lunes, 6 de marzo de 2017

EDGAR GUZMÁN JORQUERA [19.987]


EDGAR GUZMÁN JORQUERA

Edgar Guzmán Jorquera (Arequipa, 1935-2000) Poeta y filósofo. Nació entre Frisco y Guardiola, en la Punta de Bombón, provincia de Islay, en Arequipa, el 12 de octubre de 1935. Estudió Filosofía y Derecho en la Universidad de San Agustín. Se gradúo de bachiller en Filosofía con la tesis Los Principios Lógicos. Un Análisis de la Lógica Simbólica (1963) y de doctor en Filosofía con la disertación Existencia y Realidad (1971). Ingresó a trabajar en 1963 a la facultad de Filosofía de la UNSA, de la que se retiró en 1987 y donde fue distinguido como Profesor Emérito diez años después. Entre 1987 y 1989 permaneció en los Estados Unidos. Su carrera la prosiguió a partir de 1992 en la Universidad Católica de Santa María y la escuela de posgrado de la UNSA. Falleció inesperadamente el 2 de noviembre de 2000. El crítico Ricardo González Vigil apunta que: «Ya es hora de incluir a Guzmán entre las voces más admirables de una hornada pródiga en notables poetas, la llamada generación del 50. Desde sus primeras composiciones, escritas entre 1955 y 1957, difundidas parcialmente entonces, asistimos a la plasmación de un lenguaje poético original, de rara densidad simbólica y pulimento verbal».

Libros: Perfil de la materia (Presentación de Hugo Yuen. Prólogo de Raúl Bueno. Arequipa: Publiunsa, 1987); Rondando la casa de la Dickinson (Arequipa: Edición del autor, 1990); Trilogía del mar (Presentación de Hugo Yuen. Arequipa: Publiunsa, 1993). Obra poética completa (Arequipa: Cascahuesos Editores y Editorial UNSA, 2010). 




1
INVOCATIO

1.0

...Y onduló la serpiente, embebida en su ser
veloz cuerda de miel en un crisol de orquestas,
fiel nervio desollado sobre el hielo vigil
de la historia, y no más que luz que sobrevive
al símbolo y la tea; embebida en su ser
disciplinado garfio que arranca crasos párpados
y enseña la obediencia a la memoria.
Y luego se tornó, persiguiendo el perfil de la materia,
en rostro futurísimo y añosas previsiones, y esparció,
desenlazando albores, esfuerzo circular, sabiduría
espiral, escaleras de noches y fortunas y pavesas,
y la cura del alma encapsulada. Entonces
desplegó retorcidos ríos de linfa fiera hasta tu ojo prestísimo,
dando de cabezadas contra tu blanda bóveda,
ilustrando tu haber jugoso y sápido,
con la tranquilidad de mecidas palmeras
vueltas a una persiana que oculta ansiosos torsos;
y se extendió infiltrando otra vez otra voz itinerante,
de un protozoario rútilo a una cefeida viva,
obsequio seminal en tu matriz arcana,
cuyo rumor tu hombre oirá en algún punto
del pozo en que moráis...



2
DE RERUM NATURA

2.1.1

Desde lo vegetal también se mira. El árbol
volvió sus cientos de ojos castigados por la tarde violeta:
lo vio correr desnudo persiguiendo furor despavorido, y, provisto
de confiada esclerótica, reír ya, de un amigable modo tal vez prometedor;
lo vio tender un arco, huir, asir, abrir en un altar la carne núbil,
el horror sin retorno y, en secreto, sensual; y aun lo vio
acercarse culpable, justificar el hacha con voz profesional
y hacer de él un cadalso, cuyo perfil, de noche, penando se ensombrece,
se desciñe y desvela, sibilante ante rachas
de oscuridad  y vuelcos de cruda excitación intimidada
o espera de muchacha que perderá la flor.



3
FUTURA REGNA

3.0

…Y clamó la serpiente: Escuchad, tú, vosotros
y cuantos saludáis y morís; todos cuantos
fatigáis esta tierra o cualquier otra tierra; escuchad,
que sólo voy de paso, como siempre, de paso, soltando golondrinas
inacabablemente, soplando sobre el golfo mientras golfo. Escuchad;
Yo soy vosotros mismos, la hebra que teméis, la soslayada
columna vertebral de la visión, un discurso de hielo sideral,
mordedura en pasiones, sensualidad con ojos, devengado dominio
de los fantasmas que ponéis en fuga;
soy la sospecha de que estáis perdiendo
la cabeza al cazar sin fin amodorrados
cuestionamientos de cuestionamientos;
soy la comprobación que os atraviesa
al despertar de un sueño insolentado o bien
del extirpado al punto en el silencio
o en la sombra de una subitánea vigilia.
Escuchad; el mío es otro sueño. Toma esta
locura como aquella que se volvió aeroplano,
como aquella que sois caminando en dos pies
u hostigando la luna con un láser.
Escuchad: id tranquilos; yo no espero
incendiar vuestra casa en sólo un acto. Únicamente
mirad como se mira un majestuoso
portaviones entrar por la ventana
y  atracar a los pies de vuestro lecho
una mañana de ocio y oropéndolas.
Escuchad lo que quiero que en vuestro oído amante
resulte no perdidas, sino firmes ―más rápidas―
rosas de la provecta mirada de estas ascuas
y esta lengua perita en el ósculo doble que enloquece
o alarma, que ilumina luego serenamente páramos desmembrados
entre una noche y otra, y que erige ciudades cuyas cóncavas
Alas en fuentes fían y en niños vigilantes…



TRILOGÍA DEL MAR

EL MAR
(1957)


1.

Oh vida azul de miembros diluidos,
confiados a su impulso en los renuevos
bajo una nube atónita y gaviotas.
Quien ve mira otra vez como quien ora,
y como antaño tú eres, bienamada, la mar.

En ti bracea errante el sol de la mañana:
rayos de luz, mil cuerdas de violines
vibran entre la plata itinerante y el
acero encandilado de tu rostro tranquilo,
y en tus extremos móviles te abandonas y dejas
amar en los avances de los acantilados.
Entonces surge, leve, la canción generosa de tu fuerza
y un antiguo mensaje fresco y nuevo.


2.

Oh mar, oh verde mar, estremecida madre milenaria,
arrullas locos peces en tus oscuras aguas,
y en tu magnificencia aplacas las agallas
del impasible enigma de la vida.

Mas, de pronto, los seres que pueblan tu carne honda
giran despavoridos y las aves se ahuyentan temerosas,
mientras tu vida oscura, encendida, desborda,
desborda y arremete contra párpados trémulos,
y tu voz primitiva y tu pulso salvaje se contuercen
como un designio ciego tras su meta de fuego.
Como la vida embistes, como ella
despetalas la rosa de los vientos,
te arrastras de furor, pones la muerte
en la arena del miedo, en la del júbilo
y en el de la agonía que incuba tus mareas;
como la vida viras, como ella
te engolfas a bandazos en la nada,
te pierdes y te embriagas y no esperas
la luz de un nuevo día.


3.

