sábado, 23 de abril de 2016

ALBERTO QUERO [18.499]


Alberto Quero

Nació en Maracaibo, Venezuela. Narrador y poeta. 

Es Licenciado en Letras, Magister en Literatura Venezolana y Doctor en Ciencias Humanas por la Universidad del Zulia. Miembro de la Sociedad Iberoamericana de Escritores, Asociación Venezolana de Semiótica. Ha publicado cinco cuentarios: Dorso (1997), Esfera (1999), Fogaje (2000), Giroscopio (2004) y Aeromancia, (2006). 

También ha publicado un poemario: Los que vinieron (2013). 

Ha obtenido los siguientes premios: Mención de honor en la XII Bienal de Literatura “Eduardo Sifontes”(1997), Segundo premio en el concurso estudiantil de poesía de LUZ (1998), Primer premio en el concurso estudiantil de cuentos de La Universidad del Zulia (1999), Primer premio en el concurso de poesía de La Universidad del Zulia (2001), Premio “Andrés Mariño Palacio”, otorgado por la Gobernación del Estado Zulia a escritores noveles (2002), Primer premio en el concurso de poesía “Por una Venezuela literaria”, Editorial Negro Sobre Blanco (2013). 

Textos suyos han sido recopilados en Los espejos plurales (Poesía, Universidad del Zulia, 2000) y en Cuentos de monte y culebra (Cuento. Universidad de Los Andes, 2004). Ha sido incluido en dos diccionarios de personalidades Diccionario General del Zulia (1999) y en Quiénes escriben en Venezuela (2005).



IMPACIENCIA  (1)
 
    
I
 
¿Cuál secreto me está siendo revelado
en esta hora de fragor y presentimiento?
El tiempo sólo me promete un horizonte blanquecino:
trato de halar la intermitencia de algo posterior,
algo que sea decisivo y permanente
y que pueda nombrar en esta búsqueda,
reciente y extensa.
Busco y no me importa resistirlo,
porque puedo superar cualquier escrutinio,
¿Se me ha dicho algo oculto en este momento
de hambre y de duda?
Recorro las anchas veredas de cosas que
todavía no suceden,
los ásperos declives de una espera que me señala
¿Se me ha iniciado en algún rito
que luego deba recordar
con frecuencia y sosiego?
Me preparo furtivamente para deslizarme en lo lejano:
ahora soy lo que aguardo
¿Bastará mi deseo para el traslado?
 
    
II
 
¿Entrego algo o sólo sobrevivo
en el cercano estancamiento de estos días?
Acaso sólo escuche:
aun me desborda la amplia dilación
de este instante, agudo y complicado.
Descifrar y adquirir digo ahora,
¿pero a dónde conduce el sendero,
a veces imposible, de tanto lenguaje oculto?
Me pregunto si será suficiente conocer
los lentos procedimientos de la memoria,
sus vastos meandros.
Habré de añadir un traslado a la corriente
que me circunda
o esperar algún centro que me convoque
¿Quién está escondido detrás de esta hora,
abierta e interminable?
Sólo mis invocaciones y yo: artefactos para lo que sobra
Acepto el tiempo y el sigilo
escucho, pero sólo cuando escampa.
Dibujo todo lo que converge y lo que avizoro
en este momento angosto
porque ahora sólo disuelvo:
resido en la ausencia,
y espero que ello sea efímero
  
    
III
 
¿Debo esperar otro recorrido?
Después de mucho,
se me ha dado la oportunidad
de permanecer silente,
escondido como el que está obsesionado
con una búsqueda encubierta.
El tiempo es el único enigma en el que puedo pensar ahora:
todo lo demás es sólo atrevido y tremendo,
magro y flexible.
Ahora estoy obsesionado con un prodigioso clamor:
cada astrolabio que poseo apunta a la misma petición.
Ésta es la espera por la cual debo rogar,
aquí están los emblemas de mi ansiedad:
bajo mis sueños ellos yacen
y regreso es la palabra para mi prisa.
Elusión la llamo ahora,
levedad y tal vez la ausencia de lo que
es más pausado.
Debo confesar que constantemente miro al cielo
tratando de recuperar un signo colosal:
la estrella desconocida bajo la cual debo navegar.
En este instante me recuerdo a mí mismo
mientras sigo buscando lo sabio y lo incondicional.
Todo debería ser menos distante,
o al menos eso espero:
actualmente paso la hora de mi niñez,
todavía inconclusa,
evitando mi larga ansiedad.
¿Qué conocimiento me espera,
me pregunto ahora,
cuando he descubierto que pertenezco
a una raza foránea?
Me escudo en esta distancia
que ahora se ha vuelto certera
Me escondo en una letanía subrepticia y clandestina
que a diario repito
durante las horas vacías de la espera..
¿Podré transformar la tardanza en inminencia?
Prefiero no llamar miedo a esta agitación
que me asedia,
apenas impaciencia.
 
