miércoles, 15 de marzo de 2017

EDUARDO SARAVIA [20.033]



EDUARDO SARAVIA 

(Ciudad  de México, 1977) 

Ha publicado en diversas revistas del país. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, y del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México. Fue ganador de los Juegos Trigales del Valle del Yaqui “Bartolomé Delgado De León” en el 2008 y del premio nacional de poesía “Clemencia Isaura” en el 2009; obtuvo el tercer lugar en el certamen “Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz 2011”, en la disciplina de poesía, el premio nacional de poesía “Efraín Huerta 2012”, convocado por el Estado de Guanajuato, y el premio hispanoamericano de poesía “San Román” en el 2016.





Del libro
Ovidio lee a Ezra Pound mientras navega hacia el exilio



Naturaleza muerta 
con niño y con caballos

Sentado en el jardín, cruzado de piernas, leo a  
   Burton
Ha llegado el invierno, temperatura ideal para ciertas 
   palabras, recuerdos
heridas

tendido en el pasto como en la llanura,  
   indiferente ante la lluvia que amenaza, a un 
   lado de mí juega mi hijo con tres caballos 
   de madera
la imaginación relincha, cocea la realidad, y de 
   rato en rato pasta en sus orillas
su jinete, la mano, la lleva del rosal al cactus, 
   en el viejo oeste

380 a .C., Demócrito diseca tigres en un jardín 
   de Abdera, la disección es precisa, enérgica, 
   sin lugar a dudas
todos huimos de la melancolía, mi hijo no, 
   mi hijo le jala las barbas
ríe
y le presume sus caballos saludables

que así sea
porque sucede que nuestras vidas son naturaleza 
    muerta, botellas de vidrio y fruta, animales 
    muertos, flores, el límite de esto y aquello
para los niños el cielo es cielo, azul o gris
yo, acostumbrado a los matices, sé que mi vida  
  se detiene donde fluye el agua
y justo ahora, sentado en el jardín, con un libro entre 
  las piernas
siento que una gota me rebana el pecho 




Fábula de Polifemo y Galatea

Galatea
Galatea insaciable a las orillas de mi noche
por ti recuerdo, caigo, nado en el insomnio, toda 
   piernas largas y dulzura
cruzadas y soberbia, in
alcanzable
para este Polifemo, 
toda tú, tan despreocupada, tan serena, toda largas y 
blancura, con tu short de lona, cómo era
Dios mío, cómo era
era diminuto, una lindura abotonada, una mañana de 
   septiembre, y ella
                                                           pero no sucedió, y 
   me arrepiento, ella leía junto a la ventana, qué leía
Carver, desaparecía en Carver, igual que su primera 
   esposa, y Tess, que también escribe, quiero decir, 
   desaparece
luego yo, que en espera de su desnudez no encontré 
   sino la palabra desnudez, padecí de palabra, 
   noche adentro del lenguaje me hundí, como 
   siempre que me entrego a lo que se padece
así que la seguí mirando, a ella, tan vestida, toda soles, pero 
   no para mí 
quedó en un gesto, un sueño estéril, un disparo al 
aire urgente y triste
oh cuánto me arrepiento de haber perdido aquella 
noche 
en que bailamos a pierna suelta en La Catrina, la 
noche en que acabó con otro
la noche, esa noche, ojos claros, serenos 
si de un dulce mirar sois alabados
¿por qué, si me miráis, miráis airados?

y dijo que le gustaban los poemas 



Árbol rojo

El ocio es mirar un árbol de mandarina en el corazón 
   de una colonia agreste
lo he encontrado de pronto, frente a una casa 
   abandonada
y tal vez por la costumbre de mirarlo en medio de la 
   ruina
los vecinos han dejado de notar su señorial presencia 
yo no he podido sino sentarme sobre la otra acera
                                                                  y contemplarlo

paseo meditabundo
mañanas minuciosas en las que uno podría escribir su 
   testamento, renunciar al empleo, declararse 
   derrotado frente al enemigo

estamos a mitad de octubre pero podría ser diciembre 
la ciudad es un concierto para oboe y orquesta
aromas dulces, limpios, pero poca ociosidad en torno
                                  ¿dónde están los contemplativos?

A decir de Roger Sue, en la actualidad, el ocio se 
traduce en un consumo neurótico de objetos que 
supuestamente brindan nuevas satisfacciones, a la 
vez que obedecen básicamente a una 
preocupación por establecer una distinción social
“consumo neurótico”
habrá que trabajar para costearlo 
de una carta de Rimbaud:
trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga

si trabajara ahora sería hombre muerto
por la mañana la luz del sol atraviesa el ventanal de mi casa, 
   ilumina la habitación, sus rayos tocan el librero 
   que me espera al fondo, los libros despiertan 
   lentamente, se desperezan tras una larga noche
si trabajara ahora sería hombre muerto 
un esclavo del estrés, la preocupación
                                                                        el dinero
   ¿el dinero?