Oh mar, informe mundo donde la luz golpea,
en el fondo de tu ímpetu de cristal turbulento,
te repliegas cubriendo, vejado, tu superfluo corazón,
la duda agazapada que atormenta
tu grandeza sin rumbo, tus corrientes,
tras cuya fuerza ocultas la filiación incierta
que ensombrece las olas ante el viento.
Sin embargo, te arrojas, desgarras tu vacío y continúas,
insulsamente fijo a las razones pálidas
de una rabia incesante que indomable aletea.

En una inmemorial noche de rayo y trueno,
estalló a borbotones tu opulencia utenina
y emergieron miríadas de animales hambrientos,
como tallos furiosos, como roncos cabellos:
seres de crepitantes designios y osamentas,
persiguieron la luz que concitaban.

De tu seno nacían árboles gemebundos
envueltos en guirnaldas de peces coloridos,
todos seres voraces, pese a sus suaves ojos.
Tu matriz plena en cada célula florecía
y en cada una anidaba potencia en la potencia.


4.

Desde el fondo de tanto latido derramado,
urdiendo inmediatez con los milenios,
conjurando la unión de las borrascas,
irrumpen de repente los labios pensativos
del pez que en sí acumula fósiles ateridos,
del pez de añosos cilios y viejos leucocitos,
que asciende coronado de trepidantes algas
y orlado con guijarros que un molusco mitómano
mimará delirante entre sus conchas.
Desde el fondo de tanto embate exasperado,
irrumpe, avanza y mata, toma puerto y procrea,
el pez que traza un número y arroja una palabra
como un dardo quemante y posesivo,
el que impone en los riscos una clara bandera
y somete el retumbo del mar ante su voz;
el duro y dulce pez, el marino de roble, el de tatuados
brazos demoledores que añoran las sirenas
sobre lechos ardientes de sargazos.

Con él crece otro mar de hierro y serpentinas
y acomete en ciudades que emergen de las aguas;
un mar de altas probetas y rayos machacados,
de herramientas sonoras y nobles utencilios,
de engranajes y barcos de papel desteñido,
de aviones de soberbios aires conquistadores;
un mar de hachas hiriendo maderas sorprendidas,
un mar de naipes, libros y exactas construcciones
y evangelios que aúllan concentrando ciclones.
Brama otro mar, un mar
de sermones que aspiran a próceres mostachos
en el lacio museo de la lengua servil;
un mar de arañas gráficas de inquieto contenido
que todavía lee, aunque doliente,
algún ojo pelado por tanta ventolera,
por tantos aguazales patéticos y tanta
vergüenza de perfil.
Bate la mar de flujos y resacas, un mar
ye hampones correteando en la excursión del pánico
y monjas sucumbiendo entre dos pasos;
un mar de ideas para las que rémoras
nacen de las palabras, del oído entornado,
porque un rancio rencor sopla de dentro;
un mar de modas llenas del ansia vengativa
de aquellas tropelías que perpetran las viudas;
un mar que ordena y manda más allá de sus playas
un desfile de estambres, que redoblan el garbo
ante la vista, y arde la vanagloria
de un batallón de antorchas cuyas testas destinan
saludos a tribunas en oleadas;
pero, en la otra curva de las olas, un mar
de ansiosas mordeduras en el pezón del odio,
de claveles abiertos en los pechos, de fieros
combates compendiados en el rojo
coral en que culmina la negrura;
un mar que quiebra siglos sobre siglos,
girando, dando tumbos entre aspas de hondo estruendo
mientras se enseñorea de su aguaje,
oleando, ley difícil, ante el ceño del hombre,
el supremo hacedor de manos frágiles.


5.

Pero ruge otro mar, cautivo entre pestañas;
se retuerce en un frasco de pieles estentóreas;
alea reventando, despierto entre las sienes,
y bulle largamente como agua chamuscada:

Mar interior,
hirviente caos, vértigo, hacienda amotinada
que agobia las retinas con múltiples diamantes,
furor sobrecogido de paz en la ribera,
En la blanda, la tersa, la austera superficie;
mar donde uno es su padre y su hijo y donde,
Ccntra sus abisales aguas y pleamares,
se empeña y se despeña desde sus farallones.

Mar interior,
turbulento volcán de viejos vinos,
mar que de pronto calla o explosiona
y se desnuda en sal, en onda abierta,
en agua sediciosa o recogida,
o arrebatadamente se dispara
a matar y morir lanzándose del monte
de Venus a la dicha, o a entregarse al salitre
con que brega un muchacho tras su arrugada frente
sin cesar de cantar detrás de su epidermis,
a la que la perfidia del tiempo deshidrata.

Mar interior,
en tu verde y azul y roja tesitura
se consagran las horas que llueven en la Tierra
como lágrimas de ámbar o de oro moribundo
y se miran absortas las raíces del cosmos,
que ostenta ensimismado flores llenas de asombro;
se consagran las hors que amalgaman el mundo,
y se miran incrédulos los tifones del alma
junto a la somnolencia de un lánguido hedonismo,
en tanto se cruza y alterca un avechucho
frenético graznando: “Yo era otro, no sabía”.

Mar interior,
con tu beata faz de ondas afables,
tus aguas abismales y oleajes errabundos;
con el orgullo a cuestas de tus debilidades,
la sed de poderío mordiendo terco acero,
los dioses perseguidos, el cielo inconquistado
y el cáustico inventario de un haber infeliz;
con el ávido muslo de líquido afiebrado,
el semen encumbrado, la flecha del ancestro,
el liquen impelido hacia la estrella;
y con limpios teoremas y axiomas bendecidos
y con todos los mares que vienen hacia ti,
eres el hombre entero con la carne del hombre
y eres aquel tornado de espuma visionaria
que impele ansiosos ojos con puño enfebrecido,
agitando una lira ensangrentada.



EL MAR (1992)
TRILOGÍA DEL MAR


CRECIENTES

En la Faz de las Aguas

… un velero sin otra
bandera que la suya.
3, infra.

1.

Clama el viento; congrega sus poderes dispersos,
y de pronto es legión. Sus voces largan velas;
se le adelantan, vibran con multitudinarias melodías
y acordes que acarician abras de islas lejanas,
donde, entonces, las olas galopan con las crines extasiadas.
Se alzan tonos, asumen potestades de albatros,
y las nubes, en lo alto, dan oídos, pensando.
El imperio del coro modula un arco iris
sobre sus aguas jurisdiccionales, y bajo su vigor
los tumultuosos ritmos del piélago promulgan
un memento marino para cielos.

2.

Pone rumbo un cantar
desde una resonancia de tormentas:
al mar, al otro mar, al mar que somos y eras
ya antes de que embalsaras la mirada y en ella
fueras agua impalpable por los huertos del orbe
y lo avivaras todo con destellos y rosas
más líquidas que lágrimas que humanizaran ojos
de dioses o arquetipos, legendarios
tiranos de la niebla.
Zarpa un cantar; navega
de bolina. Sus ecos son petreles siguiendo a un bergantín.
Iza sus banderolas y ensimismadamente
surca el mar que tú eres
pisando en tus razones, tus claros pies hundidos
en esa calurosa opacidad
del mundo si lo mueves.


