martes, 1 de noviembre de 2016

CLARINDA [19.432]


Clarinda

Clarinda fue una poeta anónima peruana, posiblemente nació en la Ciudad de los Reyes o Lima, capital de los Reinos y Provincias del Perú, a finales del s. XVI.

Su poema Discurso en Loor de Poesía se publicó en el Parnaso Antártico, Lima, que dirigía Diego Mexía de Fernangil en 1608. Este poema, escrito en silvas bajo el perfil de la poesía renacentista, es reconocido como un verdadero arte poética, a la vez que responde al planteo criollo de exaltar el espacio y tiempo peruano como algo excepcional y distinto a lo español.

Clarinda fue una poeta anónima peruana, posiblemente nació en la Ciudad de los Reyes o Lima, capital de los Reinos y Provincias del Perú, a finales del s. XVI.

La presencia en el Virreinato del Perú de un poema con la dimensión que tiene el de la poetisa anónima peruana Clarinda y en una fecha que dista tan sólo cuatro años del compendio apologético en alabanza de la poesía (1604) del mexicano Bernardo de Balbuena merece no sólo una ficha bibliográfica o una mención historicista, como prueba del culto a la poesía por parte de una mujer de no medianas dotes líricas, sino, una reflexión profunda en la que el punto máximo no sea el metro usado en el poema, o el misterio en torno a la mujer que lo firma, sino el mensaje que pueda tener para nosotros, situados, no en esta época, sino en el de 1608 en que aparece.

"Discurso en loor de la Poesia" apareció en 1608 al frente de la Antología publicada en Sevilla por Diego Mexía de Fernangil con el título de Primera parte del Parnaso Antártico. En esta Antología se dice que el Discurso.., fue «compuesto por una señora principal de este reino (Perú) muy versada en lengua toscana y portuguesa por cuyo mandamiento y por cuyos justos respetos no se escribe su nombre». El nombre verdadero queda detrás del seudónimo de Clarínda.

¿Quién fue Clarinda?

Para Ricardo Palma —en Tradiciones Peruanas, Vol. V— detrás de este nombre femenino habría un varón. Ventura García Calderón —en su Biblioteca de Cultura Peruana— cree que este varón pudo ser el mismo Diego Mexía; y Luis Alberto Sánchez, que piensa (ver Literatura Peruana, 1946) en un varón como autor del Discuna, cita a Dávalos o Figueroa.

Posteriormente tanto Ventura García Calderón como Luis Alberto Sánchez se han inclinado por la sinceridad del texto cuando afirma ser «compuesto por una señora principal de este reino». Luis Alberto Sánchez afirma que «esta señora principal» podría ser una «dama española entrada en años y conocedora de nuestras letras».

Menéndez Pelayo (ver Historia de la Poesía Hispanoamericana, cd. nac. Vol. TI) nunca mostró dudas al respecto, ni cuestioné, como lo hici&a Palma, la cultura en ese tiempo—sigloXVII— en las mujeres, aceptando la afirmación de la poetisa anónima que dice conocer tres damas «que han dado en poesía heroicas muestras».

Iluminador podría ser lo que nos da a conocer el mismo Ventura García Calderón (ver Biblioteca de Cultura Peruana y): «El poeta Mexía de Fernangil dedica un largo poema clásico de su Segunda Parte del Parnaso Antártico a una religiosa de un convento de Lima (i 1615!) como a la señora de todos sus respetos y admiraciones: «A Leonor de la Trinidad, fundadora y abadesa de las Monjas Descalzas de la limpia Concepción del Monasterio del Señor San José en la ciudad de los Reyes del Perú». Fue sin duda su corresponsal persona cultísima muy al tanto de "mitologías poéticas". 

¿No podría ser ésta una poetisa anónima?». 

Desde luego se trata de una persona culta que conoce y vive el misterio de la gracia, así como las Sagradas Escrituras. No nos extraña, pues, que detrás del seudónimo de Clarinda estuviera una religiosa y que ésta fuera Sor Leonor de la Trinidad a quien Mexía (ya en 1615) agradeciera, con ese largo poema clásico de su Segunda Parte del Parnaso Antártico, tanta admiración como por él demuestra la poetisa en el Discurso en loor de la Poesía.

De Diego Mexía de Fernangil se sabe que nació en Sevilla (así lo dice la misma Clarinda en su Discurso...): que hacia 1583 viajÓ hacia el Perú; que entre 1596 y ¿1599? puso su residencia en México desde donde se trasladó posteriormente a Lima para pasar a vivir después a Potosí. Autor de la Primera Parre del Parnaso Antártico, publicada en Sevilla en 1608, donde aparece como ya se ha indicado el Discurso en loor de la Poesía de Clarinda.

Por la Dedicatoria, en su Segunda Parre del Parnaso Antártico, al Príncipe de Esquilache sabemos que «fue ministro del Santo Oficio de la Inquisición. en la visita y corrección de los libros de la Ciudad de Sevilla...».

