sábado, 19 de noviembre de 2016

DAVINA PAZOS [19.581]


Davina Pazos

Ecuador, 1973. Radicada en Madrid.

Obras publicadas:

-Monográfico “Hasta la muerte…¡Carajo!” como anexo de la revista Manxa, 2006.
-“Lo que más me duele es tu nombre” Premio Ernestina de Champourcín  Vitoria-Instituto Foral de Álava - diciembre 2006.
-Voces (Madrid, Vitruvio, 2014)
-Cadáver para un libro, (Lastura, 2016).


Manxa verano-Otoño 2011

A HENRI

A Henri Beyle. Stendhal

Quién te dice que no era yo
para ti y tú mi prometido,
que no estuvieron mis dientes
para defensa de tu risa
y que mi voz no fuera
con sangre de los lagos de Saltzburgo
cristalizada
y luego rota de dolor
y otra vez cristalizada
en la informe presencia
de un nosotros.
Toda la sal es ahora
agolpada en los estantes de los ojos
porque estos ojos nuestros, Henri,
que no se conocieron
se conocen este día, con este sol,
con estas nubes de espanto;
y estos labios
que nunca se besaron se desean
detrás de los rumores
de esta brisa que tiembla.

Para que nos besemos
hace falta un cataclismo,
tal vez mañana
donde ya no queden rastros
del que habita tu espejo
y mi alma sea la forma de tu alma,
la forma grande de tu alma que se quema
y padece si no arde.

Los perros nos destrozan, Henri,
como si nos tuvieran miedo,
salgamos, pues, ocultos
tras una máscara de oro
con ribetes de sombras
y déjalos que muerdan ilusiones.

Voy a fingir que soy una reina
venida de un país lejano
para unirme a tu espera,
lejos del ruido, las luces,
las presencias que rompen lo sublime.
Si nos quedamos,
no te extrañe que un día de éstos
nos quieran  desnudar
y no les guste lo que encuentren.
Tranquilo, Henri,
será que es demasiado Amor
para los perros.


MIS MANOS EN TU CARA

He puesto mis manos en tu cara,
te he cerrado los ojos sin que estuvieras muerto,
tan sólo para que pudieras verme
en toda mi desolación y mi alegría.
Para que estuvieras conmigo.

Los labios te he tocado,
desde todas las terminaciones
nerviosas de mis dedos;
puse sombra en tu boca
para que desde tu voz sombría me llamaras;
toqué tus labios como buscando a tientas
una copa de vino para que conozcas
a qué sabe cada línea de mis manos,
cada hendidura de mí, cada suspiro.

Hoy he puesto mis manos en tu cara,
te he cerrado los ojos,
te he besado los labios.


UN CUENTO QUE HABLA DE TI
                                
                                   Je t'offrirai

Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserais la terre
Jusqu'après ma mort
Pour couvrir ton corps
D'or et de lumière.
Jacques Brel

Te voy a dar un soplo de viento
de alas de pájaros que existen
donde no existen los pájaros
y podrás ver que en sus alas taciturnas
está grabado tu nombre.
Te voy a dar el nombre que tienen
los peñones al amanecer con musgo
y con rocío; y un amanecer de orilla
mirando a su otra orilla que se aleja
mientras canta la canción del río;
te voy a hacer reír como las luces
de una ciudad que se quedó en tinieblas
y se enciende casa a casa,
puerta a puerta, voz a voz;
tendrás en mi voz un cuento que habla de ti,
serás el que tocó la estatua de barro y la hizo de oro
y el que tocó una mano de oro
para hacer esa otra mano que se toca
cuando se está llorando.
No voy a llorar, no voy a llorar cuando te vayas
con las alas de los pájaros del país
que se quedó sin pájaros,
te voy a hacer reír para que te vayas alegre
y cuando se apaguen las luces,
cuando todo esté a oscuras
como en esa ciudad que se quedó en tinieblas,
me llames, te animes a llamarme
con esa voz que te di cuando te contaba un cuento.

                                 
NUESTRAS MANOS

Dame tu mano
desaparece conmigo entre los árboles,
fundámonos con la savia
para que nadie nos encuentre.
Son vulgares las preguntas;
el silencio amarrándonos las manos
tiene una elegancia de luz
a medias, de media noche
paseándose en tu pelo.

En las líneas de tu mano está mi nombre,
lee también los surcos de las mías
son tu retrato
de tanto oír tu cara acariciándola,
de tanto de tu boca
arrancar a pellizcos
unos besos.

Permite que se junten, nuestras manos,
que hablen,
que se cuenten la historia
de cuando estaban solas,
es nuestra obligación salvarlas.

Si no nos damos las manos
se nos caerán las dos
dedo por dedo.

Publicados en la Revista Manxa del Grupo Literario Guadiana



LO QUE MÁS ME DUELE ES TU NOMBRE

I

Un hijo muerto
es una madre muerta que camina.

Un hijo muerto
es un cuchillo que vive en las costillas,

Un hijo muerto
es un espasmo permanente de la sangre.

Un hijo muerto
es una aberración y el desconsuelo.

Un hijo muerto
se lleva todas las palabras.