3.

Es un puro cantar, un velero sin otra
bandera que la suya, un bajel de daimones, un vidente:
corta las aguas, y al cortarlas mira;
busca a diestro y siniestro entre el relente,
como se invoca a un canto disuelto en el olvido;
hala horizontes hacia sí, aproxima
a la mano los fondos que fueros conjeturas y regala
el guijarral lejano al ojo incauto; anhela
en un puño apretado los tesoros marítimos
-doblones, miriñaques, presunciones de jade-
y lo atraviesa todo; las crestas y atolones,
las rocas y bahías, los peces y sus dientes,
osamentas y sables, calaveras rientes
de piratas que a damas tras la pólvora vieron
y placeres sembrados en sucintos terrores.
Es más barco fantasma que un sonido de tumbas;
mucho más penetrante que la lengua en un tímpano.
Quiere alta mar y quiere playas de caracolas.
Pone proa a mar ancha aun dentro de las cosas
para lograr la limpia deferente distancia
que guarda la verdad, la verdad de mil ondas, la de todos
los colores del parque submarino
donde nadan pistilos y desovan
variopintos engendros que iluminan
vivos calidoscopios y vitrales marinos.
Es un canto sin dueño, un bucanero
de su propia opulencia y su destino.
Es un filibustero; aborda vida
y muerte, el mar que anduvo cuesta arriba.
Es vigía cantor; cantando avisa:


4.

Lóese o peniténciese el mar que eres y somos
al vestirnos de océano imperial, de embeleso
de azul y oro y trencilla y charretera,
o de cínico y lóbrego mar generalizado,
mar por el cual despiertan los plurales
redentores santuarios de la noche
para ofrecer oficios de nictálopes.
Bendígase o maldígase este mar como a un
solapado veneno en un coctel nupcial o como a un
ejemplar desamor qu vale un mausoleo.
Llóresele entre buitre y buitre, entre apetencias
aladas que, solemnes, se pican y disputan
mesetas de carroña pudibunda; y llóresele
allí donde remonta el vuelo una palabra corrosiva
y alcanza la mejilla pura de una promesa; o alelúyesele
desde la embocadura de los días leales, desde el alba
que levanta los párpados y mira de hito en hito.
Tíñasele de sangre en el perplejo horror
de un eclipse de sol sobre hombros de salvajes,
sobre un caos de pies huyendo y retomando;
o, en esos mismos hombros, pórtese a los fastos,
al genio de los rétores que recamaba andrajos
o a una marmórea vida suspendida en su edad
y aferrada a sus bucles cuando se sueña helénica.


5.

Pero a este mar que olea por las plazas,
a este mar que sabe
que las altas y bajas mareas de la vida
crean mundos y crean sus propias luminarias
y organizan cruceros y llevan a su riqueza
a las cáusticas tierras de lo exiguo;
a este mar de alientos
que concentra en un cuenco la realidad entera
y cuando es construíble y cobijable en un abrazo etéreo;
a este mar impaciente, u férreo cronograma
ya undívago a la vuelta de la esquina;
a este mar, sustancia de los mares,
préndasele farolas y exáltesele siempre
en la total silueta de su espectro sonoro
y en sus sombras que encienden más candiles que el fuego.
Porque este mar, caudal y fuente, sal prestísima
que tan pronto sazona como quema;
porque este multiforme
mar que baña mil playas con solo una cualquiera de sus olas;
porque este esquivo mar, o cielo de cabeza es toda y nuestra
única realidad de ricahombría, la única
honra con que alumbrarnos o toda la tristeza
de ser o de no ser lo que en la intimidad
de la ínsita lechuza que ora o piensa so carne de morir
cría virtud de hiedra y hambres helicoidales
como flores de almácigos secretos.


Mar de Proa

Niño de principesca impavidez, tú llegas
13, infra

6.

Retumba el maretazo de un pasado insondable:
una cosmogonía disperndiosa y veloz,
soltando gruesos vahos, se consuma en un cabo
neto mas parpadeante del insomne universo,
e irreparablemente, como una maldición
contra la muerte, naces.
naces oscuridad ante un fulgor furioso,
arribas ceguedad entre dos luces,
tal vez entre dos sombras de intermitente brillo,
entre serpientes, entre curanderos
y magos que sonríen, seguros, tras sus máscaras.
Un resplandor de magnas y menguadas candilejas simula
un número debado de tu pelo.
Un lustre de asteroides mundanos canoniza
tus retinas. Sarcástico,
delante de ti baila un chispeo
de peonzas movidas por magnética
natura o por volátil artificio.
Se enternece por ti hasta la afonía
un amor abnegado por norma. Un paraíso
de árboles bienhechores acecha día y noche
los convoyes del sueño y la vigilia.
Y, por ahí, cantando con las callejas
en las cuales se apagan las capillas,
algún fruto prohibido ameniza las treguas
de la infancia y la historia, de la visión que arrasa
las lindes de los ojos para mejor mirarse
heroico, noble, príncipe, matador
de dragones, luciente en una corte
de esforzadas deidades que dan razón de todo:
del dolor, del ocaso, del delirio en un seno.
Se nace vanidad, ficción, engaño; ignorancia se nace,
para de vez en cuando morir sabio.


7.

Un día agolpaste detrás de tus pupilas.
Cada parte de ti miró por tus lumbreras.
Te detuviste allí, mientras retrocedías
para más claramente
verte tras una infancia de días opulentos,
de heredades de asombro inagotable,
en que cada mirada era reliquia,
cada paso una marcha hacia ojos persas,
cada retorno el ponto de una Anábasis.
Entonces cada aurora era inconsciente
hallazgo, invento, toque de luz inaugural,
y cada atardecer un perdonable
asilo a las errantes comitivas del mito,
agobiadas de galas o bajo pieles crudas
pespunteadas de visos acrílicos y asépticos.


8.

Hasta que el día aquel, un medallón
de luz entre los pechos de una Ángela María,
llegó, tras la niñez de lo mejor
del corazón, que es siempre una edad de oro;
y, apegado a su voz, obediente, quisiste
en lo humano creer, poner tu mano
en la fe por el hombre, creer honestamente
en él, creer sacándote
en señal de respecto el esternón y haciendo,
como un paje inocente, un par de venias;
trepándote en los párpados de la urgencia, quisiste
encontrar acerada razón, ya no un impulso
de bestia, para amarte. Y con ello
iniciaste un penoso esparcimiento:
conocerte en la playa desnuda en que prospera
la verdad. Pero al punto,
al empezar, oleada tras oleada,
a conocerte, a verte a contraluz, delante de tu saga,
un amor como un odio constructivo
afloró sin encono: imperó la dureza
de la objetividad; heló zarifos sobre tintineos,
atrapándolos dentro de su diafanidad,
junto a la ineludible
displicente estatura del guijarro
y al vivo hincón de un fiasco.
Y ese amor se afanó
en brillar, en flamear, en locamente
ser istmos de joyeles consumiéndose
por graves continentes y arder en las cabezas,
revisando los saldos deudores en la noche. Y luego,
dueño de una onerosa irradiación de antorcha,
pasaste frente a ti al modo de aterrado
converso que al cruzar una pasión prohibida
salta sobre las brasas con pies descalzos, con
la agridulce agonía de quemarse en deliquios
o en un suicidio fúlgido que le diera la vida.


