lunes, 4 de abril de 2016

MIGUEL MÉNDEZ M. [18.365]


Miguel Méndez M.

(Bisbee, Arizona, 15 de junio de 1930-Tucson, Arizona, 31 de mayo de 2013) fue un escritor estadounidense en lengua española. Autor de la novela Peregrinos de Aztlán, obra clave de la literatura chicana.

Nace en Bisbee, Arizona. Sus padres fueron emigrantes mexicanos del estado de Sonora. Durante la Gran Depresión, la familia vuelve a México, y se instalan en El Claro donde cursa estudios primarios. Sin embargo, las necesidades económicas por las que pasa la familia obligan a Méndez a ponerse a trabajar con su padre de jornalero y albañil.

En 1944 vuelve a Arizona, instalándose en Tucson, trabajando de día de albañil y formándose de manera autodidacta por las noches, leyendo muchísima literatura. Así, a mediados de los 60, comienza a escribir relatos cortos que publica en distintas revistas hispanas. Escribe en español, al considerarse mexicano indio, espalda mojada y chicano.

En 1968 publica Tata Casehua con éxito y en 1970, se examina de profesor de español, comenzando a trabajar en Pima Communitary College. En 1974, empieza a dar clases en la Universidad de Arizona, jubilándose en 2000, y siendo nombrado profesor emérito.

Falleció en Tucson en 2013.

Legado literario

Miguel Méndez ha escrito su obra, dentro de la literatura chicana, íntegramente en español. Adopta una corriente indigenista y su obra cumbre Peregrinos de Aztlán trata sobre la gente marginada en la zona fronteriza. Ha escrito varias novelas y cuentos para niños, como la refundición chicana del Libro de Calila y Dimna, llamada Cuentos para niños traviesos.

En 1996, publicó Entre letras y ladrillos (1996), novela autobiografiada.

Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares en 1991. También ha sido propuesto para el Premio Nobel.

Obras

Ha publicado las siguientes novelas: Peregrinos de Aztlán (1974, Era 1989), El sueño de Santa María de las piedras (1986, Diana 1993), Los muertos también cuentan (Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992), y El circo qué se perdió en el desierto de Sonora (Fondo de Cultura Económica, 2002). 

Los libros de cuentos: Tata Casehua y otros cuentos (1980), Cuentos y ensayos para reír y aprender (1988), Cuento para niños precoces (1980), Que no mueran los sueños (Era, 1991) y Río Santa Cruz (Ediciones Osuna, 1997). 

De poesía: Los criaderos humanos: épica de los desamparados (Universidad de Sonora, 2006). De la vida y del folclore de la frontera (University of Arizona, 1986) 

Un libro de ensayos y breves ejemplos literarios: Afina tu vocación literaria (Editorial Al Alba, 2002). Su autobiografía Entre letras y ladrillos (Bilingual Press, 1996) Y el libro de crónica: Camilo José Cela ente sahuaros y nopaleras (2002). 

Entre sus reconocimientos se cuenta el nombramiento de Doctor en Literatura por la Universidad de Arizona en 1984, Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares en 1991 y a partir del 2001 su nombre aparece en el diccionario Pequeño Larousse. En octubre del 2004 Miguel Méndez fue homenajeado con la quinta edición de la Feria del libro Hermosillo.



Génesis de la palabra
(Fragmentos)


University of Arizona


El insomnio resbala por la cauda de palabras de un cometa
etéreo que arrastra esqueletos de pensamientos
voces que ensayaron un destino humano en las grutas y salientes afilados
bocas burdas de granito
rincones guturales lúgubres susurros
gritos parturientos de un planeta preñado de huracanes
ayes de antros aterrorizados
grietas que se dolían
hendidas a flor de tierra
desde antes que hubiera lenguas ya hablaba el viento
en las gargantas de las quebradas
vagaba el rugido Buscando alojo de fieras
el trágico alarido de pavor rodó en peñascos errantes
desde las cumbres del rayo y del retumbo
hasta la hondura ávida de las cañadas.




- I -

Oyes el rastro húmedo de mi voz
que baña las espinas de los nopales
mi aliento secreteando amores
huérfanos de espacios
tropel de chubascos mojando piedras y animales
cuánto lloran los árboles
antros encendidos de relámpagos
cómo braman las sierras
cuna de mis primeros llantos.
[...]




- VIII -

El semen inunda los aires primaverales
multiplicando el verbo de excitantes infinitos
los cuerpos inundados de aurora se retuercen enlazados
con un pincel romo y materia blanda Surgen esculpidas figuritas tibias Llorando sin lágrimas.
[...]




- XII -

Ojos redondos Miradas circulares Hombres rotando horas fijas
Fuera del tropel del globo revolucionario
esperan las voces
invocan las palabras
armonía de los astros
melodía de estrellas
voces sublimes
tañen la belleza perenne
[...]




- XV -

Adiós es la palabra que al final de la cauda
cierra los párpados del insomnio
musitan rezos las cuevas solitarias
mientras que los mustios callan obligados
el viento sobre los llanos
esculpe nuberíos
igual que si fueran mármol.
[...]




Los criaderos humanos
(Épica de los desamparados)

Dedico esta obra a El Claro, Sonora, México, pueblecito ejidal donde pasé mis primeros quince años; a Bisbee, Arizona, pueblo minero que fue mi cuna; también a mis compañeros de labor en los campos agrícolas y en la industria de la construcción. Al lado de ellos supe de alegrías y aprendí del dolor.



¿Cómo he llegado hasta aquí?
No sé.
Quizá la perennidad
me envolvió en las rotaciones
de este globo
que gasta su materia vana
siempre rodando
contra un espacio
sin ayer
ni mañana....  

Por muchos años
he caminado
viendo
buscando mis raíces
mi rumbo  
mi esencia.

Sólo sé
que he llegado
a donde la tristeza es reina
y soberana la miseria.  

¡Dios mío!
¿Qué mundo es éste
que oprime y lacera el alma?

Letanías de cigarras secas
chillan estridencias que se apagan.  
Vana crucifixión
sin sangre
sin agua.
Riveras y milpas
ansían el torrente  
cual hembras olvidadas.

Tejen la atmósfera
sollozos secreteados
ruido de arroyos
ramajes rezando
desde parajes perdidos
en las entrañas de antaño.

Siluetas de ataúdes
andan el filo del alba.
Cubren los sombreros  
los rebozos guardan
dolor petrificado
llanto de estatuas.
Allá va la procesión.
Pisa campos cadavéricos  
al son de cánticos
humillados.
La tierra
se traga a la tierra.

¿Qué mundo es éste  
que entierra a sus niños en la alborada?
¿No hay pájaros aquí?
¿Nadie canta?

Voces superficiales
de arena  
me golpean con la fiebre
negra
de palabras
hundidas en la tierra.
Solamente los búhos
con su lenguaje nocturno
sondean la madrugada
sin el cristal del río
ni ecos de la luna
florecidos en campanadas.  

¡Qué tierra tan lúgubre
Los ojos de sus seres son luciérnagas disecadas
sin fosforescencia verde de ilusiones.

