sábado, 12 de noviembre de 2016

ÁNGEL MARÍA DE PABLOS [19.531]


Ángel María de Pablos

Ángel María de Pablos (Valladolid, 24 de noviembre de 1942) es un periodista, poeta y escritor español, presidente de la Asociación de Amigos del Teatro de Valladolid. Fue presidente del Ateneo de Valladolid, institución cultural fundada en 1872 que tiene como objetivo recuperar el prestigio que hizo del ateneo vallisoletano una referencia fundamental para el estudio y la promoción de la cultura que se fomenta en la ciudad.

Hijo del también poeta y periodista Ángel de Pablos Chapado, desde pequeño estuvo muy ligado tanto al periodismo como a la poesía. Su padre comenzó a enseñarle, desde que tenía ocho años, las primeras nociones sobre poesía, cómo construir versos y hacer la métrica. A los 14 años comenzó su carrera periodística escribiendo artículos en el diario El Norte de Castilla, en donde su padre era el redactor-jefe. Posteriormente trabajó en el diario El Mundo donde fue jefe en el área de cultura y deportes.

En el área del periodismo De Pablos es conocido por su trabajo como comentarista de las retransmisiones ciclistas en Televisión Española. Al área deportiva, sobre todo el ciclismo, le dedicó más de diez años; su trabajo y dedicación fueron reconocidos por diferentes organizaciones que lo premiaron destacando su labor como cronista deportivo, así la Real Federación Española de Ciclismo le otorgó la insignia de oro y brillantes, y en 1988 el Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de Seúl le entregó un diploma de honor. Recibió el premio Manuel Ricol en 2011 por su larga trayectoria dentro del periodismo ciclista.

Su dedicación a la poesía ha sido constante a lo largo de su vida. Como gran tarea completó la Guía Lírica de la Semana Santa, obra iniciada por su padre. Autor de las obras poéticas Medina en el corazón y de Los niños del basurero, lleva más de 50 años escribiendo poesía. En junio de 2013 anunció que estaba trabajando en un nuevo proyecto, un romancero urbano:

«Estoy escribiendo un romancero urbano sobre historias de las calles que tienen historia en Valladolid, y unos cuentos vacceos para sacar a la luz a través de pequeñas historias las costumbres de nuestros primeros pobladores»

Obras

Bassano del Grappa y de los mártires
Epístola Apócrifa
Los niños del basurero y otros lamentos
A la rueda, rueda
Historia de la Vuelta Ciclista a España8
Historia de una carrera
Ciento diez años de ciclismo en Valladolid
La palabra boca abajo
La mirada reflejada: Encuentros con el paisaje vallisoletano
600 años de Procesiones Penitenciales en Medina del Campo. Ilustraciones de Miguel Ángel Soria. (2011)
Narraciones, guiones radiofónicos y teatro. Obra de teatro.

Premios

Premio “García Lorca” que concede la Casa de España en California
2009: VI Premio Lázaro Gumiel a la iniciativa cofrade
2011: Premio Manuel Ricol de Ciclismo
Premio del Véneto, en Italia, donde el Jurado destacó la belleza de su lenguaje poético
En 2013 obtuvo el VI Premio "Fermín Limorte" de poesía.




HOMENAJE A FRAY LUIS DE LEÓN. 
POEMAS DE ÁNGEL MARÍA DE PABLOS


Crear en Salamanca se complace publicar estos cuatro poemas inéditos, escritos por el poeta y periodista Ángel María de Pablos (Valladolid, 1942) y dedicados a Fray Luis de León en el 425 aniversario de su muerte en Madrigal de las Altas Torres. 

I.- EN LA UNIVERSIDAD

El Aula Magna hierve y se abarrota
cuando dicta clase Luis de León
que es fraile agustino, y muy cabezota,
de fuerte carácter, como el ciclón.

Fray Luis pone el alma en cada lección
y el sutil genio de gran humanista
desgrana su ciencia, sesión a sesión,
con la pulcritud del buen alquimista.

No existe en su verbo ninguna arista
y su palabra, que es la teología,
mientras detalla la regla tomista
es un ejemplo de pedagogía.

