viernes, 14 de abril de 2017

KILKU WARAK'A [20.086]


KILKU WARAK'A

Kilku Warak’a, seudónimo del poeta Andrés Alencastre (Parq’o, Cusco, Perú 1909 - Pacobamba, Cusco, 1984)

Andrés Alencastre Gutiérrez, también Kilku Warak’a o Killku Warak'a fue un hacendado, profesor, poeta y escritor peruano que escribió en quechua cuzqueño y español. José María Arguedas lo consideró el poeta quechua más importante del siglo XX. 

Andrés Alencastre nació en 1909 en la hacienda de su padre en Parq’o a orillas del lago Langui. Aprendió en una escuela primaria unidocente, después en el Cusco en el parroquial Salesianos y el Colegio Nacional de Ciencias hasta 1929. En 1921 su padre Leopoldo fue matado en una rebelión campesina.

Desde 1940 hasta 1945 estudió educación en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y se graduó con la tesis “La alfabetización en el Perú”. Entonces escribió sus primeros huaynos, Puna desolada, Maizalito quebradino y En la laguna de Layo, y otros. Su primera obra de teatro Pongo Killkito, que había escrito en quechua, fue representada en algunas comunidades quechuas y recibida con entusiasmo. Por su poema Illimani ganó el primer premio de poesía quechua en Bolivia. Alencastre escribía con el seudónimo quechua Kilku Warak’a (Kilku, Andresito, warak’a, honda).

Trabajó como profesor de castellano en el colegio nacional Mateo Pumacahua de Sicuani, donde había enseñado antes José María Arguedas. Después trabajó como docente en la cátedra de quechua en el Cusco. En 1960 se graduó de doctor en letras con la tesis “Fonética, semántica y sintaxis del quechua”.

En 1950 publicó sus obras dramáticas Los arrieros, Ch’allakuy, El ayllu de Qhapatinta, El pongo Killkito y Los cumpleaños de Catita en un libro con el título Dramas y comedias del Ande. En 1952 salió el libro Taki parwa (flor de canciones) con treinta poemas en quechua cuzqueño que tantean la naturaleza, los apus y el amor. Siguieron los poemarios quechuas Taki ruru (fruto de canciones) con 32 poemas en 1960 y Yawar para (lluvia de sangre) en 1972.

Después de su retirada de la universidad se trasladó a “El Descanso”, una casa de su familia en los páramos de Canas. El 1 de agosto de 1984, campesinos rebeldes lo mataron en una choza en Pacobamba, donde se había parapetado y armado con un fusil, y mutilaron su cuerpo. En la actualidad, su último descendiente es.

Recepción de su obra

En 1955, José María Arguedas expresó su sorpresa sobre el autor y Taki parwa: “Este poemario pueder ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII. Es comparable con el Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma. Creíamos que tal dominio era ya inalcanzable para el hombre actual del habla quechua.”

Obras

Poesía en quechua

Taki parwa (Cusco, 1952)
Taki ruru (Cusco, 1964)
Yawar para (Cusco, 1972)

con traducción al castellano

Kilku Warak'a: Taki parwa. Traducción al castellano de Odi Gonzales. Biblioteca Municipal del Cusco, 2008.

Artículos

Fonética, semántica y síntaxis quechua (Cusco, 1953)

Dramas

Dramas y comedias del Ande (Cusco, 1955)
Cállaky
El pongo Kilkito



ILLIMANI

Illimani, gran dios,
fortaleza de nieve, de huesos de piedra.
Con mi aliento empujo las nubes que te cubren
y yo, yo te saludo, cada amanecer.

De la inmensa llanura te contemplo
y mis ojos se queman en el fuego de tus nieves,
fatigado miro tu alta, tu alta cima,
Señor de los ayllus, Amauta de blanquísimo manto.