Continuación de la tierra los jacales empolvados.
Polvo los dientes que no ríen
polvo la huella de los pasos...
Lengua de sol murianciano
áurea agonía de otoño
remolineo cascabelero de risas pretéritas.
El viento de la tarde
arrastra trinos
corazones de alamedas.
Alas secas
flotan
ruedan.
¿Qué pueblo es éste?
Me hace llorar
sólo con ver sus calles solitarias.
Tal escenario trágico
poblado de actores sin alma  
sin obra
ni drama literarios.

¡Señor caminante!
¡Este es un criadero humano!

Yo  
hace años trato de huir de sus murallas de cristal.
¡Mírame!
No puedo
estoy aferrado.

¡Dios!  
¿Quién es este ser
que responde a mi llamado?

Tenía los pies hundidos en el suelo.
Inútil jaloneo.
Sus dedos eran garfios enraizados.
Un tono verde le coloreaba el pelo.
Rezumaban savia los labios.
Flores marchitas eran
de sedientos geranios.

¡Deténgase señor!
Vuelva sus pasos.
Aquí
solamente la resurrección de la clorofila
es esperanza de vida.

Dolor de humanidad  
es reconocer la propia culpa
y aceptar la acusación de la conciencia.

Quise penetrar al pueblo raro
caminar por sus callejas
para sentir muy dentro
si la conmiseración puede brotar de la vergüenza.
Me estremeció un lloro horrible y aullidos desaforados.

¡Detén tu brazo injusto
hombre sin misericordia!

Volteó soltando el látigo
sabedor en su propia carne
que abusar de la fuerza
es propio de cobardes.

Señor,
martirizamos a nuestras mujeres
azotamos a los pequeñuelos
y torturamos a estas bestezuelas.

Son frágiles.
No pueden defenderse.
No podemos maltratar a otros hombres
porque somos nosotros
los más débiles.

Cayó el hombre
tal el árbol derribado.
Sus cabellos
ramas de sauces dolidos
caían flotando en reverencia al llanto.
El perro torturado lamió las manos del amo.

Hay que comprender,
señor,
para perdonar.
Yo amo y he perdonado.
¡Veme!
Yo como ustedes
también fui fiera.
Ya soy manso.

Se alejó humillado.
Caminaba replegando la cabeza a los cuadriles
torcido el lomo
como arco.
Tenía la tristeza y la inocencia
de los que han pagado grandes culpas con dolor
moneda de los redimidos
el mirar húmedo
profundo  
como han mirado los santos.

Yo seguía caminando.
Algo me lastimaba ya
aún sin confrontarlo.
Escudriñé las distancias
hasta diluir la visión
en las paredes de la nada.
Contemplé mi derredor.
Millones de mariposillas
cristalinas
flotaban en la atmósfera
aleteando.
Habían perdido sus colores.
Revoloteaban
buscando
desesperadas.
Fugaces sombras de murciélagos
cruzábanse en pena
añorantes de tinieblas.

Yo proseguía mi caminata
sorteando lagunas luminosas
que el hada de los espejismos
dibujaba con su magia.
De trecho en trecho
cubría mis ojos
cegado por resplandecientes espejos
los tales
tendían su luna
a lo argo y a lo ancho
tal alfombra que cubriera suelos.  

El sol arriba
tenía potestad en los desiertos.
Como un dios arbitrario y asesino
arrojaba a mansalva
agudos reflejos de cuchillos.  
¿Qué veo?
¿Son verdad estos seres?
Fieros y rabiosos aparentan
ambos.

Quise averiguar todo  
lo de aquel pueblo hambriento
por eso me acerqué a ellos
atrevido pero temblando.
¡Dios mío!
¿Me matarán?
El padre nuestro seguiré rezando....

Por favor
quisiera saber la vida
y la historia de estos campos.

Habló con voz de niño desnutrido:

Dicen que todo esto era un gran pueblo
habitado por seres de clorofila.
Los Rapiña les hicieron la guerra
desde los remotos tiempos de la piedra.
Derribaban a muchos
pero los brotes tenían tiempo de crecer.

Un día
aparecieron los Rapiña
con guillotinas eléctricas.
Decapitaron los árboles
con máquinas trompudas.
Arrancaban de raíz sus cuerpos.
Arrasaron con todo.
Donde hubo arboledas
quedaron oquedades y lamentos.
No restó sombra
ni alimento.

Alborear de los yermos agua inexistente.
Reptaba la fauna.
Se tendía a morir
perezosamente.
Llanto de pájaros
huérfanos de atalayas
caía sobre el polvo
en lluvia inerte.
Verdes lodazales
se iban destiñendo.
La tierra desmayaba
sin vida
pálida.  

¡Crueles!
Asesinos de pájaros
de fuentes y venados.

¡Los Rapiña!
Cebados en su saña
inventaron aparatos voladores
que tenían forma de cruces.
Herían la atmósfera arrancándole bramidos de monstruo enrabiado.

De güeveras diabólicas arrojaban óvulos repletos de odio.
Hacían tremar a la madre tierra.
Tan horribles las explosiones
que sangraban con el estruendo las orejas.
Arroyos y ríos fueron como tripas rotas.
Debajo de los cadáveres
de añosos árboles  
niños
mujeres
ancianos
y animales inocentes
víctimas de los viles  
se pudrían en la muerte.

De la cumbre orgullosa de las montañas
brotaban chorreras de pus.
Aullaban de dolor las cavernas.
Ya no rió el viento entre la hojarasca
ni halló a las plantas para jugar con ellas.
Bajaba llorando
pegado a las heridas del suelo
buscando a la vida
para darle aliento.

¡Nunca!, Señor,
reinaron tanto la maldad y la indolencia.

Pasados los años
llegamos muchos seres de sangre
enamorados de la tierra.
La amábamos
atendíamos su preñez.
Ella nos premiaba con el fruto de su natural pródigo.
Pero nos descubrieron los Rapiña
los hombres de las jeringas succionadoras de sangre.
Imagínese, señor,
la convierten en oro.
Somos un pueblo anémico.
Veneros bermejos de metal líquido
recorren nuestras vetas.
La voz era de ternerito
pero su cuerpo era de toro.
A pesar de sus enormes corpachones y de sus cuernos de cimitarras
no eran temibles.

El otro ser permaneció inclinado soñoliento
Se notaban cansados
mansos.

Me dominó la curiosidad.

¿Qué clase de toros son ustedes?
Bajaron la cabeza sonriendo con mucha timidez.
Se uncieron a la yunta
empezaron a tirar del arado
voltearon denotando pena y humillación
sin brillo en los ojos.
Me dijeron con la mirada:
perdónenos por favor
este sufrir tan grande.
Ya ye.
Lo aceptamos.
Nosotros,  
señor,
somos los Humillados.

El arado egipcio removía la tierra seca
como entraña de mujer
paridora de escuálidos enanos
sin la voluntad y energía
que dan los mantos de los fresnos
los álamos
y el don gracioso de los verdores enérgicos.
Epopeyas grandiosas
techos estrellados
brisas de ternura
pasión que es fuego
yunque
hierro
aletargados en servidumbre.
Aberración de güevos pisoteados
tronar de cáscaras frágiles
zapatos de lujo calzados por ateos
botas aplanadoras de soldados.