Era Mexía pues, un eclesiástico. Desde esta perspectiva biográfica de Diego Mexia de Fernangil nada extrañaría que la Clarinda que tanto admira a Mexía tuviera en éste a su director espiritual y confesor.
(Fuente Lucrecio Pérez-Blanco)



Discurso en loor de la Poesia

I

La mano y el favor de la Cirene,
a quien Apolo amó con amor tierno;
y el agua consagrada de Hipocrene,

y aquella lira con que del Averno
Orfeo libertó su dulce esposa,
suspendiendo las furias del infierno;

la célebre armonía milagrosa
de aquel cuya testudo pudo tanto,
que dio muralla a Tebas la famosa;

el platicar suave, vuelto en llanto
y en sola una voz, que a Júpiter guardaba,
y a Junio entretenía y daba espanto;

quisiera que alcanzaras, Musa mía,
para que en grave y sublimado verso
cantaras en loor de la Poesía.

Que ya el vulgo rústico, perverso,
procura aniquilarla, tú hicieras
su nombre eterno en todo el universo.

Aquí, Ninfas del Sur, venid ligeras;
pues que soy la primera que os imploro,
dadme vuestro socorro las primeras.

Y vosotras, Pimpleides, cuyo coro
habita en Helicón, dad largo el paso,
y abrid en mi favor vuestro tesoro;

de el agua medusea dadme un vaso,
y pues toca a vosotras, venid presto,
olvidando a Libetros y a Parnaso.

y tú, divino Apolo, cuyo gesto
alumbra al orbe, ven en un momento,
y pon en mí de tu saber el resto.

Inflama el verso mío con tu aliento,
y en l?agua de tu trípode lo infunde,
pues fuiste de él principio y fundamento.

¿Mas en qué mar mi débil voz se hunde?
¿A quién invoco? ¿Qué deidades llamo?
¿Qué vanidad, que niebla me confunde?

Si, ¡oh gran Mexía! En tu esplendor me inflamo,
si tú eres mi Parnaso tú mi Apolo,
¿para qué a Apolo y al Parnaso aclamo?

Tú en el Perú, tú en el Austrino polo,
eres el Delio, el Sol, el Febo santo;
sé, pues, mi Febo, mi Sol y Delio solo.

Tus huellas sigo, al cielo me levanto
con tus alas; defiendo a la poesía:
Fébada tuya soy, oye mi canto.

Tú me diste precepto, tú la guía
me serás, tú que honor eres de España,
y la gloria del nombre de Mexía.

Bien sé que con intentar esta hazaña
pongo un monte, mayor que Etna el nombrado,
en hombros de mujer, que son de araña;

mas el grave dolor que me ha causado
ver a Helicona en tan humilde suerte,
me obliga a que me muestre tu soldado.

Que en guerra que amenaza afrenta o muerte,
será mi triunfo tanto más glorioso
cuanto la vencedora es menos fuerte.

Después que Dios con brazo poderoso
dispuso el caos y confusión primera,
formando aqueste mapa milagroso;

después que en la celeste vidriera
fijó los signos, y los movimientos
del Sol compuso en su admirable esfera;

después que concordó los elementos
y cuanto en ellos hay, dando precepto
al mar que no rompiese sus asientos;

recopilar queriendo en un sujeto
lo que criado había, al hombre hizo
a su similitud, que es bien perfecto,

de frágil tierra y barro quebradizo
fue hecha aquesta imagen milagrosa,
que tanto al autor suyo satisfizo,

y en ella con su mano poderosa
epilogó de todo lo criado
la suma, y lo mejor de cada cosa.

Quedó del hombre Dios enamorado,
y dióle imperio y muchas preeminencias,
por Vicediós dejándole nombrado.

Dotóle de virtudes y excelencias,
adornólo con artes liberales,
y dióle infusas por su amor las ciencias.

Y todos estos dones naturales
los encerró en un don tan eminente,
que habita allá en los coros celestiales.

Quiso que aqueste don fuese una fuente
de todas cuantas artes alcanzase
y mas que todas ellas excelentes;

de tal suerte, que en él se epilogase
la humana ciencia, y ordenó que el darlo
a solo el mismo Dios se reservase;

que lo demás pudiese él enseñarlo
a su hijos, mas que este don precioso
sólo el que se lo dio pueda otorgarlo.

¿Qué don es éste? ¿quién el más grandioso
que por objeto a toda ciencia encierra,
sino el metrificar dulce y sabroso?

El don de la poesía abraza y cierra,
por privilegio dado de la altura,
las ciencias y artes que hay acá en la tierra,

esta las comprende en su clausura,
las perfecciona, ilustra y enriquece,
con su melosa y grave compostura.

