martes, 22 de septiembre de 2015

CAROL ANN JOHNSTON [17.108] Poeta de Estados Unidos


CAROL ANN JOHNSTON

Nació en Texas. Es catedrática de literatura de habla inglesa y directora del programa de escritura en la universidad Dickinson College. En dicha institución enseña literatura del siglo XVII inglés, narrativa contemporánea procedente del sur de los Estados Unidos, y realiza talleres de escritura poética. Sus poemas han sido editados en numerosas revistas literarias y traducidos a varios idiomas; entre las revistas más destacadas caben señalar Criticism, The Mississippi Quarterly, Shenandoah, Illya’s Honey, y American Poetry Review.

En la rama de la crítica literaria ha publicado numerosos estudios en revistas especializadas, un libro sobre la ganadora del premio Pulitzer, Eudora Welty, y en estos momentos prepara un nuevo manuscrito sobre el poeta inglés Thomas Traherne.




Selección, traducción y prólogo de Jorge R. G. Sagastume



SUEÑO  INQUIETANTE 

En mis sueños con la muerte, Madre me inspecciona. 
Se ve joven y de actitud inquebrantable: 
En su irreparable imagen de mí, trata de repararme. 
El camino que lleva al médico se desdibuja en un campo de fútbol. 
Sigo el balón y me meto hasta la cintura en un arroyo–ella se llena
de una angustia reprimida, y también de mí, locus de todos sus males. 
Con la mirada me reprocha al oír lo que el doctor vaticina:
mi muerte es local: un doloroso cáncer que rezuma
por debajo de la cintura. Si me meto en este juego
perderé el poco tiempo que me queda. Empapada y a orillas del arroyo,
me acuclillo y fijo la mirada en mi falda. Allí está mi mano, manchada 
de tanto almohazar, de tanto arrojar sillas de montar con los chicos.
Por dentro el cáncer me consume y se torna en androginia. 
Me despierto junto a mi madre: eso es lo que me inquieta





AMANECER  NAVIDEÑO

Esta mañana, muy temprano, los coyotes se deslizan 
con sigilo; unos llaman y otros responden. 
Sus aullidos retumban en mis oídos que ya no duermen.
La perra, acurrucada bajo el hueco de mis rodillas
se alza y aúlla, destellos cuelgan
de su pelaje, nuevas estrellas
nacen de una mano abierta.

Desde la habitación de mi infancia
veo a los coyotes que se acercan
desde el fondo del río, sus pelajes semejan monedas 
cobrizas que emiten destellos a lo largo del prado. 
Entonces, el líder de la manada vacila; el pum de un rifle
se oye en el canal.

Un primo que vive en esta granja
trae consigo el coyote que mató
esta mañana temprano. Mi padre
acaricia el corpulento pelaje, el color rojo
pincha con profundidad, manchando 
su palma a medida que la mano gira sobre sí—





EL INCREÍBLE tratado evangelista 
de los murciélagos

Un hombre con cara de pastel en mi hilera
me ofrece un panfleto durante un vuelo 
que atraviesa el país: La antigua ley señala que los
murciélagos no son limpios, que no son aptos para el consumo,
que están prohibidos para los israelitas. Pero no nos
equivoquemos: Dios ama a todos sus animales. A Dios le 
preocupaba la dieta de Su 
pueblo, y el ambiente
en el que ellos vivían. Los murciélagos 
son vitales para el delicado equilibrio
de la naturaleza. Dios se interesa por 
toda Su Creación. Al hombre le fue dado
dominio sobre la Tierra 
y habrá de actuar con responsabilidad.

Conozco bien los tratados
evangelistas y sus optimistas incongruencias.
Alguna vez, como toda jovencita seria de doce años
nacida en una familia de Bautistas del Sur
prediqué la voz de ¡arrepiéntete! de puerta
en puerta. No he salvado
a nadie, que yo sepa; tampoco
sé si habré mandado al infierno
a alguien.

Pero en un intento de ser perdonada, hasta cierto punto
por parte de los Bendecidos, me confieso ante mi compañero
de viaje: en el sótano, anoche a medianoche, en medio de
la confusión, me revolqué, en medio de los transformadores
con un electricista. Me recosté sobre
una pala, como si el armarme de herramientas
masculinas fuese a infundirme algún
conocimiento práctico. Al margen de la luz,
los naipes se mezclan en las incorpóreas manos
de un mago. Sin aliento,
me planté en el suelo, giré, e hice volar la pala, 
partiendo al medio el murciélago en el mismo 
instante que éste trataba de hallar la luz. 

Podría tratar de ser sentimental y decir
que caí al suelo, y que tomé
entre mis manos la moribunda criatura.
Pero lo que hice fue dirigir la luz de mi linterna
sobre sus delgadas alas de celuloide, 
que se pliegan como un acordeón roto,
y observé cómo sus velludas
manitas vibraban hasta morir.

Mi compañero de asiento ahora debería
pronunciar un apotegma, el obvio discurso
sobre el respeto por la vida. En lugar de ello,
me pone en manos de su enojado Dios:

No hay nadie que haga el bien,
no, ni siquiera uno




EL ÁRABE 

Aquella mañana, había ido a buscar los caballos
con los chicos. Antes había cogido al Árabe, 
lo había embridado, cepillado, y de la montura 
había colgado la radio. Conjunto 02 hizo que el Árabe se asustara.
A medida que avanzábamos giraba la cabeza y me miraba. 

Aquella mañana, había salido a montar con los chicos, 
a recoger los caballos. Uno montaba sobre Buck, 
otro sobre Valentine. Yo había escogido 
al Árabe. (Ya no podía sentir el olor 

de su piel. Dicen que no lo podían detener 
después de desbocarse). El pasto de Bermuda 
le masajeaba la panza con el rocío. 

Aquella mañana había montado en busca de los caballos. 
Al Árabe le había parecido peculiar esto; nunca antes 
habíamos salido en grupo hacia la captura. 
Arqueó el cuello, y su cabeza formaba una línea 
con mi pecho. Marchaba a paso redoblado, 
y su boca abierta se movía siguiendo el ritmo.

Hierba húmeda en el pastoso aire. Flota
en el fondo. El río Brazos, lento,
elástico, espeso, desnivelado.

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Conjunto es un antiguo grupo musical diatónico Tejano/Mexicano, que debutó en los años 1860




TOCANDO el Rio Palm Isle

Una mañana mi esposa
me tiró una sartén llena 
de tocino caliente, 
sartén y todo. Le había sido infiel;
Cada día llegaba más tarde. Ella
ya no podía aguantar más este tipo
de comportamiento en su casa. 

Grasa caliente, lejía 
chorreando por entre los labios. 
Me lancé a la calle, 
con mi trompeta a cuestas.
Dicen que mi cabellera
relucía como cien fusibles.

Me pregunto si así habrá sido. 

Hoy en día, los que vienen a oírnos
tocar Rio Palm Isle– damas 
en sus refinados sombreros rojos, encajados
sobre las orejas, no hablan de otra cosa que de lo bien 
que tocamos, de cómo nuestra música las remontan 
a aquellos días cuando eran niñas y sus papis 
las llevaban al centro 
para ver los espectáculos de los negros.

Y vuelvo a preguntarme si así habrá sido. 

Respiro y tiemblo 
con el sonido. Este infame estuche
negro, forrado en terciopelo. 
Brillantina y música.

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Rio Palm Isle era una discoteca tejana, fundada en 1935. Continúa en actividad y ha sido reconocida en repetidas ocasiones la mejor sala de baile tradicional en los EE.UU.










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