Yo había caminado por parajes desnudos.
Sólo la huella de las sombras
pude entrever de la antigua floresta
que no era ya más
que no volvería a ser.  
Mal podía importarme mi destino
si buscaba mi origen perdido...

Así
por azar
tropecé un día
con uno de los infames criaderos.

Raro... un hombre de aspecto repulsivo
que parecía cucaracha
me hacía señas
para que me acercara al árbol
a cuyo copo estaba encaramado.
Sentí miedo y algo eléctrico en el espinazo.

Acércate tú
le sugerí.

Contestó que no
oscilando la cabeza
repetidamente
lo mismo que hacen las serpientes.
Pensé:
¿Será de la especie de los changos?  

Caminaba discerniendo
a qué tipo de humanos
pertenecían los Humillados.

Una voz me volvió de mi letargo.
¡Ay señor!
Son bueyes mansos.
Son de la misma especie de los oledores de pan.
Así permanecen por años
millones de éstos
recluidos en los aledaños de la muerte  
sin más alimento que el olfato.

El gobierno manda peritos a descifrarlos.
Por mucho tiempo quedan arrumbados
confundidos con hierros
carbón  
petróleo.

Un científico aseguraba que eran hongos
pues se mecían ligeramente con el viento.
Los zopilotes descubrieron el misterio.
Ya muertos los Humillados
hedía la carroña
igual que la de cristianos.
Eran de sangre
poseídos de pavorosa epidemia.

¡Hambre!

Los sirvientes de los Rapiña
temerosos del contagio
acusaron a los Humillados
de asaltantes y revolucionarios.
El gobierno es perdonó la vida.
A cambio
serían esclavos.
A los tercos que pugnaban por justicia
se les sellaba como malhechores
para así eliminarlos.
La sangre
siempre ha rebozado la huella de los redentores.

Los más grandes explotadores de criaderos humanos
son los Hombres de Cristal.

¿Qué cosa me está contando?
¿Hay hombres de cristal acaso?

Sí, los hay.
Tienen ojos
tal lagos azules muy hermosos.

Le suplico que me siga platicando.

Con mucho gusto señor...

Los Hombres de Cristal
ya habían sojuzgado a los tintos de azabache
que son de carbón y de chapopote.
Los Rapiña de mucho pueblos
son tributarios de los de Cristal.
Estos
tienen la regia prestancia
majestad y belleza de las águilas
tremenda fuerza
agudas y filosas garras.
Vuelan tan alto
tan alto
que tienen nidos en la luna
y rayos del sol prisioneros.  
A los pueblos que les niegan sus tributos
cubren los cielos de puñales
y arrasan a fuego.
¡Ay de aquéllos que disputen sus posesiones
o toquen sus imperios!

¿Usted quién es buen anciano?

Un veterano
tan viejo soy
que me confunden con sabio.
He visto al terror ofuscado
correr con piedras en las manos
también manos peludas
cuando empuñaban armas de fierro templado.
Cuando joven
fui mecido por la risa de los niños  
los seres felices
y los enamorados.
He visto a la muerte
montada en piafantes corceles
en tierra  
en maquinaria funesta.
En los cielos
navegando la vi
como una estrella.
Conozco desde la cuna  
la tragedia del ingenio humano.

El viejo
¿Milenario?
estaba desnudo.
Tenía un cuerpo extraño  
cubierto de cicatrices.

Me dijo
desde la gruta de su laringe:

¡Mire!
Estas son huellas de pedradas.
Esto
un colazo de iguanodonte.
Me han herido con cuchillo de piedra.
Tengo además
señales de serrucho eléctrico.

Su voz gruesa
fue adelgazando
hasta terminar en hebra
luego en flotante pelusa
que fue yéndose dispersa.  

De pronto ya no habló.
Emitía el mismo chiflido del viento
cuando es prisionero de botellas abandonadas.
Me fijé que tenía los genitales petrificados.
El rostro se perfiló en relieve cascaroso.  
Era el culo como ventana de barco.
Quise despertarlo
palmeándole la espalda.
Se me rebosó la mano con puñados de escamas.

Deduje:  
seguramente es un pez antediluviano.

No le haga caso, señor.

¡Dios Santo!
Esto parece un fantasma.

La vieja llegó por la retaguardia.
Tan largo tenía el pelo
que le arrastraba.
Le cubría el cuerpo todo
también la cara.

Habló con voz hueca y acampanada:  

Este viejo hablantín es un árbol milenario
embustero y fantasioso.
Cierto que desvaría con el saber de los siglos.

Cayó cuando la gran batida de los clorofilarios.
Porque ha de saber usted
que todo esto era un bosque frondoso.
A los Rapiña no les basta la sangre.
Aquí derramaron la clorofila
talaron todo
chicuelos y renuevos
sin dejar semilla.
Los pocos que usted ve
quedaron de milagro
testigos del pasado.
¿Nota usted el vientre arrugado de la madre tierra?
A este pobre lo dejaron muy mal herido
con hachazos en todo el cuerpo.
Le quedó una raíz.
Renace
platica una vez al año
llora en otoño de verse enjuto y calvo
añora el amor de las abejas y sus labios.
Ya no tiene semilla
ni flores ni polen
sólo recuerdos
y un tronco que se seca
pleno de ilusos resabios.
Los segundos enfilados van tejiendo su mortaja
¡Mirelo!
Está hueco.
En la noche se llena de pájaros.
No lo han hecho leña
porque yo lo cubro con mi greñero.
Luego
todo fue gorjeos y trinos
de volátiles
que llegaban en parvadas
sumiéndose en el vientre sin entrañas.

La señora Enredadera
cesó su parloteo
a tiempo que cubría a su abuelo.
El reacomodo de pajarillos
sonó como triperío pedigüeño
de estómagos exigentes e indiscretos.

¡Otra vez el hombre extraño! Me dio miedo.  
Caminaba tan agachado
que semejaban sus pies a las mismas manos.

Tenía mirada torva
boca pronunciada.
Lo nimbaba una extraña aureola de hilillos iluminados.
Desde las chozas de ocotillo y barro
me llegó una advertencia:

¡Cuídese!
no se acerque a ése
es de la especie venenosa de los intrigantes.
Comercia con la traición.
El engaño es su arte
vende a sus hermanos
sin omitir a la madre.

Caía la tarde.  
El sol en el ocaso aún hacia daño.
Huía el maldito
cual rufián sádico
que va dejando a su paso
un mundo de cadáveres.
Llegué a donde las chozas.
Me asombró la rara artesanía con que hacían a los niños.

¿Son piñatas de cuero,
señora?

Tenían vientres como vejigas
brazos y piernas de cañajotes
nalguitas del tamaño de aguacates
caritas arrugadas de viejos nonagenarios.
Me rodearon riendo.
Pelaban los dientitos como topos ahogados.

Señor,
éstos casi no son de sangre.
¿Sabia usted que este pueblo
es criadero de los hombres Rapiña?
Estos ancianos en realidad son niños
hijos de madres muertas de hambre.
A nosotras antes de parirlos
se nos seca y se nos pega el ombligo
como no le pasa nada...
Los Rapiña...  
vienen cada semana
a sacarnos la sangre
con sus pavorosas jeringas.