Y aquel que en todas ciencias no florece,
y en todas artes no es ejercitado,
el nombre de poeta no merece,

y por no poder ser que esté cifrado
todo el saber en uno sumamente,
no puede haber poeta consumado.

Pero serálo aquel más excelente
que tuviera más alto entendimiento
y fuere en más estudios eminente.

Pues ya de la Poesía el nacimiento
y su primer origen ¿fue en el suelo?
¿o tiene en la tierra el fundamento?

¡Oh Musa mía!, para mi consuelo
dime dónde nació, que estoy dudando.
¿Nació entre los espíritus del cielo?

Estos a su criador reverenciando
compusieron aquel Trisagio trino,
que al trino y uno siempre están cantando.

Y como la poesía al hombre vino
de espíritus angélicos perfectos,
que por conceptos hablan de continuo,

los espirituales, los discretos
sabrán más de poesía, y será ella
mejor mientras tuviere más conceptos.

De esta región empírea, santa y bella
se derivó en Adán primeramente,
como la lumbre deifica en la estrella.

¿Quién duda que, advirtiendo, allá en la mente
las mercedes que Dios hecho le había
porque le fuese grato y obediente,

no entonase la voz con melodía,
y cantase a su Dios muchas canciones
y que Eva alguna vez la ayudaría?;

y viviendo después entre terrones,
comiendo con sudor por el pecado,
y sujeto a la muerte y sus pasiones;

estando con la reja y el arado,
¿qué elegías compondría de tristeza,
por verse de la gloria desterrado?

Entro luego en el mundo la rudeza
con la culpa; hincharon las maldades
al hombre de ignorancia y de bruteza;

dividiéronse en dos parcialidades
las gentes; siguió a Dios la más pequeña,
y la mayor a sus iniquidades.

La que siguió de Dios el bando y seña,
toda ciencia heredó, porque la ciencia
fundada en Dios al mismo Dios enseña.

Tuvo también y en suma reverencia
al don de la Poesía, conociendo
su grande dignidad y su excelencia.

Y así el dichoso pueblo, en recibiendo
de Dios algunos bienes y favores,
le daba gracias, cantos componiendo.

Moisés, queriendo dar sumos loores,
y la gente hebrea, a Dios eterno,
por ser de los egipcios vencedores,

el cántico hicieron dulce y tierno
(que el Exodo celebra) relatando
cómo el rey Faraón bajó al infierno.

Pues ya cuando Jahel privó del mando
y de la vida a Sísara animoso,
a Dios rogando y con el mazo dando.

¡Qué poema tan grave y sonoroso
Barac el fuerte y Débora cantaron,
por ver su pueblo libre y victorioso!

La muerte de Goliat celebraron
las matronas con versos de alegría,
cuando a Saúl con ellos indignaron.

El rey David sus salmos componía,
y en ellos del gran Dios profetizaba;
¡de tanta majestad es la poesía!

El mismo los hacía y los cantaba:
y más que con retóricos extremos
a componer a todos incitaba.

¿Nuevo cantar a nuestro Dios cantemos
(decía) y con templados instrumentos
su nombre bendigamos y alabemos.

¿Cantadle con dulcísimos acentos,
sus maravillas publicando al mundo,
y en él depositad los pensamientos?.

También Judit, después que al tremebundo
Holofernes cortó la vil garganta,
Y morador lo hizo del profundo,

Al cielo empíreo aquella voz levanta,
Y dando a Dios loor por la victoria,
Heroicos y sagrados versos canta.

Y aquellos que gozaron de la gloria
En Babilonia estando en medio el fuego
Menospreciando vida transitoria,

Las voces entonaron con sosiego,
Y con metros al Dios de las alturas
Hicieron fiesta, regocijo y juego.

Job sus calamidades y amarguras
Escribió en verso heroico y elegante;
Que a veces un dolor brota dulzuras.

A Jeremías dejo, aunque más cante
Sus trenos numerosos, que ha llegado
Al Nuevo Testamento mi discante.

La Madre del Señor de lo criado,
¿no compuso aquel canto que enternece
al corazón más duro y obstinado?

¿A su señor mi ánima engrandece,
y el espíritu mío de alegría
se regocija en Dios y le obedece?.

¡Oh dulce Virgen, ínclita María!
no es pequeño argumento y gloria poca
esto para estimar a la Poesía:

Que basta haber andado en vuestra boca
para darle valor, y a todo cuanto
con su pincel dibuja, ilustra y toca.

¿Y qué diré del soberano canto
de aquel a quien, dudando allá en el templo,
quitó la habla el Paraninfo santo?

a ti también, ¡oh Simeón!, contemplo,
que abrazado a Jesús con brazos píos,
de justo y de poeta fuiste ejemplo.

El Hossana cantaron los judíos
a aquel a cuyos miembros con la lanza
después dejaron de calor vacíos,

mas ¿para qué mi musa se abalanza
queriendo comprobar cuánto a Dios cuadre
que en metro se le dé siempre alabanza?

