martes, 22 de noviembre de 2016

JORGE RODRÍGUEZ HIDALGO [19.604]


JORGE RODRÍGUEZ HIDALGO

Jorge Rodríguez nació en 1961 en Cornellá de Llobregat, aunque desde hace mucho tiempo vive en Sitges.
 
Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha trabajado en Radio Miramar y colaborado en el desaparecido rotativo El Observador, en el semanario Avant y en revistas infantiles y juveniles, como Súper- Mini y Megatop. Asimismo, ha colaborado como lector en la Editorial Destino.

Es autor de tres poemarios: Humanódromo (Barcelona, Seuba Ediciones, 1997), La sobriedad de la distancia y El follador del puerto. En 1977 fue incluido en la antología Fuente del río, del grupo literario egabrense ALA (Avanzada Literaria Andaluza).

Publicaciones del autor:

Poesía

“Humanódromo”, Barcelona, seuBa edicioneS, 1997
“La sobriedad de la distancia”, Madrid, Devenir, 2004
“Barniz de almáciga”, inédito

 Novela

 “La última vuelta del perro”, Zaragoza, Maghenta Editorial, 2007

 Traducción
 Del francés
“Brasil”, de Isabelle Maltor y Monique Badaró-Campos, Barcelona, Salvat Editores, 1999

 Del catalán
“Diccionario Pla de literatura”, compilación de Valentí Puig sobre la obra de Josep Pla, Barcelona, Ediciones Destino, 2001
“La Segunda República española. Una crónica, 1931-1936”, de Josep Pla, Barcelona, Ediciones Destino, 2006



Los poemas pertenecen al libro “Suma de desmesuras. Paisajes con derrotas”


HISTORIA

A punto del olvido, como la nube que pierde el curso
o la emoción que regresa a su frialdad,
así la historia pende de los inconsistentes hilos
que la araña ciega de los hombres
dispone con geométrica y fatal voluntad.
Pero no cae de esa malla, sino de la red inexorable
que teje la estulticia, hija de la desmemoria e imagen
de la vastedad insoportable de otros hombres,
de otros seres que trascienden sin ser el pathos singular de la vida.
La historia araña de su espesa sepultura
un ocaso de nombres y un futuro de mañanas sin hombres.


RUINAS CON PUERTA

Estaba entre los escombros, erguida, no obstante,
como una representación de la naturaleza del azar.
La puerta, una puerta, cualquiera, esa puerta
sin nombre que a todos nombra,
la sola puerta que asola a un hombre,
cualquiera, también sin nombre.
Un hombre y una puerta incompletos
y entrambos una completa ruina. A ligarlos
vienen la suerte y el infortunio del árbol,
y el infortunio de quien, tal vez, vio caer el árbol.
Ahí y aquí están las ruinas. Ahí y aquí, la puerta.

La puerta que quedó a medio cerrar o a medio abrir;
el gesto que no cedió a la duda;
el cuerpo que al salir entró y al entrar se despidió;
el aire que acuñó la forma del ser y del no ser;
el silencio final o la tierra prometida del silencio;
la puerta de los hombres necesarios y la de los hombres lejanos;
la puerta que nadie batirá y la que esteriliza los sueños;
la puerta que da a la vida sin luz y la que gesta negrura de infierno;
la puerta sin puerta que nadie verá y el vacío dividido que tampoco importará;
la puerta que no sabe y espera y la que sabe que nada espera;
la puerta que conduce al final de la angustia y la que principia la náusea del final;
la última puerta antes de la evidente oscuridad y la primera en separar la vida de la muerte.
La puerta, una puerta, esa puerta en medio de las ruinas.