El Sol, al aparecer por el oriente
adora primero tu cumbre helada
y cuando muere en el occidente
con sus pestañas en que el oro tiembla te cubre de sangrienta luz.

La Luna silente con su rostro suave de ñusta
noche a noche te mira enamorada ¡oh gran dios!
Las estrellas con sus pestañas de plata
abren y cierran los ojos, bellamente, por ti.

Los torrentes que bajan lanzándose por abismos,
los grandes ríos que calladamente avanzan,
son nada más que tus lágrimas, tu llanto;
retorciéndose como serpientes plateadas
pronuncian tu nombre con su incierto vocerío.

Illimani, poderoso dios
el que blande el rayo de oro
y con su trueno esparce las tormentas de nieve;
tú fuiste, con el Illanpu,
quien puso la luz en los hombres antiguos,
quien alimentó su fuerza.
Por eso hicieron de la piedra, barro,
y modelando la roca con sus manos levantaron las fortalezas.

Illimani, poderoso dios, señor de todos los dioses montañas
que tu nieve brille
en nuestras cabezas pensantes,
que tu nieve descienda
de nuestro corazón a lo profundo
para que podamos ser hombre unidos
de vidas hermosas que no ofendan.

Tú eres, gran Señor,
quien dispone el invierno y el verano;
mirándote a ti, el hombre desfalleciente,
recobra la vida y trabaja.
Las negras nubes henchidas que respiras
vierten la lluvia fecundante;
el viento, el río, la nevada, el rocío,
nacen de tu aliento.

Las tres cimas, las agujas en que tu nieve acaba,
son el reposo de los cóndores,
y de tu corazón de rocas impenetrables
nacen los pumas.

De todo ser viviente
el principio, la semilla elemental,
el amor creante, amado, el germinal arquetipo
en tu honda entraña duermen viviente sueño.

Por eso los hombres de todos los ayllus
cada menguante, cada plenilunio,
vienen a ofrecerte la coca sagrada,
el regocijo, la imploración de sus corazones.

Illimani, poderoso dios,
fortaleza de nieve de huesos de piedra,
en tu cumbre ha de erguirse
el hombre elegido, el excelso, que renovará el mundo.

El canto de su clarín marino
despertará a los pueblos,
y un río de sangre caminará,
se extenderá por la faz de la tierra.

El mismo sol tendrá vergüenza
al ver la masacre humana
y la Luna acongojada
se ocultará tras la nube tenebrosa.

Fin tendrá el bélico conflicto
cuando rueden muchos años;
después los hombres en acuerdo
nueva organización se darán.

Se delimitarán las regiones
con más precisión y justicia
y los gobernantes serán
hombres de justa selección.

Los gobernantes deben ser
patriarcas de verdad,
que con sutileza ausculten
y dirijan a sus pueblos.

Deben gobernar los pueblos,
doquiera que fuera, los ancianos
de prestigio, los de experiencia,
nunca los que no la tienen.

Bondad y talento posean
los gobernantes todos
y la existencia humana sea
mazorca de maíz de apretados granos.

Illimani, gran espejo de plata,
para la eternidad con tu luz
el corazón del hombre alumbra
que vaya al bien, siempre, a la hermosa vida.

Nosotros contemplamos, todos
cómo de la nieve formas el agua y la repartes
a las tierras de todas las regiones,
cómo apagas la sed del mundo.

Así la tierra debiera ser repartida
a cada hombre, a cada criatura,
para que el odio no exista,
el odio del rico y el odio del pobre.

Y advenido ese día, Illimani,
en tu alta cima una estrella giradora
dando vueltas, dando vueltas, brillará
y tus nieves impolutas
al universo darán luz.



PUMA

Tiznado gato crío de la niebla
Airada fiera, garra de piedra
Deambulas por los cerros
Cabizbajo por la nieve

Acechando con furor
Barres la niebla
Laceando con tu rabo
Lías montañas

Espinos filudos tus bigotes
Al sol deslumbran, relucientes
Candente brasa tu lengua
Se relame por sangre

Grácil felino de los Apus
Venerado crío
¿Deambulas hambriento
Rastreando una presa?

