martes, 15 de septiembre de 2015

ANA VERDUGO DE CASTILLA [17.076]



ANA VERDUGO DE CASTILLA
 Sor Ana de San Jerónimo

Madrid, 1696 - Granada, 11/XI/1771. Poeta. 

Aunque nacida en Madrid, la vida de Ana, hija de los granadinos condes de Torrepalma, Pedro Verdugo e Isabel de Castilla, habría de transcurrir en Granada, donde recibió una educación esmerada desde su más temprana infancia, propia de una familia de arraigada tradición cultural. De hecho, se puede recordar que su hermano menor, Alonso (1706-1767), conde también de Torrepalma, será uno de los principales componentes de la célebre Academia dieciochesca del Buen Gusto, donde leerá sus composiciones literarias entre enero de 1749 y septiembre de 1751 y en la que ocupará varios cargos, conociéndosele por el sobrenombre de El Difícil. Pero también Ana Verdugo participaría en esta Academia, como pone de manifiesto la inclusión en las Actas de la sesión celebrada el día 20 de agosto de 1750 de su poema titulado “Afectos de vn alma religiosa. A una imagen de Jesús niño llevando la cruz a el ombro, y vna oveja asida de vna trailla, en la noche del Nacimiento”. En esas fechas ella llevaba ya más de veinte años recluida en el convento granadino franciscano del Ángel, por lo que la lectura del poema corrió a cargo de su hermano. 
Ana Verdugo manifestó desde su infancia un gran interés por las cuestiones intelectuales, especializándose pronto en las literaturas griega, latina, española e italiana. La educación de la niña corrió a cargo de su propio padre, hombre de gran cultura humanista, que le proporcionó una instrucción muy poco habitual en las mujeres de su época. La niña demostró una afición tan precoz hacia la poesía que se cuenta que a la temprana edad de tres años compuso una redondilla dirigida al médico que visitaba a una sirvienta de la casa: 


“Yo no quiero que penséis
que me tapo de vos hoy,
sino que penséis que estoy
durmiendo, y no me miréis”. 


Esta anécdota se relata en el prólogo que precedería a la edición póstuma de sus poemas. 
Durante su juventud concilió la frecuente lectura de la rica biblioteca paterna 
con la atención de actividades piadosas, en las que acompañaba a su madre, demostrando así una íntima fe que siempre la caracterizó. Además, su carácter inquieto y activo, dotado para las bellas artes, la llevó también a cultivar la pintura, uniéndola de modo singular a la literatura: “Sus cuadros, de asuntos siempre religiosos, los hacía a instancias de personas con quienes estaba ligada por vínculos de parentesco y amistad, y los enviaba acompañados siempre de epístolas generalmente escritas en estilo jocoso, describiendo el cuadro y hablando siempre de sí con la no fingida modestia que correspondía a sus angélicas virtudes”. José Parada y Santín, que escribió en 1904 un artículo sobre “Pintoras granadinas” al que pertenecen estas palabras, reproduce el romance que Ana Verdugo envió a su amiga Sor Marcela de San Bernardo, hija del Marqués del Salar, junto con dos cuadros que representaban a San Miguel: 

“Desmintiéndose divino
va (negado a los retratos),
y por culpas del pincel
también se desmiente humano.

El pintor pinta su genio,
y aunque esta gracia no alcanzo
según salió de severo,
casi que pienso en pensarlo.

Pero es el ángel guerrero
y es providencia el acaso,
y de ver que yo lo pinto
bien puede haberse enfadado”. 



Una profunda vocación la impulsó a ingresar en 1729 en el convento del Ángel 
Custodio de Granada, de la Orden Franciscana (radicado en aquellos años en la calle de la Cárcel), a pesar de la oposición de sus padres. Allí profesó un año después, adoptando el nombre de Ana de San Jerónimo. A partir de esa fecha, la temática de sus escritos, realizados por obediencia a sus superiores, se centró únicamente en motivos religiosos. 
Tras llevar una existencia consagrada a la oración, la penitencia y el retiro espiritual, Ana Verdugo falleció el día once de noviembre de 1771, después de más de cuarenta años de vida religiosa. A su muerte, dejaba una obra poética inédita de considerable importancia, que llevó a un canónigo cordobés, a quien ella enviaba sus textos para solicitar su opinión, a realizar una edición dos años más tarde. Así se publicó el volumen titulado Obras poéticas de la Madre Sor Ana de San Gerónimo, Religiosa profesa del conv. del Ángel, Franciscas Descalzas de Granada. Recogidas antes, y sacadas a luz después de su muerte, por un apasionado suyo (Córdoba, Oficina de Juan Rodríguez, 1773). 
La indudable calidad literaria de estos poemas llevó a Manuel Serrano y Sanz a afirmar que Ana Verdugo “tenía más alientos que la mayor parte de los versificadores de su tiempo”.





