sábado, 12 de noviembre de 2016

RAÚL PIZARRO [19.528]


RAÚL PIZARRO

(Jerez de la Frontera, 1973). Licenciado en Magisterio y Pedagogía, trabaja como animador sociocultural en un grupo de teatro, habiendo realizado trabajos como actor para teatro y televisión. Sus primeros poemas aparecieron en la revista "Nadie Parecía". 

Es incluido en la antología 11 inicial. Última poesía en Cádiz (Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz, 2002). 

Su debut literario se produce con la publicación del cuaderno Refugio (Tertulia de La Chancillería, 2004). Gana el Premio Antonio Machado en 2005 con el poemario Tiempo adverso (..., 2006). Dos años después obtiene el Premio Florentino Pérez-Embid con su obra Caída hacia la luz (notas de un diario) (Rialp, 2008).

LIBROS PUBLICADOS:

Tiempo adverso (Premio de Poesía Antonio Machado, 2006).
Caída hacia la luz. Notas de un diario (Adonais, Premio Florentino Pérez Embid, Colección Adonais, 2008).
Lo único que importa, (La Isla de Siltolá, 2012). 
Estar aquí (Colección DKV Poesía)




de Caída hacia la luz (notas de un diario) Colección Adonáis. Ediciones Rialp, 2008. 



27 DE ENERO 

El viento de esta noche 
Anuncia otra mañana desoladora y turbia 
Brindando con dolores silenciados 
Por el paso del tiempo. 

El viento de esta noche, 
                        de todas estas noches, 
escupe 
       miedo        y frío       y lluvia 
El viento de esta noche se arrastra por el parque 
y traspasa estos versos. 




15 DE FEBRERO 

Huir a tu lado, 
celebrando la casa, 
                           protegido, 
a cubierto del viento riguroso 
que abraza las aceras y los bloques. 

Dejarme en cualquier libro las horas 
                                          y borrarme. 
Leerte los poemas. 




24 DE ABRIL 

El pincel distinguido de cualquier golondrina, 
su acrobacia veloz, ágil, resuelta, 
sobre las viejas tejas 
de un casco de bodega abandonado, 
bosqueja lo innombrable. 

Incorpora su estela al final de este mes 
Desconcertante y seco 
                       que se retira ya.




2 DE MAYO 

CUANDO dentro de algunos meses vuelva a pasear 
buscando algún sosiego 
por este mismo parque, 
pisaré el primerizo brote del jabonero, 
esa hoja imperceptible, 
luminosa, radiante, 
que ahora, en este instante, me deslumbra. 

El otoño la habrá sometido y tirado 
para alfombrar mi paso, 
y quizás no recuerde su belleza, 

Por eso escribo, 
porque quizás, algún día, no recuerde 
la fugaz impresión de su belleza. 




15 DE MAYO 

COMPARTIR las tormentas de diciembre 
y el cielo de cristal azul de mayo 
que hoy se nos ofrece. 

Compartir los objetos, 
las cosas cotidianas, 
las rutinas calladas de los días, 
descifrando unos códigos cálidos y cercanos. 

Escuchar mientras se hace la comida 
el llanto, esa canción 
que inunda el viejo bloque de pisos que habitamos, 
con la vida imponiéndose, 
renovándose siempre, 
discutiendo con pobres, quejumbrosas 
cañerías de plomo 
-antes fueron corazas y escudos de unos héroes-. 

Y renacer de nuevo todas las estaciones 
que el calendario cruzan, 
año tras año 
dejándonos la piel en el camino. 



10 de agosto

Un rastro de migajas en la arena
que caen entre mis dedos.
El pan de cada día:
cielo claro entre brumas.

Dios viviendo en los ojos de aquel niño
que pregunta el camino, no importa qué camino,
y se marcha silbando.
Y da las gracias.



15 DE AGOSTO 

LADEA un alcornoque su tristeza 
sobre una senda umbría. 

Son sus hojas las lágrimas del mundo 
que la brisa derrama y el sol mece. 

¿Fragmentos de la luz que entierra sus destellos 
(hasta alcanzar el musgo, la piedra, la hojarasca) 
Para ordenar la vida? 

                          No tengo esta respuesta. 




10 DE SEPTIEMBRE 

UNAS farolas secas 
alumbran estas calles sucias y represivas, 
hermosas a su modo. 

Altas, sobre los bloques, 
Perfilando este oscuro decorado, 
una luna retórica descarga su distancia, 
su amable intrascendencia 
                           y el arte de su música. 
Conserva algún engaño, 
hace aullar a los perros. 

