miércoles, 28 de diciembre de 2016

ROCÍO ACEBAL [19.799]


Rocío Acebal

Rocío Acebal (Oviedo, 1997), estudia Doble Grado en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid.

Ha participado en la antología Diversos (Círculo Cultural de Valdediós, 2015). Sus versos han aparecido en la revista Anáfora y en Los Diablos Azules, suplemento literario de infoLibre, entre otras publicaciones.

HA PUBLICADO: Memorias del mar (Colección Valparaíso de Poesía/96, 2016). 

Es editora de la Revista maremágnum.




No tomes de la mano a nuestras hijas

Puedes amar
pero no expongas a la luz
lo que has de hacer de noche,

pero no rompas tus grilletes
-la cadena es de oro:
da las gracias,
corresponde la voz con tu silencio-.

Guárdate de los ojos,
eres una extranjera:
no reclames,
no tomes de la mano a nuestras hijas.

Toleramos que existas:
es bastante.





Memorias del mar (Valparaíso ediciones) de Rocío Acebal


MEMORIAS DEL MAR

Recuerdo, congeladas, las estrellas
en las primeras horas de mi vida;
la oscuridad nos separaba
sobre la arena blanca.

La memoria retorna vagamente,
como la playa al desnudarnos, solas,
una vez regresamos a este mundo;

descanso ante mi oreja caracolas
y en el rumor del mar oigo tu voz



EL CÍRCULO

La sábana escarchada de la arena
en tu mirar refleja el desgastado
recuerdo de otra aurora: el verde prado
testigo de pasión, la luna llena,

un cigarro, los gritos, tu melena,
su aliento de caballo desbocado;
de pronto, la tormenta del pasado
y tu rostro teñido por la pena.

Entonces, -sin ti- al paso de los años
un venturoso idilio en otra orilla,
una radio de fondo, el mismo tema;

el antiguo deseo, un gesto huraño,
los restos de salitre en mi mejilla,
la memoria del mar y este poema.



El retorno 

La inclinación melódica del mar
vuelve a posar tu voz sobre la arena

de vuelta en Calafell, años más tarde:
en días como éste, me pregunto

si, inhóspita sirena, has olvidado
la dignidad furtiva de aquel beso
o en los momentos íntimos retorna
aún a tu retina esa experiencia 
primera del amor correspondido;

y en días como éste desearía
de nuevo retener entre mis manos
los contornos de sal que acaricié
en esta misma cala –en otro tiempo-,
aunque la toga de nostalgia cubra
después de tantos años las viejas ambiciones
aunque escondas el rostro, avergonzada 

porque perduran
en nuestros cuerpos juveniles restos
de amor y de pasión,
porque es posible el gozo,
                             todavía.



TE MUESTRAS SOBRE EL LECHO DE LA MUERTE
sórdida elongación del horizonte:
has cerrado los ojos y la mar
acuna tu cadáver con gesto descuidado,
asida a todo lo que ya no existe.

No habrá solemnidad que te devuelva
a la arena -a mis brazos-, a la vida.

En alto, buitres níveos, las cigüeñas
sobrevuelan los restos del naufragio.



EN RESUMIDAS CUENTAS

La sinuosa imagen de Afrodita,
el tiempo y su insultante ligereza,
las estatuas, Venecia, los jardines,
llanto de senectute, “a la manera…”,
y el irritante asunto de la rosa:
siempre este falso asombro, la emoción
vacía de unos versos predecibles.



ROCÍO ACEBAL MIDE EL TIEMPO DE LA POESÍA

escrito por Gonzalo Gragera

Memorias del mar es el primer libro de poemas de Rocío Acebal (Oviedo, 1997), estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid. Desconozco si la poeta desea dedicarse al oficio de la politología —ese híbrido entre el horóscopo y la estadística— o al casi inteligible y prosaico lenguaje de las materias jurídicas. Pero qué más da eso ahora, la vida es larga y el arte es un juguete. Lo que sí nos queda claro es que conoce su primera vocación, que es la que nunca se olvida, la que siempre, de una forma u otra, acompañará y marcará el horizonte que a medio plazo se le plantea. Podrá o no ejercer su dedicación, podrá o no evolucionar, perfeccionar, seguir, avanzar en su laboriosidad, pero el germen estará ahí, paciente, dispuesto a brotar o a aguardar el momento.

