viernes, 4 de noviembre de 2016

JOSÉ LUIS MELGAREJO VIVANCO [19.461]


JOSÉ LUIS MELGAREJO VIVANCO

Profesor  José Luis Melgarejo Vivanco, 1914-2003.
Profesor normalista, historiador, antropólogo, poeta, político y hombre de campo, José Luis Melgarejo Vivanco nació el 19 de agosto de 1914 en la congregación de Palmas de Abajo, municipio de Actopan.
Se graduó como profesor en la Escuela Normal Veracruzana en 1936; de ese título siempre se sintió orgulloso. Fue uno de los iniciadores de los estudios antropológicos en Veracruz, decano de los investigadores del Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana. Consagró su vida a la investigación, la docencia y a servir a la sociedad con honestidad y acendrada pasión.

Melgarejo Vivanco nació en la época en que los constitucionalistas habían derrotado al ejército federal de Victoriano Huerta, y en el año de la ocupación del puerto de Veracruz por las fuerzas intervencionistas norteamericanas, una etapa en que el mundo experimentaba los inicios de la Primera Guerra Mundial. Fue hijo de don Eduardo Melgarejo, comerciante y pequeño propietario dedicado a las labores del campo, y de doña Luisa Vivanco. Tuvo nueve hermanos: Pedro, David, Eduardo, Ariel, Dina, Nicomedes, Amparo, Petra y Lilia. En 1950 contrajo matrimonio con la profesora Guadalupe Cruz García; tuvieron dos hijas: Luisa y Sonia Melgarejo Cruz. 

El Profesor José Luis Melgarejo Vivanco, nace  Palmas de Abajo, que perteneció a la hacienda de La Mancha del municipio de Actopan, el 19 de agosto de 1914. Fueron sus padres: Eduardo Melgarejo, y la señora Luisa Vivanco. Procrearon a Darío, Piedad, Nicomedes, Dina, Petra, Amparo, David, Lilia, Pedro, Eduardo y Ariel.  José Luis se casó en 1950, con la profesora Guadalupe Cruz García y nacieron sus hijas: Luisa y Sonia. Fallece en la Xalapa, el 23 de enero de 2003.

José Luis Melgarejo Vivanco,  egresado de la Benemérita Escuela Normal Veracruzana “Enrique C. Rébsamen”; durante la segunda gubernatura del coronel Adalberto Tejeda Olivares, quien encabezó un proyecto socialista a la veracruzana.

Fue funcionario público del Estado de Veracruz, en el gobierno de Jorge Cerdán Lara,  como Director de la Sección de Asuntos Indígenas de Veracruz. En el  gobierno  de Veracruz de don Adolfo Ruiz Cortines, fue director del Departamento de Antropología. También fue el director general de los Asuntos Indígenas en el gobierno federal entre 1953-1957; el Gobernador Antonio M. Quirasco, le encomienda  la Subsecretaría de Gobierno del Estado de Veracruz, desde ahí hace una interesante mancuerna con el Rector de la Universidad Veracruzana, el Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán 1908-1996.  Fue  Diputado Federal al Congreso de la Unión por el distrito de Xalapa de 1973-1976. El gobernador Rafael Hernández Ochoa, lo designó como coordinador de zonas indígenas y deprimidas  de Veracruz. Fernando Gutiérrez Barrios lo designa director del museo de Antropología Diputado local en el gobierno de Patricio Chirino Calero. Miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Veracruzana.