¡A ti ¿A quién, si no a ti, mis voces diera?
¿Quién, como tú, mis voces escuchara?
¿En qué otro mar mi llanto desbocara?
¿En qué otro pecho mi dolor cupiera?
Sor Ana de San Jerónimo


La crítica recuerda con cariño los delicados versos de Sor Ana de San Jerónimo (1696-1771), nacida en Madrid, hija de Isabel de Castilla y Pedro Verdugo, condes de Torrepalma. Él fue un destacado promotor en Granada de la Academia del Trípode y activo animador de la madrileña del Buen Gusto471. El culto prócer intentó darle desde su niñez una esmerada educación que, según los datos de que disponemos, incluía el conocimiento de las lenguas y de las literaturas griega, latina, italiana y castellana, que compartía con su temprana afición a la poesía. De manera inesperada, en 1729 profesó en el convento de las franciscas de Granada contrariando la voluntad paterna que la había formado para la vida social con gentes de su clase. De ella asevera L. A. de Cueto «que llenó de admiración a cuantos la conocieron, por sus acendradas virtudes, por su ingenio clarísimo y por su erudición extraordinaria»472. Escribió un folleto piadoso titulado Afectos de un alma religiosa. A una imagen de Jesús Niño llevando la cruz al hombro473, y fue autora de abundantes poesías antes y después de su entrada en religión, muchas de las cuales se han debido perder. Dio a la prensa, sin embargo, unas Obras poéticas editadas póstumas en Córdoba en 1773474, gracias al tesón de un admirador que valoraba en ella «su ejemplar virtud y el elevado numen poético, que fue sin duda la heroína de su sexo y de su siglo».
Los versos recogidos en este volumen fueron escritos en su totalidad dentro del convento, y parecen perdidos aquellos que le inspirara su musa civil. «Desde que tomó el hábito, renunció a toda otra lección que la espiritual, ni ha tomado la pluma si no es por obediencia y para asuntos Sagrados», asevera de manera ajustada la inicial «Noticia de la autora», que por otra parte se encarga también de subrayar su humanidad, su candor, su trato familiar, su acendrado espíritu devoto. Esta misma humildad le hacía aborrecer cualquier honor que derivara de la autoría de las composiciones poéticas, que sólo la obediencia a su superiora y la posible función catequética la avalaban.
Al parecer los poemas incluidos en el libro, sin que tengamos información suficiente para confirmarlo, siguen un orden cronológico. Sin embargo, el «índice» que cierra el volumen organiza el contenido por grupos de subgéneros poéticos, que nosotros recuperamos para hacer el análisis. Comienza con los poemas dedicados a la muerte de su padre el conde de Torrepalma, que se inician con un sentido «Soneto»:

¿A ti, a quién sino a ti, mis voces diera?
¿Quién como tú mis voces escuchara?
¿En qué otro mar mi llanto desbocara?
¿En qué otro pecho mi dolor cupiera?475



«El amor sencillo. Égloga pastoril, Nise y Belisa» viene después de un Prólogo de la autora en el que rememora la figura entrañable de su padre («un padre digno de mucha memoria»), que fundió en su ejemplar persona las esencias de las armas y las letras, el servicio al rey y la profunda erudición, la bondad humana y el sentido religioso de la vida. Desvela después la identidad de algunos de los personajes poéticos que emplea en la misma. La acción se desarrolla en la confluencia de los ríos Genil y Darro. Suenan en estos versos los ecos de Garcilaso de la Vega, algo desnaturalizados por la cristianización del tema, por la pérdida del sentido vitalista traspasado por el tono elegiaco y por el uso de un lenguaje menos armonioso, pero no tan barroco como el paterno. Original en sus aspectos formales, la autora hace de narradora hasta la mitad del poema, dramatizándose luego el relato en boca de los personajes Belisa y Nise. Y concluye:

Y con esto, si quieren mis madres
conceptos sublimes, estilos jocosos,
nuestra lengua tiene sólo un verbo.
Y así, ¡buenas Pascuas y Cristo con todos!
Y a ti, Niño, si en verte y mirarte
prosigo y prosigues tan tierno y hermoso,
por más que te estreche en los brazos tu Madre,
¿qué va que te como?476



Compuso otra égloga titulada «Los pastores, entretenimiento espiritual para Navidad477. Los pastores Friso y Silvio desarrollan una breve acción al amanecer que concluye con una adoración al Niño Jesús en el típico Nacimiento con su toro, su asno y sus ovejas, sin que falten los villancicos cantados, en compañía de supuestos pastores reales. Esto no impide que nos pinte la autora un ambiente deleitable en el que incluye algunos tópicos del locus amoenus clásico (valles, fuente, flores, el enjambre de «prudentes abejas» sujeto al roble), ciertos motivos religiosos (Reino Príncipe, Madre, el lobo y el cordero que pacen juntos, puerto) que conviven con la ornamentación de personajes mitológicos (Narciso, Pomona, Flora), introduciendo algunas finas pinceladas en la contemplación de la naturaleza:

¿No ves aun en la rama envejecida
a porfía brotar la tierna yema,
crecer las hojas, y prender unida
la fruta, sin que al yelo el rigor tema?
¿No ves la tierna rosa,
que aun oprimida de la bruta planta,
con despejado orgullo se levanta,
haciendo frente al Cierzo valerosa?478