(Ando inquieto, sin rumbo, 
royendo un hueso amargo). 




30 DE DICIEMBRE 

HAY abismos, 
profundidades 
que no se ven. 

Hay pasos que se cubren 
con la dulce hojarasca, el estiércol 
de lo cotidiano. 

Y germinan. 

Hay caídas 
             hacia la luz. 




2 DE OCTUBRE

Las azaleas
que transplantamos
todavía resisten, languidecen
en la terraza,
recibiendo unas pocas atenciones.

Sus pétalos pequeños me reprenden
con piedad.

Caída hacia la luz. Notas de un diario (Adonais, Premio Florentino Pérez Embid, Colección Adonais, 2008).

La Real Academia Sevillana de Buenas Letras, ha concedido su prestigioso Premio Florentinio Pérez-Embid 2008 al libro titulado 'Caída hacia la Luz', del nuevo poeta jerezano Raúl Pizarro, lo que supone un éxito para la poesía actual de nuestra tierra. Nacido en mil novecientos setenta y tres, Raúl Pizarro ha estudiado Magisterio y Pedagogía y hasta la fecha solamente había publicado otro poemario, igualmente en la capital andaluza, pues mereció en dos mil seis el importante Premio de Poesía Antonio Machado del Ayuntamiento hispalense, titulado 'Tiempo adverso'. Dos triunfos continuados en tan consagrados certámenes, consignan la calidad del poeta jerezano. En esta ocasión, 'Caída hacia la luz' aparece editado en una de las colecciones más significativas de la lírica española, la trascendente Colección Adonaís, de la madrileña Ediciones Rialp, S.A., que data de mil novecientos cuarenta y tres y alcanza actualmente los seis centenares de títulos, por lo que está considerada la más importante de las colecciones de poesía españolas y en la que mediante su premio anual y sus respectivos accésits, ha descubierto las más valiosas voces de nuestra poesía coetánea, desde José Hierro a Claudio Rodríguez, pasando por nuestros comprovicianos Julio Mariscal, Pilar Paz Pasamar, Carlos y Antonio Murciano, Rafael Soto Vergés, José Manuel Caballero Bonal, Fernando Quiñones, José Luis Tejada, Angel García López y Antonio Hernández, entre otros. Se ha afirmado, más de una vez, que estar en la Colección Adonaís es una garantía de presencia en la historia actual y venidera de la lírica española. Y en ese lugar se encuentra ya el jerezano Raúl Pizarro, gracias a un libro originalísimo. Y no porque responda su planteamiento aun diario, sino por lo que cada página de ese diario poético desvela y engloria sensaciones. El poeta cada día que registra su voz inspirada va por la sugerencia a la belleza, extrayendo de la contemplación conclusiones y sentimientos, inmerso en la naturaleza viva. Leamos, por ejemplo, el poema '18 de Junio': "Un gorrión… Aparece suavemente/ y pasea por las ramas fuertes del limonero./La mañana se anuncia también suave,/ en cadencias, silencios/ rotos por las chicharras, detrás de las montaña./ Y el trinar de los pájaros./ Estoy en cualquier sitio/ sentado junto a Alguien siempre ausente./ Firme roca sostiene mi desvela./ ¿Quién puede hacerme daño?/ Aquí sigo, aquí estoy." Raúl Pizarro, realmente define su actitud poética en los versos en cursiva que abren 'Caída hacia la luz' '(Notas de un diario)', diciéndole al lector: "Una pregunta, un lápiz, un cuaderno./ Unas pocas palabras,/ y en ellas, lo sentido./ lo viviente,/ lo oculto,/ los contornos./ Y esperar, esperar, lo que dice el silencio./ Y aquello que persiste;/ algunas hojas sueltas, apuntes de los días." Nos congratula que la tradición poética jerezana, cuente con un nuevo valor en alza, con un poeta incardinado en las tendencias líricas de su tiempo, que promete la continuación de una obra con matices y reverberaciones personales en las que la ilusión es también un súbito don: "Me alegra haber vivido tantas vidas./ Me alegro, como entonces,/ de una manera extraña,/ por las vidas que aún estoy viviendo".




Lo único que importa. Ediciones de La Isla de Siltolá, Sevilla, 2012. 


Para ti 

Para ti el sol, la luna, las estrellas. 