————————————-
(1) El primer poema de esta trilogía fue publicado el 26 de julio de 2015 en el diario Ekdin, publicado en lengua bengalí en Calcuta (India). La traducción fue hecha por el Dr. Dibyajyoti Mukhopadhyay. Los poemas II y III son completamente inéditos.

 

Capitulación

Yo pertenecí a una estirpe maldita,
a la oscura casta de los fuegos ajenos a todo lenguaje,
y mi nombre era éter, viento y cuarzo.
Yo fui acorralado, asediado, sitiado.
Yo fui enjuiciado desde cualquier reflejo increíble, ejecutado;
yo fui descuartizado.
Nube o bosque, poco importa,
pero lo intenté.
Yo fui sólo un mártir,
un mártir del barro,
un héroe del polvo,
yo creí que el mundo era unívoco y transparente, puro,
y por eso terminé sembrando entre las ruinas.
Yo fui perseguido,
arrebatado de los brazos de la noche
y arrojado a sitios de los cuales aún no he regresado.
Yo traté de ser.
De más está decir que fracasé.
De más está decir que me hicieron fracasar.




Alguna vez yo

Alguna vez yo habité en un país parecido a la infancia,
no era la infancia,
sino sólo lo más parecido a ella.
Alguna vez yo tuve dioses,
amorfos o transparentes pero en todo caso intangibles;
no eran dioses, pero así yo lo creía.
Alguna vez yo tuve verdades,
plurales más que totales
y hasta susceptibles de ser envueltas en papel de regalo;
no eran verdades,
pero hubiera dado cualquier cosa porque lo fueran.
Alguna vez yo tuve pensamientos,
tambaleantes y torpes como todos los pensamientos;
no eran pensamientos,
pero sólo por su aparentemente notable dominio sobre las cosas
me dejé dominar por ellos.
 
Alguna vez yo tuve esperanzas,
vanas e intrascendentes,
tan ingenuas que rayaban en lo verídico y hasta en lo realizable;
no eran esperanzas, y yo siempre lo supe,
pero no pude evitar estremecerme
cuando comprobé que todo en cuanto una vez creí
eran solamente epítetos y redundancias
dentro de la misma espiral.

 

23

Extraños fueron aquellos días de mi juventud
(ahora perdida y difusa)
desnudos de metáforas y de sospechas,
cuando el amor era más nube que espejismo incurable
y aún no se me ocurría tras cuál esquina aguardaba el frío
Extraños fueron aquellos días
limítrofes con lo verosímil,
grotescos por tanta credulidad,
ilusos hasta la repugnancia
y de pura candidez inflada, abominables.
 
Extraños fueron aquellos días
carentes de fechas y de rótulos,
antípodas de esta asepsia
y de estos desiertos memorizados,
tan en medio de esta, mi prematura abdicación
tan al principio del resto inmaculado de mi muerte.

 

La vida inocua

Me siento a mi propia vera.

De tanto tragar filos mis voces son apenas
silbidos inaudibles
proclamas de tardes y de vientos.
Las piedras me han servido de confidentes
Ignoro con cuál fin, pero velo.
No nombro infiernos ni convoco umbras:
los anticipo.
No deseo más que una mujer,
una lo suficientemente ciega
como para atreverse a permear sobre mí
sus perfumes,
una que olvide mi rostro, mi cuerpo y sus espinas,
una que no tase más que mi incienso
y me escrute sólo con la punta de los dedos.
Arsenal o cerebro, no sé:
hace tiempo que me deshice de eso.
Me flagelo si maldigo
o si blasfemo contra el silencio.
Repto; mezclo telarañas y moho,
examino cifras, restauro granos de arena
y me ufano únicamente de ser
orfebre de ningún escándalo.

Eso es todo;
en realidad ya no me queda mucho qué decir:
mudo tras las avalanchas,
caracol adrede,
soy abundante sólo en ecos.

 


Lento
 
Para mí no es la vida probable
ni el asombro ante ella;
yo carezco de apremios, de fulguraciones
y de incisiones desapercibidas.
Tampoco me llama el placer trotamundos
y aun menos la sabia fecundidad del nomadismo;
yo giro en torno a los crepúsculos
y mi único rugido es una catarata;
yo no soy prisas
ni las previsibles furias de una sangre a medio estrenar
sino la erosión y las mareas:
a mí me surca la calma
y mi sombra huele a parsimonia.
 
Así que, si el mundo está apresurado,
que se vaya, no importa:
ya pasará otro.
 
Y en ése me iré.

 

Balada inocua
 
Paso invulnerable y simplísimo,
ya invisible a fuerza de desnudeces,
árido de frescores.
 
He hurgado.
He sorbido cada golpe.
No soy libre, soy mundo:
me pueblo y me despueblo
a voluntad, solo.
Empiezo y termino en mí mismo
y aún así temo se me escape alguna herida
que vaya a parar a cualquier destino innumerable.
A partir de este momento me supongo muralla
y me repito;
me repaso, me compruebo.
Nada más juego con mi propio barro.
Hago silencio.
Me repliego.