EL AZAR

El azar resiste en la caverna donde es posible trucar la realidad.
El seguro destino contiene la miríada de sombras
que en inversiónfiltran, en el prisma de la noche,
los datos exactos del múltiple origen.
La imagen no basta para ser, pues el caleidoscopio
de la incerteza avanza suertes sin fin de hueros entes
redimidos al acaso espurio de la completitud.
El azar resiste en la parte y en la ilusión de la sustancia
compone la especular presencia. Pura idea.
El imperio ocular de la imagen, no obstante,
el seguro destino se reserva con el arte de las artes.
En la caverna, un marte mineral
fija efluvios de consistencia etérea.
Es la suerte, es la siembra, la contingencia azarosa,
la unidad debida a la sombra que asila luces y estambres.
El azar resiste en la caverna, pervive y nombra alumbres
para ver con el tino de la lumbre y ser en la fragua del orden,
en su fragua, el destino de la segura vislumbre y el tas del fuerte estar.


LA MEDIDA

Cuando embebidos de la imperceptible eternidad del silencio
seamos solamente dioses del somero instante,
entonces, conoceremos el valor de ser inmortales sin tiempo.
Justo antes de ceder a la atracción de la sima auroral
o avanzar el paso sobre el abismo después de vencer la desmesura nocturnal del acantilado,
la salmodia de los sonidos recordados derramará su voluntad
humana, no animal, para imperar en fatal sordina suicida.

Y en la inutilidad del acto se fundará el gesto que lo ampare.

Ser infinito y demostrar la potencia de la finitud.
Ser continuo y detenerse en la discontinuidad interminable.




Poemas de La sobriedad de la distancia


INSTANTE FÁUSTICO

Ensayo la dicha invocando
una memoria sin signos:
pasado sin luz,
pasaje extenso desde donde me miran
los mundos tumultuosos
que me nacen ahora falsamente
y se instalan en este postergado silencio.

Cuanto en mi memoria es
sólo será en un instante.
Ir hacia delante
es volver del revés
la memoria,
borrar, felizmente, el vestigio
de la esperanza.


CONOCIMIENTO

A Francisco Coronado

Nacemos al conocimiento en pleno naufragio.
Vivimos en el conocimiento como en tempestad.
Morimos de desconocimiento como de hombres no vivimos.
Vida, vida, más vida: eso es conocimiento.



LA SOBRIEDAD DE LA DISTANCIA

A Javier Expósito Soriano, donde esté

Recuerdo cuando me regalabas
una carta, dos cartas, cientos de cartas,
y mis "oh" se relamían de gozo
presintiendo la amistad como un orgasmo.

Recuerdo tus alhajas -una,
cien, mil palabras.

Recuerdo tus nombres y tu nombre:
recuerdo que estabas, pues no estabas.

Te recuerdo memorable en el olvido,
partido por la espalda, escondido,
escindido en el matasellos.

Recuerdo el hartazgo de signos,
que no eran palabras.

Recuerdo el corazón vencido -trujamán exhausto-,
perdido, enloquecido en tus anchuras,
infesto acaso tras tu leve roce
de manos, desmayado placer
que derrotaba la distancia.

Recuerdo el altorrelieve del silencio
que, azul o negro, llegaba como imagen,
como sueño, sobre la nívea patria del deseo.

Recuerdo cuando me regalabas
una carta, dos cartas, cientos de cartas.

Recuerdo cuando me ofrecías
el amor, los amores, todo el amor,
y el vino sabio de la esperanza
que nos emborrachaba de sobriedad.

Recuerdo tu savia de hombre en duda.

¡Cómo olvidarte si la distancia es encontrarte!



MANSIÓN VACÍA

No hay reclamo.
Se yergue, infinita y dadivosa,
para ser, simplemente.
Hubo tiempos de vida azarosa,
de esplendente discurrir,
y hubo tiempos de hambre, como ahora..
Y nada, nada oscureció
la piedra;
sólo un atisbar famélico, humano,
descubrió su presencia antigua.



DE LA CLEMENCIA SENIL

A la muerte de mi padre, aún vivo

(Avanzadas ya las lágrimas por ti,
¿dónde tu muerte?)

Te callaste a traición
y nos hincaste la orfandad en los oídos
para que aprendiéramos a escuchar con el corazón.
Pero no supimos.
Sólo alcanzamos a imaginarte ausente
(¡ausente tú, que nos bailabas los ojos con tus gestos imperfectos!);
sólo imaginamos alcanzar la vida (¡tu vida!)
con los pasos de la cordura.

