lunes, 25 de abril de 2016

J. ANDRÉS HERRERA [18.514]


J. ANDRÉS HERRERA

Juan Andrés Herrera. (México, 1990). Poemas, cuentos y otros textos suyos han aparecido en diversas publicaciones impresas y digitales. Es miembro colaborador de la revista Tajo de Lima y de la revista digital Ombligo de Cd. Juárez. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL de la UNAM. 1er lugar en el XVI Premio Universitario de Poesía “Décima muerte” (UNAM, 2013).



“la noche es larga, Caifanes…”

El lago imprescindible en el centro de Cuernavaca

(a manera de prólogo para Alucinaciones y sueños coníferos…)

No tengo el color inimaginable para escribirte. Si no me oyes tocar la guitarra como maldito loco negro de los 60’s o como rubio australiano del Siglo XXI, si no me miras tras un sax francés con rizos grasosos, si no me escuchas al amanecer en Ámsterdam borracho y con los gatos tras de mí es porque no tengo nada que darle al mundo después de mi terror. Si escribo, es para que la ausencia y otros plagios milenarios no nos degüellen dormidos. No tengo principios para el mundo así que escribo para ti. Separados milimétricamente, el mundo no será más que imaginado amigo compartiendo el ansia y esta confusión de andar en lo cotidiano bailando funk. Para cuidarme del mundo, y para no herirte, voy a escribirte a nado bajo el agua con la forma de los cuerpos relamidos. Vomito el alma para ver el camino y sólo queda la caída de la luna, el aljibe seco que nutre la casa, la manzana verde matutina y el valle marrón con los pinos rojos por culpa de la lluvia ácida, todo lo demás, lo que no imaginamos, ya está muerto. Los invoco, cuerpos olvidados y presencias que abandoné. ¿A dónde va el agua, Sombra de agua? ¿Conoces a los bailarines azules, Sombra de agua? No hay camino, el agua es dañina, nunca hallarás mi cuerpo de cristal ni mi sombra. Éstos no son demonios: Cerebro Irreal, debí haber nacido en otro infierno no llamado tierra. Ante este árbol de cenizas, destrózate el cráneo con algo más poderoso que un calibre 38, pero que no mata. Ata una llamarada huichol al suelo. Piedra extendiéndote en el subterráneo, yo te conjuro de silencio inimaginable. Me quedo callado por respeto a los dioses del agua. A ver si entre la furia el miembro conoce su cenit en medio de una de estas palabras. Me quedo callado para no extrañarte. Voy a escribirte para no acuchillarme. Arrojo la piedra: las palabras salen volando, se derriten, caen sobre el lago y nada. ¡Aleluya la noche!



Se acabó la dietilamida o no fue la poesía ácida

(un epílogo, la brújula, o un homenaje a los perros del cantón)

Potros, cientos de potros de colores salen de una Macintosh en movimiento.
Potros en el aire que son el eco visual de Tame Impala
Potros urgidos de jeringas y presencias demoniacas
Potros estrábicos mirando el camino de las hormigas
Potros allá huasqueados tras el punto rojo en medio de la noche
Potros viajeros de las páginas de coca y colas
Potros de ensueño que cabalgan hacia tardes opiáceas
Potros acelerados por la blanca
nervadura de otros ojos
Potros a la espera de los hongos en el llano
Potros con la cabeza dislocada
Acibérrimos potros engullendo Jícuri
Potros-dioses inhalando las industrias
Potros vagabundos prendiéndose en el viejo salón de blues de mi amigo Jack con una canción que huele a hierba. 


El primer día

Te llamarás Úrsula
como la areola donde naufraga la humedad de mi boca.
Damaris Caballero