Que una poeta tan joven titule su primer libro, editado en Valparaíso, Memorias del mar es, como mínimo, llamativo. No tanto por el segundo sustantivo como por el primero: memorias. ¿Qué recuerdos, realmente significativos y relevantes, puede albergar en la memoria una joven de diecinueve años? Esta es la pregunta que el lector maduro —o mayor— podría sugerir en un simple vistazo a la edición del ejemplar. Pero en ese caso responderíamos que los más importantes, sobre todo si contamos con los que repercuten en el desarrollo vital e intelectual de la persona. Los recuerdos de la adolescencia o la primera juventud no son, y más aún al valorar la secuencia total de cualquier biografía, los más profundos e indelebles, pero sí son los determinantes, la primera piedra en la arquitectura de la personalidad. Rocío Acebal traslada estas memorias y las vincula al mar, un paisaje que suele evocar días ajenos a la rutina, días de ociosidad, de primeras experiencias en la vida; de probar lo nuevo y lo desconocido, en resumidas cuentas. Me temo que está relación en el título no es casual.

Como decimos, este paisaje del mar atraviesa el discurso del libro, en algunas ocasiones en primer plano y en otras de manera menos explícita, tan sólo sugerente y de puntillas. En los poemas se repiten conceptos como sombras, olvido, tiempo… una serie de palabras que nos acercan a una poeta joven convencida del paso del tiempo, o mejor, a una poeta joven convencida de que el paso del tiempo es uno de los principales temas de la mejor poesía. Esta insistencia en la descripción y reflexión sobre el paso del tiempo se repite en títulos de poemas como Encuentro furtivo, Imagen de la vida en unas horas, El retorno, Fin de juventud, Instantes finales, Sobre la dependencia del recuerdo… Como ejemplo, estos versos:

«Hoy que la soledad
es la última forma de la vida
este anhelo abatido ha hecho que pierda
lo que había perdido, ya, de mí.
¿A qué he venido al mundo?
¿Quién soy, si soy tan solo
la imagen del espejo, parodia de mi misma?
He quemado el deseo en mi interior,
todo ha llegado demasiado pronto».

En Memorias del mar hay dos despertares: el poético y el existencial o personal. La autora toma conciencia del objeto literario al tiempo que asume el discurrir de su reloj vital, el primer síntoma de que la madurez ha venido. Ambos descubrimientos se nutren y, mutuamente, se benefician el uno del otro. Pero no todo es elevación y solemnidad en la dicción y la temática, también hay lugar para la ironía, como en el poema Obviedad (poética a la que otros se aplican):

«Los poetas sinceros
como los músicos —según parece—
no deben conocer la tradición.
Descríbenos tus noches,
jodidamente hermosas con princesas
sin bragas
o vestido
que están mucho más guapas despeinadas,
revela la evidencia:
la noche es más oscura si no hay luces
o
es invierno y vuelvo a tener frío
o
los sordos no escuchan tus palabras.
No es necesario un don
vales
ni siquiera requieres de gramática.
Que tus destellos se extravíen
bajo la inocuidad de los volúmenes
como en la anécdota lo hará tu nombre».

Cualquier lector que esté al tanto de lo que hoy día se publica sabrá a qué nos estamos refiriendo.

Alguna que otra, natural, inevitable, reserva: «Quebrando con ternura el aire gélido / como quien parte pan en la posguerra». ¿Qué posguerra? ¿En todas las posguerras hubo carestía? No obstante, son hechos salvables, circunstanciales, en un conjunto en que predomina una sorprendente unidad de tono y de dicción. En Memorias del mar no está todo, como es obvio, pero sí hay principios del todo y, lo más importante, sólidas bases. Para quien aún no lo entienda, un haiku que posee lo mejor que de este podemos esperar: brevedad en el continente y extensión en el contenido:

«El exterior
está vallado. Lloro
tras la ventana».




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