Ven y prueba
Mi desgarrado corazón,
Reposa en mi pecho
Aplasta mis penas

Con tus garras
(que rasguñan piedras)
Trenza mis nervios
Y adorméceme pronto
Para no padecer pesares



Puma

Phuyuq wawan uqi mici 
phiña uywa rumi maki 
urqullantan purishanki 
rit’illanta k’umu k’umu

Phiña phiña qhawarispan 
phuyutaraq picarinki 
cupaykita maywirispan 
urqukunata mayt’unki

C’awarkishka sunkhaykiwan 
intitaraq llakllacinki 
qalluykitaq sansaq puka 
yawartaña llaqwarishian

Apukunaq sumaq uywan 
inkakunaq yupaycanan, 
yarqasqacu purishanki 
aycatacu maskhashanki?

Hamuy ñuqa qarasqayki 
kay sunquyta qhasurispa, 
qhasquypatapi thallaykuy 
llakiykunata ñit’iykuy

Qaqa hasp’iq silluykiwan 
hank’uykunata watariy
hinaspataq puñuciway 
ama llaki mucunaypaq 



AFLICCIONES DE UN DESDICHADO

Pajarraco nocturno
Avecilla del alba
¿Qué es lo que presagias
En tu canto triste?
Si ya murió mi padre
Si ya partió mi madre
Por qué vas pregonando
La cercanía fatal
De nefastos nubarrones
El desembalse feraz
De la lluvia de lágrimas

Sanguinarios matarifes
Se llevaron a mi padre
El viento de la muerte, el de gélido soplo
Me arrebató a mi madre

De la noche a la mañana
Surgimos ocho párvulos
Que chillando sin fin
Clamaban por sus padres

Y al otro lado
Del río del llanto, arreados
Por la gélida brisa, los críos
Nos apiñamos allí
Para el júbilo de los infames

En el fragor de la tormenta
El mayor de los hermanos
A cada cual nos revivía
Con bocanadas de calor

Ahora también él se desvaneció
Embebido por las tinieblas de la muerte
Tan sólo ambulamos siete:
Apoyados unos
En la fuerza de otros

Oh pajarillo de las laderas
Tristísimo cantor del día y la noche
¿Qué has de contarme hoy?
¿Agoniza, tal vez, mi gemelo
Se desgrana quizás
Cual tierno choclo?


Wakca waqay

Wasiy p’istuq sumaq phuyu
ima wayran phukusunki
maytaq kunan kapunkicu
ñakariyniy llanthuykuqniy

C’inmi wasiy, c’inmi panpay
aqarapillan wayrawan pukllan
imatañan tariymanñacu
hanaq pacata t’ikraspaypas

Layu quca sani unu
taytallaytan muyp’uykunki,
qantapunin ñak’ashayki
yawar sut’ushaq sunquywan

K’iriymanta paqarispan
unuykita yawarcashan
Q’iruruma pukaquncu
Payaqcuma pukaquncu

Layu quca sani unu
waqayniywan yapaykukuq,
llakisqaymi phutiskaymi
pacaphuyuman tukuspa
wiñaywata p’anpasunki



¿Me olvidarías? 

Ese tu duro corazón 
Pedrusco remojado por mi llanto 
Tibio nido fue para mí 
En el frío, en el viento 

A la sombra de tus pestañas 
Dejé reposar mi vida, 
Y de tus labios tintos 
Sorbí la sangre nutricia 

¿Olvidarías a tu amor 
Al que mora en el limbo 
/de tus ojos, 
Segarías tu corazón 
Despedazando el mío? 