Agonizante de puentes
no recibo inquisiciones
(o mejor: las ignoro)
anémico de anclas
me he hastiado de ataques
y me revuelvo en círculos concéntricos.

Así es mejor:
nadie trocará sus alaridos
por cuanto he descubierto.



Al final de esta medianoche

I

Una vez me fue otorgada una marca terrible:
como pertenecía a un linaje maldito,
era heredero de una batalla incandescente.
Me oponía al mundo
y a sus muchos tumultos,
era un interminable pleito
contra los charlatanes
y su insoportable lisura.
Caminé por todo el repudiable laberinto
que es esta ciudad,
desafié su lodo, su polvo
y su ruido abundante;
confronté su calor insufrible
y sus acordeones desgarradores.
Impugné a sus arrogantes habitantes
y a su incontrolable letargo.
Evidentemente, nunca gané:
ellos no tenían la menor coartada
pero eran tantos
que me vencieron incesantemente
y su pereza fácilmente devoró
el arpa que había entonado.
De verdad quise compartir mi confianza,
pero fue en vano:
con su ira
mi prójimo apuñaleó mi más limpia sonrisa;
fieras aullantes,
aman construir oscuridad y ecos.
Así que encontré abismos y trampas,
puestos por mis propios compatriotas;
decepción y engaños:
me etiquetaron y fui extranjero
en mi propia patria,
un exiliado.
Yo era inocente,
yo era diferente.
E inocente.
Guerra y persecuciones:
tal fue mi destino;
traté de ignorarlo,
porque ansiaba alterarme a mí mismo
y también los muchos rugidos
que usé para encubrir mi verdadera búsqueda:
yo era ingenuo, y dócil, y ampliamente inofensivo,
como lo son todos los mártires.
Debo confesar que sollocé a veces
porque mi raíz más profunda comenzó a temblar,
mientras enfrentaba las hordas estridentes.



II

De todos modos el tiempo se ensanchaba,
pero seguía siendo un área nebulosa
y no podía sujetar mi mansedumbre.
Mientras tanto,
yo quise dirigir a las multitudes
un discurso impredecible
pues firmemente creía que tesoros nuevos
estaban a punto de llegar:
pensaba yo en guitarras y en amistad,
en quietud y en una fresca emancipación
que pudiera ser construida sin vértigo.
Soñaba con una aurora inminente
y traté de organizar
una magnífica conspiración,
una que pudiera restaurar la grandeza perdida
de las celebraciones bajo la luz de la luna.
Yo fui un nómada,
diestro en mudanzas
y fue así cómo el mundo vino 
muy rápidamente
y yo sólo yacía, tan inerte como un cuchillo.
Pensé que era lo suficientemente sabio
como para soportar premoniciones:
irreprochable como el viento,
comencé a acaudalar innumerables crucifijos:
la certitud me obsesionaba, y la indemnidad,
mis últimos vínculos irrelevantes.



III

Ahora me he vuelto
predecible pero cauto:
en este instante me puedo desvanecer,
y espero que mi memoria también lo haga;
antorchas y escudos,
son los únicos recuerdos de esta travesía
y juro que así habrán de permanecer,
espesos e irrompibles
como la bajamar o una piedra blanca.
He aprendido todo acerca de las durezas
y cómo reaparecer
después de algún evento destrozado
Mi furia se ha convertido
en insignificante y clandestina,
pero me alegra que así sea
pues el fuego y el pavor
ya no abarcan su falsa sombra
y si acaso lo hicieran,
soy suficientemente sordo para no traicionarme
caminando tras una nube de polvo.
Estoy esperando una mujer,
una hecha de nieve y susurros;
debería llegar muy pronto,
durante el ocaso
me llamará por mi nombre
en un idioma que sólo nosotros entendemos,
detendrá mis disturbios con su clarividencia.
Constructora de simplicidad,
me enseñará a entender
lo que es la tranquilidad
y viviremos dentro de una pirámide
de cuarzo blanco.
Me doy cuenta que he sido un predicador,
uno ciego, y tonto,
un peregrino y quizá algún tipo de mago.
Como tuve que disfrazar mis esperanzas
en medio de la noche,
de alguna manera sobrevivieron, y regresaron.
Estoy quieto y silente:
intacto, me encuentro a mí mismo
pensando en el amanecer
y sigo soñando con él,
aunque se haya retrasado un poco.
Ninguno de los innumerables vestigios del mundo
me volverá a hechizar,
así me lo juro a mí mismo.
Lejos de mi umbral trataré de respirar,
lejos de las exhaustas huellas que una vez dejé,
lejos de los ásperos subterfugios
y de los muchos desfiladeros ignotos.


Creo haber encontrado a Dios
al final de esta medianoche:
miraré de nuevo la estrella bajo la cual nací.





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