Habla, comenta, debate y porfía
de Dios como fuente y Dios como fin…
Enseña, cuenta y hace apología,

dice en castellano, escribe en latín,
que la Vulgata no es la verdad franca,
que la Biblia es otra y tiene otro fin…

La Universidad luce un aura blanca,
una aura apacible que, gota a gota,
derrama erudición por Salamanca.



II.- EN LA CELDA

En la celda, soledad y vacío…
En el corazón, tristeza y ciencia…
En el alma frío, tan solo frío
para llenar las noches de impaciencia…

Un viejo catre, la reminiscencia
de lo que fue, alguna vez, una cama…
Ni recado de escribir, por sentencia,
ni libro bajo la luz de una llama…

Pero, en silencio, la oración se inflama
cuando amanece con la aurora el día
y es el sol, que a raudales se derrama,
quien baña la prisión con alegría…

Y al morirse la tarde en romería
y asomarse la luz a su ventana
y trocar la tristeza en fantasía,

el silencio se vuelve filigrana
para que dicte Fray Luis su lección
a una audiencia de estrellas con sotana

en un aula alfombrada de algodón…
La teología es su desafío,
el Cantar de Cantares su oración…



III.- EN SU OBRA

Pocos los sabios que en el mundo han sido,
muchos los que ensalzan sangre y dinero,
muy pocos huyen del mundanal ruido,
muchos usan del verbo lisonjero…

Por ello Fray Luis, que es de estado austero
y pobre, con solo Dios se acompasa
y quiere convertirse en pregonero
de quien, a solas, su vida traspasa…

Por ello Fray Luis, que es hoguera y brasa,
producidor eterno de consuelo,
nos incendia en el fuego que le abrasa
buscando su morada allá en el Cielo…

Por ello, vuela libre sobre el suelo
y puede, con el trazo de su pluma,
contemplar la verdad pura, sin velo,

mostrarnos el camino entre la bruma
repartiendo su voz y su tesoro
del monte en la ladera que perfuma…

Da rienda suelta largamente al lloro
en luz resplandeciente convertido
Fray Luis, que es padre de los siglos de oro.



IV.- EN LA MUERTE

El sol de agosto quema la Moraña
y bajo el fuego se arde la campiña
dorando por igual trigo y cizaña,
engordando las uvas en la viña.

El sol de agosto otea y escudriña
las piedras del convento de agustinos
y, a través de las piedras, se encariña
con las rosas que adornan los caminos.

Se prenda de las aves y sus trinos,
se asoma por los cubos del castillo,
se baña en los estanques cristalinos,
derrite los adobes con su brillo.

La vida le entra por el ventanillo
a Fray Luis, que reposa sobre un lecho
vestido por el hilo más sencillo.

Su cuerpo, una piltrafa, ya maltrecho,
comprueba que la vida se le escapa,
comprueba que la muerte está al acecho

y piensa que ha cumplido ya su etapa.
Se muere en Madrigal la luz de España
y el sol pierde su cenit y su mapa.


*

EL DUELO DE SANTA FE

(De cómo la Reina fió en Medina y Medina respondió)

El sol enciende las nieves
y la nieve es un espejo…
Un espejo es el Genil,
húmedo de sangre y sueños…
Y el Dilar… Y la llanura
salpicada de reflejos
es un espejo de alinde
que agiganta los objetos…
Un espejo es la montaña
azotada por el viento…
La sierra de Parapanda,
la fortaleza… y el cielo,
azul turquesa y cobalto, 
limpio de nubes y versos,
es una hoja de talco,
un cristal de cuerpo entero
en que se mira la luna
y se miran los luceros…

En la ruta de Granada,
de Montefrío no lejos,
a la vera de Iznalloz
y de Órgiva al acecho, 
las piedras de la muralla
relucen como un espejo
contra quien choca el valor,
la bravura y el aliento
de las huestes castellanas,
de los cristianos guerreros.

Más de cien veces probaron
los sitiadores su empeño
y más de mil los hidalgos 
que en la porfía cayeron.
Cuanto más y más cerraban
sobre la torre su cerco,
más seguros respondían
los sitiados al asedio
y, si es que alguno caía,
diez ocupaban su puesto.