Te callaste a traición
y nos dejaste ciegos
para que aprendiéramos a ver con el amor.
Pero tampoco supimos.
No supimos verte
porque no sabíamos qué era la vida,
y, sin embargo, te dispensamos el trato de la muerte.
(Muerte arriba, muerte abajo...
¡Y tú sin dejar de moverte!)

Entonces, ¿de quién, de qué esperaremos
el primer gran acto de silencio?
Estamos llorando el eco de tus palabras,
la mudez presente que como afrenta
nos dejas con premura.
Te estamos llorando mientras nos miras
y sonríes antes de tendernos esas manos
de nadie, esas manos calientes
que no nos bastan para saberte entre nosotros.
Pero nosotros, ¿dónde estamos?
¿Qué somos? ¿Acaso diminutos e inconscientes
dioses que deciden lo que no está en sus manos?
Déjanos mirarte una vez más.
Sé clemente con nuestra demencia
y líbranos de la cordura.

Dinos: ¿qué sopor es ése? ¿Qué ternura
se resiste en tus labios?
¿Qué movimiento endereza tu cuerpo
cuando se yergue el cuerpo que nosotros vemos?

¿Por qué sentimos este frío
que a ti no te atenaza?
¿De qué lado está la muerte?
¿A quién ha fulminado?


DE TI, DE MÍ

No calcinan tu boca
los magmas velocísimos
de entrañas que, como apuesta
del tiempo, apuran la angustia
de la finitud.
(Soy temporal, ansiedad de muerte
-sólo una idea sin carne-,
y me asola esta desértica
sensación de mirarme
al espejo y no ver nada ni a nadie.)

En tu boca y en tu mente
presumo un mineral sin nombre.
Y mis nombres deambulan
frenéticos, sin carne ni mineral
en que obrar el prodigio de la invocación.

Oh, te invoco mil veces,
seas quien seas. Muéstrame
por fin el rostro de la verdad,
pues una galerna de desamor
se está llevando mis velas.



Los únicos días de la eternidad de A. Tello

Anoche soñé que montaba un potro blanco y
que galopaba por los andurriales periféricos de una
ciudad que suponía abandonada.
De Los días de la eternidad, de A. Tello


(En la calle de Buenos Aires,
junto a "Pescados Videla",
la madrugada regentaba nuestra desolación
y ordenaba el caos de la amargura
que, sin saberlo, por el Atlántico
avanzaba hacia nosotros.)

Aire y nubes; miedo y angustia
y una vaga idea de las Indias colonizadoras...
Tal era tu bagaje
cuando del Nuevo Mundo llegaste
al mundo nuevo;
fueras Antonio, o Rafael,
o aquel Julián Tapia que siempre llegaba en el pasado,
llegaste con la muerte en los talones
-que era mucho entonces-,
cuando la voluntad era privilegio de héroes
o atributo de traidores
y Cary Grant estaba a punto de morir gracias a Hitchcock.

De golpe, inauguraste el mundo.
Aquí estábamos los indígenas
esperando que alguien nos dijera
que estábamos en tierra.
Viniste antonio -que es el nombre del hombre solo.
Viniste antonio, sí,
porque llegaste antonio,
sin prisas,
pues el tiempo no existía,
a pesar de que todo era tiempo entonces.
Llegaste con la muerte en los talones
-esa muerte que sólo a los poetas acecha.
Y vinimos a nacer en tu retina,
mientras el tiempo, que todo lo cubría, era aún extranjero.

La tez bruna, negro, no eras argentino
aunque argentino fueras. Eras poeta, ¡qué desgracia!
Te vimos antonio, Antonio;
te vimos llegar, te vimos merodear por la conciencia
de los que no piden espacio -ese lugar extraño-;
te vimos llegar
poniendo boca a la desesperación
de quienes no sabíamos de qué desesperábamos.

