viernes, 16 de diciembre de 2016

FÉLIX JOSÉ REINOSO [19.750]


Félix José Reinoso, por José Gutiérrez de la Vega. 1839. (Universidad de Sevilla).



Félix José Reinoso

Félix José Reinoso (Sevilla, 20 de noviembre de 1772 - Madrid, 28 de abril de 1841), escritor español.

Estudió en Sevilla doce años de ciencias eclesiásticas. Fundó con sus condiscípulos Alberto Lista y José María Roldán la Academia de Letras Humanas de Sevilla y redactó sus estatutos. Fue cura de Santa Cruz desde 1801 a 1811; allí instituyó una Junta de Caridad cuyo reglamento fue enseñado como modelo a las demás parroquias por su amigo el oidor de Sevilla Joaquín María Sotelo y en el hambre que padeció Sevilla en 1812 organizó dos hospitales. Afrancesado, José Bonaparte le nombró prebendado de la Catedral de Sevilla. Emigró a Francia en 1814 y publicó en Auch el Examen de los delitos de infidelidad, 1816, la más importante de las defensas a favor de los afrancesados, y donde sostiene lo siguiente:

El nombre de los afrancesados no debe estar destinado para significar las acciones sino las opiniones manifestadas, o acaso presumidas. Y si yo no tengo equivocadas torpísimamente las ideas, no puede cometerse mayor injusticia, no puede darse un ataque más fuerte contra la libertad de un pueblo, que condenar como delitos semejantes opiniones.

En 1815 la Sociedad Económica de Sevilla le dio su cátedra de Humanidades, donde leyó su discurso Sobre la influencia de las bellas letras en la mejora del entendimiento y la rectificación de las pasiones, publicado por ella en 1816; para la misma compuso también un Curso filosófico de literatura.

Aunque en 1820 Riego le propone como diputado, no tardará en mostrar su espíritu antirrevolucionario y antidemocrático, que le valdrán el apodo de Obispo francés. Fue sin embargo uno de los secretarios de la Diputación provincial de Cádiz, entre 1820 y 1823. Publicó varios artículos bajo el seudónimo El político moruno en el Diario Mercantil y en La Constitución y las Leyes, ambos de Cádiz, así como varios folletos de carácter legal y administrativo. Fue el primer redactor de la Gaceta de Gobierno, 1827-1830 y también redactó la Gaceta de Bayona, 1830. Ejerció la abogacía y fue uno de los encargados de preparar la jura de Isabel II en 1833 como heredera del trono. Fue asimismo juez auditor, primer supernumerario, del tribunal eclesiástico de la Nunciatura en La Rota, 1833, e individuo de la Inspección General de Imprentas y Librerías, 1814-1838; nombrado poco antes de su muerte deán de la iglesia metropolitana de Valencia, fue enterrado en el Cementerio de San Isidro. Por disposición testamentaria su colección de cuadros de pintura y sus libros fueron repartidos a sus amigos.

Estuvo muy influenciado por el pensamiento de Edmund Burke, y como él pensaba que "la mejor Constitución para un pueblo es aquella a la que está acostumbrado", defendiendo así el consuetudinarismo. Dejó escritos varios trabajos de crítica y filosofía sensualista y Feliciano Delgado León ha descubierto un texto gramatical inédito suyo. En 1804 publicó el poema en dos cantos y doscientas octavas reales de inspiración miltoniana La inocencia perdida, redactado ya al menos en 1799. También destacan poéticamente su Epístola a Silvia, Las artes de la imaginación y la silva En elogio de los ilustres poetas sevillanos.

Obras

Examen de los delitos de infidelidad a la patria imputados a los españoles bajo la dominación francesa (Auch, 1816, Burdeos, 1817; Madrid, 1842).
La inocencia perdida (1804), poema de épica culta en octavas reales.
Discurso sobre la influencia de las bellas artes en la mejora del entendimiento y la rectificación de las pasiones, 1816.
Discurso sobre el estilo de la pintura sevillana.
Curso filosófico de una poética.
Discurso sobre las causas del atraso de la elocuencia en España.
Poesías, Sevilla: Ediciones Libanó, 1999.
Modelo de ordenanzas municipales
Plan del censo de la provincia de Sevilla




La inocencia perdida. Canto segundo 
(fragmento)

En medio del paraíso su guirnalda
sobre palma y ciprés frondoso extiende
árbol bello que en ramos de esmeralda
lucientes pomas de carmín suspende.
Árbol funesto a cuya umbrosa espalda
blandida al aire su guadaña tiende
la Parca hambrienta del fatal tributo
a que convida el engañoso fruto.