Traducción de Odi Gonzales


Qonqawankimanchu

Chay sunquykin, mat'i sunquykin
chay waqayniypa k'ayasqan rumin
q'uñi qisayman tukurqan
chiripaqpas wayrapaqpas

Qhichipraykiq llanthullanpin
kawsayniyta samachirqani,
puka ñukch'u simiykimantan
kawsay yawarta ch'unqarqani

Qunqawaqchu yanaykita
ñawiykiq yananpi kawsaqta,
ch'iqtawaqchu sunquykita
sunquyta t'aqarparispa





L a   d o l o r o s a   c o n t r a d i c c i ó n   d e   K i l k u   W a r a k ’ a 
e l   p o e t a   q u e c h u a   m á s   i m p o r t a n t e   d e l   s i g l o   X X
p o r   O d i   G o n z á l e s
   

 
Kilku Warak'a, seudónimo del poeta Andrés Alencastre; Cuzco 1909 - 1984.  en 1952, cuando se publicó su primer libro Taki Parwa / Canción en Flor, José María Arguedas consideró a Alencastre "el poeta quechua más grande del siglo XX", y añadió: "Este poemario puede ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII.  Es comparable con Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma".

Odi Gonzáles, poeta y profesor universitario cuzqueño, ganador en 1993 del Premio Nacional de Poesía César Vallejo.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Mar con Soroche, en noviembre de 2006.


 
Feroz y ritualmente ejecutado por una turba de campesinos enardecidos — sus propios ahijados — el poeta (y hacendado) peruano Andrés Alencastre, que escribía con el seudónimo indio de Kilku Warak’a, llegó en cuanto al manejo del lenguaje quechua a un nivel más alto que el propio Arguedas, quien lo distinguió como el más grande poeta quechua del siglo XX.

Indios, mestizos y señores

Andrés Alencastre o Kilku Warak’a pertenece a ese impetuoso séquito de intelectuales cusqueños o cusqueñistas que, no obstante ser mayoritariamente blancos o mestizos, hacendados o señorones de antiguo linaje, promovieron — en la primera mitad del siglo XX — el movimiento indigenista que propugnó una revisión del problema del indio, reclamando sus derechos, ensalzando sus virtudes heredadas del inkario, cuando no magnificándolo en exaltadas composiciones literarias, pinturas y piezas musicales; una impostergable causa que si bien cundió, no siempre fue secundada por la consecuencia, pues lo que con vehemencia se afirmaba en el discurso no se aplicaba en la realidad, ni siquiera en el entorno de sus propios peones o servidumbre.

Desde luego que para quienes continuamos escribiendo en quechua, en aymara o en las lenguas amazónicas, o recreamos en castellano el subyugante universo andino, el mayor obstáculo es, sin duda, el lenguaje: cómo hacer verosímil — mediante la palabra — lo que de por sí es increíble en ese arcano territorio donde las fronteras entre vida/muerte, mundo natural/sobrenatural, no existen y es común, más bien, toparse en un cruce de caminos con un ángel andariego o recibir, tal vez, en una siembra de papas, la visita inesperada de un familiar muerto que viene — del más allá — a prevenirnos sobre el clima o porque simplemente tiene sed y desea un poco de chicha de maíz. No obstante ello, la poesía quechua contemporánea, la escrita por Alencastre por ejemplo, tiene autor y códigos propios y ya no más ese carácter colectivo, anónimo y oral de los inicios, cuando estaba conformada por oraciones e himnos que, de acuerdo a su naturaleza, eran wawakis (invocaciones para enterrar a un infante muerto), hayllis (poesía épica), harawis (poesía amorosa), qhaswas (cantos de regocijo), wankas, entre otros. Ni siquiera la luminosa personalidad de José María Arguedas confinó al limbo al poeta Alencastre, de quien dijo era el más grande poeta quechua del siglo XX.