Un hijo muerto
tiene el nombre de todas las soledades.

Un hijo muerto
es una madre apenas viva.




VIII

Desde que no estás la casa está distinta,
deambulo perdida, tratando de encontrarte,
espero que aparezcas,
te rías de mi terror
y al ver que lloro me abraces,
me digas que todo era mentira,
que estás aquí,
que no te has ido,
que soy tonta,
que no debí asustarme de tu ausencia.

Desconozco la cocina,
está callada,
triste.
Te echa de menos tu plato favorito,
las frutas están viejas,
me preguntan por ti,
no sé que responderles
¿Qué les digo?
los cuchillos no cortan mas que tu partida,
en vano les pido que me ayuden,
me castigan,
no me quieren morder,
me obligan a que grite tu nombre,
siempre tuve la voz a la que acudes,
¡Obedéceme ahora!

Dónde estás
aliño de mis horas,
pan de mis días,
socorro de mi soledad
que tiene anemia,
necesito que me amases con tu risa,
que me untes la cara con tus besos,
que me exprimas de Amor cada mañana.




XVII

De modo que el infierno existe,
que un eclipse no es un fenómeno
sólo del firmamento,
que se puede uno morir por partes,
como quien dice a trozos,
a sílabas de un nombre impronunciable.

De modo que así se aprende
el oficio de suicida
y se desgranan los huesos
en el pozo del recuerdo.
De modo que se murió mi casa.

Desde ahora soy huérfana de hijo,
desde ahora me picarán todos los alacranes,
cambiará mi apellido,
dirán por la calle:
ahí va la “fulanita”,
la del hijo muerto,
yo doblaré la espina,
emitiré un ladrido
y me caeré deshecha
sobre tu propia tierra.

De modo que el invierno
puede un día decidir quedarse,
el invierno es un perro rabioso
que come la maternidad que me adornaba.
Estoy contaminada de tristeza,
tengo espasmos de vivir,
temblores, alaridos,
y golpes y desmayos,
desespero y grito:
¡Muérame ya!
muéranme las manos,
los ojos, las palabras,
muéranme las islas
de este Amor que me derrama.

Hace frío,
tengo mucha sangre atrapada en la garganta,
se me coaguló tu nombre al pronunciarlo,
me duele tu presencia transparente,
me duele la leche que tomabas,
duele todo,
lo que mas me duele es tu nombre,
pronunciado como un credo
que rompe el pecho,
martilla la cabeza,
un nombre que era hermoso
y ahora es sinónimo de miedo.
Me tiritan las alas de acunarte,
me tiemblas el espacio en que te pienso,
me vuelven los espasmos,
temblores, alaridos,
golpes y desmayos,
desespero otra vez y grito:
¡Socorro Dios!
Me estoy muriendo de frío.



XX

No es ese mi hijo
acompañado de bruma,
no es ese marcado
de quietud infinita,
no es el impávido
que no ríe por nada,
no es el que sueña
silencioso en la cama.

Mi hijo no es ese
de pálido gesto.
de manos inmóviles,
figura de estampa.

Mi hijo no es ese
que amontona flores,
que se queda quieto,
calladito y bueno.

Mi hijo es alegre,
mi hijo es risueño,
es travieso, es loco,
mentiroso y terco.

Mi hijo es verano
que nunca decae,
es arena inquieta,
es silbido suave,
mi hijo es un pájaro
de incansables alas,
mi hijo es alegre,
mi hijo es risueño,
¡Mi hijo está vivo…!






VOCES: por Davina Pazos (Madrid, 2014)


I

Abandono la muerte
para verte dormida,
amanecer contigo,
y tocarte las puntas de los dedos
cuando a tientas me buscas
en mi lugar de siempre,
en tu costado,
el punto donde existo
con este traje nuevo,
y este nuevo sentido que adivina
cuando estás más sin ti
que ayer,
que nunca.

Estabas como nunca,
me acuerdo de ese día,
el llanto te quedaba
igual que unos brillantes
erguidos en el rostro.
Me enterrabas llorando,
te miraba y decía
es mi mujer,
la que ha venido iluminada
de tristeza,
la que dice mi nombre y no consigue
abrir los labios.
La que duerme el horror de sepultarme.


XXV

Recuerda,
no sólo yo estoy muerto,
sino todo conmigo,
esta ciudad, el cine,
los paseos, tu mano
pequeña
al fondo de la mía,
y pese a todo
yo aquí,
pendiente de tu sombra,
alerta ante tus ojos,
tu perro, hasta tu almohada,
el dedo que te muerdes
para que nadie sepa
cuando me ves y lloras,
y es precisamente
lo que quiero,
que llores,
qué otra cosa de ti
por saber que me Amas.
Y que me llores mucho
como el nombre que llevas
colgado de tus ojos
y que quema en los míos;
que guardes mis zapatos
debajo de la cama;
mis besos y mis labios
adentro de tus labios,
porque ahora soy eterno
y no te olvido,
y este hielo que empuño
no deja que te olvide,
es mi lápiz azul
de dibujarte peces
de selva que te cantan,
es el canto de lluvia sobre el cielo
que transformó mi voz en un ladrido
rodeando la humildad de tu cintura;
y en esa tarde, Amada,
en esa noche en la que te diluyes,
en la voz de tus ojos
te esperaré abatido,
y triste todavía,
como quedan los huesos
del cadáver de un niño enamorado.       