Eva lo mira y tiembla; ni se atreve
a adelantar la temerosa planta.
Alza los ojos paso, y ya la mueve
curiosidad de ver belleza tanta.
Late el pecho anheloso y lanza breve
el mal cogido aliento; ya adelanta
el pie... infelice, huye: muerte, muerte
el tronco infausto de sus ramos vierte.

Llega el árbol fatal... Profeta santo,
dame lágrimas, ¡ay!; tu lloro triste
me da y el verso do con flébil canto
el cautiverio de Sión gemiste.
¿Podrán cien lenguas el eterno llanto
decir del universo? Tú me asiste,
tú esfuerza mi sentir. Llorad, vivientes;
todos vais a morir, futuras gentes.

Llega debajo el árbol, cuando presta
enorme sierpe de la hojosa cima
súbito de desrolla y vibra enhiesta
la aguda lengua que Satán anima.
Plega en arcos la espalda, la alta crespa
sobre la inmensa mole se sublima;
Eva a su vista pavorida huyera
si temor la conciencia conociera.

Del monstruo el pecho llena, y rige astuto
el vil traidor. El escuadrón de males
cerca en torno al dragón con negro luto,
quien comienza inspirado en voces tales:
«Por qué un ciego precepto el dulce fruto
así os veda tocar? Sois racionales;
sabed la razón de él». Consejo aleve
que a examinar la ley y a hollarla mueve.

«¿Teméis morir? -prosigue-, no os 
asombre
una amenaza fútil. ¡Oh! bien sabe
por qué os aterra Dios; quiere que el hombre
bajo vil yugo a su opresor alabe.
Dioses seréis cual él; tan alto nombre,
tan gran saber e independencia cabe
a quien el fruto divinal percibe.
Sabed ya la razón que os lo prohíbe.

¿Do está la libertad? ¿el albedrío
dó está de que os gloriáis? Esclavos viles,
esclavos os llamad, o el señorío
cobrad que en vano os dieron. O serviles
vasallos sed, o dioses. Os lo fío:
podéis serlo; elegid». A las gentiles
ofertas Eva por el fruto arde
y por hacer de independencia alarde.




La mirada de Filis

Queriendo el niño alado
del valor de sus armas
hacer glorioso alarde,
a Filis dio su aljaba;

a Filis, por quien goza
el imperio en las almas;
a Filis, la que vence
en hermosura a Pafia.

Ufana el arco toma
la graciosa zagala;
prueba a tirar, mas pronto
lejos de sí lo aparta.

Que muy más que la flecha
que a dioses avasalla,
muy más hiere de Filis
una dulce mirada.




Oda a Manuel López Cepero
(fragmento de una oda a un amigo no concluida)

Quise cantar desde el primer momento,
caro Manuel, tu libertad ansiada,
y mi voz desmayada
no pudo hallar ni números, ni acento,
que en dudosa alegría
tímido el corazón la reprimía

¿No eras más libre en el retiro oculto
de la apacible soledad, do el alma
disfruta dulce calma,
que no del mundo en el feral tumulto
que agitan las pasiones,
forjando a la virtud duras prisiones?

Ni al dolo ni al poder allí vecino,
correr en paz tus bonacibles días
como el arroyo vías
a quien tu mano señaló el camino;
como exento a su grado
el olivo creció por ti plantado.

De tu pequeña creación gozabas,
señor de ti, cual del inmenso cielo
goza el ave en su vuelo;
aquí las turbas a su vez esclavas
al poderoso oprimen;
no hay libertad en la región del crimen.

Mas sólo aquí, do ciegos los mortales
el yugo aceptan de la fuerza insana,
la dicha sobrehumana
hallarse puede de aliviar los males.



Cántico al Ser Supremo contra 
los incrédulos 
(fragmento)

Dijo el necio: «No hay Dios». Osado un hombre
pretendió sojuzgar el orbe entero
a su arbitrario mando;
y el poder fingió artero
del numen vengador, en cuyo nombre
su imperio levantar. Cayó temblando
y dobló entonces la cerviz, al yugo
la muchedumbe ilusa. El hombre siente
cual el bruto viviente.
Quien a un tirano plugo,
no; natura es su Dios. ¿Dónde está, dónde
esa deidad que del mortal se esconde?

Tú, Señor Dios de Abrán, en cuya ira
saltan los montes de pavor, y en humo
ardiendo sube el suelo
del sacro templo sumo,
oye mi voz y al insolente mira
que osó mover la lengua contra el cielo.
Tú, Dios, tú hablas victorias. ¡Oh! delante
de tu faz va la muerte, tu vestido
de llamas guarnecido.
¿Quién a ti semejante
entre los fuerte es, Jehová guerrero?
Rayos tus ojos son, la voz de tu acero.