Las altas torres, tronos y murallas. 
La palabra precisa, ajustada, cordial. 
La ternura del agua, de los besos, 
el oro de los días, su milagro. 
De la rosa, su abierta inteligencia. 
Los encuentros, los dones. 
La amplia celebración del desayuno 
cada mañana, en torno al fuego de la casa. 
El descanso. El comienzo. 

Y nada para mí. 
Tan solo el mismo día 
tras otro día gris y sin salida. 

Y tus pequeños pasos en la casa. 




La lluvia 

Alborotas, ríes, gritas, con el agua que cae 
sobre las empedradas calles de esta ciudad. 

Aún la lluvia no ha roto, 
una tarde cualquiera, tu vida, las ventanas 
que protegen los sueños. Su rabia no ha batido 
furiosa los recuerdos de cristal que atesoras 
poblando tu nostalgia de nombres y de fango. 

Es para ti la lluvia 
como un regalo inédito que mima tu burbuja, 
llenándote los ojos de asombro y alegría. 
No es tiempo, ni pasado. 

                             Ni te pone 
tonta, rara y huraña. 


Cuando te pregunten 

Cuando alguien te pregunte: ¿qué es lo que 
hacía tu padre, 
taciturno, encerrado, 
con el ceño en tensión, la sonrisa distante, 
tanto tiempo perdido calculando, midiendo 
entre dudas y sombras y papeles, 
bajo el tenue fulgor de aquella vieja lámpara? 

Respóndele: 
«Son luz, en el silencio, las palabras 
para quien las recibe con las manos abiertas.» 

O cállate y camina. 
Sigue con tus asuntos. Vete a tu corazón 
y a la alegría. 


Caminante 

En la profundidad de la montaña, donde 
los brazos de un arroyo se alargan entre peñas, 
el tiempo permanece aplazado en sí mismo. 
Honda y calladamente le da forma al paisaje, 
como cuando el amor se enreda en nuestras horas. 

Lejos de esta ciudad, 
el viento silabea su frescor a los árboles: 
apenas un murmullo imperceptible 
que esparce por el aire el sosegado 
bálsamo del hinojo, el tomillo y la melisa. 
Se conforta el pinzón: juega, se esconde, salta 
trascendiendo mis culpas su alegre desenfado. 

Derramada a sus anchas, allí siento 
toda la plenitud de un Dios que habla 
en colores impuros 

e interviene en mi historia sin apenas notarse. 



La alegre algarabía 

¿Quién te cita? ¿Qué Dios o qué Nada dibuja 
en la calle el catálogo exhaustivo de luz 
de esta encendida y alta primavera? 
¿Quién conduce las alas de aquellas golondrinas 
que van dejando surcos en el aire, 
en tu mirada, en tus incertidumbres? 
¿Quién proyecta ese mapa de precisión y vuelo 
que creías olvidado?




Estar aquí

Como casi todos los libros que he leído de esa colección, la de Pizarro es una poesía sencilla y amable, muy cercana a la realidad, de tono autobiográfico, que busca la sobriedad y la armonía. La música callada. Y la consigue, siquiera en forma de versos que uno escucha al oído como si de una íntima conversación se tratara. El amor, los sucesos cotidianos, sus hijas ("Autorretrato con niñas" es el primer poema del libro), lo que le pasa en el parque o en la playa, sensaciones y sentimientos que lleva al poema como leemos al final de "La piel gris": 

Pero vuelvo a casa,  
al lápiz y al cuaderno,  
e intento retenerlos". 

¿Qué? Lo que acaba de ver: una nube, unas rocas, el reflejo del sol,

 "los detalles pequeños  
-detalles de detalles-  
me dejan sin palabras.  
Y no las necesito". 

Pero que al final anota. Porque la poesía es, entre otras muchas cosas, eso: una manera de retener el tiempo. Un consuelo contra el injusto olvido. 
Se plantea muchas preguntas. Como "¿Cuántas vidas dan forma a nuestra vida?", o "Por qué me cuesta tanto perdonarme?"
La segunda parte del libro es de tema romano. "Apartamento en Roma" se titula. Allí, la ciudad eterna y la belleza y el amor, no menos eterno. Y poemas tan logrados como "En la intemperie", que empieza: "Yo sé que existo porque espero". 
Luminosa y tranquila me ha parecido la poesía de Pizarro, la de alguien que escribe: 

"Mientras se pierde el hombre en vaguedades  
ver correr unas nubes  
que cantan lo que soy". 

PUBLICADO POR ÁLVARO VALVERDE 






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