Ya ve que la usan para fabricar oro.
Ellos tienen mucho.
A nosotros
ya sólo nos escurre clarita de huevo.

¿Son ustedes de pura albúmina?

¡Ay, señor de mi alma!
Anhelamos tanto ser de savia de clorofila.
¡Si pudiéramos ser plantas!

De pronto
vi que se introducía la mano en el vientre
que era como el de los canguros.
De entre una docena de hijuelos
sacaba uno
retorciéndose encogido
extraña apariencia
entre raíz y entre niño.
¡Fíjese!
exclamó emocionada
a tiempo que lo sacudía.

Percibí que la caca
los mocos y la saliva
eran de un verde babosiento.
Lo abrazaba llorosa
vehemente.

¡Las venas de la tierra
están henchidas de savia!

Queremos huir.
Ya no queremos ser de sangre.
En los trópicos
trepando montañas
sobre lomeríos
a lo largo de los ríos
coronando las lagunas
doquiera el ramerío
pregona la vida.
Con el hierro y por el oro
nos explotan y asesinan.
¡Queremos que nuestros hijos se vuelvan vegetales!
Devuélvase, señor.
Los Rapiña no tardan.

Huya de aquí
no vuelva nunca.
¡Sálvese!
Los Aguijón torturan y matan.

Una anciana que daba la espalda al cielo
y a la tierra la cara
habló con tenue vocecilla
amarga y dulce sonrisa desdentada.

Afigúrese que aquí ni cae agüita, señor.
Ni tan sólo los pajaritos cantan.
Este río está sordo.
Ni el cielo siquiera
se acuerda de nosotros.
Aquí la humedad,
señor, solamente de las lágrimas.

Un niño rompió a llorar
asustado.
Se le puso que yo escondía una jeringa.

¡Mamá!
Ese homble es un Lapiña.

La madre espantada me preguntó.
¿Usted quién es, señor?

Soy maestro.
A la juventud doy consejo y amo.
Soy un poeta
un hermano.

Examinaron mi traje viejo
polvoso y harapiento.
Además iba descalzo.
Tiene dulzura y tristeza
donde otros guardan la furia.

¡Vengan es un poeta!

Alegres propagaban la noticia:
Es un maestro del campo.

De las bolsas de los vientres de los jacales
y no sé de dónde
empezaron a surgir muchísimos chamacos.
Me rodearon disputándose mi proximidad.
Se paraban en sus patitas traseras
mostrándome los dientes triangulares.
¡Empezaron a roer la tela podrida de mis pantalones!
Estuve a punto de correr asustado.
¿Serán pirañas?
¡Los terribles caribes!
Sentí que replegaban a mis piernas
las caritas huesudas.
Sus cuerpecillos manaban inocencia
tibia ternura
reclamos de amparo.
Me besaban la mano
de cuyos dedos escurría saliva.
Sentí angustia.
Me invadió una tristeza profunda.
Cerré los ojos.
Quería ignorarlo todo:
los mares de hiel
el miedo
los sollozos
el hambre de los seres desdichados
la amenaza continua.
Quería borrar
todo aquel mundo sombrío
que animaba mis retinas.
Sentí que mis sienes
eran débiles paredes
que la fiebre golpeaba
con sus puños de fuego.

Desde la lejanía
presentí las bestias
resonar sus patas
contra la tierra.
Crecía un murmullo
de ríos mal heridos
montañas moribundas
árboles degollado
vientos enloquecidos.
Ya no eran susurros.
Eran voces altas
las que llegaban
en viaje de siglos.

¡Aaaay aay ay!

Un grito filoso rasgó la atmósfera
tal la piel de un ser humano.
El pánico rojo
prendió terror primitivo en ojos desorbitados.

¡Los Rapiña!
¡Ya vienen los Rapiña!  

La desesperación y el miedo arrancaban alaridos.

¡A morir peleando!
gritó un esquelético.

Algunos harapientos le siguieron.
Un dedo de acero señaló a los renuentes.

¡Aaay aay ayaayayay!

Las puntas de las cañas amargas
y las crueles granizadas con su traqueteo.
Pechos de mancebos
oradados  
boquetes exangües de jóvenes bellas:
Vil muerte impune que dan los déspotas.

Corrí aterrorizado a replegarme al Milenario
tras la vieja Enredadera.
Los hombres Rapiña en realidad eran muy pocos
pero venían flanqueados por legiones
que marchaban en cuadros
vestidos con trajes de un verde oscuro.

Eran los insensibles hombres Aguijón.

Esporádicamente
se rebelaban los del criadero.
Entonces
los Aguijón perpetraban matazones
para que los hambreados tomaran escarmiento.

Eran los hombres Aguijón
a ratos humanos
en sus misiones perversas
cual si hubieran sido hipnotizados.

Se volvían fieras carniceras
con la consigna de no dejar vida a su paso
ni cosa que se moviera.
Con garras
dientes puñales y rifles
desollaban la carne de los rebeldes
que osaban levantar los puños cerrados.

Los Aguijón
eran también esclavos de los Rapiña.
Ya estaba en acción la misión sanguinaria.

Vi a un Aguijón que succionaba la sangre de un anciano.
Reía luciendo la jeringa
a medias vacía la mitad con sangre.
Como leña seca
tornábase el viejo en su agonía.

Con la sangre de los jóvenes
rebozaban las jeringas
y por jóvenes les restaba aún
la gracia de un hálito de vida.

Tampoco perdonaban a los niños
pues de la sangre inocente de los infantes
fabricábanse joyas  
las más graciosas y brillantes.

Con la sangre extraída de los criaderos
se ornaban las aristocracias.
Pulseras
anillos
collares
brillaban adornando a caballeros y damas.
Eran los tales ornamentos
lágrimas y sangre de los seres de los criaderos.
Con el mismo oro hecho de la misma sangre
lucían rutilantes los templos religiosos.
Los seres que se cubrían del metal maldito
pregonaban con brillo
la complacencia en el genocidio.
Vi que los Aguijón
húmedos de rojo
descargaban sus jeringas en grandes depósitos.
El aire se teñía de espumarajos.

Al ver los Rapiña regocijados
el éxito del comercio sangriento
acariciaban a los hombres Aguijón
y los premiaban con el mismo metal
que rendía el asesinato.

Reían los hombres Rapiña con malicioso alarde
a tiempo que los serviles Aguijón
cantaban himnos al deber cumplido
y a la disciplina criminal y cobarde.
Lloraban los indefensos seres de los criaderos
con el son monocorde de la música de sus ancestros.
Con lágrimas añoraban al mar
dolor de la vida
nostalgia del nacimiento.