Y nos trajiste el argumento.
Fuiste Homero, con tus dedos
sonrosados por una aurora
de esperanza
que ahora nos parece arrogancia.
Nos asignaste tus atributos de hombre
para que, como personajes reales,
viéramos tu ficción de hombre
removido por el sueño a sangre del pasado.
Y nosotros, Ulises o Aquiles de ti
-porteador de la amargura-,
nos empeñamos en la obra
de tenerte siempre como padre,
o tal vez como el viejo
que nunca se despidió de ti
porque toda la muerte estaba aún por vivirse.

Ahora, ungidos de la sustancia del tiempo
-de tu tiempo detenido en la eternidad-
nosotros, los elegidos,
queremos salir de ti, antoniotello,
para disponer el silencio a tu manera,
un silencio por donde galope el potro blanco
entre hombres fabulosos
que te recuerden que el mundo
es nuevo, a pesar de todo.



Poemas del libro El follador del puerto


SILENCIO

La palabra no rompe el silencio:

                                               lo inaugura.

LA MONTAÑA

"Ni una montaña puede aguantar mi dolor"
Alí Samin

Los muertos se me parecen cada vez más
(o al revés): ¡qué hartazgo de muerte!
Pero también los neonatos se me parecen
cada vez más (y no al revés):
¿y qué haré con tanta vida?

YO no existe sin ellos: los que se van,
los que llegan, los que esperan.
NOSOTROS es lo que soy cuando respiro.
Ellos y yo: NOSOTROS SUICIDA.

Fumo contra todos; asesinan contra mí;
su hambre me condena a la opulencia;
mi mano dadivosa los pone en pie
frente a la cámara que rueda su muerte.
Ellos -los que mueren- soy yo.
Ellos -los que matan- soy yo.
Sólo la montaña no puede ser YO.
YO existe pese a la montaña.
NOSOTROS formamos la montaña,
la que pesa cuando duele,
la de la pina cuesta que oxigena desolación.
NOSOTROS somos la montaña
pese a que muele
la desgracia de YO.

No NOSOTROS, no YO.
Ellos la carne; yo el sabor,
el que sabe -el que se sabe, no.

No. Ni los muertos se me parecen,
porque ellos callan persistentemente,
y yo lo hago sólo cuando la lluvia
viene a soliviantarme.
La lluvia -misil centuplicado-
ordena e informa mi extraña muerte:
¡qué sed de no ser provoca la lluvia!
Yo no quiero ser yo,
sino tú, que me miras
con cara de extranjero.
Qué bueno ser TÚ, si fuera YO.
Pero tú dices: ¡qué bueno que tú
seas TÚ y no YO!

"Ni una montaña puede aguantar mi dolor",
dice el poeta del dolor.
"Mi dolor es tan frágil y hertziano
que en la cima de la montaña no puedo estar YO",
dice el profeta del tecnicolor.

Ulula la lluvia como un hombre en ciernes
mientras se descorren los visillos de los ojos
del niño que viene.


JORNADA INTENSIVA

Trabaja de 7 a 15
y descansa para siempre
cuando escribe.
(Apunten en su diario:
la muerte trabaja sin descanso.)
A la 1, a las 2 y a las 24
el poeta anota sin desmayo
en su obituario el nombre de las cosas
que terminan, el mundo que se pierde,
su ruina.



MIRANDO TUS OJOS

No sé yo si pesan
los astros que miran
o si, caedizas, tus cuencas vuelven
hacia fuera
la luz tomada en un origen aséptico.



SOBERBIA

Contemplo el sol y el ritmo del cerezo
que estremece sus ramas.
Pere Gimferrer

I

Funde el sol. La materia deshiela.
O no. ¿Es lo que es?


II

Funde el sol y el mar no arde.
Líquida sombra de luz
la vida invierte. Sal de vértigo
no desciende. Pace silente
el astro a un silencio centígrado.


III

Ni quema ni fenece.
El sol aguanta con lo que muere.
Magno homicidio neonato.
La luz esconde lo que ofrece.
Sólo el tiempo ofrece un pacto.





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