Y no habré oído nunca lo que nadie me dijo:
Tu nombre, poesía.
Gilberto Owen

R, erré, una y otra vez girando y girando
Tras el baile de las rodillas flexionadas
Que viene desde Jamaica.
Y como ahí, como en mares
Azucarados por la dulzura del gueto,
Y como ahí, en el Jam-Rock
De los barrios que han olvidado
La pobreza que siempre es de los otros,
A paso de un buen reggae, porque es cierto
Que nosotros no tenemos nada
Pero tenemos Ska y tenemos Sound system,
Y porque es cierto que ahí no existe más que tu presencia,
Porque no necesito dinero en llamas
Ni jaulas de metal protectoras,
Justo ahí, y con baile, repetiré tu nombre
Mónica
Una y otra vez te cantaré con estos dedos
Porque no tengo ningún talento
Para girar este truco como dicen los Pixies,
Pero puedo susurrarte o gritar
Desde cualquier lado porque tengo una voz
Como un niño
Que está perdido en un desierto de oscuridades,
Porque tengo una voz que ha construido
Los lugares más recónditos de la tierra
Para hallarte una y otra vez,
Luego del vacío, luego del viaje
De la no-luz, luego de cansarse,
Por accidente, en los no-lugares,
Porque tengo una voz de suicida infantil
Aquí mero, morena, aquí mero te espero
Con tu camión desde Neza
Y repetiré tu nombre como un cliché de los poemas
Para que mis compañeros de noche ladren:

Qué cabrón, qué violento, qué poesía de repeticiones,
Duda las estructuras sociales y los tiempos
Y las corrientes postpornográficas del mañana.



Aunque sepamos que en el vicio

Eso es pura falacia.
Colocaré una bandera, territorio conquistado
En infinita blancura suplantada,
En tierra muerta de Eliot,
En bosques olvidados de Tepoztlán,
Te llamarás Mónica con redobles
De símbolos de otras culturas,
De otros numerales, con cuarenta signos
Te llamarás Mónica una y otra vez y nunca
Hallarás significante concreto
Porque tu nombre es incontenible
Como la Banda Astilleros.



Llegas como un eco

Grito de la montaña invertida por el fuego,
La ciudad de ninguna tiniebla y ninguna luz,
Para empotrarte en la cima más alta
De las nonadas de los nonatos:
Mónica, Mónica, Mónica,
Kaboom, explosión de manga,
De orquídeas, de ambient,
De nieve de menta con chocolate,
De rock deshilachado en las televisiones,
Siempre tendré que marcharme de estos lugares,
Siempre tendré la garganta rota y la memoria reseca
Como un nido que las lagartijas se tragaron,

Mil hojas muertas cayendo al mismo tiempo en el momento en que inhalo otro relato y después:

Otro silencio,
Otro infinito andar de desiertos,
Para no cansarme de repetir tu nombre a la ausencia
Y a otros asesinos melancólicos en las esquinas,
Recorreré el mundo y pondré una huella
Sobre el dios de la guerra: las metralletas pasaron de moda
¡Vivan las cumbias colombianas de México
Y los ballenatos de mi amigo el diablo!
Pasarán dos, tres cuartos, de cáscara de vida acumulada,
Olvidado y perecido mente adentro tu sueño
Susurrarás en mi boca:
Inmortal, desposeído, apoeta, indiablable, descreído
Sin vida, mi vida, altar ciego, traigo una vela,
Incendia tu desperdicio de ideas chuecas,
Tenemos un espacio iluminado sólo para nosotros.
Temblaré, amor, susurraré amor, y ya no podré repetir tu nombre
Porque ya nada importará entre el silencio,
Y no habrá ganas de nombrarlo nada,
Y habrá acaecido el primer día de mi por fin nombrada suerte.



IV

Y si al final inevitablemente estás frente a la pantalla y no quieres hacer nada, empieza diciendo esa situación precisa y mejor toma otro papel. Regresa a la pantalla blanca y enciérrate ahí. Vuélvete loco de tan blanco como un cuento de Marco Antonio Campos. Toma tu pescado blanco, tu leche blanca, tu esperma blanco, tu rabia blanca, tu filo blanco y adéntrate. Abre un orificio en el centro -siempre en el centro-. Cae y no te detengas. Vacíate de(l) golpe. Mancha algo sublime de tus rickettsias. No infectarás nada. Sé el terror que exprime un segundo hasta desaparecerlo. Este sitio es irrepetible y se hace único, pero este sitio no es para ti. No te has puesto los guantes para no dejar huella. Desalístate del ejército. Tienes el arma en el bolsillo y cuarenta años adelante. Alístate a otra muerte. Báñate en tu estupidez y presume. El mundo está repleto de sistemas para burlar. Piensa que tienes una bomba en el cráneo, que tienes una bomba en el cráneo, TIENES UNA PUTA BOMBA EN EL CRÁNEO. Esta permanencia tan fugaz me deprime. Con cuánta certeza hemos amado con todo, peleado con todo, trabajado con todo. ¿Cuánto es todo? ¿A qué equivale mi fe toda? ¿A cuánto sale mi poesía toda? La compro para ser nobel, ilustre, culto, soberano emperador del raciocinio. Venga y págueme por hacer unos versos; si no, no esté ladrando. Alístese en la fiesta y comparta su irrepetible existencia. No se desanime. El infierno está acá a la vuelta. ¿Ah, no hablaba del bar? Ah, no, no, nono, no, no.  No conozco ese lugar; siempre creí que era un bar. Suelta tu lengua y pregúntate a golpes en el esófago: ¿y la obra de Dante? Es primavera y es Cuernavaca y estamos de fiesta porque es mi cumpleaños. Éste es el día de los lugares repetidos. La ceguera me amanece. Aquí está el blanco. 5:20 a.m. El aire sofoca. Este calor es insoportable. ¿Cuántas tardes amanecen este día? ¿Por qué esta acumulación de sol para ser sensibles? Despierto con una mentada entre los labios. La muerdo como si el aire pudiera morderse. La muerdo y todo se torna anaranjado. Es demasiado hermoso. Una emoción comienza a acumularse en mi cara hasta doler; entonces, saco de nuevo mi daga y penetro el centro del papel -siempre el centro- y me caigo de(l) golpe y me vacío y me desparramo y me vuelvo loco de tan blanco.