En un tiempo pasado había sucedido algo extraordinario:
un criadero se había rebelado.
Tras un lucha cruenta
los hambrientos derrotaron a los Rapiña.
Los ejecutaron.
Tras la venganza
pareció haber llegado la justicia.
Entonces  
se operó una metamorfosis rarísima:
los caudillos del movimiento revolucionario
se transformaron a su vez en Rapiñas
olvidando su origen.
Desde mi refugio podía identificarlos:
chapeados de oro
sañosos
eran los más crueles
los más ostentosos
más avorazados.
Torturaban
envilecían a las mujeres
que antes fueron sus hermanas
soldaderas
y causa de sus nacencias.
A los niños sin signos en las manos
de risas asesinadas
los mecían en brazos.
Las huellas de la barbarie en la anemia de sus caras
desangrados
como muñecos de hilacho.

Los Rapiña ensayaban su oratoria cotidiana:
los niños son el porvenir de la patria.

¡Oh las madres hambrientas!
Cabelleras de pasto marchito
fuga de vida por los ombligos
fuentes de leche
senos de canastos vacíos
prados de flores silvestres
rosarios de lágrimas.
¡Pobrecillas! Poesías amargas.
Vida que se moldea en sus vientres de barro
industria dolorosa
sin sueño
ni descanso
instintiva ternura desde los tiempos primarios
celo de recién paridas
defensivo empeño de bestezuelas.
¡Pobres madres hambrientas!
Hechas de mar y de tierra.

Un viejo enclenque
hambriento y enfermo
se acercó hasta un Rapiña
de alegre dentadura.
Abriendo los brazos imploró:

No es de ley,
señor,
ni es de justicia.
Este crimen no puede estar en la letra
de las leyes humanas y divinas.  

Mira, viejo,
las verdaderas razones son las únicas que pesan.
No te fíes de la ley escrita
la que se impone la trae la hembra desde la matriz
y se pasea en el semen del macho
antes de que los seres se forjen
de la carne que se unifica.

Sobre colinas y sierras
sobre toda pradera
sin que abarcara la vista
contempló el viejo las matas
reverdecidas y erectas.

Vio prados de maíz creciendo
si bien inermes en su prematura
crecidos espigando bayonetas.

Los Aguijón seguían su horrenda tarea
sordos a los gritos de clemencia.
Sus ojos enrojecidos soles eran
sanguinolenta lluvia las manos
los corazones cuchillos de piedra.
¡Cuánto placer a los Rapiña!
¡Cómo crecía la riqueza!
Piedra filosofal que no falla:
ambición
barbarie
vileza.

¡Este es un criadero humano!
Aquí la vergüenza del género
aberración del universo.
Aquí brota el dolor como esencia  
gesta al arte
en sus formas groseras.
De los veneros de la amargura
se nutre el genio del espíritu
que labra en bruto la materia.
Aquí el rencor y el odio crecen como el coral.
Aquí la tara biológica arma a los crueles
que aun siendo victimas y explotados
fustigan a niños y mujeres
sin más motivo que estar frustrados
y el ser más fuertes.
Aquí el hambre que fustiga
que barrena las tripas
que desespera en rugir
casi en bramar de bestias.
Aquí el dolor desesperado
aquí la degollina.

¡Este es un criadero humano!

Ayes hirientes
lenguas hambrientas
lamían la tierra sin verdores
plateando la erosión con la baba trágica.
Era el chillar desgarrante
de mujeres sin consuelo
y lapsos pétreos de los hombres
sin palabras ni lamentos,
cenizas y llamarada.

El hambre les atrofiaba el don del pensamiento
aún punzando la mente.
Eran como trozos de tierra
que se están pudriendo fétidos.
Hedía la carne de los vivos
como la carroña de los muertos.
Los lamentos y el lloro
como el viento y el polvo
se untaban ondulantes en la tierra
hundiéndose en sus grietas
en un coro que oradaba las piedras.

Yo contemplaba mimetizado entre mis hermanos de savia.
Un tremor sacudía al árbol viejo
hasta donde los siglos habían hundido las raíces
que los mismos siglos secaban.
Murmuraba ahogado y reticente
tal el habla de quien se embriaga
o como quien solloza inundando las palabras.

El Milenario trataba de decir algo:

Malditos los que fingen ternura
los huérfanos de humanidad malditos.
Mil veces malditos quienes instigan las guerras.
Malditos los que pronuncian en falso
el nombre del Bendito
que expiró en la madera de mis brazos.

El viejo Milenario
con voz estropajeada
maldijo a sabiendas
que sus voces acusativas
se repetían por siglos
igual que hojarascas vencidas.

Sentí que mi amiga Enredadera se cimbraba.
Un goterío perlado
cual brisa del abismo oceánico
inundaba mi cara
escurría mis manos.
Mojaba mis labios apenas
el sabor amargo
y un espeso salado.

¡De pronto!
¿Qué veo en el fondo de tan terrible cuadro?
Entre bárbaros y masacrados
mis abuelos y biznietos
en uno y en otro bando.
Yo mismo me miraba
agonizando desangrado.
Pero al instante
puñal en mano  
hería a mis propios hijos.
¡Dios mío!
Por un momento
sentí pena de haber nacido.
Pensé en otro mundo distante.
¿Marte?
Poblado de volcanes y cráteres.
¿La luna?
Inútil misterio del espacio.
Venus en hervor continuo.
¿A dónde ir?
Si todos los mundos están vacíos sin seres vivos
ni siquiera vegetales.
¿Qué son los mundos en el tiempo cósmico?
Efímera trayectoria que arde.
¿Y la vida del hombre qué?
Sólo un fugaz instante.

Salí de mi escondite
contemplé el rojo del crimen
y el agónico amarillento de las anemias múltiples.
En los oídos se me clavaban los ayes
alfileres, aleznas y puñales.
Invocaciones de la esencia dolorosa
que arranca de la entraña del sufrir humano.
Sentí pena
por mi parte tributaria
a la culpa universal
de tan enorme infamia.
Lloré minutos fugaces de arrepentimiento
renegué de la impotencia
de no anular dentro de mí mismo
la maligna condición que nos convierte
tal como son las bestias.

Cruzaba entre las víctimas.
Me llamó la atención algo:
mocetones con plantas exóticas
semi cubiertas de tierra.
Me acerqué con curiosidad de botánico.
¡Eran niños!
Casi plantas.
¡Empezaban a brotarles espinas en las manos!
Huí.
Miraba las cabelleras de los muertos
tendidas.
Trigales marchitos
parecían
entre los dedos del viento.
Se alejaban los verdugos
hartos de crueldad.

Lejos
se iba licuando el crepúsculo
llorando sobre la mar.
Ya el fondo de los ríos
se plagaba de estrellas.
Viaje de plata y de murmullos.
Búhos
campesinos
pabomas
grillos
y nostálgicos aullidos
coreaban las notas fosforescentes
de un nocturno de lágrimas.

Triunfo sempiterno de los poderosos.
Con sangre construían lujos:
abrigos de pieles  
automóviles
cuantiosos caudales en los bancos
y la soberbia de sus palacios.

Volvían los Rapiña a sus hogares
bien custodiados.
Los hombres Aguijón
cumplían su deber
guardias tenebrosos
inconscientes y bárbaros.

Los verdugos se marchaban cantando:  
somos los libertadores
la emancipación de los pobres.