el ocio es mirar el árbol de Mondrian en el corazón de 
   la Guerrero
el árbol rojo, lo he encontrado sin querer
en una carta Mondrian dice: “la naturaleza (o lo 
   visible) me inspira, despierta en mí la emoción que 
   impulsa a la creación”
tal vez pintar es detenerse, dar la espalda al vértigo 
   común, mirar en torno
lo cierto es que, como pintor, Mondrian era un 
   autodidacta que luchaba contra sus propias 
   limitaciones técnicas
pienso en eso ahora mismo, árbol rojo
una lucha constante
                                       una lucha



Karoshi

Hace falta valor, tenacidad y muchas horas extra para 
atreverse a pedir al jefe el anhelado aumento
necesidad hace falta, conducir en monociclo, manos 
pulcras y uñas cortas

primera ley de Jeffrey, equivocarte y que aplaudan 
si algo puede salir bien, ¿no soy genial?

África oriental, 3:00 pm, 40 grados a la sombra, una 
   manada de leones hembra y sus cachorros 
   descansa en espera del momento oportuno para 
   atacar
yacen ociosas, aristocráticas bajo la sombra, mientras 
   los buitres trabajan
no muy lejos de ahí, una manada de hienas se 
   alimenta de un búfalo aún con vida
las hienas trabajan rápido, quince minutos después 
   sólo quedan los cuernos
   ¿qué no harían en tiendas departamentales?
                            consumo neurótico:
                           vértigo del tiempo libre
la palabra ocio, para los griegos, significaba también 
   educación, así que las leonas se toman un tiempo 
   para enseñar a cazar a sus cachorros antes de la 
   despedida 

segunda ley de Jeffrey, hasta tus ideas baratas resultan 
   buenas
si algo puede salir bien, ¿trabajar los fines de semana?,
esto es
amor al automóvil 
enajenación y culto

cae el crepúsculo sobre la estepa umbría
a esta hora, hasta los buitres descansan en el África 
   negra
hacia el fin de sus días el león ha perdido la mitad 
   de sus dientes, ya no puede cazar, y pronto le 
   será imposible alimentarse
si tiene suerte
durará, si se hace a la carroña 

algunos mueren antes 




Paranoia

Transcribo el miedo
   noche anoche lo leo en las paredes
GOLPES
MURMULLOS
PERSONAS  que sin cesar piensan al lado

y debo transcribirlo todo, no soy más que el 
   escribiente, LEO
luego escribo golpes en la puerta, pasos, cuchicheos 
   detrás de la cortina
dicen cállate cállate que tú no entiendes nada 
dicen cierra con candado escucha no te duermas
eso ordenan las personas, y no tengo otra salida salvo 
   la escritura, la obediencia

noche a noche me destruyen, me aniquilan
   lentamente, son Saturno devorando a sus hijos, 
   soy el hijo, la manía soy, el fracaso que no 
   concede ni un segundo, ni un instante de reposo
eterno copista flaubertiano
                                              eternamente 

puede que la tendencia más extrema de la paranoia 
   sea la de aferrar completamente el mundo por 
   medio de las palabras
se acentúa por las noches
                                                 el mundo
                          lo transcribo en las paredes

Messerschmidt que esculpe los 60 gestos de la paranoia 
Schreber en plena recepción de los nervios divinos 
continúo esta labor afantasmada de encontrar
   significado a lo insignificante
aislado de los otros, en esclavitud perpetua de los que 
   piensan a mi lado
y justo ahora
            GOLPES 
                     MURMULLOS
yo acato 



Desde la torre

(Soneto)

Me gusta comenzar a oscuras, una primera línea
que nunca es la primera, que ata y desata y viene y va 
del mundo al mundo compartido

Hecatón y Apolonio de Tiro dicen que Zenón, 
   habiendo consultado el oráculo acerca de lo que 
   debía practicar para conseguir una vida feliz, le 
   respondió la deidad:
que se asemejara a los muertos en el color
lo cual entendido, se entregó al estudio de los libros 
   antiguos
eso dice Diógenes Laercio que dijeron
                 y retirado en la paz de estos desiertos
Zenón desapareció, se desvaneció frente a una 
   enorme pila de libros
                 desapareció, leyó, se ausentó del mundo
eso dijeron, o no dijeron, o lo dije yo 
¿qué puedo tener que entregar de mí que me sea 
   propio?
Zenón de Citio, decíamos
“en víspera perpetua de aventura 
no salió nunca de su biblioteca” 

porque más que paz halló la guerra, y si vio 
  desiertos, éstos estaban afantasmados, poblados 
   de irrealidad, de meditación, de ausencia
Zenón abandonó el mundo por la lectura de un libro, 
   luego abandonó también el libro, pero no la 
   lectura, ésta lo siguió en su soledad a todas 
   partes, madurando mezclándose con otras
fundiéndose metal con metal, a golpe de retina

esto es
asistir a la deserción del yo
                                                    hacerse nulo

   que se asemejara a los muertos en el color 
   que escuchara con sus ojos a los muertos 