Pues vemos que la Iglesia nuestra madre
con salmos, himnos, versos y canciones
pide mercedes al Eterno Padre.

De aquí los sapientísimos varones
hicieron versos griegos y latinos
de Cristo, de sus obras y sermones.

Mas ¿cómo una mujer los peregrinos
metros del gran Paulino y del hispano
Juvenco alabará siendo divinos?

De los modernos callo a Mantuano,
a Fiera, a Sannazaro, y dejo a Vida,
y al honor de Sevilla, Arias Montano.

De la parcialidad que desasida
quedó de Dios, negando su obediencia
es bien tratar, pues ella nos convida.

Esta, pues, se apartó de la presencia
se Dios, y así quedó necia, ignorante,
bárbara, ciega, ruda y sin prudencia.



II

Seguía su soberbia el arrogante,
amaba la crueldad el sanguinoso,
y el avariento el oro rutilante.

Era Dios la lujuria del vicioso,
adoraba el ladrón en la rapiña,
y al honor daba incienso el ambicioso.

No habría deidad ni ley divina,
si no era el propio gusto y apetito,
por carecer de ciencias y doctrina.

Mas el eterno Dios incircunscrito,
por las causas que al hombre son secretas,
fue reparando abuso tan maldito.

Dio al mundo (indigno de esto) los poetas
a los cuales filósofos llamaron,
sus vidas estimando por perfectas.

Estos fueron aquellos que enseñaron
las cosas celestiales, y la alteza
de Dios por las criaturas rastrearon:

Éstos mostraron de naturaleza
los secretos; juntaron a las gentes
en pueblos, y fundaron la nobleza.

Las virtudes morales excelentes
pusieron en precepto; y el lenguaje
limaron con sus metros eminentes.

La brutal vida, aquel vivir salvaje
domesticaron, siendo el fundamento
de policía en el contrato y traje.

De esto tuvo principio y argumento
decir que Orfeo con su voz mudaba
los árboles y peñas de su asiento;

mostrando que los versos que cantaba,
fuerza tenían de mover los pechos
más fieros que las fieras que amansaba.

Conoció el mundo en breve los provechos
de este arte celestial de la Poesía,
viendo los vicios con su luz deshechos,

Creció su honor, y la virtud crecía
en ellos, así el nombre de poeta
casi con el de Jove competía.

Porque este ilustre nombre se interpreta
hacedor, por hacer con artificio
nuestra imperfecta vida más perfecta;

Y así el que fuere dado a todo vicio
Poeta no será, pues su instinto
es deleitar, y doctrinar su oficio.

¿Qué puede doctrinar un disoluto?
¿Qué pueden deleitar torpes razones?
pues solo esta el deleite do está el fruto.

Tratemos, Musa, de las opiniones
que del poema angélico tuvieron
las griegas y romúlidas naciones.

Las cuales como sabias entendieron
ser arte de los cielos descendida,
y así a su Apolo dios la atribuyeron.

Fue en aquel siglo en gran honor tenida,
y como don divino venerada,
y de muy poca gente merecida.

Fue en montes consagrados colocada,
en Helicón, en Pimpla y en Parnaso,
donde a las Musas dieron la morada.

Fingieron que si al hombre con su vaso
no infundían el metro, era imposible
en la poesía dar un solo paso.

Porque aunque sea verdad que nos es factible
alcanzarse por arte lo que es vena,
la vena sin el arte es irrisible.

Oíd a Cicerón cómo resuena
con elocuente trompa en alabanza
de la gran dignidad de la Camena.

El buen poeta (dice Tulio) alcanza
espíritu divino, y lo que asombra
es darle con los dioses semejanza.

Dice que el nombre de poeta es sombra,
y tipo de deidad santa y secreta;
y que Ennio a los poetas santos nombra.

Aristóteles diga qué es poeta:
Plinio, Estrabón, y díganoslo Roma,
pues da al poeta nombre de profeta.

Corona de laurel, como al que doma
bárbaras gentes, Roma concedía
a los que en verso honraban su idioma,

dábala al vencedor porque vencía
y dábala al poeta artificioso
porque a vencer, cantando, persuadía.

¡Oh tiempo veces mil y mil dichoso
-digo dichoso en esto-, pues que fuiste
en el arte de Apolo tan famoso!

¡Cuán bien sus excelencias conociste,
con cuánto acatamiento la estimaste,
en qué punto y quilate la pusiste!

A los doctos poetas sublimaste,
y a los que fueron más inferiores
en el olvido eterno sepultaste,

de monarcas, de reyes, de señores,
sujetaste los cetros y coronas
el arte, la mayor de las mayores.

Y siendo aquesto así, ¿por qué abandonas
ahora a la que entonces diste el lauro,
y levantaste allá sobre las zonas?