Con el soneto recupera una forma que procede de la tradición renacentista, aunque ha abandonado la materia amorosa que le diera vida entonces. La antología ofrece una docena de estas composiciones, incluido el ya mencionado a la muerte de su padre. Todos tienen una entonación religiosa o moral: unos son hagiográficos (san Miguel, san Joaquín, san José, san Felipe de Neri, estampas biográficas sobre los santos de su devoción); otros versan sobre asuntos del calendario religioso y festividades (nacimiento de Cristo), otros se refieren a asuntos internos del convento. Curioso resulta el titulado «Pinta el estado de su vida, viviendo su padre, y después de su muerte», en el que confirma la tristeza que le embarga el alma por la muerte de su progenitor («sufro sin dueño, a esclavitud expuesta»).
Las tres canciones versan sobre temas religiosos (dos sobre Navidad), devotas y sinceras, mientras las nobles octavas heroicas se rebajan (o se elevan) ahora para volver a cantar la Navidad: «Y al pesebre, apoyando en tanto asilo, / sus pajas bese mi grosero estilo». Tono más elevado adoptan las dedicadas «A su hermano don Alonso Verdugo, día de san Ildefonso, después de la muerte de su padre y cercados de persecución» con el que intenta remontar la moral de su hermano y también la suya propia, utilizando para ello «mi rota lira»:

Y no tengáis a mal, que en este día
aun señas de dolor estén conmigo:
Quisiera os celebrar con melodía,
y el llanto descompone cuanto digo.
No ha lugar en mi alma la armonía,
justa la noto, y mi destino sigo,
que en la triste región en que he quedado,
también las Musas me han desamparado479.



El mismo derrotero de la piedad sincera siguen los romances heroicos que tratan de Navidad, a veces con tono descriptivo, otras con rumor de plegaria. Me detengo en los endecasílabos que llevan por título «A un Santo Cristo de particular devoción en tiempo de una gran sequedad», devota oración en tiempos de zozobra interior, con llanto íntimo del alma hasta que, por fin, «vuelve el río, la flor nace, ríe el mundo».
Es la endecha una copla de cuatro versos iguales de seis o siete sílabas (incluida la real con un cuarto verso endecasílabo) que se utilizaba para expresar la melancolía, la tristeza, el dolor. Hace Sor Ana de San Jerónimo un uso frecuente de esta estrofa, casi siempre con los consabidos asuntos religiosos. Muchos sobre el manido tema de la Navidad, para el que la autora repetiría en las sucesivas fechas del calendario (las titula Calendas) en las que ella permaneció en el convento, la Semana Santa, la Concepción, el Carmen. Graciosas son las que escribió como «Respuesta a carta del marqués de Trujillos, en la que le daba cuenta de las procesiones de Valladolid». Se ejercita por igual en las décimas o espinelas para tratar de idénticos temas religiosos o de circunstancias, quintillas, tercetos, coplas sueltas, seguidillas populares, o las mesas, o sea versos que se ponían en la mesa del refectorio en una celebración monástica en la que se invitaba a comer al Niño Jesús que se colocaba sobre una consola. Los villancicos eran letras para cantar posiblemente sobre tonadas conocidas, que son versiones a lo divino, como antaño, de composiciones populares. Así el titulado «Para cantar en el tono de los arrieros la Noche Buena», cuyo estribillo dice:

Por más que lo pregunto
a los vecinos,
sólo la fe me dice
quién es el Niño480.



También hace cumplido uso del romance, ya que incluye hasta treinta y seis composiciones, de desigual extensión. Versan sobre idénticos asuntos sacros (Navidad, hagiográficos) o sucesos del convento (tomas de hábito), adoptando ahora un mayor tono narrativo. Sólo rompen esta temática algunas curiosidades como «Dando Pascuas una tartajosa» u «Otro escrito en esdrújulos», que se convierte en un curioso ejercicio literario, que comienza:

¿Cómo he de hacer versos cómicos?
¿Cómo jocosos ni trágicos,
si ya del licor poético
no le queda gota al cántaro?481



Concluye el volumen con dos loas teatrales que estudiaré en el apartado de las dramaturgas. La lectura del libro de Sor Ana de San Jerónimo me ha sorprendido gratamente. No escribe versos de estilo tan barroco como suponen algunos críticos, ni tienen nada que ver con el de su padre, poeta barroquista que pertenece a la generación anterior. Utiliza subgéneros poéticos clasicistas, su ornamentación lírica es natural, no faltan los recursos ornamentales sacados de la mitología, muestra un cabal dominio de la cultura poco frecuente en otras mujeres, y maneja bien los recursos poéticos. Es muy profesional en la versificación: suave en la musicalidad de los versos y variadas las estrofas que emplea. Predominan los poemas religiosos, y las versiones a lo divino, donde son frecuentes los recuerdos garcilasianos. Si hubiéramos conocido solamente los versos escritos antes de entrar en religión no habría ningún inconveniente para situarla entre las literatas neoclásicas.







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