Reseña de: Davina Pazos: Cadáver para un libro (Ocaña: Lastura, 2016, Alcalima n° 6) por Carlos García (Hamburg)

La poeta Davina Pazos, nacida en Ecuador y radicada en Madrid, ha vuelto a las andadas.

En todos sus libros hay una voz personal y un tema rector, alrededor del cual se enrollan y desenvuelven los poemas.

Si en Lo que más me duele es tu nombre (Premio “Ernestina de Champourcin”. Diputación Foral de Álava, 2007) la voz cantaba la letanía de una madre que per­dió a su hijo, en Voces (Madrid, Vitruvio, 2014) decía un esposo el amor y el deseo por su mujer desde el más allá de la muerte.

Como se ve ya por esa mera e incompleta enunciación, Pazos no escoge el án­gulo de visión más cómodo para ella, sino el que le permite definir mejor a su actor principal, ya que todos sus libros son monólogos de poseídos: por el do­lor, por el amor, por el odio o por la nostal­gia de la muerte, propia o ajena.

En este caso, la voz es la de un asesino orgulloso de su oficio, pero no uno que mata por ma­tar, o por vil encargo, sino como hacedor de belleza, moral y física.
Mediante su avieso arte, el asesino rescata a sus víctimas del anonimato, del desinterés:


No les puse el olvido,
no los cubrí de un pálido
color indiferencia,
sino de la exquisita
bandera del asombro.


La fascinación por el tema y la tentación de estetizarlo surgen paralelamente en el siglo XIX y dan aún sus frutos en el nuestro.

Sólo men­cionaré tres ejemplos, asaz diferentes entre sí: Del ase­sinato con­si­derado como una de las bellas artes, del inefable De Quincey, los Crí­me­nes ejem­plares, de Max Aub, y la saga de Hannibal, desde los libros, pa­sando por las pe­lículas y hasta la serie televisiva.

Creo discernir que la autora conoce esos antecedentes, pero ella va un decisivo paso más allá. Hasta donde alcanzo a ver, el motivo no ha sido hasta hoy tra­ta­do en verso, ni en primera persona.

¿Puede un asesino hacer poemas? Este, sí. No son muchos, no son largos, pero sí muy den­sos, tanto psicológicamente como en lo literario.

A Pazos se le da con increíble solvencia adoptar la dicción y la mirada de las fi­guras que elige, de los seres cuya personalidad asu­me.

Imagina el atento lector que esa metamorfosis no tiene lugar rápida o fácil­men­te. Pero una vez comenzado el proceso, es irreversible, y Pa­zos no juega apenas a que se convierte en esa otra persona, sino que lo es, siquiera por el tiempo que ocupa la escritura. (Resuena aquí, indirectamente, la imagen del poeta como enajenado, que se desper­sonaliza y se ajena.)

Eso, en tanto concierne a la coherente disposición psicológica de la voz poética. Pero hay más en este enorme manojo de poemas.

Si bien llevan cifras romanas como títulos (de I a XXXVI), no parecen contar una historia, cuando menos no una narrada convencionalmente. Las escanciones son más bien como destellos, miradas o declaraciones del asesino.

Dos obsesiones lo acucian: la de matar bien a quienes lo merezcan, pero tam­bién la de ser com­prendido. De ahí sus reclamos:


Hielo no, porque mi nombre es fiebre,
ardores de esta cólera maldita,
que sufro de mí y es quemadura
por la que sale un asesino
que a mí también me mata cuando mata
y me redime.
Y un pájaro de angustia me recorre
de vez a vez y callo,
le doy refugio en mí, lo oculto al fondo
de lágrimas o gritos
o entre las líneas tristes de un poema.
No hay aquí humor negro: todo es serio y peligroso.


Hay en este libro infamado de sangre momentos de gran lirismo. El poema XXII, por ejemplo, comienza así:


Todo instante es propicio a la belleza.
Se desmaya la luz sobre la carne.
En la rama de un árbol
tiembla una hoja
y grita el corazón
un silencio de muerte.

Entra en la carne el filo
hambriento de una pena.
Quiere el aire tocar
la pintura más bella de un artista.
Y cuando uno ya cree que la poeta ha perdido de vista su tema, surge como lla­ma­rada la evidencia contraria:
A veces un paisaje y a lo lejos
el cadáver de una mujer hermosa
que ha llorado sus últimas tristezas.
[...]
Todo cuerpo es propicio a la belleza,
en un cadáver luce una congoja
y un artista suspira.


Eso es lo de Pazos: el ramalazo, el hacha que rompe el hielo, el relámpago que inquieta, el golpe brutal de tenue poesía.

No es este poemario el primero de Davina Pazos que recomiendo (ya lo hice con Vo­ces). Presiento que no será el último.

(Hamburg, 1-XI-2016)







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