9.

Y lo hallaste por fin, intenso, nítido:
todo un mar circulando en una caña,
todo un mar retronando con una huracanada
música de armonías imposibles para un oído, pero,
para el otro, discurso que, crescendo,
manotea en gargantas de posesos
o cánticos de monjas rasuradas
por el filo inflexible de una idea;
un mar de quintaescencias escapadas de un púlpito
hacia la vida; un mar
de sangre derramada y pisoteada
una vez y otra vez en catacumbas,
de inmarcesible savia que estremece
el boato del árbol de los años
y arranca hojas y flores y bandadas de sámaras
o modos de volar de frutos y semillas.


10.

Como una ontología que enraíza en la nada,
unido te dispersas
dentro de un matorral que envidia al bosque,
al par que lo abandonas
por seguirte hasta ti:
oh seudoparadoja
que se lame a sí misma y que germina
en un erial sin nombre bajo la lluvia anónima.
Y allí, desde la noche, creces como un desvelo
pelado por ventiscas que los astros conjuran.
Bronca debilidad apasionada, creces
en esta diminuta playa del universo.
Creces temblando; creces tallo que mira y nombra,
caña pensante, pascalino junco.



11.

Arriando el desconsuelo de tu verdor oscuro,
devienes distinción en la turba del tiempo
y en las sombras, perfil real, erguido, solo,
infirme entre otros juncos, explorando
aleatorio sostén en ribera o cañada. Polemizas
con el terrón hostil. No ganas,
mas te nominas miembro numerario del ínclito
universo entogado en sus escaños; y, aunque eres
apenas una caña acuciosa, lo aspiras y espiras de tal modo
que eres otro universo, un mar, el mar que, como el mediodía,
hace hasta de las sombras su dominio.



12.

Tú vienes, y tu ser
se pliega sobre sí; forma intangible, cono que hacia el vértice
origina otro y lo abre sin piedad a la sólida
materia de los sueños, al febril raciocinio
o a la imaginación, que procrea gorriones
por templadas ballestas disparados. Tú vienes
propulsión y palanca, inercia y masa, y naces
programación de espuna y peña ascética.
Vienes copa de vino que al beberse es memoria
y en tu mirada creas para lo digno y bueno
espacios como silos en landas de abstracciones,
como redomas entre nubes para
una sublimación de lo silvestre,
como nodos de abdómenes de insectos celestiales
que trocaran sus presas por el rico algoritmo del instinto;
pues vienes, y tu sino
es un reloj de arena que canjea cristales por un cuento,
batallones de cuarzo por fanfarrias
con tubas y trombones que baten
las iras de los aires marciales, por palestras
}en las cuales ideas que han de morir saludan
a las que señorean mientras riela
su cetro entre las luces.



13.

Tú llegas; te estableces como una seriedad desconcertante.
Niño de princepesca impavidez, tu llegas,
insigne desparpajo, a vastedades de esplendidez sidérica
en que tan solo esferas a salmodiar se atreven.
Tú llegas, te atavías y te acicalas y
penetras en la música como un pífano rojo,
incristando rubíes entre metales áureos;
o pones a bogar pirotecnicas que elevan
peces como girándulas para desdoncellar
la calma de los cielos. Llegas t te aspsentas,
junco pensante, percepción erecta
y maquinaria arácnida de redes digitadas.
Miras, devastas y armas
mundos; los conglomeras,
como huestes y orfeones de ángeles, en la holgada
puntra de un alfiler, realísismo ente.






Mar Cerrada

Llegas y te aposentas,
junto pensante, percepción erecta.
13, supra



14.

Esa agua es un acecho fijado en el duramen
de un árbol cuyas hojas son ojos inyectados
de saber: oh milagro más endeble y frangible
que las insinuaciones de una dalia expedita
y sus trepidaciones de amor bajo la brisa.
Milagro transitorio: se transfiguran, súbito,
océanos tundentes y obsesivos; meditan,
y de un salto adelgazan su pasión su grandura;
domestican su bruma, la hacen rocío y surten
el voraz sumidero de la curiosidad,
convergiendo en un foco como paisajes rápidos
de horizontes radiales. Surten los apetitos
de esa caña pensante, esa agua en vela,
que en el centro del centro de su avisada médula
ya no quiere vivir si no es por ella:
la calva pero rica, cuidada mas punzante,
curiosidad dentada
desde el óvulo henchido, afortunado;
curiosidad que abría desmesurados ojos en el eléctrica
matriz de la sapiencia; curiosidad sedienta,
hija de un impaciente encuentro prenupcial,
que desprendió ya chispas de la hermética
cripta de las tinieblas: es el canibalístico
dictum de poderío aristotélico,
el que corroe y muerde después y antes
del ara del dolor en que ejerce la muerte
su mando de abadesa. Después y antes
del lecho al cual acuden
la risa entre un follaje de fantasmas
del pasado y su prisa en la nocturna
lascivia de las nubes de estío; de la púbera,
que acosada a las pueertas del sofoco,
pórticos que flameando se desploman,
echa un sí como lava que retornara al pecho.
Después y antes
del miero o la ventura en la aguda vertiente
del albor y el estiércol sin tacha, en la vertiente
de la boda y el tálamo de faunos y meninas:



15.

Qué pasará después; qué final aguadija
por el hilo fatal de los sucesos, si empujara alevosa
mano la dignidad contra un engrudo
y amasara en su harina la sangre, la altanera.
Qué pasará en los atrios de la nada,
cuando en noche de fiesta en el iluminado
palacio de la muerte se abran de par en par
para ti y tu carroza los portones.
Quién montará tus yeguas y biznietas,
derrengándolas entre las postas del deseo.
quién romperá los sellos de aromadas misivas
en que solo contaban las palabras pequeñas.
qué jabalí minúsculo
hozará los ducados subatómicos
y encontrará otro prófugo debajo de un neutrino.
Qué viuda en el espacio tenderá cibernéticas
manos y excitará galácticas turgencias.
Quién marchará al oeste de este charco de estrellas
a batir las praderas
del viejo y buen Messier. Quien, marticando
peros e interjecciones como cangrejos vivos,
hallará el salitroso manuscrito y las sales
que un naufragio encerró en una botella.
Quién rescatará el frio sol de los abatidos
ancladeros por donde pasean ventarrones
y la soledad suelta su melena y ulula. Y qué serán
tales ducados mínimos, sellos como misterios
y estrelladas praderas, y cuál la catadura
del ahogarse en su propio remolino, y a dónde
huye la misteriosa realidad,
la de los siete velos y la perla
en el ombligo mismo
de un orgasmo brutal de onda y partícula;
hacia dónde huye, hurí cuyas caderas
provocan a su paso
a púlsars y bosones y a una proposición
que es recurrentemente desflorada. Oh, todo
un crecer como un niño o hinchazón de preguntas, un crecer
entre orgías agrestes de neurotransmisores
y eretismos que preñan, como a nadas los vuelos espaciales,
las vacías esperas en las que desvarían
sinapsis y sinapsis.