Boca abajo


 Poema de Cuernavaca

I - Prefacio boca abajo

Tú no te entregues, si hubo vida no recuerdes
el campo        los labios        las frutas
No recuerdes que cortaba pomelos en julianas,
las bocas engullendo nísperos,
el nombre náhuatl de una niña.
Tú no recuerdes la violencia contra los muros,
las almas amuralladas de Domingo Diez.
Olvida tu piel sazonando la hojarasca,
los muslos pétreos, el agua de guayaba,
la piel rizada de las piernas prietas.
Atesora un mirador nocturno por la fábrica de cartuchos
sobre el arma de libélulas de Cuernavaca.
A tus pies, el camposanto cae aguamala entre los ojos.
Ésta no es otra ciudad de muertos.


II – Primera entrada

Soy un caballo herido en tu vientre,
soy el mago esquizofrénico de tus sueños,
Ciudad carmín, crecerás hasta el incendio de los cielos
y el desbocamiento de los dioses.
Flotas y llueves y no entiendo dónde cae el agua
ni para qué la cólera consume la basura de las calles
y tapa las coladeras, y te enlodas, y te sacias, y ya no me necesitas
pero, en tus calles de vapor,
el arlequín lava su cabello rojo como granada
y delirante como tu cara en un espejo
para gritar con su sonrisa que eres templo
de payasos y reino de actrices y mundo de titiriteros
y muelle sin mar y estanque sin agua y pluma que nunca cae
y zapato sin goma que ensucia el charco de aguardiente
donde incendia el artista su melena.


III – Estación sin golpe

Me presento, nací en tus ojos
cuando la clínica militar
estaba adentro de la veinticuatroava,
el año en que Juan Pablo II
hizo su segunda visita a este país
donde celebras la voz del centro
de la primavera del verde de los bosques de casa.
Soy de tus artes acuosas, de tus nidos amatista.
Nací en el tiempo de los colibríes por un cerro de ocotes.
Fui la fiesta del archivo de la zona militar
entre chinelos, tacos acorazados y mole de Tepoztlán.
Mi cautiverio fue una libertad de madre guerrerense
en tierras más templadas.
Somos aquí tantos los hijos de los hijos de Guerrero
que hasta parece que fueras ciudad nieta de Iguala
o esposa viuda de Xochitla, Taxco o Teloloapan.
Bauticé mis tres ruedas en tus jacarandas muertas
y desde entonces conozco las calles azules,
los sueños distendidos en el concreto y su corazón de agua.


IV – Estancia de golpes

Polvos solos en futuros y pasados,
polvos aquí en mi pecho, donde nadie aborda la travesía.
Huyo para enamorarme una vez más antes del aullido que suicida,
huyo para hallar otros dientes.
En tu centro, mi corazón es un niño que levanta piedras
y sólo basta abrir los ojos en tu espalda
para recuperar el vuelo de los amados.
Mi boca ya es amarga.
En tu iris despojado del ruido,
poco a poco me desoriento y desvarío.
Me basta uno de esos blues donde canta una mujer,
que seguramente me rechazaría y quedó loca.
Me basta que sea gringa, negra, de los años cincuenta.
Me basta un hotel en una calle de Chamilpa,
donde mi mujer me espere desnuda en la cama,
un cigarrillo ocasional, ya sin vicios
y llorar en la bañera –yo nunca tuve bañera–
mientras afuera, Ciudad voyeur, tus piernas se humedecen
recordando mi carne adentro diez minutos antes.
Pero mis sueños no son tan terrenales
y por imposibles te esbozo en un beso una mentada,
y un rezo, y te conjuro en las barrancas,
y te quemo, y te hago una perforación en humo
y una estatua de flamas azules.
Ciudad lila, nunca olvidaré tus jacarandas.


