martes, 7 de marzo de 2017

ROMY SORDÓMEZ PATIÑO [19.996]


ROMY SORDÓMEZ PATIÑO

(Lima, Perú 1982), ha publicado los poemarios Vuelta Alrededor del Parque (Sociedad Elefante), Vacas Negras en la Noche (Sarita Cartonera), Présago (Santo Oficio).




de:   Vuelta Alrededor del Parque (Sociedad Elefante)


Si hubiese nacido a las 15:00 horas
del segundo jueves de junio del año 37
sería un jazzista negro con saxofón en mano
tocando en los honky tonks de New Orleans; no levantaría la ceja derecha cuando soplo
ni tocaría la cítara a medianoche cuando no te veo llegar,
no sufriría de tourette
ni asistiría al psiquiatra dos veces por semana,
no fumaría una cajetilla de cigarros a diario
ni rechazaría a los perros por temor a que orinen encima de mí.
Pero lamentablemente,
resulta ser que no soy nada de lo que hubiese sido
de haber nacido en la fecha apropiada.
Y aunque no soy negro
ni saxofonista
ni conozco New Orleans,
a la mañana siguiente
nuevamente pensaré en lo que no he sido
por no haber nacido el segundo jueves del año 37;
resignándome a haber nacido el día de la salamandra
que pocas veces cae jueves
y que a las 15:00 horas
me recuerda a un jazzista negro con saxofón en mano
tocando en los honky tonks de New Orleans.





VUELTA ALREDEDOR DEL PARQUE

Dime en qué piensas cuando coges la bicicleta
y das la vuelta alrededor del parque,
cuando te persiguen los automóviles
con faros rotos
y por ahí aparece el del hombre
que murió ahogado.
Dime en qué piensas cuando nadas
y te sumerges hasta el fondo del mar;
si deseas ya no pensar
sino voltear la esquina,
detenerte, tomar un agua cielo
y seguir dando vueltas alrededor del parque.
Dime por qué detienes la mirada en el anciano filatelista
que pasea de la mano con su enfermera,
en la pareja que sentada en una banca se acaricia
frenéticamente,
en el perro que orina sobre el poste de luz.
Dime por qué te detienes
y en cada vuelta alrededor del parque ya no los reconoces; y aunque escuches decir
que no hay nada más aburrido que dar vueltas alrededor
del parque,
piensas en lo que piensas a la hora de introducirte al 
mar,
en que mañana tendrás que sacar la basura,
recoger a los niños de la escuela,
buscar el lugar y el momento preciso para amar...
Y tú sin darte cuenta,
mientras haces todas esas cosas,
desearás recuperar la ansiosa necesidad de dar la vuelta
alrededor del parque,
porque en el momento en que piensas en todo aquello
te impides sentir el viento acariciar tu rostro, tus manos, tu espalda;
a la vez que te impides sentir el agua,
cuyas gotas brotan de tu cuerpo como pequeñas esferas de sal;
porque cuando coges la bicicleta y das la vuelta alrededor
del parque
esperas que una ola te tumbe y te deje varado en la orilla 
en una tarde azul.






La madeja de lana roja se extiende sobre el piso / alcanza a tocar los pies de la abuela / la recoge / corta un pedazo con sus manos huesudas / lo anuda uniendo ambos lados / comienza a jugar con el trozo / sus manos se agitan temblorosamente / rápidamente / De repente un ruido azota la casa / algo que pudiera parecer un golpe se desata / el niño ha comenzado a llorar / la madre azarosamente se acerca a la criatura / la levanta de la cuna / la acaricia / pone cara de boba / algunas muecas / Entonces desabotona su blusa / saca una teta enorme / se la enseña / el niño la toma entre sus labios / comienza a lactar / La abuela mira a la madre / rescata la madeja de su falda / al percatarse de su mirada se abochorna / aparta al niño de su pecho / A un lado la niña, que había observado el incidente, no aparta su mirada de la abuela / Ella, por su parte, deja caer la madeja de lana roja de su falda / que por suerte cae al piso. 





