria que a sutilezas discriminadoras que nos permitiera organizar unos cursos de ciencias y de artes que debían ser explicados en la escuela del Penal, bajo la vigilancia de un funcionario de Prisiones.

Recuerdo que, en homenaje a Martín Manzano, di una conferencia sobre “El Alcalde de MÓSTOLES” con la exacta etopeya de nuestro querido hermano. El nombre del Alcalde de Móstoles fue bastante para que el funcionario pensara que yo estaba pronunciando una conferencia “patriótica” dándole a este vocablo el sentido “patriotero” a que tan acostumbrados nos tienen los servicios de propaganda falangista.

En aquella escuela se explicaron las más diversas ramas de las artes y las ciencias.

Lo interesante era poder estar reunidos. Yo expliqué un curso de latín, aprovechando que en mí -ya un poco lejana juventud- había preparado oposiciones a una cátedra de esta lengua, lo que nos permitió ponernos en contacto con un enlace de otra galería, catedrático de latín, que no coincidía nunca con nosotros en el patio, y dictarle -así- nuestras instrucciones, nuestras noticias de la calle y del Mundo, nuestras alegrías y nuestras penas, en presencia del vigilante funcionario, fingiendo ejercicio de análisis gramatical en el encerado de la escuela. Otro de nuestros HH. explicaba Astronomía; otro cálculo integral; otro inglés; otro esperanto... Como ejemplo gracioso -de una gracia empapada en lágrimas, como veréis- recuerdo que un hermano fue incorporado al equipo profesoral para que desarrollara un curso de gastronomía, de recetas de cocina -concretamente- en un penal donde, por culpa de la bazofia del rancho, desprovisto del mínimo de calorías indispensable, morían de hambre cada día cuatro o cinco reclusos, en una población penal de cuatro mil. Pero no hubo otra posibilidad de incorporarle al cuadro de profesores, porque en la copia de su expediente, que se guardaba en el archivo de la prisión, figuraba con su verdadero oficio: “Cocinero”. Y, por cierto, lo había sido de la Infanta Isabel.

Merced a aquel arbitrio podíamos reunirnos todos los días una hora.

Cuando el oficial de Prisiones se aburría -cosa que pasaba casi siempre- se marchaba de la clase, convencido -son sus propias palabras- de que aquello “era una jaula de locos empeñados en aprender siempre cosas nuevas, sin darse cuenta de que cualquier noche les podían cortar el pescuezo”. Entonces, la escuelita de El Dueso se convertía automáticamente en el taller de la respetable Logia “Cautiverio y Valor”, porque rara era la vez que no estábamos a cubierto. Salvo los cursos generales en los que abundaban los profanos, en los que nosotros llamábamos de especialización se decían cosas tan raras para los no iniciados que acababan por dejarnos el campo libre, si no diciendo lo que el oficial de prisiones, pensándolo, por lo menos.

Nuestra buena voluntad, nuestro fervor masónico, nuestro amor a la Augusta Orden, nos hacían ver los símbolos que faltaban en aquellas paredes ensuciadas con consignas falangistas, en mayor abundancia que carteles pedagógicos. No es una simple imagen literaria, ni un puro sueño poético, sino casi una realidad tangible: en aquella lóbrega mazmorra, en aquella celda -que no escuela- donde hasta a la Ciencia y a la Cultura se había querido encerrar en prisión, he visto, con casi tangibilidad material, la estrella Flamígera, guiado por la explicación simbólica de nuestro V. M. Y he visto, con corporeidad que casi me hubiera permitido posar mis plantas sobre ellos, los cinco escalones que hay que esperar para poder contemplar la pura luz que de ella emana.

Quisiera recrearme en esta evocación que me canta en el alma con trinos que son luz y que brilla en el recuerdo con luces que son una canción, reiterando la evocación de aquellos instantes, volviéndolos a vivir con el íntimo agradecimiento de que aquellos hombres que quitaron de mi lado la piedra bruta para sustituirla por la piedra cúbica y encomendarme trabajos de más responsabilidad y finura artesana, me enseñaran a pulimentar también la piedra bruta de mis pasiones, de mis defectos, hasta hacerme minero de mí mismo, sumergiéndome en la noche obscura de mi yo profano -lleno de impurezas- y alumbrarla con luces que yo tomaba de su ejemplo, hasta poder concebir la esperanza de trocar la noche en claro amanecer.

Se alza ante mí, en estos momentos, la figura del artífice de aquel taller; la silueta venerable -en todas las acepciones del vocablo- del V.M. Él era el hombre incansable que había borrado de su diccionario interior la palabra desaliento; el que sabía encontrar el arbitrio ingenioso para darle un ágil quiebro de cintura a la vigilancia; el que sabía arreglárselas para encontrar la treta audaz con que soslayar los inconvenientes que cada día se presentaban a nuestro necesario cambio
de impresiones.

Era un levantino con el perfil de condotiero que debieron tener Roger de Lauria y el Papa Borja. Tenía el ingenio ágil, la sonrisa pronta, la palabra clara, y el corazón en la mano como una lámpara votiva. Con la sencillez de lo sincero era ejemplo para todos por su conducta irreprochable: para los cobardes, con el espectáculo de su sinceridad; para los intransigentes, con la intolerancia a prueba de incomprensiones; para los egoístas con las manos llenas de solidaridad.