Una barda de saetas
lanzaban los saeteros,
pero ninguna encontraba
del enemigo su pecho…

Las catapultas hacían
de la batalla un infierno,
una desigual pelea,
una tortura, un tormento,
una lluvia de cantiles
que no lograba provecho
pues el muro se aguantaba,
sobre su firme, derecho…

Como una marea inquieta,
como un flujo sin remedio,
las católicas mesnadas
van y vienen al deseo
de una victoria imposible,
fuerzan un ataque intenso,
chocan contra las defensas
situadas en el quiebro
de la colina y el foso
y, tras el fallido encuentro,
recuperan posiciones
con el alma en desaliento…

Fiados de su firmeza, 
con osado atrevimiento,
hubo incluso quien lanzó
a los aires del desprecio,
con voz acerada, horrible,
las notas de un simpar reto.
Ibrahim ben Al-Muqaffa,
moro imponente y soberbio,
tan ancho como la vega,
tan alto como el Aneto,
de mirada torva y fría,
con ademanes sangrientos
y todas las venas portas
atravesándole el cuello,
al concluir la jornada
abandona el parapeto 
y, asiendo con una mano
el estandarte agareno, 
su cimitarra en la otra,
bien resplandeciente el yelmo,
en nombre de Alá clama
por un rival con arrestos
que arroje sobre sus hombros,
en un singular torneo,
la suerte de la campaña,
el honor de su ejército,
la conquista de Granada
y el final de aquel proceso…

"el que pierda se retira;
para el que gane, el empeño",
reza la proclama altiva,
dictan las reglas del duelo.

El rey don Fernando escucha
con semblante muy severo
la opinión que le transmiten
sus más fieles consejeros.
Algunos son tan prudentes
que rechazan cualquier riesgo
y otros, por el contrario,
hierven de ansiedad y fuego.

- Caídas Alhama y Padul
todo es cuestión de tiempo,
dicen los más mesurados,
los más parcos y serenos.

- Con Guadix en nuestras manos
y conquistada Loreto
y conseguida Viznar
no podemos estar quietos
ni detener nuestro avance…
¡Este es nuestro momento!,
presionan los impacientes,
los más nerviosos e inquietos.
El Rey duda, titubea
entre consejo y consejo
porque también tiene prisa,
mas no es de su prisa dueño…

- Es preciso tener fe…
Los frutos que ofrece el huerto
necesitan de prudencia,
han de regarse con tiento…
La reina doña Isabel,
entrecruzados los dedos,
una sonrisa en los labios,
en las manos un pañuelo,
el rubor en sus mejillas,
tocada de un suave velo
que la nace en catarata
confundido con el pelo,
es quien ha entrado en la tienda
oliendo a flor de romero.
Don Fernando se adelanta,
la recibe con un beso
mientras se humillan, de hinojos,
al verla sus caballeros.

- Es, Señora, la impaciencia
colosal desasosiego
que hace dudar a la fe
y recelar del esfuerzo…

- Pues no seáis impaciente…
Sed más paciente… y más terco…

No suele la reina santa
mezclarse en tales secretos
ni intervenir en las guerras
ni inmiscuirse en lo dispuesto
por el Rey y sus capitanes,
ni la agradan estos hechos.
Pero sabe la zozobra
que a todos tiene en suspenso
y, sobre todo, conoce
la llegada del invierno
y el daño que puede hacer,
con sus fríos y sus hielos,
en la moral de unas tropas
y en su ánimo maltrecho.

- Si la manzana madura
se niega a caer al suelo
¿no la cogéis de la rama
arrancándola sin miedo?...
Pues del árbol de esta guerra,
usando mano de hierro,
como manzana madura
y sin ningún titubeo
arrancad de vuestro paso
ese obstáculo concreto…

Y, si es preciso fiar
en la suerte de un torneo,
fiad en vuestra fortuna,
fiad en los caballeros
que os han demostrado siempre
su intrepidez y su genio.
Tened fe, señor esposo,
tened fe que, antes de enero,
el lábaro de la cruz,
el pendón de nuestros reinos
y la enseña de Castilla
ondearán, altaneros,
en la torre más airosa,
en el palacio más bello,
en el mástil más esquivo
de Granada… en su centro…

Aquella mujer menuda,
toda gracia y todo nervio,
contagia con su entusiasmo,
con su decisión y acento
a los curtidos soldados
que la escucharon crédulos
y, como una sola voz,
todos reclaman derecho
para enfrentarse a Almocafa,
moro imponente y violento
que lanzó su desafío
a los aires del desprecio.