Del Nilo al Betis, del Polaco al Mauro
hiciste le pagasen el tributo
y la encumbraste sobre Ariete y Tauro.

A Julio César vimos (por quien luto
se puso Venus, siendo muerto a manos
del Bruto en nombre, y en los hechos bruto.

En cuánta estima tuvo el soberano
metrificar, pues de la negra llama
libró a Marón, el Docto Mantuano.

Y en honor de Calíope su dama
escribió el mismo la sentencia en verso,
por quien vive la Eneida y tiene fama.

Y el Macedonio que del universo
ganó tan grande parte, sin que agüero
le fuese en algo a su opinión adverso;

no contento con verse en sumo imperio,
del hijo de Peleo la memoria
envidió, suspirando por Homero.

No tuvo envidia del valor y gloria
del griego Aquiles, mas de que alcanzase
un tal poeta y una tal historia;

Considerando que aunque sujetase
un mundo y mundos, era todo nada,
sin un Homero que lo celebrase.

La Ilíada, su dulce enamorada,
en paz, en guerra, entre el calor o el frío
le servía de espejo y de almohada.

Presentáronle un cofre en que Darío
guardaba sus ungüentos, tan precioso
cuanto explicar no puede el verso mío.

Viendo Alejandro un cofre tan costoso,
lo acepto, y dijo: ?Aquéste solo es bueno
para guardar a Homero el sentencioso.?

Poniendo a Tebas con sus armas freno,
a la casa de Píndaro y parientes
reservó del rigor de que iba lleno.

Siete ciudades nobles, florecientes,
tuvieron por el ciego competencia;
que un buen poeta es gloria de mil gentes.

Apolo en Delfos pronunció sentencia
de muerte contra aquéllos que la dieron
a Arquíloco, un poeta de excelencia.

A Sófocles sepulcro honroso abrieron
los de Lacedemonia, por mandado
expreso que del Bromio dios tuvieron.

Mas ¿para qué en ejemplos me he cansado
por mostrar el honor que a los poetas
los dioses y las gentes les han dado,

si en las grutas del Báratro secretas
los demonios hicieron cortesía
a Orfeo por su arpa y chanzonetas?

No quiero explique así la Musa mía
los Latinos, que alcanzan nombre eterno
por este excelso don de la Poesía;

los cuales con su canto dulce y tierno
a sí y a los que en metro celebraron
libraron de las aguas del Averno.

Sus nombres con su pluma eternizaron,
y de la noche del eterno olvido
mediante sus vigilias se escaparon.

Conocido es Virgilio, que a su Dido
rindió al amor con falso disimulo,
y el tálamo afeó de su marido.

Pomponio, Horacio, Itálico, Catulo,
Marcial, Valerio, Séneca, Avïeno,
Lucrecio, Juvenal, Persio, Tibulo,

y tú, ¡oh Ovidio!, de sentencias lleno,
que aborreciste el foro y la oratoria
por seguir de las nueve el coro ameno.

Y olvido al español que, en dulce historia,
el farsálico encuentro nos dio escrito
por dar a España con su verso gloria.

Pero ¿do voy, a do me precipito?
¿Quiero contar del cielo las estrellas?
quédese, que es contar un infinito.

Mas será bien, pues soy mujer, que de ellas
diga mi Musa si el benigno cielo
quiso con tanto bien engrandecedlas.

Soy parte, y como parte me recelo
no me ciegue afición; mas diré solo
que a muchas dio su lumbre el dios de Delo.

Léase Policiano, que de Apolo
fue un vivo rayo, el cual de muchas canta,
divulgando su honor de polo a polo.

Entre muchas, ¡oh Safo!, te levanta
el cielo, por tu metro y por tu lira,
y también de Damófila discanta.

Y de ti, Pola, con razón se admira,
pues limaste a Lucano aquella historia,
que a ser eterna por tu causa aspira.

Dejemos las antiguas: ¿con qué gloria
de una Proba Valeria, que es romana,
hará mi lengua rústica memoria?

Aquesta, de la Eneida mantuana
trastocando los veros hizo en verso
de Cristo vida y muerte soberana.

De las Sibilas sabe el universo
las muchas profecías que escribieron
en metro numeroso, grave y terso.

Estas, del celestial consejo fueron
partícipes, y en sacro y dulce canto
las Fébadas oráculos dijeron.

Sus vaticinios la Tiresia Manto
de divino furor arrebatada,
en versos los cantó, poniendo espanto.

Pues ¿qué diré de Italia que adornada
hoy día se nos muestra con matronas
que en esto exceden a la edad pasada?

Tú, ¡oh Fama!, en muchos libros las pregonas
sus rimas cantas, su esplendor demuestras,
y así de lauro eterno las coronas.

También Apolo se infundió en las nuestras,
y aún yo conozco en el Perú tres damas
que han dado en la poesía heroica muestra.