Radiografía en sepia

Míralo correr sobre la hierba
míralo ascender totalmente desnudo, indiferente al frío 
acostumbrado a la neblina, en las montañas de Tollocan 
juega con las ramas, las sacude y canta y baila con 
alegría interminable
míralo correr hacia la bruma, mira el rastro niño de sus pies 
ensangrentados

11:00 pm en la carretera congelada, tráfico
a través de la ventanilla, resguardado, me asalta una 
   visión entre las frondas:
        pies desnudos sobre láminas de hielo
sangre
de la página 90 a la 95
¿cómo llegó a pasar?
estaba pensativo, absorto, casi ausente
a decir de Charles Simic la imagen debe ser 
   poderosa, golpear la conciencia del lector
pies desnudos sobre láminas de hielo, ¿es
   suficientemente poderosa?
apenas un comienzo, una descripción que no seduce 
   a nadie, carece de profundidad, de riesgo 
imagen de la imagen de la imagen, “pienso en los 
   poemas como posibilidades estéticas, objetos 
   de belleza y de contemplación”

Míralo correr sobre la hierba
míralo ascender totalmente desnudo
indiferente                                  al                             frío, 
acostumbrado a la neblina en las montañas de Tollocan 
juega con las ramas, las sacude y canta y baila con 
   alegría interminable
míralo correr hacia la bruma, mira el rastro niño de sus 
   pies ensangrentados
como una aparición
           el poema, míralo bien
va de lo oscuro hacia lo oscuro 
del placer al goce
                      un niño muerto tendido en el asfalto 



Elogio de la tristeza

“Toda juventud es sufrimiento”
así comienza la introducción de Bonifaz Nuño a su 
   traducción de Cármenes, de Valerio Catulo
mezcla de poema en prosa y breve tratado de las pasiones
leo este fragmento como quien mira el agua y en ella 
   encuentra un centelleo

diciembre 24
seis días atrás estaba en cama, al borde de lo que 
   más ignoro, sólo el recuerdo de unos cuantos libros 
   me anclaba a la habitación, deseaba experimentar 
   ese placer de nuevo
algunos párrafos, algunos versos vuelven a nosotros 
   bajo circunstancias muy concretas, son parte de 
   nuestra historia íntima

las inyecciones iban y venían con urgencia, las 
   jeringas entraban y salían dejándome en un estado 
   de total aturdimiento, de dolor
                       náusea, vértigo, 
                       un zumbido intermitente 
sólo hay una cosa peor que estar enfermo: recaer tras 
   el primer signo de mejoría
pasé dos noches delirando por la fiebre: 

                                              un cráneo
necesito esculpir un cráneo para mi poema, 
decía, una caja ósea

estado de indefensión
ya no me atrevo a salir a la calle, temo una nueva 
   recaída, temo al sol, al aire, a los otros

tal vez caer enfermo no es sino el resultado de 
   estar triste
quiero decir, hay enfermedades llamadas por 
   nosotros, les abrimos la puerta, les procuramos 
   comodidad, luego se adueñan de la casa
la destrozan
es como devorarse a sí mismo lentamente, Saturno 
   devorando sus riñones
autofagia de la desdicha

acaso un lector es aquel cuya tristeza se desborda 
   de su cauce dejando tras de sí un escenario de 
   zozobra y náusea, dolor y vértigo

un nombre dio vueltas en mi cabeza durante los 
   primeros días
                                           un nombre
la palabra no llegó a mi lengua, no salió nunca de 
   mis labios, no se convirtió en lenguaje
era una imagen fija en el interior de mi cráneo

                                           Belerofonte
el héroe griego, acaso el primer personaje 
   melancólico en la historia
tan pronto pude levantarme fui a revisar los versos 
   que registran esta pena 

Ilíada,VI
“Pero cuando ya él también se volvió odioso a todos 
   los dioses 
en verdad por la llanura Aleya erró solo
mordiéndose el alma y de las sendas de las gentes 
   huyendo”

                                            “mordiéndose el alma 
                                            o devorando su corazón”

para Belerofonte la vida dejó de tener sentido cuando
    también se hizo merecedor del odio de los dioses, 
    en Eurípides, incluso niega su existencia
y enemistado con la gracia, enfermo de soledad, su 
    destino fue el de Ícaro y el de Faetón: a causa de 
    su desmesurado deseo acabó en la amargura, el 
    fracaso

en su introducción a las elegías de Propercio, dice 
   Bonifaz que éste halló satisfacción en su carencia y 
   en su necesidad el verso
no negaré que después de semana y media en cama, 
   me halaga la menor muestra de afecto, la ternura 
   repentina
pero no tener que levantarme más, la posibilidad de 
   rendirme desde ahora
me hace sentir una dicha resignada, casi plena
                                              el anhelado desapego 











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