Mar larga

En esa calurosa opacidada
del mundo si lo mueves.
2, supra.

16.

En tu peñón te yergues
como un insomnio crónico; atalayas
tus bancos, te vigías
desde tu cavilosa espuma. Cae
-precio de justicieros, castigo de culposos-
de tu frente tu pan, en escarceos
de sudor terminante, de arengas, de rocío
que se alaba en la cumbre de horas tórridas; caen
hidalgas, desde el palmo de piel inconquistable
donde pródigamente se amasan y ennoblecen,
hogazas que en tu mesa son testas coronadas.
Muere, mientras batalla, un mar como una noche sublevada,
un mar aque obedeció al toque a rebato,
destronó incertidumbres verticales y luego
fue un mar que anduvo de puntillas sobre
el muñón de la angustia.



17.

Escucha: un mar se agita en la profunda
cavidad de un suspiro. Alienta como hirviente
plegaria contestada con creces en las órbitas
de la unción. Allé el héroe, el mandoble, el no
inaudito y la criz dorada y póstuma
se esfuman en un mutis explosivo. Allí
el mártir y la piedra horrorizada
por el húmedo tacto de la tierra alazana
sangran solo en las crónicas. Allí sombras no son
sino las que se escurren
mirando de reojo bajo cubierta, y pálidas.
Qué mar impera allí: en él el santo,
ya sin oposicióndel mal es sólo un hombre, un jujuriante
cantor arborescente de verdades,
como un pino barítono en lo alto de la brisa.



18.

Pero un descalzo pero, un pero cínico
como un depauperado excondotiero,
apuñala utopías en cualquier
lugar abandonado de una pausa: también
es el mar un lugar donde naufragas, donde más prontamente
se oxidan tus metales, donde cada gotícula
te extenúa con lo o bvio: el mar es una fuente
riquísimo de sal y sed y la temida
lobreguez de las penas, que corre prieta y líquida,
furtiva bajo el so. El mar completo
es viva sucesión de crestas y escondidos
senos, senos que son la negativa sustancia del latido
del agua, negras diástoles, almendradas del sonido
de una balanceada acción retributiva
como el cruel artificio de un correspondido desamor.
En su extremo sombrío, el mar completo
es un juego de dúplice siniestra palidez,
cuyo flujo y reflujo, cuando pierdes, te arrastran
hasta traerte exangüe al litoral del luto:
postrer beso devuelto por la amada difunta.



19.

Penetra, aun con recelo, en estas duras aguas.
No quieras evitarlas. Has de cruzarlas; son
un carnaval violento de una enexistencia indemostrable:
sus cabrilleos valsan entredías vandálicos,
y, en torno a los escollos de la noche,
sal en trance espolea torbellinos
sobre tus calendarios consustanciales mientras
se enerva toda espuma, ya con la mera alarma
del tiempo mal usado, y se aleja girando:
chiflido entre las velas de Caribdis. El mar
no es sólo espejo lúcido para un arrebatado
yate lleno de entregas en nieblas de gemidos
o la imprecisa dicha
que el suculento talle de un verano de ninfas
oculta como al sexo con que premia.
En posesión del puente, muy pronte se descubre
que la mágica mar es un Circe
solemne y sabia que exclusivamente
se desnuda destrás de sus promesas.



20.

Este es el mar; en él, resueltamente,
el sol llega al abismo -como una introspección
da una mirada al sótano del corazón-,
y nunca tiembla; en él,
los oscuros poderes son oscuros:
los miran las gloriosas estrellas
con esa tolerancia con que sonríen sobre
marejadas nocturnas.
Pero el mar es el mar: navegar es un juego
peligroso. Los válidos mascarones de proa
no son vírgenes locas con ramos en la boca;
son doncellas suicidas de un amargo optimismo.
No le temen al mal que lame tajamares
en las aguas reales e irreales,
que ahogan por igual fuera de borda.



21.

Este mal es un opus de número variable.
Es la cara que esconde la moneda
de la vida. Es un mal al cual sus propias olas
ensombrece. Discurre disfrazado de error;
se afirma, y halla siempre una sotana.
Es una cicatriz que se hace pasar por nervadura,
como un beso de Judas por un beso. Lo mismo que el rumor,
no puede refutarse por falso mas circula
y roba en la armería de la vida. Es la condensación
de temores más vagos que espíritus sin rumbo
en la secreta química del prójimo o del par
gacho en una lejana amarillez. Él es
la impronta enmarañada
de un gratuito enemigo en lo recóndito
de su visible amor. Es sucio matachín.
Es sólo un hijo de una
vanidad meretricia y de algún sarraceno
ganapán asesino; aún ignora
que el temple es lo mejor de los alfanjes.




SENOS

Mar Tendida

Inicaste un penoso esparcimiento:
conocerte en la playa desnuda en que prospera
la verdad.
8, supra.



22.

Mira aquí fríamente, que la violencia puede
con frialdad mirarse. Convocando
cada vez otro mar, flujos de oprobio,
fieros tumbos de belfos descontentos
lavan el litoral de lo indecible,
para derivar libres bajo mil atavíos
y aun singlar invisibles:
siniestra carabela delmal, de velas negras,
rumbo a exeqjuias marinas,
que avanza a veces mudo y que a veces escora
dulce como el olor de la carroña,
incontenible, día tras día, año tras año,
hasta que un huracán de sal pica tus ojos,
tu rocío se esfuma, rizado por la cólera,
un rompiente de fuego resuella en tus narices,
y es lo inefable efable: tu dragón personal,
desde su indignación, desde desiertos
caniculares, vocaliza estrépitos,
vocaliza alcotanes y vuelos vengativos,
muertes celestes que,
por la paz de los glúteos de la gente, por esa
humanidad redonda en su quietud, querrías
tan irreconocibles como amplios y oniroides
prontuarios de tormentos chinescos, en cuya órbita
todo, excepto el sufrir, es enigmático,
pálida pesadilla de la cual
cualquiera es un bendito despertar.



23.

Mira acá imparcialmente, como el aire
que analiza el trajín de una ola. Se alterna
como con el demonio de la perversidad. Se decide, aduce,
plagiando a la justicia y la inocencia, puritana ceguera
o caliza blancura. Hay un tráfico;
alguien capitaliza, alguien liquida;
se va desde la guerra hasta una vergüenza
como aceituna grande en una libación.
Algunos libran príncipes, jaurías, expansiones,
mientras otros, tal vez ganándose algo, resisten y destruyen
con la voz, con la sangre y con la obligación
de adptar posiciones bajo el viento en un campo,
de preferencia alguna horizontal debajo
de unas piedras blanqueadas o de cruces
llenas de incomprensión o indiferencia.
Otros gozan sin fin la calculada negligencia que muestra
qué traje o qué tardanza humilla más. Todo ello
-la sangre y el rubor y el orgullo de espaldas
en el suelo o el alma- con razones
que pierden la razón si se las nombra.
Y millones, así, de combatientes y dulces anfitrionas
quedan muertos en vida o en la muerte
o heridos en la blanda matriz de la sonrisa.