Noticias del infante difunto

Nacido en 1909, en la hacienda familiar de Parq’o, a orillas de la relumbrante laguna Langui-Layo, provincia de Canas, Cusco, el pequeño Kilku — diminutivo quechua de Andrés —, luego de aprender las primeras letras en el centro estatal unidocente de la zona, se traslada a Cusco para cursar estudios, primero en el parroquial Salesianos y después en el Colegio Nacional de Ciencias, del que egresa en 1929. Años atrás, en el fragor de las rebeliones campesinas motivadas por el levantamiento del legendario caudillo mestizo Rumi Maqui, en Huancané, el adolescente Andrés pierde a su padre, que muere ritualmente ajusticiado por una turba de peones que, ante la confabulación de autoridades y patrones — para quitarles sus tierras —, decide hacerse justicia por sus propias manos. Este cruento suceso — ocurrido ante los ojos del púber Alencastre, en 1921 — desgarrará para siempre el espíritu del poeta, mas no servirá — según propia confesión — para urdir una venganza que, de todas maneras, se consumó con la feroz represión desatada tras la muerte de don Leopoldo.

Ávido y resuelto, el joven Alencastre ingresa — es 1940 — a la monástica facultad de Letras y Pedagogía de la Universidad Nacional de San Antonio Abad de Cusco donde, bajo el creciente influjo del pensamiento andino, empieza a componer fervientes waynos: Puna desolada, Maizalito quebradino, En la laguna de Layo, entre otros, que él mismo ejecuta diestramente acompañado de su diminuto chillador; pródigos años en los que además de esbozar sus primeros poemas recorre comunidades altoandinas representando — en plazas y escuelas — su primera obra de teatro, Pongo Killkito, sarcástica pieza costumbrista ensamblada con actores indios y mestizos que es recibida con festivo regocijo por los campesinos. Por esa misma época redacta diversos textos pedagógicos como "Lecciones de Quechua" que serían publicados en la Revista Universitaria. Egresa de los claustros universitarios graduándose como profesor (1945) con la tesis "La alfabetización en el Perú" y, al poco tiempo, enseña castellano y literatura en el colegio nacional Mateo Pumacahua de Sicuani, donde había trabajado hasta hacía poco el joven preceptor José María Arguedas. De allí pasa a la docencia universitaria para hacerse cargo de la cátedra de quechua, no sin antes haber ganado en Bolivia el primer premio de poesía quechua con su poema "Illimani". Años después, en 1950, aparece — recogida en libro — la totalidad de su obra dramática, bajo el formal título Dramas y comedias del Ande, volumen que contiene Los arrieros, Ch’allakuy, El ayllu de Qhapatinta, El pongo Killkito y Los cumpleaños de Catita, ilustrados con fotografias de algunas escenas representadas y partituras de las canciones. Andando el tiempo (1953) Ch’allakuy y El pongo Killkito escritos en qheswa — amalgama de quechua y español — serían traducidos al francés por el peruanista Georges Dumézil y publicada por la Sociedad Americanista de París.

Canción en flor

En 1952 sale a la luz Taki parwa, su primer libro, conformado por treinta poemas de rotundos tercetos, cuartetos, sextillas y décimas. El libro — cuyo singular diseño incluye una cinta delicadamente urdida por alguna tejedora de Chinchero — tiene notables poemas líricos y épicos en los que por un lado se hace una especie de prosopografía de algunas animales de la mitología andina, como el puma, y por el otro se ensalza la fastuosidad de las diversas deidades o apus de la madre naturaleza, pero también — y sobre todo — se honra sutilmente al amor. El puma, primer poema del libro y acaso el más conocido, inspirado en el felino que habita en los páramos y nevados del Vilcanota, revela desde ya la fuerza y riqueza de imágenes — común a todo el libro —. pero que por momentos decae cuando el poeta intenta ideologizar su transcurso.