La obra de Melgarejo Vivanco es abundante: Totonacapan (1943); Historia antigua de Veracruz (1949); Toponimia de los municipios veracruzanos (1950); La provincia de Tzicoac (1949); Los lienzos de Tuxpan (1970); Breve historia de Veracruz (1950); Antigua historia de México (1975); Historia de Boca del Río (1984); Historia de Cotaxtla; Tamiahua, un historia huaxteca (1981); Antropología (1973); Antigua Ecología indígena en Veracruz (1980); Los jarochos (1979); Juárez en Veracruz (1972); Historia de la ganadería en Veracruz (1980); La Constitución Federal de 1824; La enseñanza Lancasteriana (1975); Boquilla de Piedras, el puerto de la insurgencia (1976); Raíces del municipio mexicano; Adolfo Ruiz Cortines (1980); América descubre al Viejo Mundo; Las revelaciones del Tajín; El problema olmeca (1975); Huasteca veracruzana; Época antigua; La peregrinación mexica; Los totonaca y su cultura; Historia de Coatzacoalcos hasta 1599; La escritura y calendario de los Mayas; La piedra del calendario; El Códice Vindobonensis (1980); El Códice Nuttal (1991); El Códice Chapultepec (1982); El Códice Coacoatzintla (1984); El Códice Actopan (1981); El Códice Misantla (1984); Declaración de amor a Veracruz (1965); Juan Pirulero; Jimbaña (1944); Vieja rima (1964), y Metrópoli (1961). También fue colaborador de la revista universitaria de La Palabra y el Hombre. En marco del centenario de su natalicio, su extensa obra ha sido digitalizada por Universidad Veracruzana, y se puede consultar en línea: http://www.uv.mx/colecciones/melgarejovivanco/



SELECCIÓN DE POEMAS
JOSÉ LUIS MELGAREJO VIVANCO

En el 2008, un grupo de académicos e investigadores —Ricardo Corzo Ramírez, Adalberto Tejeda, Mario Navarrete Hernández, Gilberto Bermúdez Gorrochotegui, Raúl Hernández Viveros y Carlo Antonio Castro— decidieron reunir en un solo volumen una serie de ensa-yos sobre la vida, la trayectoria y la obra de Melgarejo Vivanco, así como una selección de ensayos de carácter antropológico del propio autor de Los lienzos de Tuxpan. Entre estos últimos se encuentran “En torno a la mexicanidad”, “Navegación prehispánica en América”, “La Estela 1 de Piedra Labrada, Veracruz”, “Los petroglifos de Atzalan” y “Los relieves del Juego de Pelota Sur, en El Tajín”. Editado por el Gobierno del Estado de Veracruz, Selección de ensayos y poemas es un buen y atinado volumen introductorio a la vasta y va-riada obra de Melgarejo Vivanco.


La obra del profesor José Luis Melgarejo Vivanco es amplia, trascendente y diversificada. Desde cualquier ángulo que se la mire, es una fuente de conocimiento, de novedosas y bien cimentadas teorías. Enemigo de lugares comunes, incansable investigador, historiador, humanista profundo y convencido. Transitó desde la documentación y explicación del hecho local hasta su inserción en un contexto ecuménico.

Los textos que ahora se presentan son apenas unos cuantos de su fértil producción. Debe decirse que no fue una tarea sencilla escogerlos; más todavía, fue necesario buscar entre diversos trabajos que correspondieran con cada una de sus facetas como investigador: son ensayos que van más allá de lo estrictamente regional, incluso lo nacional, que insertan deidades, mitos y leyendas mesoamericanas en la compleja historia universal.

Aun su poesía dista de ser sentimentalista, por el contrario, es verdaderamente intelectual, asequible y comprometida, sin dejar de expresar a través de sus versos el amor al terruño, a la patria, a la humanidad; por eso en su poema Los Húngaros, como primer ejemplo, siente y reflexiona sobre el devenir histórico de ese grupo humano incomprendido, tan antiguo como las tradiciones que de manera trashumante lleva a cuestas como un fardo más en su caminata sin final. Lejos de la geografía de García Lorca, dedica a los gitanos en México, en Veracruz, unos versos cargados de comprensión y de humanismo. Cosmopolita y provinciano a la vez, maneja la Geografía y laç Historia en torno a la gitanería y viaja con ellos unas cuantas jornadas, para quedarse estático en familiar compañía y, por fin, dejarlos que prosigan su camino.


Lumumba

Patricio:

Estás hoy más lejano
pero acaso más próximo.

Un día, llegaste a nuestras lámparas
y principiamos a saber de aquel tu mundo
tan ignorado y bello;
torturado;
sin luz.

Los amos han escrito la historia del esclavo,
el que, bajando por las cataratas del Nilo,
fecundó con su esperma vigoroso
las disolutas dinastías
del cenagoso delta;
y otra vez, por la estría
del áspero desierto,
con su placenta ensangrentada,
Balkis llevó la indómita lumbre de su Etiopía

Esta fragante América despertó a cañonazos
en brutales conquistas y al infame revés.
Comprendimos tu angustia, Patricio;
nuestros héroes, con tozuda insurgencia,
escupieron la hez.