V – Salón del ruido

No quiero morir ni amar la rabia sin darme cuenta
de que éste es el mejor momento de mi vida
porque te escribo en el quicio de la última puerta.
Te reinvento encerrado en un baño de Chamilpa.
Acá adentro, tono casual,
hay un joven arrancándose la piel en la bañera.
Sin lastimar a nadie, enciendo otro cigarro.
Mi quejido se revela: te tuve envidia
porque te amaron otros inmensamente y tú a mí me quisiste poco.
Las señales adornaron tu delirio.
Me basta mi mujer allá afuera esperando una despedida en el pubis.
Me basta su calor a salvo trescientas noches.
No hay en el mundo, Ciudad piedra, otro corazón sin líquidos.


VI – Salida del sol hacia el Texcal

Te entrego mis riñones y mis diástoles.
Mis ojos no son una evolución del mar.
Giros y giros y giros sobre tu frente
me retuercen y saturan mis pulmones.
Mis ojos son una pésima evolución de la lluvia.
Cabalgo sobre tus casas como bocas enredadas
en jardines repletos de sexos.
Camino entre tus calles como bocas
recibiendo amaneceres a chorros.
Corro entre tus alcantarillas buscando el amor
como una ráfaga de nueve milímetros.
Mis ojos son una evolución del rocío,
un destello bifocal que te duplica,
un mareo sobre tus olas de gemidos.
Ciudad-vagina, me devora tu madrugada.
Mis ojos son un felino que te acosa,
una lámpara olvidada sobre tus puentes
y un vagabundo leyendo un libro en el abismo.


VII – Bajo el volcán

Dicen que te criaste sobre ruinas,
por eso sólo se te escribe en nostalgia y melancolías,
pero no eres triste ni estás cerca de ser la mujer perdida,
el dolor del silencio de los planetas
o el olor de las casas vacías.
Acaso me recuerdas en mi mente infinita de pasado
las batallas de gigantes de gas contra meteoros de arena.
Me recuerdas una estampa de hielo en el cielo
o una fotografía en el agua.
Si te digo carmín es por las jacarandas
que se sonrojan con el calor que evocan tus casas,
tus balcones en barro oxidado,
tus edificios cortos, tus calles estampadas
en el rojo de la tierra, tu gente en llamas.


VIII – Despedida (canto hasta atrás)

Siento que te perdiera toda de un tajo,
que antes te despojé de tus ropas,
que antes te reclamé mis desvelos,
que antes me acabé las canciones
anidando en tus calles una luz en el pecho
y un rencor en los huesos.
Te amo y te dejo como una gota
de mezcal a las cinco de la tarde
en el bosque de La Herradura.
Hora en que tengo que caminar
monte abajo y olvidar el manto
que cubre tus ojos de mi llanto.
No tenemos tren, pero tú eres
Ciudad bala, mi escupitajo.
Te dejo con un proyectil de salivazos
de extraviado, de ciego, de borracho.
Noches en que te escribo de las patadas
al viento y tus paredes se resecan,
en un sueño se evaporan
                                       y ya no te veo.




Azul

“En los bares saben cuándo te tiñes el pelo,
el firmamento huele a tu perfume,
Dios tiene un beso tuyo en los labios”. Lila

“Azul, azul, una música lenta y azul,
un rasguño en la media...”. Azul

“Eras tú o era el sol o ese rayo que emanó de ti”. Beso de ginebra

Real de Catorce

I

Dios no halló lugar en nuestro reino.
Hemos ordenado suicidio a la hermandad.



II

Azul
como un libro de Darío
o un pájaro dentro de la cabeza,
Mujer Kamikaze,
ataca y no te quedes en silencio.
Pon tu espalda al fuego,
tu pecho en el cañón
y devasta;
inúndame el cuarto,
que me ahogue hasta el salbutamol,
que te andes despacio
como sin saber qué quieres.
Súbele al radio, deshazme las ideas,
abre la boca y que comience el blues.