Recuerdo que tocaba la guitarra maravillosamente, que hundía sus dedos ágiles, como una araña de nácar, en el pez negro -como un sexo sombrío- de esa bailarina mutilada de madera, hasta convertir en luz sonora la verticalidad de la reja armoniosa de sus cuerdas. Alguna vez le dije que tocaba la guitarra como ron tocar sus instrumentos esos ángeles músicos que pegan su perfil ingenuista enç los juros de las iglesias románicas de castilla o sirven de fondo a las letras capitulares de los viejos códices del medioevo. ¡Cuántas veces, junto al petate de un enfermo -de angustia, de soledad, de hambre y de carencia de medicinas- alzó el único remedio que podía ofrecerle: el de la guitarra, para que el espíritu del, doliente se empapara de las cadencias de una canción vernácula y entrañable! Aquel HOMBRE me llamó un día, y con otros QQ. Maestros de la Logia, me inició, en el ritual del grado de Compañero. Fue -no se me olvidará nunca- una tarde de Jueves Santo, en la que el capellán de la Prisión había organizado un “piadoso acto de arrepentimiento por nuestros muchos pecados y crímenes cometidos durante el Gobierno de la Anti España”. Habían cerrado la escuela y paseábamos, después del acto “de desagravio a Su Divina Majestad” por el patio de la prisión, bajo la vigilante mirada de los oficiales de servicio que no habían puesto, ciertamente, sus porras a la funerala. Allí, V.M. y QQ. HH., en aquel ambiente de beatería inquisitorial, conocí la letra G que era como el símbolo de la vida y la obra de aquel que me la mostraba: de la Gravitación equilibrada de su alma, para asegurar la solidez de aquel edificio masónico que él había levantado en una zona tan erizada de peligros; de la Geometría perfecta de su actuación, que le permitía medir y construir sobre el lugar necesario para el buen orden de la doctrina; de su generación espiritual, que le había permitido engendrar aquella cantera de hombres que servían de ejemplo a los profanos; de su genio para vencer las dificultades, con el tesón tan reiterado y sin desmayos que venía a darle la razón a Bufón cuando dijo que “el genio es una constante paciencia”; y hasta de su Gnosis que le llevaba siempre a los lugares y a los temas donde pudiera saciar su sed infinita de conocimientos. Allí supe, en aquel sombrío recinto, que “somos como las espigas de trigo”, sintiendo que mis manos florecían en cinco rosas candeales, alargándoseme los dedos como un símbolo de mi nueva edad, y “que hay que perseverar en el Bien”.

Me gustaría poderos repetir -literalmente- sus palabras de aquella tarde, describiéndome los sentidos corporales, analizándome la significación real y la simbólica de las artes y las ciencias; de los órdenes de arquitectura; de las enseñanzas de los filósofos; de la significación del Templo y de la estrella Flamígera, pero siento el escrúpulo de empobrecer la realidad de aquellas palabras luminosas con la torpeza de mi versión personal.

Figuraos, simplemente, lo que para un espíritu de artista, para un temperamento poético de levantino -ebrio de luz, de color, de gracia panteísta y de sales mediterráneas- podía significar el punto de partida de los cinco sentidos; del mazo y del cincel; de la regla y el compás; de la palanca y de la escuadra, sobre los que su verbo prodigioso hacía recaer la gracia armoniosa de todas las Musas.

Recuerdo que aquella tarde me decía el V.M. -entre otras cosas- estas palabras empapadas de ternura: “Mira siempre que el masón debe ser ejemplo hasta de sí mismo, que tiene que ser tolerante y estar sobre todas las pasiones”.

He procurado -en la medida de mi imperfectibilidad- adecuar, desde entonces, mi conducta a esta recomendación. Y he procurado ser tolerante, aunque para serlo haya tenido que ahogar en el fondo de mi alma y de mis pasiones profanas la oscura llamada de los impulsos primarios. Tolerancia, Sacrificio, Abnegación, Solidaridad ... estos son los mandatos que me he hecho a mí mismo, a esa hora en que uno se recoge para dialogar con el propio yo y hacer -como hacía Séneca- el repaso de los actos de cada día. He aquí los conceptos que allí aprendí y que he procurado poner en práctica a lo largo de estos años sombríos, en que las desgracias de mi Patria me han colocado en la situación de aportar mi modesto concurso y mi sincero esfuerzo a los que tratan de remediarlas. Tolerancia, para calar hondo, serenamente, en el espíritu de los demás y no tratar de imponer mi pensamiento por la fuerza o la coacción, convencido de que no hay peor terrorismo que el espiritual; Sacrificio para saber renunciar a lo efímero, a lo cómodo, a lo
personal, a lo agradable, en beneficio de la felicidad de la colectividad; Abnegación para soportar las pruebas que la vida puede ofrecernos con la alteza de miras, la elevación de propósitos y la serenidad de alma y de conciencia que le permitieron a Sócrates aceptar la cicuta -sin que le temblara la mano que erguía el vasoante la mirada aterrada de sus discípulos; y Solidaridad, para no olvidar nunca que el Mundo es una inmensa familia a la que no tenemos el derecho de hurtar nuestra escarcela donde se guardan las más luminosas monedas: las de la fraternidad.

Permitidme, V.M. y QQ. HH. Que no moleste más vuestra atención y que
cierre este modesto trabajo con la reiteración del deseo con que se ha iniciado: El de enviar mi mejor recuerdo, con mi mejor saludo, a aquella Respetable Logia, perdida y ganada, obscura y luminosa, en “un lugar de España”, para la que se va, en esta noche, mi emoción, en compañía del triple abrazo fraternal y ósculo de paz, que os ofrezco a vosotros.

Antonio Otero Seco 





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