CAPICÚA 

Mi madre me dijo que vendrías
cuando creciera la yerba
en temporada de invierno,
que buscase el color del cielo al atardecer
cuando el céfiro anduviera perdido
bajo las miradas licenciosas de las pecadoras.
Vendrás en el año perfecto,
porque bajo el signo de la ambivalencia nacerás;
pariré
en un día de lluvia,
y ante los ojos curiosos
serás macho y serás hembra.
No importará realmente si decides llorar para mí
o si decides no sonreír ante mi desesperada cara boba,
pues sabrás con sabia inteligencia
disculpar mis torpes movimientos.
De mi parte,
además de recoger cada diente que pierdas
en el camino,
cubriré mis ojos y mi cuerpo de impecable desnudez
ante lo que para otros pudiera resultar causal
de espanto,
tu suave murmullo encantado,
cría de invierno capicúa,
lameré hasta el cansancio
tu indomable cuerpo indeciso.





PARA HACER UN POEMA 

En el nombre del padre,
o del hijo,
o del hijo que no tiene padre,
o del padre que no tiene hijo,
quienquiera que le estas palabras
sabrá que soy el que las dispone,
esperando que alguien comprenda
que palabras escritas sobre papel
no hacen un poema
y que, sin embargo,
se torna tan serio a medida que avanza,
como si la muerte fuera un tema serio,
como si los 107 pasos que separan al condenado a muerte
de la horca fuera cierto,
como si el pequeño dios que se halla a su lado
le proporcionara agua en un pedazo de algodón
y bebiera cada gota difusa con sabor a níspero,
como si el preso tuviera que dormir al lado de su letrina sin oír más que el sonido del agua después de jalar la 
palanca. Y así,
un etcétera interminable que no vale la pena mencionar
para hacer un poema. 






de:  Vacas Negras en la Noche (Sarita Cartonera)


A la hora en que despegue 
el ave del polvo
sabré que llegarás
a mis pies desnudos
como la ola
vuelve a la orilla
Sólo por decir
palabra alguna
por soterrar el silencio
despediré a mi madre
y a mi padre (por separado)
con el grito de ambos corifeos
pronunciando mi nombre
reclamando el regreso de mis lunares
Antes de mi muerte
los días pasarán en su eterno recorrido
amando incansablemente
la cicatriz de tu brazo derecho
Sólo por decir 
palabra alguna




Un tuerto le dijo a un ciego: Si he de ver, quiero que sea con mi ojo muerto, que recuerda tu mirada y recorre tu cuerpo de hojas granates color de tu lengua cinamón y olor a cebú. Si he de amar, quiero que sea con mi ojo muerto, que traga tierra y fruto de cosecha recién parida, que trae bajo la sombra la paria y la flor de loto. Si he de palpar, quiero que sea con mi ojo muerto, condenado a tu seno yermo, que todo lo ve y nada siente, que repite el vaticinio del agorero al llamarlo sodomita, viejo estéril, un martes por la tarde. 





VACAS NEGRAS EN LA NOCHE Nada pienso Cuando toca mi mano El papel Y aparece el Cangrejo Sonriente Sobre mi mano Y nada pienso A la hora del sexo Ni en amar Tu baba sangrante A la hora de amar Y tengo miedo De la torpeza Con que toco tus pies Tus exagerados ocho pies Cual vacas negras En la noche Rumiando Babeantes Una encima de otra Fundidas y negras Desapareciendo en la obscenidad 




Cuando abras este sobre y empieces a leer esta carta estaré en Vermont con la noche posada sobre mi frente, esperándote durante un tiempo prolongado. Tal vez no te reconozca a primera vista, pero sentiré que eres tú cuando aparezcas con un saxofón en la mano y sonrías mostrándome tus dientes que sobresalen como un grito dentro de tu piel oscura; te daré un abrazo, me dirás que el destino nos tenía trazado este encuentro. Luego iremos a un bar, me contarás que abandonaste a tu mujer y que huiste de New Orleans por haber asesinado a un hombre a quien le debías dinero. Te miraré como mira un padre a su hijo, con resignación y paciencia, te daré un beso en la mejilla para redimirte y luego te irás, como huye la luna por temor a la obscenidad, sin una sola moneda en el bolsillo, con el mismo traje desteñido de hace doce años y una botella de licor barato en la mano. Así, despacio, te irás silbando bajito, intentando no decir obscenidades.  