Don Fernando, esposo y rey,
indaga en tono certero:
- Santa es la fe que os alienta
y santos son los conceptos
que nos habéis presentado
con tal aplomo y acierto…
O yo os conozco muy poco,
o me apuesto cuanto tengo
a que ya habéis decidido
el nombre del predilecto
para defender la estrella
que ha de brillar sin remedio
por los confines del mundo
en los siglos venideros…

Isabel, reina y mujer, 
lanza un suspiro coqueto,
muestra sus dientes de nácar
en un ademán risueño
y, reclamando el perdón
con un infantil puchero,
expone su decisión
que es, también, su privilegio.

- ¿Recordáis a Alonso Polo
que se defendió sin miedo
en la torre de Canillas
cuando le asaltaron cientos
de los más crueles omeyas?...

- Recuerdo bien el suceso.
¿Se trata del elegido
según vuestro buen criterio?

- Dignos que es de Medina
de campos al descubierto,
de campos rudos y agraces,
de hombres sufridos y recios…
Del hidalgo Juan de Ortega
¿os acordáis de su empeño
en el asalto de Alhama,
de su bravura y mérito
para cruzar la muralla
despreciando tanto riesgo,
abriendo brecha en el muro
y sembrando el desconcierto
hasta lograr la victoria?...

- Sí que lo evoco y recuerdo.
¿Será, acaso, el designado
para luchar en el duelo?...

- Digo que también Medina
fue cuna y fue su predio
y que en Medina del Campo
nacen hombres con arrestos,
listos a apagar de un soplo
el más brillante destello…
¿no es evoca la memoria
los nombres y los ejemplos
de don Diego de Mayorga,
adelantado de Huétor;
Esteban de Salmerón,
azote de Montenegro;
o de don Juan de Viana,
conquistador de El Cañuelo?...

- Decidme vuestro partido,
por el mismo Dios lo ruego…

- Hay un leal servidor
dedicado en alma y cuerpo
a vigilar mi persona,
destinado a mi custodia
y al que tenéis en barbecho
por haber dado la muerte
en lance tan violento
como noble, franco y bravo
al capitán de los tercios
reales, Juan de Navarro…
Es hombre sagaz, ligero,
testarudo y ambicioso;
durante el combate, fiero;
imbatible con la lanza
es con la espada el más diestro,
un diablo con el mazo,
con la ballesta, puntero…
En las fiestas de Medina
no hay más seguro lancero
ni más gallardo jinete
cuando recupera, al quiebro,
el toro que se retrasa,
el toro de los encierros…
Pertenece a la cuadrilla
que da diezmos en San Pedro
y, en los bosques de la Mota,
en Zofraga y Cervillego
tuvo a orgullo haber cazado,
sin galgos, sin aparejos,
en compañía del Rey
y en calidad de pechero…
Si acaso Su Majestad
Le ofreciera por decreto
el perdón de su pecado,
algunos pagos y un sexmo,
este paladín bizarro
nos sumaría otro Reino
batiendo al moro Almocafa,
tan alto como el Aneto,
tan ancho como la vega…
Tened fe en lo que Os ofrezco…

- ¿Cuál es su nombre?...

- Rui Vázquez.

- Hágase así… Yo lo ordeno.

Ibrahim ben Al-Muqaffa
fue derrotado en el duelo
y, ganada la alcazaba
en tan extraño suceso,
se la llamó Santa Fe
como santo fue el aliento
que determinó a la Reina…

Un hombre valió por ciento
y salvó cien vidas más
dejando el camino abierto
de Granada y sus jardines,
de la Alambra y su misterio…

Así fue como Medina, 
la de santos y conventos,
la del trabajo y las ferias,
la de los campos inmensos,
rindió con amor servicio
al amor del que fue objeto.