Tu gloria anuncia el firmamento alzado
en sus lumbres sin fin. Nace fulgente
el sol, y el universo
¡Dios! proclama en oriente,
¡Dios! el véspero suena; alza nevado
sobre las cimas el semblante terso
la luna y Dios repite; y Dios el coro
de estrellas en su giro ardiendo clama.
Vuela cual leve llama
el acento sonoro
por el orbe; mas ciego el descreído
tapió con ambas manos el oído.

Dijo: «No hay más allá de lo terreno,
mañana no seré. Venid, bebamos,
holguemos este día;
al justo persigamos
y al huérfano infeliz. Cual prado ameno
el opresor florece; en Dios confía,
y es humillado el simple». ¡Ay Dios!, que brama
el desleal. De su furor creciente
nos surmerge el torrente;
en nuestro plan derrama
la hiel, en nuestro pecho agudas penas,
sus manos de orfandad y sangre llenas.

¿Y prospera el infiel? Señor, mi planta
resbala y titubeo; yo ardo en celos
por la paz del malvado.
Cual águila en sus vuelos
así él crece en su dicha y se levanta,
y dije: «En vano al corazón manchado
y las manos lavé; de la mañana
a la tarde padezco. Mas te agravio,
Señor, con torpe labio,
porque la mente insana
el fin no ve del justo que en ti fíe;
y entonces, ¡ay del que de Dios se ríe!»



En loor de los ilustres poetas sevillanos
(fragmento)

De florida verbena y verde oliva
la cana sien ornada,
sus puras aguas con murmurio ondoso
vertía el padre Betis, y en tranquilo
y sesgo curso la ribera amada
fecundaba gozoso,
de púrpura pintando el suelo herboso
do la ciudad sagrada
del libio domador fue levantada.
El bullicioso coro
de ninfas ora en la caverna umbría
con giros mil en torno le rodea;
ore en la margen fría,
al aire sueltos los cabellos de oro,
el valle de alhelíes matizado
con mi danzas recrea.
El tímido ganado
allí zagalas llevan y pastores,
y de olorosas flores,
entrelazadas con el mirto bello,
esmaltan su cabello,
y en placer inocente
y en cantar apacible, no estudiado,
al campo dan y al viento sus amores.

Tal vez la ovosa frente
levanta el sacro río embebecido
y escucha el canto y el tañer suave,
y otra ventura no sabe.
Mas Febo esclarecido,
que a Híspalis alma destinad había
de cuantas vegas con tu lumbre dora
en el vandalio suelo,
do su divino plectro sonoroso
y celeste armonía
al ibero mostrase venturoso,
desde el sereno cielo
a Betis mira, y muy más alta gloria
en los futuros siglos le predice.

«Será un tiempo, -decía-
será un tiempo felice
en que alto vuelo tu memoria
eterna pasará de gente en gente;
y en el opuesto polo
tu nombre, del olvido victorioso,
sonará, y tu ribera floreciente
envidiará el Erídano y Pactolo.
Sí, ya los héroes veo
que dentro largos años por la suerte
destinados te son: cual de Eliodora
en tus amenos prados
el dulce nombre suena, en la canora
cítara repetido
del que su ardor a Píndaro, atrevido
ha de robar, y al soberano asiento
del claro Olimpo el verso numeroso
levantará esforzado, y a su acento
¡oh! salve veces mil, salve, glorioso
vate inmortal!, por ti el sagrado coro,
por ti el licor sabroso
que el alto Helicón riega, ya olvidado,
renovará del Betis en la margen
del Parnaso a la gloria.


Firmeza de la virtud 
(fragmento)

La virtud sola es fuerte. Denegrida
cubre su faz la esfera,
y con luz espantosa reverbera
en llamas encendida.

O estallando del monte la alta frente
con horrísono estruendo
se despedaza; pálida gimiendo
vaga la triste gente.

Sólo entonces seguro el virtuoso
no busca el vano asilo,
y opone fuerte el corazón tranquilo
al estrago horroroso.

Si retruena el cielo y de las aves huye
el temeroso bando,
y busca en vano el nido que bramando
el huracán destruye,
su vuelo entonces rápida levanta
el águila altanera,
y el rayo mira desde la alta esfera
cruzar bajo su planta.

Tiemble asustado en su feroz ventura
de Sicilia el tirano;
Sócrates mientras, con tranquila mano
el letal vaso apura.