Nuestra mano, tan tuya,
como nuestro el pigmento de tus ríos africanos
—uno solo el sudor—
desquebraja las pértigas de los viejos trapiches,
en la copa de ron.

Por los campos de Texas, ya se pizca tu albura;
en Bahía, va tu fardo, de sudor a sudor.
Patricio, estás más dentro de la tierra,
del hombre,
del uranio,
y la voz.

No eres polvo, Patricio,
que los pueblos no mueren,
ni se agosta el coraje, ni arrodillan la luz;
hoy te miro más íntimo de las grandes victorias,
con la urgida proclama de rescoldos en cruz.

San Patricio, te digan en el África entera,
y en mi México, el Yanga, con su grito tenaz.
Que tu coágulo mártir lleve alivio a los ojos,
libertad al opreso y al infante la paz.




Prometeo

Prometeo,
vengo a la roca de tu Tártaro,
buitre desgarrador de las entrañas,
para burlarme de tu luz,
de tu fuego anacrónico
que tan sólo servía para quemar follajes
y hacer más llevadera la siembra de cereales.
Tonto fuego el robado por tu mano
para inflamar la hornaza del templo de Vulcano
sazonando alimentos en el hogar,
fundiendo los metales,
o alumbrando los deltas de todos los naufragios
en el cóncavo mar.

Vencido Prometeo,
cacharro del cerámico de Atenas,
qué insulso fue tu fuego, comparado
con el que a orillas del Yang Tsé Kiang
prendiera el pueblo
dulce como la tierna espiga del arroz;
pirotecnia celeste, rumor de los luceros,
inocencia en la voz,
credo en el ala
propalando fulgores en los puertos
del Golfo de Bengala.

Tú aconsejaste, vengativo, el robo
para rendir los pueblos, temerosos
del “fuego griego”, y que tu Bajo Imperio
pudiera trasmitirlo a los ingleses
en la batalla de Crécy, matanza
de cien años en todas las campiñas.
Tumba del feudalismo el estampido
de las artillerías;
así pudiste retornar en triunfo
con el Renacimiento,
develador de mármoles pentélicos,
y en el corsario arrojo de viejas carabelas
arrasar con los pueblos de América,
del África, del Asia, y la Oceanía.
Países coloniales;
pobres, débiles pueblos, náufragos en su llanto
y en los charcos de sangre de la fusilería.

Tremendo forjador de hombres de barro;
Nobel quiso imitarte la intención primigenia
y encadenó una fuerza que hoy resulta pueril;
sin embargo, espantado de sus propios encuentros,
lleno de contrición,
sigue legando al mundo
preciado galardón.

Sin Esquilo,
cuán mezquina tu industria, comparada
con la invención satánica del hombre:
Dos guerras. La primera, diez millones de cruces.
La segunda...
no alcanzan los guarismos;
tan sólo la ceniza de Hiroshima,
voz del Apocalipsis,
fin del género humano;
el ideal hecho náusea en la sentina.

Prometeo, me das lástima
queriendo pervivir en el espíritu
de una legión de sabios pisoteados,
que como tú,
llegaron a robarle sus misterios al sol
y a desatar las fuerzas más tremendas
de todo el universo
para ponerlas, con ingenuo aliño,
en las manos de Marte vestido de Pandora,
cuando que tú soñabas, pobre y simple,
hacer la dicha de los hombres todos
y tan sólo has logrado
que unos cuantos
tengan amedrentado al mundo entero,
que vuelva por las calles la fanfarria guerrera,
se pudran las palabras abortadas,
que se cambien las risas de los niños
por las amargas muecas del espanto,
que no haya la fecunda lluvia de primavera
ni madure los frutos el verano,
que hasta lo más recóndito del hombre
se vuelva lobo en vez de hacerse hermano.