Había dolor en el eco de sus voces.
Parecía que el mecanismo de sus mentes
no vencía el olvido
que sepulta lo no deseable.
Tal un presente perenne
que guarda épocas y episodios
pese a tiempos ya pasados.

Emergían insistentes los recuerdos:
Un niño que lleva a cuestas
el doloroso heroísmo de los harapos
un joven bravío
pleno de arrestos redentores
y hondos ideales humanitarios
yacían recluidos
al fondo de sus almas aceradas.
Lloraban a solas
añorantes.
Pisoteaban con egoísmo fatalizado
un pasado vuelto maraña
de la felicidad
entretejida en selva laberíntica
de lianas de oro y plata.
Les dolía la entraña
dolor de hombre que acuchilla su niñez
estrangula su juventud
embarca su senilidad ciega de ideales
en las cañadas turbulentas
que bajan a los abismos oscuros  
de la subconciencia.
Cataratas de agujas y alacranes
roedores hambrientos
¡Insensatos!
Corruptores de su propia historia.
¡Cuántas veces acercaron la noche
al balcón de sus mansiones áureas!
¡Cuántas veces lloraban remembranzas
ancestros inoportunos
fantasmas tercos
genealogía tesonera
que hinca sus garras en el alma!

¡El abuelo albañil!
encorvado y reumático
el mismo
que con millones de ladrillos
se construía una prisión a diario.

¡La abuela!
Pobrecita vieja
atada al fuego de una hornilla
lavando ropa ajena
a cose y cose en horas de sueño
condenada a la miseria
por cada día que amaneciera.

Aquel adorado viejo
campesino
el que antes de morir ya era tierra.
¡Hermoso antepasado!
Humillado
caminaba mirando el ras del suelo
de donde brotan las plantas.

¡El padre!
De manos y rostro siempre sucios.
Limpia la mirada
bondadoso
recto
justiciero.
El que murió ajeno a los trapecios de la aristocracia
consumido como topo ciego
en las entrañas de la tierra.
En las cavernas mineras
arañaba el metal con que se hacen monedas.

¡Y ellos!
Enriquecidos y poderosos
ignoraban el dolor de su especie  
¡Qué vergüenza!

Pero una ráfaga de viento
doblaba la página añorante.
La meditación
la nostalgia
pasaban como las ánimas.
Entretenían a sus hijos
contándoles heroicas hazañas
fabulosos episodios revolucionarios
justificaciones falsas.

Estos
avezados y listos
fingían creer.
Empezaba a crecer el cinismo
lodo que cubre y arrasa....  

Me fui alejando
en pos de un abril con primavera.

Ya estaba el sol ausente
concedía una tregua.
Brillaba la luna indiferente  
fingiéndose soberana de las estrellas.
Inexplicable dualidad de los humanos
con la misma ilusión que animan la esperanza
alimentan al buitre que los devora.
A un lado de la vereda  
donde iba sembrando mis huellas
como a semilla estéril
vi el esqueleto de un árbol gigantesco
que hermoso en su mocedad
lucia aún airosa muerte.
Me alegró la idea de su fronda.
Iba a tenderme a su amparo.
Ensueños de ramas verdes
tejíanseme en la frente.

De pronto
me detuvo un presagio.
Arriba
coronando de infamia el árbol
estaba el hombre extraño.
Tenía el labio inferior caído.
Pensé:
Es taciturno.
¿Búho?
Torció medio labio alargándolo.
No.
Es rencoroso vengativo.
¡Está acechando!
¿Felino?
Sonrió fingiéndose dormido.
Lo denunció la lengua y su resuello zumbante.

¡Sentí cascabeles en los oídos!
¿Será víbora el desgraciado?
Desde aquí estoy a salvo,
grité,
maldito intrigante.
¡Un chispazo!
Me aterrorizó ver que se lanzaba al vacío
directo al espacio
que violaba con mi cuerpo.
Bajaba balanceándose
acróbata maligno.
En un trapecio brillante
hacía de su baba un hilo.
¡Arácnido!

Huí lleno de pánico.  
Curioso
tejían los arácnidos
a la luz de todo el mundo
con tan fina y abundante baba
que a sabiendas de la perfidia
que los embargaba
no escaseaban los crédulos.
Estos se enredaban estúpidamente
en sus trágicas redes
y aún los había que sucumbían
víctimas
creyendo redentores
a quienes siendo falsarios
son criminales
ladrones
bribones armados de labia
crueles
mentirosos.

Quise conciliarme de las visiones horrendas.
Contemplé en los campos
la sal y la ceniza.
Gestos de niños inocentes:
las piedras y la arena sonreían
la brisa
la plata
la luna
el mar
y los rosarios de nácar.

Me interné sin rumbo en los parajes semidesérticos
burlando la caricia de los cactos.  
Meditaba:
¡qué paradójico
los seres de los criaderos!
Son en realidad los que semejan buitres
tan flacos y agudos los rostros
casi pura osamenta.
En cambio los Rapiña
son rechonchos
gordinflones
muy pulcros  
siempre rasurados
con algo maternal en el aspecto.
Parecen pollos recién pelados
listos para hornearse.

Oí risas por todos lados.  
Sin darme cuenta
había ido monologando en voz alta.
Se carcajeaban de contento los cactos
comunicándose a risa y risa
el motivo de hilaridad tan sonora.
Yo caminaba riendo.

Un sahuaro
al que se le miraban las costillas
me dijo resoplando.

¿Conque pollos pelones rostizados?
No, señor,
Yo dije que pollos pelones
listos para el horno.
Volvieron a reír todos
con júbilo escandaloso
porque el sahuaro se había equivocado.
Las nopaleras torteaban las pencas colmadas de alegría.
Una biznaga chistosa
obvia su preñez
se inflaba y se inflaba de la risa.
Se festejaron hasta las calabacillas silvestres.
Tanto se sacudían
que remedaban arroyos
en rastra de campanillas.
Me senté cabizbajo ensimismado.

¿Estás enfermo hijo?
Susurró una cholla.
No madrecita
estoy muy cansado...
Duérmete junto a nosotros.
Te cuidaremos de los bichos malos.
Yo te guardaré de las fieras
agregó un sahuaro.

Con los cactos me ligaba
particularmente
una amistad entrañable
desde la infancia.

Agradecido les contesté:
seres de clorofila
¡Cuánto los amo!  
Me despertaron en la madrugada
para no mojarme
a la hora en que beben agua los cactos.
Un cielo tiernecito
nacía brando serenamente.  
Sentí muchas ansias de volver a mi casa.
Me fui llorando
como un niño extraviado
con la pesadumbre
que la soledad y la ausencia  
nos hace sonar alguna vez.
que llegamos a casa
llamando con desesperación
sin quién nos conteste
ni nadie en el mundo
que abra aquella puerta...

No podía acordarme
de dónde había partido.
Quería esclarecer el presente
y el rumbo que seguía
en busca de un destino
que el misterio parecía
ocultar para siempre.
Preguntaba a todos por mi hogar.
Quién sabe...  
Me contestaban como única respuesta.
¿Vendré del mar?
¿De los desiertos habré emergido?