¡Ah! sólo la virtud del tiempo fiero
triunfa y adversa suerte.
¿Qué puede en ella, inexorable muerte,
el golpe de tu acero?

Hiere..., del justo cumples la esperanza
rompiendo su atadura.
Ya vuela suelto a la inefable altura
do tu segur no alcanza.




A la Concepción de Nuestra Señora

Deja ya la mansión del suelo escuro
la Virgen Madre, y con ligero vuelo
hiende veloz la transparente esfera.
El manto desprendido al aire puro
en ondas vaga, y por el alto cielo
de rosicler bordada su carreram
cual Iris reverbera,
y en mil visos las nubes esclarece.
Su semblante ya pálido oscurece
el rojo Delio y orna su sagrada
planta Cintia postrada,
y el genio de los males se estremece.

Al alto llega y soberano asiento
do el hacedor del cielo en quicios de oro
los orbes mueve y a su acento rige.
No allí vano laurel digno ornamento
es a la sacra sien de quien el lloro
destierra, que al mortal mísero aflige;
mas augusta se elige
de estrellas mil corona refulgente,
que eterna ciña la dichosa frente.
Luego en dorada nube luminosa
la silla gloriosa
ocupa junto al rey omnipotente.

A su vista se humillan respetuosos
los espíritus sacros, que con tino
cercan, la faz cubierta, el trono santo,
y alegres cantan himnos sonorosos.
Y las sublimes almas, que el divino
reino esperaron en dichoso llanto,
el misterioso canto
repiten veces mil y el dulce acento
el alto Empíreo llena y el contento.
Y ¿quién, dicen, es ésta que a deshora
cual rutilante aurora
segura vuela hasta el supremo asiento?

Entonces el Padre Dios con voz inmensa
que escucha siempre el cielo prosternado:
«Ésta -dijo-, es mi Esposa sacrosanta,
libre por mí de la primera ofensa,
por quien funesta muerte al mundo ha entrado;
ésta mi Esposa diva, cuya planta
victoriosa quebranta
del hórrido dragón la frente dura,
y a la mezquina, esclava criatura
salva del yugo infame y triste llanto;
y cierra con espanto
del hondo lago la caverna escura.

El triste reino en lúgubre gemido
resuena en torno; tiembla el rey tirano,
y la corona pierde de vil hierro;
y el duro cetro en humo denegrido
el susto quita de su torpe mano.
Ya al hombre, salvo den antiguo yerro
el tan largo destierro
por esta Virgen sacra se levanta;
ya de la celestial morada santa
las cerradas un tiempo eternas puertas
se miran siempre abiertas,
y entra el mortal su venturosa planta.

Vendrá un tiempo felice que este arcano
manifieste a los hombres y que honore
el orbe tal pureza agradecido.
En cuanto al sol su lustre dure ufano
y el alto cerco con sus rayos dore,
holocausto en sus aras repetido,
a su gloria debido
gozoso ofrecerá. Ya el suelo hesperio
votos dirige también al inmortal misterio».
Así habló el rey del cielo poderoso,
y Febo luminoso
se para en el cenit del hemisferio.




El pastor soldado

La obscura vida del campo
a Dorilo desagrada,
y por fatigas más nobles
quiere trocar su cabaña.

El nombre vano de gloria
con grata ilusión le encanta,
ni juzga felices horas
las que no aplaudidas pasan.

«Sufre nieves el soldado
cuando por los Alpes marcha,
o ya en la arenosa Libia
de sudor la tierra baña».

Tal vez despierta asustado
al ronco son de las cajas,
tal vez en dulce sueño
le cubre la dura escarcha.

Mas sus afanes consuela
la lisonjera esperanza
de que ellos entre los hombres
memoria eterna le alcanzan.

Vierta en buen hora su sangre.
¿Y qué, sin con ella graba
libre de olvido su nombre
en el templo de la fama?».

Así diciendo Dorilo,
su quieto hogar desampara,
deja el pacífico arado
y empuña la alegre espada.

Mas, ¡ay triste!, que aún no ha visto
roja en sangre la campaña,
marchar descubierto el pecho
por entre enemigas lanzas.

Inocente zagalejo,
vuelve, vuelve a la majada,
donde ceñida de rosas
tu bella Filis te aguarda.

Vuélvete a gozar del prado
en que al despuntar el alba
cortabas las tiernas flores
de puro aljófar bañadas.

¡Ay! ¿piensas tú que es lo mismo
troncar la delgada vara
al clavel o a la azucena
que al contrario la garganta?

Vuelve, ¡ay! vuelve, simplecillo,
que la mano acostumbrada
a manejar el cayado
mal sabe regir la lanza.


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