Mitológico dios, héroe caído,
en garganta de océanidas,
no habrá sedante coro,
ni abrirán su perfume los caminos de Asís,
hasta que todo el fuego de tu entraña
no libre de temores a la transida humanidad,
y en el amargo cáliz del angustiado mundo,
sea la paz con los hombres de buena voluntad.


Canto al país de Yucatán

I

Así se filtra el sol en el cenote de Valladolid.
Así trasmina el agua sus carencias
en poros de caliza.
No la sacra impureza donde las doncellas
fueron inmoladas; no el bárbaro
saqueo del tesoro de los itzaes,
ni el crótalo a cercén.

Hoy se levantan voces de futuro
en la cóncava orilla del Caribe,
con su brisa impregnada de marisma,
con sus nubes repletas de color;
mediterráneo mar, espejo nuestro,
virginal y epopéyico,
esa cuna del verbo americano
que fue luz, y maíz cultivado,
y palafito, y greda
en el pulso del árbol calcinado.

Bajo la ceiba prócer del consejo de ancianos,
por el camino blanco de nuestra teogonía,
en la orilla quebrada,
clava el rejón del llanto su porfía.

No más buscar,
en esas clorofilas de la onda,
las atlánticas quillas de piraguas
que ya no tienen sombra de tus noches,
ni rumores de bosque,
ni jugo de cortezas remolidas,
ni alquitrán de tu mar;
deja mejor que aborten luceros las auroras;
el equinoccio viene con brasas precursoras
batiendo una esperanza, desbrozando un cantar.


II

No me hablen de los ortos, que se guarden
las tumultuosas aguas del Caribe
sus raíces de yodo y de poesía;
prefiero el Occidente, viento negro,
negros faisanes, negra profecía.
Que se quede Chichén, para el azoro
de todas las estéticas del mundo;
no quiero Uxmal, de fino churriguera;
no me hablen de Palenque, la más imantada
tesitura de América;
yo prefiero seguir en esta piedra,
restregando su lágrima.
No quiero el Kankabal, sangre de siglos,
tierra fecunda, ubérrima cosecha;
quiero mejor la roca silicosa,
sudario de avaricia desbocada,
bilis del indio, linfa destilada.

No me traigan vinagres evangélicos
en cuya esponja sin tocar, la nube
deslustra sus luceros;
quiero morir de sed, gritando en vano
la ocultada tragedia del hermano.
Que amortajen con flores aromáticas
los jardines cautivos;
prefiero el henequén, como infamante
marca de nuestros yerros colectivos.


III

Selva de los maya,
tórrida planicie
acunadora de cervatillos tímidos;
madre de los crepúsculos,
colmena de cereales,
primera luz;
imperio de la sombra,
vienes desde los légamos del Petén;
por el ojo ciclópeo de Tulum, te asomaste
a la rica paleta del Mar de las Antillas,
para volverte flora marinera
en las caldeadas aguas de Campeche.

Selva del estupor,
sepulcro de los dioses
talados bajo la palabra: maíz;
engendradora de las esmeraldas,
y de Kukulcán;
incensario del viento,
cenote del silencio,
templo de los misterios de la tribu, 
cómputo de los astros,
oración.

Selva en derrota,
selva calcinada,
ceniza de los trinos,
polvo de la esperanza, consunción
en la tierra macerada de granos;
vieja selva,
perdón.


IV

Mérida, tan sólo Mérida,
única flor en el páramo.

Réquiem al obispo Landa
trastornado de razón.
Las Escrituras oprimen
credos de crucifixión.

Arden los códices mayas
en el auto de Maní.
Pobres de los pueblos pobres,
¿pobre santo?, a Tizimín.

Flores de piedra en el rostro
seco de la catedral.
Paga tu boato, Emérita,
la penuria en Yucatán.

Casa del Adelantado,
cenote del tulipán,
bello paseo de Montejo
tan sólo en la capital.

Traza del cordel hispano,
blanca, limpia, señorial.
Mérida, tan sólo Mérida,
bajo el sol de Yucatán.