Quién sabe si de la madre de mi madre herede el tamaño y la posición de sus lunares como se hereda el cáncer al seno izquierdo como se hereda la maternidad de dos crías, y herede la sordera de su oído derecho como se hereda la afición por la caza como se hereda el judaísmo, o herede su ceño fruncido como se hereda la temprana edad de la muerte como se hereda el sabor agridulce de la saliva. Quién sabe si para mi deleite o mi fastidio de la madre de mi madre herede un nieto arqueólogo, una nieta poeta, cuya única obsesión sea hablar de la madre de su madre encontrada muerta a los 63 años en su vieja habitación de la calle Owen, o herede tan solo los lunares la sordera el ceño fruncido. 



de:  Présago (Santo Oficio).

II 

Alrededor de mi cuello se enreda la esperanza del condenado a la horca, el que aspira a la gaviota asesina, el que dispara la mirada piadosa del que ama a cualquiera, el que goza deteniéndose frente a la niña que llora, ebria, sobre la pista, y la abraza sin conocerla, y la ama sin ver su cicatriz. Yo, hombre educado, tanta profanidad leída sobre papel, puedo recordar cada verso que tocaron mis ojos, cada línea que anudó mi garganta, las conversaciones a medianoche, las despedidas desnudas de los que amé bajo la lluvia; pero sobre todo, la saciedad extraña de mi sabio hermano de ojos felinos, quien me enseñó a disfrutar la felicidad en pequeñas cantidades, como el aroma fresco del coñac. (fragmento) 




III 

A la izquierda del padre, en cuclillas,
entrecruzados los dedos haciendo la señal del incesto, siento el aroma de flores secas esparciéndose alrededor de mi cuello bajo las manos de mujeres que susurrando a mi oído me hacen saber lo hermoso que me veré colgado. El tumulto se agita, repite mi nombre, y siento mi sangre en un recorrido misterioso dentro de mis venas; mi corazón respira libre como jamás lo hizo, mientras los hombres preparan el vino y aderezan el pescado, tal como hicieron la noche que recibieron a mi padre y al padre de mi padre. (3) (fragmento) 
IV Mañana mi carne será consumida por Sol, y se hará amarilla como él y me haré rojo como ella, revuelta entre sus sábanas blancas, cuando el sudor domine sus tibios pechos y sus muslos se confundan con la pureza; cuando ella despierte por los malos sueños que desnucan, cierre sus ventanas, enjuague su rostro en el lavabo, creyendo que no escuchó nada allá afuera; y sobresaltada busque abrigo en los brazos de su amada: Ella sabrá que su padre ha muerto. Oirá el chasquido de mis dientes cuando destrocen mi lengua y mis piernas suspendidas en el aire soplen como una cometa sobre el patíbulo; entonces ella volará hacia mí y picoteando mis ojos me despertará. Y la libélula aparecerá palmoteando las tiernas aguas del lavabo.  ( fragmento) 








Cuando mi corazón late presuroso
no esperes mucho de mí;
de pocos asuntos hablo,
tan solo de la certeza
como esa mirada en la nuca
que te incita a voltear,
y también de la tristeza
como un confuso laberinto
que a veces mi destino olvida.
¿Si ya lo vi todo?
Vi todo lo que quise ver,
la orilla del mar en el que caeré,
el frasco de pastillas que mi mano acostumbra a coger,
la felicidad, las polillas, el viejo candado
y ese pequeño dragón que tu brazo derecho
iracundo me muestra.

(Inédito)




PÁNICO

No me tientes a caminar
debajo del puente.
Solo quiero un poco de sombra
para respirar.
Algo de lluvia
sobre mis gafas.

