viernes, 23 de diciembre de 2016

CÉSAR "ATAHUALPA" RODRÍGUEZ [19.774]


CÉSAR "ATAHUALPA" RODRÍGUEZ 

César A. Rodríguez Olcay (*Arequipa, 26 de agosto de 1889 - † Lima, 12 de marzo de 1972), fue un poeta peruano. Por su “lacia cabellera y su faz de nigromante andino”, Percy Gibson lo bautizó como César "Atahualpa".

Datos biográficos

Hijo de César Rodríguez y Mercedes Olcay, egresó del Colegio Nacional de la Independencia Americana (1906), se trasladó a Lima e inició estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero hubo de volver a su ciudad natal debido a dificultades económicas. Durante algunos años trabajó como amanuense en una escribanía; y luego entró al servicio de la Biblioteca Municipal, cuya dirección ejerció durante más de cuatro décadas (1916-1959).

En su natal Arequipa integró el Grupo Aquelarre, con aspiraciones netamente modernistas, conformada por una generación variopinta, pero con una misma inquietud de cambio: Percy Gibson, Federico Agüero Bueno, Miguel Ángel Urquieta, Belisario Calle, Renato Morales de Rivera, entre otros. Este grupo arequipeño tuvo cercanía con el grupo Colónida que fundara Abraham Valdelomar, quien los visitó en 1910 y 1919.

Editó La Anunciación (1916), en colaboración con Alberto Hidalgo; y participó en la publicación de El Aquelarre (1917), que difundió la voz de los escritores de su generación.

En su cargo de bibliotecario desplegó una tenaz labor de acopio y difusión cultural, alternándola con la satisfacción de su ansia de saber; y la Universidad Nacional de Arequipa le confió la cátedra de Historia de la Literatura (1930).

Cultivó la poesía, la narración y el ensayo, broquelando un estilo caracterizado por la profundidad y el casticismo. Falleció el 12 de marzo de 1972.

Obras

Su obra poética consta de:

La torre de las paradojas (1926)
Poemas (1940)
Sonatas en tono de silencio (1966)
Los últimos versos (1972).

Además, publicó una novela:

Dios no nos quiere (1973).

Y dejó inéditos varios volúmenes de poesías "filosóficas" y líricas, siete piezas dramáticas, cuentos y ensayos literarios e históricos.





A toda velocidad

El automovil pasa………
Fuga inquieta una liebre;
el Sol como una brasa,
dora como un orfebre.

Una iglesia, una plaza,
la campiña, el pesebre,
corren tras una casa………
La brisa está con fiebre.

Somos tres. Es Domingo.
Ya hemos pasado Tingo;
Lili: ¿quieres darme eso?

Mi gran amigo Z,
mira el campo: es poeta
i no ve nuestro beso.




MAYTA CÁPAC

El séquito del Inca -que era una hueste ufana
de triunfos- explorando la turba lejanía,
compacto y fragoroso como un mar refluía
en el ancho silencio de la muerte sabana.

Capitanes y honderos hercúleos, la macana
recostada en el hombro, con marcial bizarría
marchaban por delante. Mayta Cápac venía 
sañudo entre los pliegues de su manto de lana.

La legión que hace tiempo camina en campo raso
hasta de las tristezas del yermo, mengua el paso
y al cansancio monótono de la inacción ya cede.

Pero súbitamente urge un valle, y un grito
de júbilo saluda tal oasis. Contrito
pide un noble quedarse y el que todo lo puede.
"Arí-quepay" le dice, le dice que se quede.

(1919)






ORACIÓN

 Cristo 
 hace ya rato 
 que el mundo te ha visto; 
 y que el hombre, animal insensato, 
 queriendo materializarte, para mirarte 
 ha pintado su propio retrato. 

 Te puso cara compungida 
 y contusiones sanguinolentas 

 A ti que eres la vida, 
 te hizo vivir escenas cruentas 
 y te metió en las fauces del delito: 
 y como muere todo lo que existe 
 para que tú existieras, moriste 
 con el párpado marchito. 

 Así son todas las normas 
 de esta criatura falible. 
 El hombre, pensador de formas, 
 busca siempre de lo imposible lo posible. 

 Cuando se lanza en otras aventuras 
 y el infinito se niega a sus miradas, 
 con sus medidas rígidas y duras 
 todo lo mide por pulgadas. 

 Y Tú que no tienes porte, 
 ¡Dios inmenso! 
 ¿Con qué herramienta quieres que te corte 
 para que quepas donde pienso? 
 Estoy jadeante de fatiga 
 como el que acaba de hacer una hazaña. 

 ¿No me has sentido? Soy hormiga 
 que te subí, creyéndote montaña. 

 Y no eres, no, montaña ni acomodo, 
 ni campo de medir mostrenco. 