V

Yo vi otro Yucatán en el Oriente.
Me lo enseñaron las abejas
que colectaban miel 
en las flores del xtabentún;
me lo dijo en la grama,
la huella de unos pies, hacia Levante;
lo encontré manifiesto
en la opulencia túmida de los frutos maduros,
en la fronda cuajada de plumajes y trinos,
en la mazorca henchida, en los pastales,
y en la luciente piel de sus vacunos.
Yo vi otro Yucatán, que se trasmina
del cenote a los mares
por el cordón de sangre,
como un himno a los dioses tutelares.

Hermano:
bajo tu planta de caliza,
pasan los ríos de México,
apretados de gérmenes fecundos
y al displicente alcance de tu mano;
el cielo prodigioso de tu tierra
llueve torrentes de pastura y grano.
Vuelve tu rostro hacia la ruta nueva
por donde brota el sol, viene la lluvia,
y el génesis del hombre americano.
Derriba el muro de lamento inútil,
borra las maldiciones que trasuda tu piel;
pueblos muy parias, la aventura hicieron
sobre tierras más pobres, bajo un cielo más cruel.

La Palabra y el Hombre
(1964, enero-marzo, núm. 29)



Declaración de amor a Veracruz (1965)

En 57 poemas de Norte a Sur, da cuenta de su Declaración de Amor a Veracruz. Se le mira recorriendo toda la geografía veracruzana: la montaña, la llanura, los barrancos, ríos y lagunas, todo su litoral y todos sus caminos; platicando y preguntando con los hombres de cada región, de cada lugar, con su propia gente. Tarea larga y comprometida. Nos lo imaginamos anotando en rugoso papel sus líneas y sus rimas. Él mismo nos dice de su obra: “estos versos fueron escritos en muy distintas y lejanas épocas. Han pasado muchos años para llegar a constituir este conjunto que acaso podrá crecer con el tiempo, si todavía queda.” “No se pretendió remozar a los más antiguos para dejarles aquel primitivo impulso emocional. Brotado al imperativo de un cariño entrañable llevaron su provincialismo con lealtad, no como vergüenza, y en su anacrónico destiempo encontrarán la penitencia justa.”



Caminos

Caminos de Veracruz,
los conocí al nacer, cuando mi madre
subía por los cantiles del Bernalillo
llevándome, igual que la plegaria
del hacha de mi padre.
Los conocí mientras las mujeres enlutadas
bajaban de los árboles, a los ahorcados
en la revolución, y rescataban a mi tío.
Me aprendí las veredas de todos los potreroa
y las pozas, donde, para lavar ajenas ropas,
ibamos en estío. 

De niño, aprendí a conocer los caminos
del agua y del viento;
a orilla de la playa, suspiraba mirando
en lontananza, los barcos de un cuento
de Calleja, y en las tardes tranquilas
de mi valle, cuando ya no se oía
el tambor de los húngaros,
con qué melancolía
lloraba en lo interior, por conocer
los lugares aquellos de que hablaba
la muchacha del circo:
Nautla, Zamora, Tuxpan, y Tampico,
Minatitlán y Puerto México;
mágicos nombres, rutas imposibles
de las Mil y Una Noches,
girando como trompo jalapeño
en la cuerda del aire,
o flotando en las pompas de jabón,
ágatas finas a mi ansia de canicas
y en mi pueril desilusión.

Conocí los caminos de las arrierías
envuelto en la sonata del herraje y la piedra
o en el tumulto de los torrentes, despeñados
igual a una jauría
de truenos, y los caminos de los tremedales
y de los esteros. Desde niño,
supe los vados de los ríos y de las barras,
el peligro de las bajadas en carretas de mulas
y las llagas del sol en las pesadas
carretas de los bueyes;
aprendí a viajar en troncos ahuecados,
en balsas, y aparejo,
a librar el camino,
y sufrir la insolencia del jinete
bajo la polvareda de su ruido. 

Más tarde, conocí los caminos de acero
resoplando vapores, trepé a la taquicardia
de los viejos fotingos y a las carcomidas
barcazas de nuestro cabotaje;
por entonces, ya soñaba una novia
esperando en el puerto, con su pañuelo blanco
y una lágrima en busca de abordaje.