(Inédito) 





POEMA 1 

Yo no fumo, pero puedo acostumbrarme como se acostumbra uno a la desesperación y a la desesperanza, y puedo acostumbrarme a las ciudades vacías, al frío helado que abofetea mis mejillas, al té verde después de las comidas, a los ánimos alterados, a las falsas certezas que se repiten reiteradamente en mi tímpano deprimido. Yo no fumo, pero puedo acostumbrarme a los baños públicos, a los horarios rotativos de fin de semana, a los viejos ascensores de un viejo piso madrileño, a los ciclistas y sus bicicletas y sus cascos, a la casa vacía sin tus libros, a los espacios abiertos y a mi claustrofobia, a las ambulancias esperando fuera de casa. Yo no fumo, pero puedo acostumbrarme como se acostumbra uno a los ceniceros debajo de la cama, a tu música odiosa en mi tímpano deprimido, a los desórdenes cuando te alteras, a ese pequeño espacio tuyo para cagar. Todo parecería perfecto si se pensara que hablo de la costumbre de hablar de la costumbre en estos tiempos salvajes; pero no es así. Yo no fumo pero puedo acostumbrarme. 

(Inédito)



POEMA 5 Ninguna ciudad es benevolente conmigo, ni los ascensores ni las puertas de cristal ni las persianas ni las grietas en el suelo ni los muebles empotrados ni los retratos en las paredes. Yo de vez en cuando pienso que tanta tortura es buena, y es tan difícil cambiar las malas costumbres que te asombrarías, querido lector; tú que te asombras de unos cuantos versos sin sentido. 

(Inédito)




TITUBEOS DEL GRILLO 

Entienda usted, 
después de medianoche 
ya no hablo como aquellos, 
sino despacio y 
titubeando, 
en cada puesta de sol, 
en cada mañana soleada de abejorros 
que yace sobre mi helado cuerpo. 
Entienda usted, 
hablo despacio y 
titubeando 
no por temor, 
sino esperando 
que alguien me arrastre, 
asomando hacia la ventana 
su mirada 
sobre mi viril cuerpo insatisfecho. 
Entienda usted, 
ya no soy quien teme, 
sino que soy aquel 
a quien oigo desde su habitación 
desperdiciando papel, 
sirviendo a sorbos el ron 
para no embriagar su espera 
mientras se precipita sobre ella 
y titubeando, 
desespera 
y erecta 
su osado pie izquierdo. Yo no haría 
eso que usted hace, 
eso de esperar y contar 
cada titubeo del grillo. 
Sólo despierte, 
acomode la almohada, 
e imagínela ebria 
tosiendo su nombre, 
y piense 
de espaldas, 
contemplando.

(Inédito)




IF I SHOULD LOSE YOU
(SI YO TE PERDIERA) 

No quisiera solo
ser arena sobre tu estrecha pierna torcida
ni escorpión
bajo la guedeja de tu vientre pulposo
ni gemelo taciturno
de tu incansable boca húmeda.
Debe haber algo más
que la posesión estratégica de los cuerpos
Algo así como
mi madre y mi padre
bailando If i should lose you
(Si yo te perdiera)
detrás de la cortina 
de la bañera,
hace veintidós años.

(Inédito)




CONVERSACIÓN CON MI PADRE EN ESPERA DE UNA RESPUESTA 

Caminando junto a las murallas citadinas, 
me pregunto por qué me asalta este temor de caminar entre el tumulto, 
por qué bebo licor barato de tus labios, licenciosa noche. 
Y solo el silencio iracundo responde 
con su silente carcajada irónica. 
Piqué la locura y le contagié mi lepra. 
Hijo, resume tu vida en tres líneas. 
Y eso hice, 
Con cierta tristeza por mi suerte: 
Apenas 18 años, 
estéril, 
sin poder amar aunque lo ansíe con locura. 
Hijo, no llores, 
te perdono. 
Y, a manera de consuelo, me dijo: 
«La vida es un mamarracho indecente» 
Y después de un tiempo, 
sonreí. 

(Inédito)








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