Las cuales…; mas callemos, que sus famas
no las fundan en verso; a tus varones,
¡oh España!, vuelvo, pues allá me llamas.

También se sirve Apolo de leones,
pues han mil españoles florecido
en épicas, en cómico y canciones.

Y muchos han llegado, y excedido
a los griegos, latinos y toscanos,
y a los que entre ellos han resplandecido.

Que como dio el dios Marte con sus manos
al español su espada, porque él solo
fuese espanto y horror de los paganos;

así también el soberano Apolo
le dio su pluma, para que volara
De el eje antiguo a nuestro nuevo polo.

¡Quién fuera tan dichosa que alcanzara
tan elegantes versos, que con ellos
los poetas de España sublimara!

Aunque loarlos yo fuera ofenderlos,
fuera por darles lustre, honor y pompa
oscurecerme a mí y oscurecerlos.

La Fama con su eterna y clara trompa
tiene el cuidado de llevar sus nombres
a do el rigor del tiempo no los rompa;

Y ellos también con plumas mas que de hombres,
a pesar del olvido, cada día
eternizan sus obras y renombres.

¡Oh España venerable, oh madre pía,
dichosa puedes con razón llamarte,
pues ves por ti en su punto la Poesía!

En ti vemos de Febo el estandarte;
tú eres el sacro templo de Minerva,
y el trono y silla del horrendo Marte.

Gloríate de hoy más, pues la proterva
envidia se te rinde y da blasones,
sin que los borre la fortuna acerba.



III

Y vosotras, antárticas regiones,
también podéis teneros por dichosas,
pues alcanzáis voto, como en otras cosas.

¿Dónde vas, Musa? ¿No hemos presupuesto
de rematar aquí nuestro discurso,
que de prolijo y tosco es ya molesto?

¿Por qué dilatas el difícil curso?
¿Por qué arrojas al mar mi navecilla,
mar que ni tiene puerto ni recurso?

¿A una mujer que teme en ver la orilla
de un arroyuelo de cristales bellos,
quieres que rompa al mar con su barquilla?

¿Cómo es posible yo celebre a aquellos
que asido tienen con la diestra mano
al rubio intonso dios de los cabellos?

Pues nombrarlos a todos es en vano,
por ser los del Perú tantos, que exceden
a las flores que Tempe da en verano.

Más, Musa, di de alguno, ya que pueden
contigo tanto, y alza más la primas,
que ellos su plectro y mano te conceden.

Testigo me será sagrada Lima,
que el doctor Figueroa es laureado
por su grandiosa y elevada rima.

Tú, de ovas y espadañas coronado,
sobre la urna transparente oíste
su grave canto, y fue de ti aprobado.

Y un tiempo fue que en tu Academia viste
al gran Duarte, al gran Fernández digo,
por cuya ausencia te has mostrado triste.

Fue al cerro donde el Austro es buen testigo
que vale más su vena, que las venas
de plata que allí puso el cielo amigo.

Betis se ufana que éste en sus arenas
gozó el primer aliento, y quiere parte
el Luso de su ingenio y sus Camenas.

Quisiera, ¡oh Montesdoca!, celebrarte;
mas estás retirado allá en tu cama,
cuando siendo a Febo, cuando a Marte.

Pero como tu nombre se derrama
por ambos polos, has dejado el cargo
de eternizar tus versos a la fama.

Del Tajo ameno por camino largo,
un rico pescador las aguas de oro
trocó por Tetis y su remo amargo.

Mas no pudo al Perú tanto tesoro
ganar, sino ganando a ti, ¡oh Sedeño!,
regalo del Parnaso y de su coro.

Ya el mundo espera que del grave ceño
de Glauca el pescador tuyo le cante;
mostrando el artificio de su dueño.

Con reverencia nombra mi discante
al licenciado Pedro de Oña; España,
pues lo conoce, templos le levante.

Espíritu gentil, doma la saña
de Arauco (pues con hierro no es posible)
con la dulzura de tu verso extraña.

La Volcánea, horrífica, terrible,
y el militar elogio, y la famosa
miscelánea, que al Inca es apacible;

la entrada de los Mojos milagrosa
la comedia del Cuzco y Vasquirana,
tanto verso elegante y tanta prosa,

nombre te dan y gloria soberana,
Miguel Cabello y ésta redundando
por Hesperie Archidona queda ufana.

A ti, Juan de Salcedo Villandrando,
el mismo Apolo délfico se rinda,
a tu nombre su lira dedicando;

pues nunca sale por la cumbre Pinda
con tanto resplandor cuanto demuestras
cantando en alabanza de Clarinda,

Ojeda y Gálvez, si las plumas vuestras
no estuvieran a Cristo dedicadas
ya de Castalia hubieran dado muestras.

Tal vez os las ponéis y a las sagradas
regiones os llegáis tanto, que entiendo
que de algún ángel las tenéis prestadas.