Después, vi transformarse al viejo camino
de los virreyes;
en la hornaza de fragua donde todos unidos
arrojaron su esfuerzo para un mismo crisol,
vi caer las mazorcas de las trojes más parias,
los rebaños lustrosos, el telar incansable,
y romper las pintadas alcancías de los niños
con la misma sonrisa de los rayos de sol.
A partir de aquel día, desde
las veredas de la tierra, hubo un clamor de caminos
al paso profético del sembrador de ideales
y de realizaciones. Hasta mi pueblo,
el olvidado siempre, vio romper las entrañas
de su fecundo valle con las terracerías,
y por todos los puntos cardinales
fueron las carreteras con el diamantino
mensaje del progreso. Yo vi
cómo se abrieron las dunas movedizas
y se consolidaron las lagunas a lo largo
de los ríos impetuosos,
vi cruzar las barrancas donde temblaba el ave,
y desgajar los cerros,
y en un salto brutal,
ir hasta los lugares pensados imposibles;
yo vi la carretera colgada en el abismo,
vencer las tembladeras, y con sudor y sangre,
la suerte de los hombres ponerse a edificar. 

Por eso, porque tuve la fragancia exquisita
de la selva talada, de la tierra que se abre,
de la eterna explosión
en las rocas tenaces, yo levanto mi voz,
y desgrano mi canto, por el claro cerebro
que planeó los caminos y los hizo verdad,
por el técnico nuestro que luchó con porfía
cuando todos dudaban,
y mi ofrenda se queda temblorosa de amor,
por el peón caminero que sufrió lo increible,
por sus bravas mujeres y sus hijos en cruz,
por el pueblo, que supo entregarse completo
a la magna epopeya que soñó Veracruz. 




Otontepec

Sierra de Otontepec, yo te saludo
en el trono imperial de la Huaxteca.

Te pago mi tributo de admiración desde
Chontla, con el xochipitzahua que hoy va
de Tepetzintla rumbo a Santa María,
y en burdo jarro de Citlaltépetl, bebo
el agua fresca de tus manantiales
cual si fuese ambrosía. 

Soberana de Azul, con el rupestre
decálogo de amor, deja tenderme
sobre la sabana municipal de Tantima;
deja que sueñe leyendas en Tamalín, por los
fantásticos pocitos de ceniza cantarina,
y sosegar la grima
de Chinampa la rica que hoy agoniza pobre.

Paisaje de Amatlán,
crucificado,
a las plantas del ídolo.

Sierra de Otontepec, si con mis versos
tu compasión provoco,
haz que al rodearme de silencio el mundo,
me arrullen las palomas de Tancoco. 




Las rimas del cerebro (1934)

Dedicado a “los luchadores en el campo de la idea” y siguiendo las huellas de Rebeldía, Las rimas del cerebro continúa reflexionando, desde el campo de la poesía, sobre la realidad que vive el ser humano, una realidad que le impide acceder a una vida en la que, como que-ría Rosario Castellanos, la justicia se siente entre nosotros. En un acercamiento original a la figura de Jesús, “ecce homo” da cuenta de la preocupación del poeta: “escrito estaba ya, y tú debías cumplir la profecía/ que te daba al calvario como meta,/ tu llegada era el verbo de Isaías/ y anatema del último profeta// y prodigaste un mundo de venturas/ para que disfruta-ran tus secuaces,/ y apurando tu cáliz de amargura,/ amaste junto a Pedro al traidor Judas./ Y entre el bien y entre el mal formaste enlaces,// creíste que los hombres se redimen/ y fuiste tú, el cordero de expiación,/ y al hablar por vez última ante el crimen, ‘no sabes lo que dices’, te repetía un ladrón.”




la vida

la vida es el producto de un fuego de artificio
que traza panoramas de engaño y de traición,
la vida es la quimera que llega al frontispicio
de un mausoleo que guarda cenizas de ilusión,

los seres solo ansían vivir más y mejor,
es su única divisa. su sempiterno ideal,
lo demás, es veneno oculto en una flor
que finge mil perfumes para poder matar,

(al maestre eduardo, r. coronel,) 




desconsuelo

mientras todos alegres van pasando sonrientes
y se embriagan de dichas, de perfume y de miel.
yo he visto consumirse mi juventud doliente
a manera de lirio que muere en una fuente
sin saber de alegrías, sin saber del placer.