24.

Un mar muriendo mata alrededor
de playas de obstinados labios y clamoreos.
Mata manglares que reinciden siempre,
que entierran sus aireadas raíces entre el trópico
de la malevolencia, la de los ojos negros,
pronos a oscura madre de bastardos, y el trópico
de la envidia, la de los proverbiales
ojos verdes o verde vilis exacerbada
por el azur magnánimo y célibe de un blasón
cuyo abismo acomoda a una quimera.



25.

Un mar rojo deambula alrededor
de la sangre guerrera de interminables noches
acosadas por ratas que propagan el duelo,
noches irreductibles que se ahogan con un inembargable
destello de carbón desafiado,
noches que mueren con las botas puestas,
como es muerto un soldado al plantar su estandarte
en la cumbre feroz de una victoria
pírrica, o al plantarlo en el monte
en que sepulta el tráfago de sus pies descarnados
y las suelas equívocas del asedio a una vida
que extravió su nombre en las escaramuzas.



26.

Un mar negro se absorbe en su negror; engulle por entero
ríos de una sublime locura de matar, como alertado Médicis,
a presuntos mortales enemigos que, orinando el terreno,
ladran desde sus nombres mortales o inmortales; da cobijo
a hijos indeseados, caídos desde el tuerto
furor de una potencia desatada:
el precio de la carne en torno a una caricia;
un místico llamado que transita de incógnito
por alcobas cumplidas, por higueras
terminales, por rezos de verdugos;
o una teoría de pestañas fatales,
amada con amor de lazos táctiles
y arrobo por el cual se pierde la cabeza
bajo un farol fanático confabulado contra
la paz del vecindario.



27.

Como una ingratitud negada por su padre,
errabundea un mar de ensombrecidas
avenidas de atmósfera salina, donde relampaguean
dorados proxenetas, pordioseros pudientes, maleantes
y mendidos de vida sobre los cuales pende
una módica muerte o una felicidad
rauda como un disparo en la cabeza.
Siempre enviciándose en la infinitud
de un segundo vilmente dilatado,
salta un mar de crueldad
cual cuchillon en ventaja
contra cuaretos traseros, justo cuando
un mar avieso arrastra contactos y dulzuras hacia un vaso
se semillas de flores ponzoñosas, y un mar
de delicias y horrores futuros quiebra sobre
cráneos de neonatos de ojos zarcos
que arden en el greñudo limbo de lo inseguro
como diablos azules o ángeles sorprendidos
flagelando con saña las entrañas
de las apetecibles hijas de los mortales.





Mar de leva

... en sus sombras que encienden más candi-
les que el fuego.
5, supra.



28.

Rompe un mar de palúdicas miradas
sin fe, como hojarasca de un impensado otoño,
un otoño precoz al que apresuran
rachas que se repatrian de futuros baldíos.
Son miradas que seca la pena de no ser
dueño de nada o sólo de unas briznas
en un lugar incierto dentro de jerarquías
de círculos concéntricos, entre los que transita
útil parasitismo que se arrima y succiona
de grandes a pequeños, de ilustres a ilustrados,
de osados detentores a magros descastados:
naves hipnotizadas buscando fondeadero.
Son miradas que vara la conciencia
de no ser sino dueño de la desesperanza
en medio del desierto austral de la pobreza, quizá en medio
de un arenal blanqueado por el odio del nitro.
Ah, no estar entre aquellos que comen y codean, y pasar
civilizadamente de largo con el frío
y el hambre que se cuela de rondón en el alma,
leve como una ausencia de manos estrechadas.
Ah, soledad que husmea en loa esperanza,
como una vacua noche
besa en la boca a otra, que, somera, palpita
en piedra encallecida o en apático limo; soledad o mortaja,
como niebla indecisa que por los pies asciende.
Ah, soledad ubicua
como una noche sobre una ondeante ciudad
abandonada, ubicua como una desazón
de viento, de ventola
llena de ecos añosos sobre una isla que no aman
ni siquiera excretorios cormonanes.



29.

Así como una noche fugitiva
acosa los rincones del día, así acomete
un mar de horas sombrías y de sombras,
que hora tras hora crecen y se acrecen
en el resentimiento
de tener que morir y nunca más tener
aquella pantorrilla para el ojo combado,
o esa fina garganta para el lebrel o el sueño;
o nunca más tener la fortuna o la gloria
o la paz sobre un gránulo de arena que se gana
con una frustración que se solaza
en el detalle nimio pero artero.




30.

Así como las noches fugitivas
asuelan las murallas del sueño, así acdometen
un mar de sombra horaria y un mar de horas,
que sombra a sombra crecen y se acrecen
en el resentimiento
de tener que vivir y no tener aún
para el ojo combado la pantorrilla aquella,
ni la señal sutil que sueños o lebreles
desencadene tras gargantas finas,
ni el gránulo de arena sobre el cual ganar paz,
fundar gloria o fortuna sin una frustración que se solace
en el detalle arteno pero nimio.





Mar Encontrada

Se enternece por ti hasta la afonía
un amor abnegado por norma.
6, supra.




RONDANDO LA CASA DE LA DICKINSON (1990)


1

Nunca anduve perdido por los prados inhóspitos
donde tan sólo el viento montaba los caballos;
nunca anduve perdido: tu corazón golpeaba
con la fuerza de un faro bajo el hielo en que ansiosas
ascuas de mil veranos adensaban sus fuegos.

No importa que hayas muerto: puedo besar tus labios
detrás de tus poemas y entrar en ti, en el copo
de nieve en que se abrasa tu hogar como una copla.

¿Qué escarcha maravilla tus dedos en la luna
sobre el jardín que aguarda la sombra más bélica?
La misma que a tu puerta de paterno sigilo
disciplina la boca de aquel infante autista
que habla un día como habla por los mil setecientos
setenta y cinco partos de tu conciso vientre,
que es un ojo o no es nada surcando un mar de versos,
un monje que madura hasta llegar a niño,
o llegar a ser guarda de un bosque cuyos árboles
cobijan torbellinos de leones y antílopes.


2

Te fuiste, y qué; tu magia queda,
te fuiste, y quedas tú, como una iglesia
en la que entran fieles con devotas
ceras ardiendo como tus pasiones.
No importa que hayas muerto; estás viva, aguardas dentro
del mundo que empinaste sobre la voz de un grillo.

Vuelvo del norte a ti, vuelvo del cierzo
a tocar tu ecuador con un incendio.
Vuelvo a ti, vuelvo a esa
que no veían cuando te veían.
Corre, Emily, que soy
aquel por el que crece tu claustro en la lomilla.
Soy el cantar; yo vuelvo siempre, traigo
mi trote a la desierta calle mayor, erguido
como en rito de magos para tus ojos,
con mi caballo alerta, por ti caracoleando
y ardiendo de los cascos a la crin.
Prepárate, que vuelvo como a ti
te gustaba: invisible para el recelo en torno
de esa tu cabellera sedeña por la cual
se detenía el sol en el poniente;
invisible ante el pétreo centinela de turno,
mas para ti palpable como un rostro en tu pecho,
visible como un brazo arboleado para esos
ojos que aguzan llamas con que bruñir la noche.