            Medina escribió la historia
            y la historia es un espejo…




ROMANCE DE LAS CARRERAS DE GALGOS
O DEL TERCER VIAJE

Alonso de Quintanilla,
a la grupa del caballo,
contempla con atención
cómo se entregan los galgos
en manos del soltador.
En uno, barcino y blanco.
Negro tormenta es el otro. 
Los dos animales, machos,
se sostienen la mirada
como si fuesen dos gallos
cuando forman la collera
según lo que está mandado:
el de número menor,
con distintivo encarnado,
se situará a la izquierda
y ocupará el otro lado
aquel de mayor número
con un pañuelo anudado
alrededor de su cuello
donde destaque el pálido
color del amanecer
sobresaliendo, a lo ancho,
nunca más de varios dedos.

Sujetos están entrambos,
sujetos a la traílla
y todo listo en el campo
para iniciar la carrera.
Con un tahalí bordado
del hombro hasta la cintura
y enjaezados con nardos
las crines de su montura,
el juez levanta su brazo
y alienta a la comitiva.
Por detrás, los comisarios,
jinetes y caballeros
con estribos plateados,
en perfecta formación,
guardan su turno esperando…

Espera también el sol,
de primaveras borracho,
jugando a inventar la luz
que oscurece cada árbol…

Espera el surco y el pino,
los trigos y el verde manto
en flor de las remolachas…
Esperan los pueblos pardos
y las torres de Medina…
Esperan los hijosdalgo
que se apiñan en el monte,
que se sientan en lo alto
del alcor y se resbalan
por su ladera hacia abajo
invadiendo el cazadero
y hasta el terreno vedado
que marcan con sus albardas
un batallón de soldados.

Alonso de Quintanilla,
a la grupa del caballo,
hace sonar los clarines
que dan salida a la mano…

Mandan aviso de sextas
las campanas de Santiago
y se suman, como un eco
de campana en campanario,
los repiques del Convento
de Carmelitas Descalzos…

La collera, inquieta y viva,
ensancha camino al paso.
Olfatea, busca y tira
ora deprisa y despacio,
ora nerviosa e inquieta,
sin concederse descanso…

En el Camino Real,
el que conduce al mercado
y viene de Madrigal
dominando todo el llano,
se ha detenido un carruaje.
Escondido tras el palio
de unas cortinas de seda
y tras ella relegado,
se adivina a un personaje
extranjero y carilargo,
bermejo, pecoso y triste,
taciturno, de ojos garzos,
pelo rubio y tez cuidada.
Está allí, junto al vedado,
pero más parece ausente 
en pensamientos turbado
y por sueños perseguido.

"Yo me parezco a esos galgos
acosando a un ideal,
luchando por alcanzarlo
sin reparar sacrificios,
creyendo que no es en vano
y, a veces, que es imposible"…

Sufre el desdén y el quebranto
de los torpes y los necios,
la envidia de los ingratos,
la codicia y la ambición,
los rumores cortesanos
que prenden hasta en la Reina
y que encuentran en Fernando
un valedor entusiasta.

"¡El camino de Cipango
y la ruta de Catay!...
¡Ay, si yo fuese pájaro
y volar, volar pudiera!...
¡Te diría, Soberano,
quién conoce la verdad!"…

Pidió a Isabel nuevos barcos
que la Reina le negó
al despedirse en el patio
tras concederla una audiencia
en sus salones privados
del Castillo de la Mota.
Las cartas de Juan de Aguado,
las lanzas de Díez de Pisa,
las dudas que fray Bernardo
de Boil, Pedro Margarit
y muchos otros sembraron,
pueden más que sus hazañas.

"Señora, son mis regalos
las islas de Guadalupe,
Marigalante y el lazo
de las Antillas, San Juan,
la Isabela y su poblado,
las costas de la Española
vergel de espuma y peñascos,
fuerte de Santo Tomás,
Dominica y tantos astros
de aquel firmamento inmenso,
tantos y tantos estados,
tantas y tantas estrellas
que añadir a su reinado"…

Isabel, mujer y reina,
titubea entre el rechazo
que le dicta la prudencia
y el perdón que de sus labios
quiere arrancar la confianza.
Se vuelve a su Secretario
y no le pregunta nada…
Enfrente tiene al prelado
Juan Rodríguez de Fonseca,
en Villena consiliario
y de Córdoba arzobispo,
tan prudente como sabio
para no ofrecer consejo
a quien no suele aceptarlos…
Isabel, reina y mujer,
no busca vocabulario
sino el tono que emplear
para hablar con su vasallo.