sufro y callo, es acaso mi suplicio el dolor,
y en las horas terribles de esta lucha fatal,
busco y llamo a la muerte y al deseo de perdón,
mas, apuro la copa con tristeza y valor
y prosigo mi vida, sin reír ni llorar,

(al dr. genaro ángeles,
cariñosamente,) 



hermandad

tú que vendes los momentos placenteros de tu vida
comprender sabrás porqué un eterno soñador,
va escribiendo sus miserias con la sangre de la herida
que consuele lo inconciente en su frágil corazón.

tú qne vendes tus placeres y tus besos y tu cuerpo,
y él que vende sus desvelos, sus ideales y su fe,
son hermanos del suplicio, son hermanos de los muertos,
y se entregan al verdugo, sin futuro y sin ayer.

(para los amígos
francisco ramos salas
y pedro a. romero.) 



Música sideral (1935)

De este poemario, el contemporáneo de Melgarejo en la escuela Normal Veracruzana, escribió:“… Música sideral toda entera se diría una adoración estética de hostias de plata fulgurante ante el mutismo orfébrico de un sagrario pulido en rosetones vírgenes de oros lustrados en el que el capricho de las incrustaciones se bañan de clamor de siringas de seda i de cristal. iBellezas! iBellezas! rumorosas y plenas de un mágico encanto sonoro como una arábiga sobre un escudo céltico que fuese de estrellas i fundido en el sol, o como si el timbre de una citara se hubiese hecho un ornamento de organdí…”.



Madame de Pompadour

Ya rocinante camina
allá voy con lanza en ristre
por la promesa que diste
mi Elena, mi Colombina,
voy porque sé que me anima
un nuevo astro del azul
de la Osa a la Cruz del Sur
y desde el mar a la tierra,
astro que es la cabellera
de Madame de Pompadour.

Voy aunque Orlando Furioso
detenga mi paso altivo,
yo soy el gran Don Rodrigo
que me paseo victorioso,
llegaré hasta tí glorioso
si es que a traves de la Historia
puedo apropiarme la gloria
de otro triunfo primoroso.

Alia voy cual Lanzarote
por Dios, mi Rey y mi dama,
te cantaré, soberana
lo que de mi pecho brote,
allá voy cual Don Quijote
tras su Dulcinea argentina,
espera hermosa y divina
mirar mi entrada triunfal
desde tu albo ventanal
mi princesa marfilina. 

Ahora sí siga la fiesta
con su música armoniosa,
siga la fiesta, mi diosa,
que ejecute un vals la orquesta
como si allá en la floresta
se escuchara una canción.
o como si una oración
vibrara en el campanario,
como en la tarde el rosario
que brota del corazón.

Que ejecute una gavota
o una pavana feliz
y entre tanto que la toca
quiero dejar en tu boca
la heráldica flor de lis.

Mientras se baila el minué
y con gracia te abanicas,
estrecharé tu corsé
con la pasión de mi sed
por tus gracias exquisitas.

Asi, muy juntos los dos
vayamos por el jardín
el uno del otro en pos
y ante los ojos de Dios
gocemos de nuestro abril.

En tu talle perfumada
quiero poner otra flor
que te diga mi pecado:
porque si un rey es "Estado "
yo soy, señora, el amor.

Decid si podéis brindarme
vuestra pasión de mujer
aunque, señora, al amarme
no os olvidéis de acordarme
que amáis a Luis y a Voltaire.

Señora he gozado tus dulces pasiones,
señora he tenido tu fuego también,
deja que desflore mis viejas canciones
y sueñe por siempre tu amor de mujer.

Con los violoncellos y con los violines
guardaré el recuerdo de tu gran fragancia,
tú, guarda en tu alma lo que mis clarines
como despedida le dicen a Francia.

Yo llevo por siempre calor de tu cuerpo
que landas y estepas nunca apagarán,
conservo en mis labios tus besos inciertos
que al mirar un fiord me perfumarán.

Yo sigo hacia el norte desfaciando agravios,
subiré a las cumbres, bajaré a los valles
llevando por siempre sellados los labios
con tu alma que tuve cautiva en Versalles.


P
a
r
a
el poeta de las elegancias,
José de J. Nuñez y Domínguez.. 




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