El uno está a Trujillo enriqueciendo,
a Lima el otro, y ambos a Sevilla
la estáis con vuestra musa ennobleciendo.

Déme su ingenio Juan de la Portilla,
para que enlace su fecunda vena,
que temo con mi voz disminuidla.

La antártica región que al orbe atruena,
con Potosí celebrará su nombre,
nombre que el cielo eternizarlo ordena.

Gaspar Villarroel, digo aquel nombre
que a pesar de las aguas del Leteo,
con verso altivo ilustra su renombre;

aquel que en la dulzura es u Orfeo,
y un griego Melesígenes en ciencia,
y en majestad y alteza un dios Timbreo.

Este, por ser quien es, me da licencia
que abrevie aquí las alabanzas suyas;
que es símbolo el callar de reverencia.

Mas aunque tú la vanagloria huyas
(que por la dar mujer será bien vana),
callar no quiero, ¡oh Avalos!, las tuyas;

y cuando calle yo, sabe la Indiana
América muy bien cómo es con Diego
honor de la poesía castellana.

Con gran recelo a tu esplendor me llego,
Luis Pérez Angel, norma de discretos,
porque soy mariposa y temo el fuego.

Fabrican tus romances y sonetos
(como los de Anfión un tiempo a Tebas)
muros a Africa a fuerza de conceptos.

Y tú, Antonio Falcón, bien es te atrevas
la Antártica Academia, como Atlante,
fundar en ti, pues sobre ti la llevas.

Ya el culto Tasso, ya el oscuro Dante,
tienen imitador en ti, y tan diestro,
que yendo tras su luz, le vas delante,

tú, Diego de Aguilar, eres maestro
en la escuela Cirrea graduado,
por ser tu metro honor del siglo nuestro.

El renombre de Córdoba, ilustrado
quedará con tu lira; justa paga
de el amor que a las Musas has mostrado.

No porque al fin, Cristóbal de Arriaga,
te ponga de este elogio, eres postrero;
ni es justo que tu gloria se deshaga;

que en Pimpla se te da el lugar primero,
como al primero que con fuerza de arte
corres al parangón do llegó Homero.

De industria quise el último dejarte,
Don Pedro ilustre, como a quien Apolo
(por ser tú Carvajal) dio su estandarte.

Ni da el Perú, ni nunca dio Pactolo
con sus minas y arenas tal riqueza
como tú con tu pluma a nuestro polo.

Elpis Heroida, présteme la alteza
de tu espíritu insigne, porque cante
de otros muchos poetas la grandeza:

mas, pues humano ingenio no es bastante,
saquemos de lo dicho este argumento,
si es buena la Poesía: es importante

Ser buena por su santo nacimiento
y porque es don de Dios, y Dios la estima:
queda arriba probado nuestro intento.

Ser importante pruébolo: la prima
siento que se destempla, y voy cansada,
mas la razón a proseguir me anima.

Será una cosa tanto más preciada
y de más importancia, cuanto fuere
más provechosa y más aprovechada.

Es de importancia el Sol, porque aunque hiere
con su rayos alumbra y nos da vida,
creando lo que vive y lo que muere.

La tierra es de importancia porque anida
al hombre, y así él como a los brutos
les da, cual justa madre, la comida.

Todos los vegetales por sus frutos
son de importancia, y sonlo el mar y el viento
porque nos rinden fértiles tributos.

No solo es de importancia un elemento,
mas una hormiga, pues su providencia
al hombre ha de servir de documento.

Cada arte importa, importa cada ciencia,
porque de cada cual viene un provecho,
que es el fin a que mira su existencia.

Pues si una utilidad hace de hecho
ser cada cosa de por sí importante,
¿qué importará quien muchas nos ha hecho?

Es la poesía un piélago abundante
de provechos al hombre; y su importancia
no es sola para un tiempo ni un instante.

Es de provecho en nuestra tierna infancia,
porque quita y arranca de cimiento,
mediante sus estudios, la ignorancia.

En la virilidad es ornamento,
y a fuerza de vigilias y sudores
pare sus hijos nuestro entendimiento.

En la vejez alivia los dolores,
entretiene la noche mal dormida,
o componiendo o revolviendo autores.

Da en lo poblado gusto sin medida,
en el campo acompaña y da consuelo,
y en el camino a meditar convida.

De ver un prado, un bosque, un arroyuelo,
de oír un pajarito, da motivo
para que el alma se levante al cielo.

Anda siempre el poeta entretenido
con su Dios, con la Virgen, con los Santos,
o ya se baja al centro denegrido.

De aquí proceden los heroicos cantos,
las sentencias y ejemplos virtuosos,
que han corregido y convertido a tantos.

Y si hay poetas torpes y viciosos,
el don de la Poesía es casto y bueno,
y ellos los malos, sucios y asquerosos.