"Para qué recibir dones,
tierras que a contar no alcanzo,
frutos de vuestra pericia,
de vuestro genio pedazos,
si no sabéis gobernar
con buen tino y mejor tacto
aquello que os devolvemos
Nos por voluntad del cargo
y por mayor honra y gloria
de quien así ha otorgado…
Para qué daros prebendas
que convertís en agravios…

Vuelve de sus pensamientos
a las carreras de galgos
cuando ven liebre los perros.
Sorprendido en su encamado
busca el animal querencias,
porque se siente acosado,
siempre páramo hacia arriba,
nunca terreno hacia abajo.
Dominando la collera
de los dos encollarados,
el soltador corre listo
y lucha por engalgarlos
hasta que el juez da la orden
y puede, por fin, soltarlos…

Un huracán de jadeos,
un viento de soplo amargo
se derrama por el coto
y atraviesa los vedados.
Los galgos, tras de su presa,
apenas dejan un rastro
de aliento sobre el tamujo
con sus pezuñas de estaño…
La liebre se les escapa
por los surcos del sembrado,
juguetona y casquivana,
como un ideal soñado,
como una obsesión absurda…
Rápidos, como dos rayos,
ponen la liebre a su alcance,
recortan tanto el espacio
entre un pase por derecho
y una guiñada al regazo
que salpican con su baba
el cuello aleonado
de quien fuerza la carrera
como si viese al diablo…

Escapa otra vez la liebre,
La adelantan los dos galgos
por el círculo exterior…
En gesto desesperado,
zigzaguea la víctima
con el miedo por penacho,
entre colmillo y hocico
mientras ruge, emocionado,
el alcor y la ladera…

Tras de las sedas velado,
el almirante repite:
"yo me parezco a esos galgos
acosando a una ilusión"…

No puede darse el milagro.
Tienen tal velocidad,
de resistencia tal grado
que la huída al perdedero,
corre que vuela, cazando,
han impedido a la liebre.
El perro barcino y blanco
Presiona hacia su derecha
Y le pone a su contrario,
el negro, negro tormenta,
zahíno, cuatralbo y macho,
en bandeja de brillantes
el trofeo capturado…

Aplauden los ayudantes,
esperan los propietarios
entre apuestas y esperanza
el fallo de los jurados.
Los mozos llaman a gritos
a los dos desafiados,
caballeros sin traílla,
sin collar encollarados…

Las liebres de la dehesa
lloran su pena de mármol
y se esconden de la muerte
tras las cárcavas de barro…

En el Camino Real,
el que conduce al mercado
y viene de Madrigal
dominando todo el llano,
el personaje bermejo,
extranjero y carilargo,
de pronto ordena al cochero
con un gesto iluminado
que regrese atrás de nuevo,
que vuelva sobre sus pasos
otra vez hacia Medina
y no detenga su tranco
hasta encontrarse a la sombra
del castillo amurallado
donde le espera la Reina
con el perdón preparado.

"Cristóbal Colón no puede
ser menos que cualquier galgo"…

El sol de la atardecida
enciende en fuego los trapos
que muestran los caballeros.
Flamean verdes al viento,
junto a blancos y encarnados,
como pendones de paz
en el trinquete amarrados.

Para nadie es la victoria.
Nadie en el coto ha ganado
que tanto empujó el barcino
como el zahíno ha guiñado.
Alonso de Quintanilla,
que es el juez, ha sentenciado…

Castillos de carmesí
y leones maragatos
ondean meses después
de las cuatro naves, cuatro,
y de las dos carabelas
que surcan el Atlántico
a la busca de otro Oriente
por caminos ignorados…

Colores verdes al viento,
rojos, amarillos, blancos,
en el mástil de mesana
encienden al sol los paños
que descubren Trinidad,
el Orinoco y sus brazos
y un paraíso de miel
y un jardín de guacamayos…

Medina espera el regreso,
la Medina de los campos,
la de sus torres al cielo,
la de San José, Santiago
y el hospital Simón Ruiz…

La Medina de los arcos,
la Medina de las ferias,
la Medina del trabajo
se distrae, mientras espera, 
viendo correr a los galgos... 




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