3

Abriré un corredor por entre el día
en que te hirió la luz derribándote en ti,
el día en que mediste la altura de tu invierno
y te avezaste en tu alma, guerrera de la nieve,
para poder alzarte asceta en tus zapatos,
para amasar la noche en que, arrogante,
le pisaste los dedos a la muerte;
para mirar el frío por tu llanto y tu risa,
para mirarlo por tu coraje de escarpa impertérrita y sola,
por la glacial rendija de tu hoguera de látigos,
por tu yerto cristal que hablaba con las flores.

Te acercaré mis ascuas,
porque estuviste herida bajo el palio del hielo,
aun cuando la entereza circundara tu ensueño,
como ecuánime gira un pececillo
tropical coloreando la paz de la pecera,
como atenta ojea y desespera
una luna indomable de congelada furia,
angélica en el vértice de una esperanza helada.


4

Penetraré en la calma de tu mansión sombría
a atizarte los leños del amor. Heme aquí;
traigo el toque secreto para tu puerta, traigo
mi ser desnudo para tus almendras,
abiertas por mi bien bajo tu almohada.
Abre, Emily, que voy por tus cañadas
a teñir tu Jordán con tu rubor virgíneo,
a espesar su corriente gestante, sus augurios,
con tu móvil sustancia, que de sí se percata,
que se recoge oruga y tras un guiño
despierta autoconsciente mariposa,
cuya huraña belleza provoca una erección
de pelos aterrados, de sospechas,
en tu piel que se cierra y se electriza.

Abre ya; he de entrar
como apócrifo Juan que resultó el genuino.
Yo soy tu canto, soy el venturoso
dueño de tu espaciosa soledad, bóveda donde
el chasquido de un beso es seco trueno.

Haremos otra fiesta, porque en ti
un inmóvil lagar de percepciones,
una estofa que piensas en sí quieta y tendida
se expande y se distancia y danza,
pues danzando se vive, se madura;
prenderemos las luces y ventanas, que en ti
una estofa expectante se arrebata y carmines
echa a volar al aires desde tu cuna y ama
y conoce en su clímax dimensiones. Por ello,
rompamos a bailar sobre su años: te quiero
ver gozar otro clímax, el que en versos
tremoló con aquel cuando giraste, tenue
semilla a la que rapta un vendaval. Oh, verte
en tu doble placer, como a una niña
que amanece mujer y que reclama
elevarse compacta, material, materna,
y clama por su edad para volverse mundo.


5

El espíritu entonces, el gloriado,
el infatuado soplo de la carne en acecho,
era un perro rijoso ante la joven
bahía germinal en que te ahogabas
e insististe en ahogarte hasta ser plancton.
Te alcancé en el recodo de su sino,
cuando nadie en la Tierra nos veía;
morí una muerte más y nací para siempre,
para ser tuyo, el tuyo, el que tu piel y tu sazón pedían
sobre la pira en que doblé tu talle
y en que un beso en tu oído habló por mí:

Oh mujer, alfabeto que invento mientras leo,
corazón, tibio ritmo, sosiego suspendido
inútilmente cerca de mi insomne cabeza,
de mis guardias fervientes que en ti se multiplican.

Treparé por tus ramas a tu húmedo follaje
a constelar tu noche con veloces brillantes,
a conferirte el sello de mi obsesión más diáfana,
mordiendo lo que esconden tus arcos cigomáticos.

Has de desastillarte sobre el madero en vela
que aguarda impaciente desde tu roja aurora,
y lograr que esa aurora sea luz sobre un pueblo
florecido en los valles de tus sueños y entrañas.

Yo quiero ver tu voz encarnarse en el alba
de tu amor, que es elíxir de un día interminable;
ver tus alas crecer y envolverme en sus pliegues
como un ángel niño de pie bajo otro cielo.

Quiero que la belleza fructifique en tus miembros
como el texto que un sabio descifra e interpreta;
construir sobre ti y engendrar la mañana,
y en ti en tu exfoliada espera en tu retiro,
descubrir mi sentido, mientras mi celo esculpa
en tu cuerpo a mi amada y en tu forma mi forma.


6

Abre ya; agonicemos de nuevo en nuestro juego,
mi Emily, mi espiga con cerquillo,
sonrisa apuntalada con acero
largo esfuerzo de amor por no quedarse solo;
mi Emily, sensual labio sobre unos
dientes que aterran calcios de adocenados tímpanos.

Juguemos otra vez por dentro y fuera
del rompiente ajedrez que desangraba
los dulces, mas salvajes, ijares de tu lucha.
Tú será ella para tu mirada,
la metódica niña que colgaba
aros de poesía como muérdagos
de una inacabable navidad;
yo para ti seré él, el que colora
el hechizado haz de tu linterna mágica.
Entonces miraremos las cosas desde fuera
de sus tres dimensiones, y de aquéllas
haremos un sistema mayor en que movamos
los barcos y las velas, y uniremos
tu ver y tu mirar, y haremos uno
del descubrimiento del cuerpo en tus colinas
y de una violación en las antípodas
de otra exaltación de los sentidos,
de otro amanecer que solamente
para el siniestro puede ser sinrazón,
por la misma razón por la que inversamente
sólo para la bota en las narices
el olfato no cuenta. Nuestra fue esa pasión
de ave martirizada por un rayo, ese azaroso juego
que amamos juntos y que quiero siempre:
lo quiero, aunque tuvieras, como solías, leve,
que cruzar el jardín de lo mirífico,
como un búho de facto filosófico,
sin despertar al perro, porque para
parir la soledad bastan sus ojos
del color de la muerte, los que atisban,
a cubierto de rígidos colmillos,
de vuelta del país del odio lúcido.


7

Soy lo que hiciste antorcha y en tu seno alojaste; yo soy el
rostro recién lavado del mundo, despertado
por ti de su letargo y mitificaciones; soy, sin cábalas,
en el revés de un vínculo o en la renuncia de las transacciones,
el fustazo en la boca que reclamó su pan; o soy tan pronto
el feliz regodeo que te sentó en sus piernas
y te besó en tu nuca de muchacha, el tesón
de tu mano aferrada a lo que existe
hasta arrancar el vino de las rocas, el don
de abstraer la verdad crujiente en el hallazgo
de los labios unidos en un ósculo inédito.

Soy la vida y la muerte; en ti soy
señor de horca y cuchillo, soy
el guijarro pelado, el ábaco esquelético
con que llevar en serio las cuentas de la vida;
la suerte más vandálica y alada de matar
fantasías que habitan en la escama falaz de cada día,
y enseñan partituras fáciles de la muerte:
cada quisque se empluma para el mundo con una,
irrremediablemente negada a los poetas, cuando a solas, negada
a cuando avizoran sucintas geometrías o góticos flameantes;
te fue negada a ti, que miraste en la cara a la belleza
como a un astro saliendo de un lóbrego zaguán; te fue negada a ti,
que vista la vierda presa en los fogonazos
de tu explosivo lienzo, la verdad de tu prístina
visión que abrió pupilas en tus versos.