III

He descubierto que mueres de sudor en sudor sobre mi estómago. Tengo un ansia todo el tiempo de comerte, de penetrarte, de encontrarme una mordida tuya, por ahí, entre las venas, para ver si la sangre sabe a ginebra, si no te quedas también fermentada, si te destilo o me pudro o me embriago o eyaculo una gota que después, a solas, cuando recuerdes, emane de tu piel.



Eso que revienta

a Livano, Barco, Ubizagástegui y Bermúdez
Lima y Cuernavaca en llamas
por Tajo (¡salud!)

Debería narrar las cosas del alma, pero me dieron la lengua.
Quería liberarme como místico a través del poema,
hacerme un poeta-bomba en medio del zócalo para matar a Lentejo Manda.

No, ya no tengo estas palabras acá.
No me basta reinventar al mundo:
este cuadro hinchado de pintura verde,
alumbrado de tintura de televisión,
de albahaca y nísperos, de pared de ladrillo,
de segmento urbano rumbo a Tepoztlán, ¡no me basta!

Gritaré que tenemos la mala costumbre de ser poetas,
de ser bombas y místicos drogadictos y poetas;
que no me siento mexicano, ni ruso, ni ahuatepeño (a veces guayabo).

Ahí donde el gallo canta y yo no soy indígena, ni güero, ni rojo
me han torturado desde que tengo su idea de infancia acá en el pecho y no
estalla.

No importa, damita, caballero, acá le va el cuento:

Yo no soy poeta.
Soy el fuego, eso que revienta: tapu, ma, pam, can, chán,
recio como parvada de guajolotes,
urgente de jazz y mota, escandaloso, oiga nomás.

Yo tengo este fuete amarrado al brazo.
Reviento cráneos, despunto el alba,
tengo un arco devastador, detono rifles, estallo cuerpos.
                                                                   Las niñas vienen y me piden un helado.

(Esa tarde yo ya no estaba ahí.
Los camiones de Atlixco se metieron al nirvana
y lejos se escuchaba una canción de Real de Catorce

“eras tú o era el sol...”

y el cuarto era una lámpara de gas, lleno de energía fluyendo.

“...o ese rayo que emanó de ti”

Ella ardía como beso de ginebra.
Su pecho era el sonido de una cueva:
                        Mar y silencio
                   ....
     Mar y silencio
....)

Nunca más explotará mi pecho esa imagen de mujer y cuarto.
Soy un hombreverso, poeta-bomba, fundamentalista del verbo;
pero ríase, qué mis cuadernos ni qué ocho fieras tristes.

Yo soy eso con lentitud de cuerpo devastado por muertes y paranoias,
por desvarío de no ser Humano envuelto en llamas,
quemando la receta de la vida exacta y civilizada.

Después del asesinato de los silencios, quedó un lugar con fuego.
Tenía un cuerpo y era niebla de luz, cueva sin colores, casa de ciegos.
Miré dentro y nos quedó un universo carente de sentido.

Mira, mujer, te entrego el universo vacío.
Llénalo de tu risa.
Llénalo de este pecho; tu mi su nuestro amor de todos.
Dile con tu boca “cuerpo” y haz una aurora boreal.
Nombra “canto, ballenas, pasto” y gira, vuela conmigo.

Trae de nuevo incendios Quémame la boca Tómame de la espaldaAarañazos dime que somos lo que somos, esto que sentimos, que nostamos divididos, questamos vacíos Llámame humano, orquídea, cerdo, luz, fuego, verso, rama, poeta y dime que sentimos poesía aunque lo llamemos miedo, dime que poesía es el ansia; dime que subirse al tren y desgajar al mundo, poco a poco para no quebrarse, es poesía.

Llámame despacio Dame verde, jade, piedra, hueso Dame luces, agua, truenos Dame tierra, clávame la obsidiana, embriágame en Sake, destiérrame de Estambul, aviéntame al Mar Rojo, grita mi nombre en Tlayacapan, cállame en Tenochtitlan, sóplame desde Neza o Asunción, en cualquier calle donde extrañar a los patas de Lima.

Hazme sentir que algún día estaremos más cerca
Dime que aquello era una espera, que así el universo aguarda a que le pongamos nombre

Que nos deseaba el silencio

Y nómbrame
Trata de darle forma a esto
Dame un sentido
Dime
que
sigo
cuerdo







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