El lirio, el alhelí del prado ameno
son saludables; llega la serpiente,
y hace de ellos tósigo y veneno.

Por esto el ignorante y maldiciente,
tanta seguida viendo, y zarabanda,
infame introducción de infame gente.

La lengua desenfrena y se desmanda
a condenar a fuego a la Poesía,
como si fuese herética o nefanda.

Necio: ¿también será la teología
mal, porque Lutero el miserable
quiso fundar en ella su heregía?

Acusa a la Escritura venerable,
porque la tuerce el mísero Calvino
para probar su intento abominable.

Quita los templos adonde el Rey divino
le ofrecen sacrificios, porque en ellos
comete un desalmado un desatino.

Del oro y plata, dos metales bellos,
condena el Hacedor excelso y sabio,
pues tantos males causa el pretendellos.

Contra todas las cosas mueve el labio,
pues todas, si de todas hay mal uso,
hacen a Dios ofensa, al hombre agravio.

Si dices que te ofende y trae confuso
ver en la Iglesia llenos los poetas
de dioses que el gentil en aras puso,

Las causas son muy varias y secretas,
y todas aprobadas por católicas,
y así en las condenar no te entremetas.

Las unas son palabras metafóricas,
y aunque mujer indocta me contemplo,
sé que también hay otras alegóricas.

No es esto para ti: por un ejemplo
me entenderá. Ya has visto en cualquier fiesta
colgado con primor un santo templo;

allí habrás visto por nivel dispuesta,
rica tapicería y tela de oro
por más grandeza a trechos interpuesta;

habrás visto doseles, y un tesoro
grande de joyas y otros mil ornatos,
con traza insigne y con igual decoro;

habrás visto poner muchos retratos,
y aun es el aderezo más vistoso
en semejantes pompas y aparatos;

cuál sería de Alcides el famoso,
otro de Marte y de la cipria diosa,
y cual del niño ciego riguroso;

la prosapia de Césares famosa
y el turco Solimán allí estaría,
y la bizarra turca dicha Rosa.

Pues ¿cómo en templo santo, en santo día,
y entre gente cristiana de almas puras,
y donde está la sacra Eucaristía,

Se permiten retratos y figuras
de los dioses profanos y de aquellos
que están ardiendo en cárceles oscuras?

Permítense poner, y es bien ponedlos
como trofeos de la Iglesia, y ella
con esto muestra que se sirve de ellos.

Así esta dama ilustre cuanto bella
de la Poesía, cuando se compone
en honra de su Dios que pudo hacedla,

con su divino espíritu dispone
de los dioses antiguos, de tal suerte,
que a Cristo sirven y a sus pies los pone.

Más razones pudiera aquí traerte,
¡oh ignorante!, mas siéntete turbado,
que es fuerte la verdad como la muerte.

¡Oh poético espíritu enviado
del cielo empíreo a nuestra indigna tierra,
gratuitamente a nuestro ingenio dado,

tú eres, tú, el que hace dura guerra
al vicio y al regalo dibujando
el horror y el peligro que en sí encierra.

Tú estás a las virtudes encumbrado
y enseñas con dulcísimas razones
lo que se gana la virtud ganando.

Tú alivias nuestras penas y pasiones,
y das consuelo al ánimo afligido
con tus sabrosos metros y canciones.

Tú eres el puerto al mar embravecido
de penas, donde olvida sus tristezas
cualquiera que a tu abrigo se ha acogido.

Tú celebras los hechos, las proezas
de aquellos que por armas y ventura
alcanzaron honores y riquezas.

Tú dibujas la rara hermosura
de las damas, en rimas y sonetos,
y el bien del casto amor y su dulzura.

Tú explicas los intrínsecos conceptos
de la alma y los ingenios engrandeces,
y los acendras y haces más perfectos.

¿Quién te podrá loar como mereces?
¿Y cómo a proseguir seré bastante,
si con tu luz me asombras y enmudeces?

Y dime, ¡oh Musa!, ¿quién de aquí adelante,
de la Poesía viendo la excelencia,
no la amará con un amor constante?

¿Qué lengua habrá que tenga ya licencia
para blasfemar, sin que repare,
teniéndole respeto y reverencia?

¿Y cuál será el ingrato que alcanzare
merced tan alta, rara y exquisita,
que en libelos y en vicios la empleare?

¿Quién la olorosa flor hará marchita,
y a las bestias inmundas del pecado
arrojará la rica margarita?

Repara un poco, espíritu cansado,
que sin aliento vas, yo bien lo veo,
y está muy lejos de este mar el vado.

Y tú, Mexía, que eres del Febeo
bando el príncipe, acepta nuestra ofrenda,
de ingenio pobre y rica de deseo.

Y pues eres mi Delio, ten la rienda
al curso con que vuelas por la cumbre
de tu esfera, y mi voz y metro enmienda,
para que dignos queden de tu lumbre.








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