lunes, 5 de diciembre de 2016

MICHAEL SYMMONS ROBERTS [19.689]


Michael Symmons Roberts 

(Preston, Lancashire, 1963) es un poeta británico y profesor de poesía en la Universidad Metropolitana de Manchester.

Publicó más de seis libros de poesía, todos con Cape (Random House), y obtuvo los siguientes premios: Foward Prize, Costa Book Award y Whitbread Prize of Poetry. Además, fue preseleccionado para el T. S. Eliot Prize, Griffin Prize y Ondaatje Prize. 



Symmons Roberts, Michael (2013) Drysalter. London: Cape Poetry. Traducción de ©Carlos Llaza, 2016



ABRID NUESTROS LABIOS

Porque hay una palabra que no debemos decir,
la oímos en todas partes.

El perro solo en el patio frío la canta.
Teléfonos sin contestar en casas bajo llave

están desesperados por proferirla, locutores
de intercambio de divisas la respiran

entre el yen y el dólar. Como otros tan
afligidos yo voy y vengo sobre las tablas

desnudas de mi cuarto y escucho la voz
en mi cabeza entonarla como letanía.

Parte de mí tiene la tentación de largarla
ya que nadie va a escucharme, además aliviaría

un peso de mi lengua, pero cuando abro
la ventana el mundo irrumpe presuroso:

luna-lujuria, humo-de-olmo, sirenas, todo.



AZOTADOS

Los enemigos: nos disgusta el corte
de sus trajes, de hecho, la tela misma
—lino grueso como lona, blanco,
pero rugoso como naranja—
con adornos de acero y cuero raspado.

Nos disgustan sus chistes,
oclusivas labiales, su café tan
dulce y caliente. Nos disgusta
lo que se hospeda en los hilos de sus botas,
y la lengua áspera de sus correas.

Los enemigos: nos disgusta el corte
de sus noches, la forma en que miran
con alcohol fuerte las montañas cinceladas,
en resistencia contra el cielo.
Mientras nuestros aliados duermen.



ANIMAL DE LUZ

Aquel instante, en el Hotel Splendide, cuando
jalaste el cordón para dejar que el ventanal
te ayude a buscar los aretes, abotonarte el vestido,
liberaste en el cuarto un animal de luz,
un filamento fino, tan veloz que no lo viste.

Un guiño a destiempo y yo también lo perdí.
Sé que vino a inspeccionar y revelarnos
lo que mantuvimos a oscuras, el puño herido
del corazón, el arte rupestre en sus paredes internas
registro de las bestias que nos hacen cazadores, presas.

Como una angula se deslizó bajo mi piel, desvalijó
los recovecos de mis pulmones. Tosí, pero no,
no me dejaba. A varios mundos de éste,
un perro espera en un salón frío, encuentra el único
recuadro soleado en los azulejos, y en él duerme.



OPEN THOU OUR LIPS

Because there is a word we must not say,
of course we hear it everywhere.

The dog left in a cold yard sings it.
Unanswered phones in locked houses

are desperate to utter it, newsreaders
with currency updates breathe it

between yen and dollar. Like many so
afflicted I pace the bare boards

of my room and listen to the voice
inside my skull intone it as a litany.

A bit of me is tempted to come out with it,
since none would hear and it would be

a weight off my tongue, but when I open
my window the world rushes in:

moon-lust, elm-smoke, sirens, everything.



SMITTEN

Our enemies: we do not like the cut
of their suits, in fact, their very fabric
—linen thick as sail-cloth, white,
but pock-marked as an orange—
accessorised with steel and scuffed leather.

We do not like their taste in jokes,
their labial plosives, their coffee too
sweet and too hot. We do not like
what is lodged in the threads of their boots,
nor the rough tongue of their belts.

Our enemies: we do not like the cut
of their nights, the way they look out
over strong drinks at the chiselled mountains,
holding their line against the sky.
And all while our friends are asleep.



ANIMAL OF LIGHT

That instant, in the Hotel Splendide, when you
pulled the cord to let the high window
help you find your earrings, button up your dress,
you loosed into our room an animal of light,
a filament so fine and quick you never saw it.

One blink, ill-timed, and I had lost it too.
I know it came to search us, and to show
us what we kept unlit, the bruised fist
of the heart, its inner walls a cave-art
record of the beasts that make us hunter, hunted.

Elver-slim it slid beneath my skin, rifled through
the pockets of my lungs. I coughed, but no,
it would not let me be. Worlds away from this,
a dog waits in a cold hall, finds the one bright
square of sun on tiles, and sleeps in it.












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