"Este poemario puede ser considerado como la contribución más importante a la literatura quechua desde el siglo XVIII. Es comparable con el Ollantay en cuanto al dominio del autor sobre el idioma. Creíamos que tal dominio era ya inalcanzable para el hombre actual del habla quechua…Taki parwa es la expresión de un hombre nacido y formado en una aldea de la alta región andina, de un autor que después de haber sido compositor de waynos, tocador de charango y actor de comedias orales — por él mismo creadas — ingresa a la universidad e ilumina su exposición, enriquece sus medios de expresión con la sabiduría de la cultura occidental" sostuvo un entusiasmado Arguedas en un lúcido ensayo al que habría que agregar, tal vez, el particular manejo que el poeta hace del quechua, con únicamente tres vocales (a, i, u), así como su recurrencia y tenacidad para emplear la consonante c en lugar de la ch.
 
Una década prodigiosa

En lo 60’, el bachiller Andrés Alencastre Gutiérrez se gradúa de Doctor en Letras con la tesis "Fonética, semántica y sintaxis del quechua". Asimismo, publica Taki ruru, su segundo e intenso libro conformado por 32 poemas disímiles, precedidos por litografías y dibujos de Mariano Fuentes Lira, más un texto de presentación donde manifiesta: "este poemario quechua que lo he denominado Taki ruru es la continuación de Taki parwa en el que ofrecí a los hombres que sienten la emoción quechua, la flor del canto; en Taki ruru les ofrezco el fruto de esa canción".

Ocho años después, en 1972 y no obstante sus recargadas labores — que incluyen obligados viajes a su hacienda —, publica su tercer volumen de poemas, Yawar para/Lluvia de sangre, profético y desgarrador libro, una mazorca lírica del que se desgranan la muerte, el pesimismo y el fantasma del padre muerto que lo atormenta. Quizá por ello acepta viajar invitado a diversos encuentros de literatura étnica en Chile, Bolivia, Argentina y México. Son memorables sus participaciones como expositor en el Congreso Internacional de Lingüística realizado en Bucarest, en Quebec, o su comentada conferencia en quechua en la radio y TV de Moscú en 1968.
 
Atacan los indios

Retirado ya de la docencia, el sexagenario Dr. Alencastre se instala definitivamente con su familia en "El Descanso", desolado cruce de caminos que el irreductible amor del poeta por los indios le había impulsado hasta convertirlo en todo un pueblo con capilla y ferias sabatinas. En este páramo, cerca de la provincia de Yawri, habría de vivir intensos años, ejerciendo el poder y la impunidad — no ajena a su casta de patrón y cacique —, pero también, hay que subrayarlo, consagrado al ordenamiento y corrección de sus entrañables waynos y poemas, en una actitud dolorosamente contradictoria: dos lenguajes irreconciliables: el discurso y los hechos que, por cierto, jamás convergieron en su espíritu.

Lo imagino en noches de vela, asomándose a los bordes más espeluznantes; retornando a casa de madrugada (tal vez húmedo de sueño y de lujuria), mas, siempre, con el corazón desgarrado y los ojos empañados por hogueras que nunca veremos.

Así, la noche del 22 de agosto de 1984, en Pacobamba (alturas de Canas), seis décadas después de la escalofriante muerte de su padre, el poeta Kilku Warak’a muere igualmente ajusticiado por una turba de campesinos — sus peones —, que ante el inminente despojo de sus tierras por parte de éste y las autoridades cómplices, se organiza en rondas y, luego de sitiar la choza donde el poeta-hacendado se había parapetado escopeta en mano, proceden a incendiar su refugio y, muerto ya, le arrancan ritualmente la lengua y los ojos; le cercenan el miembro viril a su mentor y padre espiritual, el mismo que en su último libro había dicho: "El Ausanqati y el Salkantay son mis antenas receptivas. Yo escucho en sus cimas la queja de los hombres que sufren y que piden, pero esta petición, justa y tenaz, recibe en respuesta solamente lluvia de sangre y ríos de lágrimas".





 
 
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