8

Pero encendiste el sueño, con todo; no querrías
vivir sin él, sin lo que un golfo
excava entre la más exangüe biografía
y un mero amblar de cascos sobre fango o carbúnculos.
Sabes que el sueño es vida cuando sangre
colorea tus velas, tus océanos
de oscuridad, de horror, de hiel, de hipócritas
y errantes tiburones y galápagos;
sabes que el sueño es vida cuando fuego,
te invita a visitarte, a recorrerte
y a enloquecer de luz tus aposentos;
tú lo sabes mejor, porque ese fuego
se atragante en tus venas, pugna y días
erige sobre noches de basalto.

Soy el sueño vidente, el lujurioso
deslumbramiento extático de alternar con el cosmos;
yo soy el erudito reverbero que envuelve
la contienda feroz de los amantes, soy
la mejor teoría acerca de por qué
cantan las madreselvas, de por qué las palomas
sueñan con los rosados pezones de las vírgenes;
la mejor teoría sobre por qué la muerte
funda la plusvalía de la vida,
y por qué el mar requiriendo el santo y seña
del que se hunde a nadar en sus orígenes,
y por qué flores y aves caían en las redes
con que solo querías capturar el crepúsculo,
y por qué el pasto es noble entre tus manos, y aun por qué
musicales chambergos atan el firmamento a los carrizos.


9

Soy el perenne vástago de la naturaleza
que te quiebra y te rompe como a un espejo loco
de tanto reflejar cielo y libélulas
y remansos mejores que el olvido.
Yo soy el peregrino de mil rostros,
soy un heraldo crónico, el revuelo
de alas que mudan de trigal y trigo;
soy el advenimiento de la música
para la que halla voz cada garganta.
Soy el cantar, el canto que en tu apretado tiempo
surcó tu corazón de estrella a estrella.
Yo soy la llamarada del infierno que entonces
guardaste en los vaivenes de tu pecho.
Pongámonos de acuerdo; engañaré a Lavinia;
te aguardaré, te aguardo, te aguardé: es lo mismo,
si la noche te quema y te ilumina.
Subo del otro lado de tus senos;
vengo henchido de pactos y recuerdos;
ardo por revivir en tu jadeo sólido
mi costumbre de siglos y de universos, y ardo
por forzar a través de tus estrechas
horas mi diligencia milenaria,
por nacer otra vez en tu sabrosa lengua
e, instalado en tu tibia recámara de anhelos,
como intenso rubí de su rojez colmado,
al trasluz de tus versos ser lectura.
Mira, he vuelto; yo soy el alhajado
retoño cortical de los sentidos,
que un día descubrieron que podíamos
ser los impíos ángeles que hoy somos.




EN EL VIENTO 
(1957)

En el viento descubro tu sonrisa.
Ha venido de un puerto donde al agua enmudece,
donde en silencio cierra esperanzas heridas
por una pena ahogada y un pétalo marchito.

En el viento camina lo que dices.
Es un secreto salmo callado que me entrega
la lenta magnitud de lo celeste.

En el viento rodeas mi sombra ávida,
y amo en él tu presencia, que endulza mis pupilas
como una tarde triste con un blanco navío.



CUANDO UNA ALONDRA MUERE 
(1957)

Cuando una alondra muere
y se quiebra un designio entre sus pasos,
cuando todo enmudece o el alba se retrasa
y se extingue una hoja con un raro estertor,
tú tienes la palabra que enciende la mañana,
la obstinación que quiero, la voz fresca y contenta,
y estableces los pies mientras tus dulces manos
acarician las nuebes.




LAS MANOS (1956)

Sin esperanza,
con su vacío a cuestas como un sueño,
rondan las manos.

Sin premios duraderos,
sin más que la conquista que arremolina un lapso,
rondan las manos.

Rondan las manos:
blandiendo la sonrisa, la clandestina lágrima,
cortando oscuras sayas e insidiosas mortajas
que acumulas quejidos, gritos desesperados
y desganas que trepan en los actos.

Una suerte pequeña las deslíe
en los turbios adioses y en los llantos.
Y sin embargo agitan ondulantes sonrisas,
banderas valerosas, fosforescentes faros,
y falenas que niegan el crepúsculo.

Heridas, se hunden
de bruces en la tierra,
cristalizando un coágulo y un húmedo suspiro.
Pero siempre hay un alba que lentamente irisa los sollozos
y todo lo que cae de las noches.

Todas son heroínas si perduran
sin renunciar a su arma de desamparada.
Todas son heroínas si persisten
en su rumor gratuito y en su reptar sombrío
con que invocan la altura de los días
y alimentan la noche que crece como un canto
de recogido, de secreto fuego.

Todas son heroínas.
Por eso se ve alzarse una columna de humo,
un haz de orgullos áridos, una humilde palabra
y una guerra satánica y panteones.

Todas son heroínas.
Por eso se ve siempre que el horizonte ondea,
que brillan dulcemente trigales y tejados,
que vencidos los ríos cuadriculan los campos,
que empieza a arrodillarse el mar en ciertas playas,
que la voz es hallada por todos los senderos,
que suceden prodigios y ciertas conmociones,
que parten negros trenes y sencillas palomas,
maldiciones, plegarias y ululantes gemidos.

Todas son heroínas, y por eso
hay las manos transidas de tardes y de puertos
de donde el mástil zarpa, y la húmeda sonrisa.
Hay las manos postradas junto a los puentes rotos,
caídos en la noche como un tallo y un sueño.
Hay las manos curvadas sobre tiernos ladrillos
de lentos sueños rojos y actitud de coral.
Hay las frágiles manos que suspiran y emprenden
una angustiada marcha de arañas indecisas.
Hay las manos opacas, insolubles, fornidas,
con voces de muñecas solitarias muriendo.
Hay las manos que alumbran con un deseo oscuro
de tocar un redoble bajo el agua dormida.
Hay las manos ardiendo de pue sobre el cansancio,
alentando los surcos y acallando el amor.
Hay las tórridas manos celebrando en un yunque
el rito de la espada, la herradura y la voz.
Hay las manos que tienen veinte años y una risa,
las inquietas de un niño moreno por la dicha,
y hay las pálidas manos que llevan a los labios
una carta rosada y un temblor.

Y en su presencia múltiple, vibrando como un árbol:
Las manos y la triste vendimia de las horas.
Las manos y la tierra que estrían los intentos.
Las manos y el deseo que tienen de ser naves.
Las manos y la sombre que proyectan las flores.
Las manos y el delirio de luces que las llaman.
Las manos y las piedras que acarician los niños.
Las manos y los cuerpos ardientes como espigas.
Las manos y la espera que destrozan los dedos.
Las manos y la angustia tendida como un arco.
Las manos y el silencio postrero carcomido.
Las manos y los viajes que no se hicieron nunca.
Las manos y la última moneda que nos queda.
Las manos y los llantos ocultos con un lirio.
Las manos y las manos, su unión y su calor.






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