sábado, 5 de noviembre de 2016

ÁNGEL LUIS VIGARAY [19.473]


Ángel Luis Vigaray 

(1951-2009) fue poeta, director de la excepcional colección Signos de Huerga y Fierro Editores (donde aparecieron o se rescataron libros básicos para la poesía moderna en lengua española, de uno y otro lado del océano), promotor y alma de diversas actividades culturales, “solitario radical y pesimista de nación” (como dice Ángel Luis Prieto de Paula), y “ermitaño de la poesía”, de la que hizo su vida, en palabras de Javier Lostalé. La de nuestra lengua tiene con él una de esas deudas que no pueden pagarse; este dossier de El Alambique no pretende de ningún modo saldarla (lo que sería, repetimos, imposible), sino únicamente rendirles, a él y a su trabajo, un merecido homenaje de admiración y reconocimiento.


Antología poética

(Selección de José Cereijo)


A Francisco Algaba

En las tardes lluviosas lo recuerdas,
Azul escapulario de la muerte,
Límpido cristal de miel reposa en tu memoria.

Vamos bajando, amor,
Vamos trizando tristísimos naufragios.

Pues dónde fueron los tibios cuerpos del amor,
Sin nombre, despreciado,
Dónde hallaremos infancia sin sollozo
Desprovista de miedo, azul igual que un niño
Tendido, dormido junto al mar.
Dónde la claridad
En la que anegar tan tristes ojos,
Bajo qué lienzo, atentas y dispuestas,
Tinieblas pertinaces,
Agotador el sueño, cama de la lujuria,
Bronce y sólo bronce sobre el pecho.
Aún las cenizas tiemblan anunciando el crepúsculo,
Mar de espuma incierta donde reposarían mis antepasados,
Horrible vencedor de oscuro juego.

Vamos bajando, amor,
Vamos trizando tristísimos naufragios.

Qué de horizonte, en fin,
Azul
Habéis dejado.
Cristalino vapor, devorado camposanto.
Y tanto amor enorme,
Tanta muerte vanidosamente amarga,
Cadáveres de nieve, acuchilladores del otoño.
Tanto sollozo ciego
En campos de espuma
Donde me tiendo y amo.

Pues cuando llegue la noche
Recordadme al olvido,
Inmenso mar dorado ensimismado.
Y ebrio de lágrimas
Diré que esto es un truco,
Y olvídense de flores y epitafios.
Raza crepuscular,
Caído caminante.
Audaz arrecife iluminado.


El soldado lloró hasta el alba
Por enésima vez,
Y ya no vuelve.



*

A Rafael Pérez Estrada

Materia gratuita, refugio iluminado,
Hondo sur, dice,
Mira, límite del ojo zodiacal,
Rosal poniente, cristalino.
Y una vez y otra he de llamarte por tu nombre,
Cómo pudo hacerlo, pútrido estanque;
Aléjate de la casa que en ruinas
O el turbio azar acabará por la mañana.
Durante la noche
La brisa nos condujo a Trieste,
Cálido mar, imagen y semejanza.
El esperma infectará la herida
Y el viento amaina
Al roce con tus ropas.

Por qué camino, tú me dirás,
Se sale de este pantanoso, desolado
Cementerio.





A Mario Míguez

Lo efímero del día y del cielo
Gris. Sin conmemoración
Algunas nubes pasan lentas
Bajo el cielo gris.
Pero no siempre es así.
Otras veces,
Algunas nubes permanecen quietas,
Absortas, podría decirse casi mudas
Bajo un sol de agosto,

Sin sombra, absortas,

Podría decirse casi mudas, algunas
Nubes permanecen quietas, podría decirse
Que contemplando lo efímero
Del día y del cielo gris.



*



Espesura claveteada de jadeos
Y viento turbio
Para la ausencia de vacío,
Esos son los atributos del poema.

Sordo grito, sol quebrado,
Lento fruto
Bajo la hora reseca,
Plomiza,
En la tarde vacía

Que desciende lentísima,
Sol a sol,
Hacia el crepúsculo.




A Leopoldo Alas

Mas este dolor de aniversario
Cesará con la música desnuda,
O para el próximo invierno
Todos mudos, ciegos de maldad.

Se quebrarán las alas del alcotán
Y siete sonrisas a lo lejos,
Nietas del sauce y del caballo,
Antes de expirar o quizá no,
Durante y luego, hace tanto
Tiempo. Y nada has visto de Roma.

Estación Termini y qué,
El silencio estruendoso de la nada
Hasta más allá del alba.





Con el alarido de la lluvia
El soldado ha caído a tierra.
Ahora, más que nunca, se precisa
La presencia del enviado,
Espejo del bosque de abedules,
Náufrago desarraigado que pregunta
Por el origen del fuego que lo abrasa,
Ignorando que bruñida y mortal
Es su condena, cárdena condena.
Y por más que tañáis, campanas altas,
Las galeras surcan ya aguas ajenas;
En lontananza, gaviotas delicadas aletean,
La extraña muerte cotidiana
Sonríe a estribor.

Y a babor resopla,
Por allí resopla, capitán, por allí,
Monstruo blanco infernal,
Destino cierto.

Sólo la muerte cesa,
Sólo la muerte cesa
Con estridente lenguaje que evapora.





Y esperamos que después de la luz
Se hizo la nada,
Y aún más lejos esperamos
Punzadas,
Y todavía esperamos canciones,
Elegías.

Tumba inmaculada, humeantes crisantemos
Al ciego sol ardiendo.

Jirones de lluvia espesa
Después de la partida,
Y todo amor no pudo nada.

Ventana estrecha al alba cristalina,

Cañaveral herido,
Última vida,
Al fin ganamos la partida.


En qué abismo de palidez,
En qué piedra materna
Inhalas el vacío,
Clarividente axioma.

En qué gélida raíz de tronco hueco
Llameaste un invierno.

En qué áspera sombra
Aletea
La mano mortal
Con la que habrás de desgarrarme,

Ribera de luz,
Crepuscular guijarro rojo.





Huías. Hacia dónde.
Por tu boca de miedo,
Con silencio entre los brazos,
Hacia la playa
En que nos encontramos.

Playa de escombros,
Yo distribuí las mañanas
Húmedas sobre tu corazón,
Sobre tus ojos azulados.

Cañaverales bajo el cieno
Atravesamos en las horas cruentas.

Pleamar de claridad,
Gaviota errante, volabas,
Huías. Hacia dónde.


 *



A Francisco Brines

Ni una gota de sombra
Has derramado,
Y sin embargo
Permaneces herido.
Ni una palabra de luz
Has cercenado,
Y sin embargo
El crepúsculo se posará en tus ojos.
Entre párpado y párpado
Y en la mano
Que abrías y cerrabas,

Cerrabas y abrías,
Con punto y punto de sutura,
Ante el desolador vacío que creabas
En el centro exacto de esta nada.



(De Grama, 1995)











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