Quizá de las montañas
o de alguna nave
que antaño descendiera de lo ignorado.
Caminaba llorando
abstraído.

Cuando salió el sol
me di cuenta  
que eran mis pasos sobre las aguas de un río.
¡Contra la corriente!
La tierra de mi nacencia.
¡Dios mío!
Me espera al fin de mi camino.
No quiero
que mi tumba sea dentellada del infierno
ni sea mi sepultura
zaguán de la inexistencia.
Quiero que bajo la tierra
mi cuerpo sin alma
se convierta
de la podredumbre nauseabunda
de fosa alfombrada de gusanos
con su terrible parto a la inversa  
en la semilla de un árbol hermoso
que crezca con algarabía de hojas risueñas
y armonioso cántico del viento.
Un susurro suave
melodioso
brote de su follaje
y consuele a los seres que se duelen
con la eterna canción que inspira Dios:
amor
universo.  
Quisiera ser un hermano de savia y de clorofila
que alegre y amigo
ofrende su sombra
en los cementerios.
¡Oh ciudad encantada!
Eres tú
la ruta de mi destino....




Sahuaros

Pósase el firmamento sobre el suelo.

De lejos
parece agua lo que solamente es azul.

El páramo luce claro
como una cripta transparente.  

Los desiertos calvos
arrugados
semejan
cadáveres de viejos derruidos por los años.

Brillo del agua ausente  
sed milenaria de los arenales
baba de caballos afiebrados.

Trasciende un sol llameante desde cristales subterráneos.

Lejos
trotando por los caminos del instinto
una procesión de camellos fantasmales
a beber va de ciegos oasis
inundados con sed de mortales.

Bramar remoto de anfibios.

Verde  
mar
lujuria
dolor
sangre.

Ciénegas verdirrojas  
se retuercen y paren.
Rocas resquebrajadas
remolidas
polvoreadas.

Quietud pálida.  
Eco sin humedad.

Huesos.
Vitrina del oriente.
Irradiantes marfiles de nívea albura.
Rebelión de la tierra estéril
furia en las tolvaneras
terregales
fuego
viento.
Van furiosas contra el sol
las muy densas polvaredas.
Odio van remolineando
cubriéndolo de alas negras.
Beatitud frustrada:
rabia en las miradas verticales de los reptiles heroicos.
Viento horizontal:
baberío de norias interestelares.
Redes de arácnidos plateros
brillosas agujas de obsidiana
instantes de flamas negras.

¡Crepúsculo!

Humillación de los instintos
ungidos por áurea melancolía.
Granada encendida
troca su vida por la negación tenebrosa de los colores.
Los gallos perforan los techos de tinieblas
cuelgan hileras de universo
entretejiendo destellos:
trenzas de luz y fuego.

Las miradas saltan
se trapecian por los cielos enjoyados.
El alma es la placenta del ánima.
Cielo de parras simula
el candil de las estrellas.
¡Qué lindos se ven los astros!  
Prendidos a fuer de perlas.
Dios intuyendo estrellas y pupilas
crea universo y vida.
Finitud presa en la redondez del tiempo.

La luna
golpea a las piedras con su llanto.
Riñe con espejos a cuchilladas.
En los estanques de hielo
besa ranas
moscas  
culebras.
Magia de luceros
diamantes y esmeraldas.

Las sábanas del alba
se crispan de rosas
espuma y púrpura.
Llora la madrugada
perlas efímeras.
Aroma de azahar
nimba a las margaritas.
Hunden púas los cardos.
La flor del geranio se ilumina.
Trinos y sonrisas.
Alados pianos y arpas.

Amanecer:
piel de vírgenes ruborizadas.
¡Enrojeced!
Faz de la tierra
hembra fogosa.
¡Loor a Tonatiuh!
Garañón que cubre a la naturaleza.
En el inmenso lecho azul
dos amantes se recrean.
Entre bramidos y truenos
llueve semen.
Tonatiuh
preña a la tierra.
Ella se retuerce
gotea leucocitos
ululante de ombligos verdes.
Génesis de la savia y de la sangre.
Orgasmos cósmicos.
Potestad del rey supremo.

Se yerguen de la tierra los gigantes erectos.
... Nacen los sahuaros
hijos de Tonatiuh.
Tonatiuh: padre de los aztecas.
Aztlán:
caballeros verdes
hermanos del Anáhuac
guardan tus linderos.

¡Los espíritus de Huitzilopochtli te contemplan!
Aztlán
vergel triunfante
contra el afán voraz del desierto.
¡Ay! el fuego que tuesta
lame los campos y los seres.
Quiere teñir los pálidos arenales
con el verde de las plantas
y el rojo de la sangre.
De tarde en tarde
ríos y arroyos enchocolatados
zumban poseídos
de voces arrollantes.
Amenazan con su instante de muerte
a los que confían en el largo silencio de sus cauces.

Tucson:
azul con horizontes de leyenda
posta de golondrinas alegres
saludo cordial en español y en inglés,
¡Buenos días, mi amigo!
Good morning, my friend!

Mira, extranjero:
sígueme a los caminos del ensueño,
no temas a la risa trágica de los cascabeles
mientras tus pies no horaden sus nidos morados
hinchados de rabia y de ponzoña.

¿Ves ese cerro de barbas amarillentas?
Viejo cavernario
duerme
petrificado  
tembloroso de pájaros
lagartijas y liebres
al reventar la alborada
y cuando la tarde muere  
coronada de grillos
coyotes
búhos
y aves que graznan.
Si lo contemplas cuando es de día  
chispea de microsoles
que hunden espolones en los ojos
y tornan oscura la vista.

Brilla en la atmósfera
el canto de las cigarras
como un tejido de cuerdas
que con el fuego vibrara.
Las chicharras hincan sus manecitas.
Se abrazan a las ramas
llore y llore
sin lágrimas
los designios de un destino sin agua.

Bajando desde las cimas
fincándose sobre los planos
viven los seres hermosos.  

¡Sahuaros!

Cuadro ocre pintado de bastos.
Místicos verdes
pericos extasiados
meditando.
En las tardes ensangrentadas
caramelos fosforescentes.
En las noches
monarcas indios encantados.
Nobles caballeros
naturales de estos lares.
Antigua estirpe sobreviviente
que no desalojaron de su espacio
ni la ambición
la indolencia
ni la infamia.

¡Míralos!

¡Qué dignos!
Rectos y valientes.
¿Te gustaría platicar con ellos?
Hablan el lenguaje universal.
Son esculturas de pensamientos
o pensamientos cincelados.
La elocuencia de los siglos
ellos la cuentan callando.

Sígueme,
turista hermano.
Entremos al país de los sahuaros.

Visten surcados de espinas.
Tócalos con Carrión.  
Así, con cuidado.
Son de savia generosa
y de corazones blandos.
Adivínalos a la hora en que los oídos y las voces
se topan en las encrucijadas
de los caminos muertos.
¡Qué majestad de seres tan callados!
Luna
sombras
siluetas.