 Como la parte no conoce al todo, 
 te percibo en el aire azulenco, 
 en el hilo de luz mañanero 
 que me lleva como una vasija, 
 en el labio de mi hija, 
 en diciembre y enero. 

 Los que te buscan sólo a ratos 
 y creen conocerte, 
 son los mismos que le pidieron a Pilatos, 
 tu muerte. 

 Ellos te oran y te llaman 
 en el momento decisivo, 
 ellos por miedo te aman 
 yo, Cristo, te vivo. 




CANTO A AREQUIPA

En la quietud denegrida de una lenta madrugada,
el estanque de ojos verdes guiña su verde mirada...
Los prados entumecidos soñando están. Amanece,
y un jazminero que sueña desde su sueño florece.
Sopla el gallo entre las sombras su destemplada corneta
rajando el cristal del viento con estrepitosa grieta.
El campanario, a lo lejos, parece un fantasma blanco
arropado en la neblina que sube desde el barranco.
La carcajada de un pavo contesta al mugir de un toro,
y en la crencha de una loma clava el Sol su peine de oro.

Despierta la tierra púber con morosidades de hembra,
toda gloriosa de trinos, haciendo estallar la siembra.
La alfalfa de tonos glaucos descubre un mar que va lejos,
luciendo locos regatos de fugitivos espejos.
Partido en dos está el valle por inmenso escalofrío
que le produjo hace tiempo la puñalada del río...
El Chachani de anchas faldas y el Misti de belfos rotos
guardan cautelosamente los futuros terremotos.
Bajo la luz turbulenta de un estío paisajista,
el cielo curva fastuoso su cúpula de amatista...
No fue leyenda el pasado de este subsuelo volcánico:
su historia es como una bala llena de pólvora y pánico.
Aquí se hicieron cañones del metal de las campanas,
para encauzar los desbordes de lavas republicanas.
Aquí las turbas pasaron por las calles, vocingleras,
haciendo escombros las casas para parar las trincheras.

Aquí doctores serenos, con un lenguaje bizarro,
dictaron leyes sapientes y prepararon motines;
aquí nació el hombre de oro: don Javier Luna Pizarro;
aquí nacieron los Químper, los Pacheco y los Martínez...
Aquí nacieron los hombres de pensamiento y acción,
los que en la trágica lucha supieron vencer y amar;
aquí están los santos manes de García Calderón;
aquí está la Patria Libre que hizo un trovero: ¡Melgar!
Aquí los frailes humildes dieron ciencia y dieron luz,
ardiendo en cívicas ansias que les encendió las sienes;
por eso el Deán Valdivia me parece un arcabuz
y un Ateneo el cerebro del mendicante Calienes...
Aquí está la gran pradera, la almáciga de hombres sabios,
el numen de la República y el fosfórico vivero;
aquí lactaron su ciencia los enardecidos labios
de dos cumbres de la idea: Garaycochea y Rivero...

Aquí en los días caóticos de la hegemonía hispana,
junto a las hogueras áulicas se alzó el criollo penacho,
siendo un racimo de truenos la Academia Lauretana
y un relámpago inquietante la figura de Corbacho.
También Bolívar, el Genio, pisó esta tierra violenta;
y para invitar al baile que las abuelas le dieron,
con pedazos de quincalla, Ibáñez hizo una imprenta...
Tal es la historia sucinta de aquellos tiempos que fueron.

El Sol que lento ascendía, se ha puesto en el meridiano;
parece un tesoro inmenso que está cerca de la mano.
Muerden el perfil del monte rebaños de nubes plomas
y tijereteando el viento pasa un vuelo de palomas...
Para mí la Patria cierta, de las futuras hazañas,
está en este cofre verde que vigilan las montañas.
Aquí, respirando ancestro, se forjó mi loco empeño;
yo no he nacido peruano; yo he nacido arequipeño.
Mi cuna es este recinto de guerreros y poetas
que supieron tener juntas la lira y las bayonetas.
Esta es la entraña fecunda que está gestando ¡Cuidado!
El Porvenir que ya nace es hijo de un gran pasado...

Loca de Sol y de ensueño, mi tierra es mística y brava;
con una belleza única que a todo amor se anticipa;
por eso siento en las venas un frotamiento de lava
cuando pronuncio tu nombre, tu nombre bello ¡Arequipa!




ESTAMPA AREQUIPEÑA

En el figón de un barrio x o z
tengo costumbre (y peco de sincero)
de cenar por poquísimo dinero
una crasa y magnífica chuleta.
La figonera es joven y coqueta,
como es viejo y raído el figonero.
Yo no hago nunca deducciones pero
no es a la moza el viejo quien la aprieta.
Eludiendo este caso intrascendente,
voy al figón en busca de mi gente,
gente del pueblo que me vigoriza.
Escucho su lenguaje y su guitarra,
y al escucharlos, críspase la garra
del jaguar de mi sangre que es mestiza.



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