¿Oyes el silencio sacro?
Selene prendió en las piedras
la luz que brilla en los astros.
Mientras que las piedras duermen...
¡Dios mío!
Se oye el sueño de los pájaros...
Rezan los sahuaros
tal feligreses devotos
enlutados.
Espejos con luz de arenas.
La montaña iglesia
el cielo altar
tremando de cirios universales
que brillan y se apagan como promesas.

Hermano:
¿No te sientes montado sobre la fluidez del tiempo?
No es otra cosa que el lomo de la muerte.
Sus pasos suenan latiendo dentro
como si volvieran de muy lejos...

Los sahuaros prendidos a la vida
se aferran a lo profundo
contra la sequía que los cerca.
Beben historia para crecer soberbios
desafiando enardecidos
la negación de la existencia.
¡Qué sabio arquitecto
quien diseño a estos seres orgullosos!
¡Qué artista prodigioso!
¡Tal maravilla de cuadro!
¡Cuán soberbios y elegantes!
¡Cuánta hermosura de los sahuaros!

Mira, extranjero.
Observa la ternura de ese amante enamorado
flaco anguloso
porta lanza
ciñe espada.
Desfacedor de agravios.
Se oprime el corazón amante.
Mientras le escurren los sesos como requesón
los ojos se le tornan de espaldas al paisaje.
Loco hecho de ira y de filosofía.
Saco de huesos
cual espadas braveras
rompen su mismo cuero.
Gritos agudos de rabia apostólica.
¡Conmigo sois en batalla
malandrines y fulleros!
¡Aquí!

Mira éste.
Señala el horizonte
tal vigía
que se apresta a descubrir un continente
hendiendo el grito de
¡Tierra! ¡América India y España!
Que rodara por los siglos rotantes
que el espacio se traga.

¡Dios santo!
Un crucificado.
Esencia de color para teñir el arte trágico.
Cruz hecha de siglos infames.
Mercado del dolor.
Verónicas industriales.
Clavos
martillos
clavos.
Ternura del cordero agonizante.
Afrenta de los ríos de labiosa perjura
asquerosa baba de los hipócritas
mancha la pureza de la sangre martirizada.
¡Ahorcan palomas!
Incendian pueblos
asesinan nonatos.
No saben lo que hacen, padre...
perdonadlos.

¡Fíjate!
Aquel sahuaro
mira por las cuencas.
Le sacaron los ojos
los pájaros que visten de prisioneros escapados.
¡Diablo de pareja!
¡Que no vean las niñas!
Están llamando a la cigüeña.
Quieren poblar a los campos
para que la tierra no perezca.

¡Vea!
Dos sahuaros de la mano
tal enemigos reconciliados.
Perdieron la sangre en un albur de puñales y plomo
para hermanarse en la clorofila.

Aquel ciego juglar
contémplalo
al lado de noble lazarillo.
Tiende humilde los hilos de los años que se mueren
y de los que no han nacido.
Contó historias de cuando el mundo era niño.
Ahora calla y escucha al viento
que es el telégrafo de los muertos.

Caminemos hacia allá.
Aquel descarnado
luce a medias su esqueleto.
Seguirá, señor, de pie
después de muerto
cual un Cid victorioso
sin calor y sin alientos.
¿Dónde la pulpa que modeló su figura?
¿La savia que lo vivificó, dónde?
¿Qué de la clorofila verde vida?
¿De las espinas que lo ornaban, qué?
Sólo los proyectiles vanos de la lluvia
y el viento que le arranca sollozos añorantes.

Algún búho anacrónico
desde su cúspide
augura a la media noche
irónico
el exterminio de los indios...

Te sonríses, forastero...
¿Algo descubres?
¡Que se volteen las damas!
¡Vaya!
Ese pícaro sin rubor
vive clamando su virilidad
apuntando a los arenales
con el símbolo erecto.
Clamando corajudo contra el desierto impío
sin mengua de ser obsceno.

¿Divisas acullá
a la distancia?
Son aquellos platónicos amantes
estirando los brazos para unirse,
pero la muralla del espacio transparente
convierte sus horas paralelas
en lago dibujado
como anhelos sin cristal
o lágrimas sin llanto.

¡Contemplad a los sahuaros!

Verde ejército encantado;
Simulan procesión de hombres de palo
estáticos y contemplativos.
Quieren que los paisajes trasciendan alma
para saber de una tierra amada.
Lloran con guitarras que afina el abandono.
Rezan con palabras de abuelos sepultos.
Un Díaz de Vivar les demanda hazañas.
Un Cuauhtémoc irredento los constriñe y los estruja
mientras el embrión de Huitzilopochtli
gesta sueños de venganza en sus entrañas.

¡Ey, tu!
Joaquín Murrieta.
No, no es él.
Es un sahuaro que remeda hombre a caballo
un puño cerrado
en la otra mano un látigo,
¿No adivinas por ventura
al mentado Gerónimo?
Arroyos broncos bramando
espumarajos
tierra remota
y el eco de un rayo.

¡Mira allá!
Aquel que parece cruzar...
El santo Eusebio tan esforzado y manso.
Halo de palomas lucientes de cantos amorosos.
Jinete sembrador de rosarios.
Constelación de palabras alumbrando.
¿Vas a San Xavier del Bac?
Dulce padrecito blanco.
¿Qué hacen estos seres enclavados?
¿Son acaso jeroglíficos vivos?
¿La historia de los humanos
se cifrará en estos signos?
¿No sientes ante la majestad de estos cactos
algo del ayer antiguo
miradas y pensamientos
otras voces y otros cantos?
¿Un paisaje
que recorrió los luengos caminos de la genealogía
para entrar a tus ojos
con las retinas de ignotos progenitores?
Misterio universal
el contemplar lo remoto y reconocerlo
sin haberlo vivido.

¡Sahuaros!
hermanos míos
hemos nacido en el mismo lugar
hace siglos
bajo el mismo signo.
Sois vosotros de Tucson,
del padre Tonatiuh hijos.
Lo soy también yo lo mismo.
Esta tierra
este paisaje
todo es Aztlán
con el alma universal del indio.

¿Decías?
Sí,
tienes razón.
También parecen soldados que han vuelto de la guerra
hastiados de la barbarie y de las vilezas
sin saber qué es triunfo
qué es derrota
ni cuál la justicia verdadera.

Los sahuaros se van secando
cavan los días y los años vencidos.
Se extinguen.
En los anales de mañana se leerá:  
fueron.
No pueden preservar la vida
contra el designio que llevan en la entraña.
Los vence y los domina.
¡Temporalidad!
Doblega y mata
fabricando recuerdos a cada instante de su marcha.

Sahuaros.
¡Os amo tanto!
¡Sois los seres más dignos!
¡Qué hermosos y cuán derechos!
¿Quiénes más honrados?
¿Cuáles más hidalgos?

Monologa con los sahuaros, visitante.
¡Un museo en vivo!
¡Qué multiplicidad de figuras
ideas, sentimientos y sugerencias!
Cada quien que los admire
encarnará fantasmas en su conciencia.

Dime, caminante,
¿Dónde has visto tantas estatuas
esculpidas por otro maestro
de tal maestría y tanta gracia?
Aquí, en Tucson, viajero.
Lindo pueblo
con la gracia de la vida
que brota como venero
del mero fondo del desierto....







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