domingo, 1 de marzo de 2015

PROPERCIO - SEXTO PROPERCIO [15.114] Poetas de Italia

Propercio y Cintia en Tívoli, de Auguste Vinchon.

Propercio

Sexto Propercio (en latín Sextus Propertius; 47 a. C. - 15 a. C.), fue un poeta lírico latino. De origen umbro (se cree que nació en Asís o en todo caso en las verdes llanuras de la Umbría italiana), su padre se arruinó en el año 40 a. C. con las confiscaciones de tierras de las guerras civiles, por lo que muy joven aún tuvo que marchar a Roma a buscar fortuna estudiando leyes y como orador. El amor de Cintia, una liberta o una cortesana acaso, hizo brotar en él el gusto por la poesía y, al difundirse su primer libro de poemas, fue llamado al círculo literario de Cayo Cilnio Mecenas, donde conoció a Virgilio y a Ovidio.

Escribió unos noventa poemas repartidos en cuatro libros de Elegías, de los cuales los tres primeros se dedican a Cintia, cuyo nombre real, métricamente equivalente, sería Hostia; el cuarto se ocupa de viejas leyendas religiosas paganas y de temas patrióticos en línea con el programa regenerador del emperador Augusto.

El libro primero fue editado alrededor del año 26 a. C.; existe polémica en cuanto al segundo, porque algunos editores lo dividen en dos y por tanto habría que hablar de cinco libros en total y no cuatro.

Al contrario que la poesía de su contemporáneo Tibulo, con quien se le suele emparejar, Propercio imita la poesía neotérica alejandrina, y en especial a Calímaco, cuyo elaborado estilo y erudición mitológica sigue en ocasiones. Su obra posee una característica y recurrente melancolía, y expresa patéticamente un concepto trágico de un amor que se ve atacado por los celos, la tristeza y la desilusión. Unas pocas veces, empero, se acerca ocasionalmente a otros temas, tales cual la naturaleza de la poesía, epístolas a amigos reales o una imaginaria de Aretusa a Licotas (nombre ficticio); un poema en el cual el espíritu de Cornelia (acaso la hijastra de Augusto de ese nombre) consuela a su esposo viudo; unas pocas piezas sobre eventos públicos civiles y algunos poemas (fundamento y fuente de los ulteriores Fastos de Ovidio) sobre temas antiguos, por ejemplo la historia de Tarpeya.


A Cintia ausente

Aunque a pesar mío, Cintia, te alejas de Roma,
me alegro de que sin mí habites campos apartados.
Ningún joven seductor habrá en esas tierras castas
que, con sus halagos, no te permita ser virtuosa;
ninguna riña surgirá al pie de tus ventanas,
ni harán tu sueño desapacible las llamadas nocturnas.
Sola, Cintia, estarás, y solos contemplarás los montes,
los rebaños, los predios del pobre labrador.
No podrán corromperte allí los juegos ni los templos,
motivo más frecuente de todos tus pecados.
Allí constantemente mirarás los bueyes arando
y la viña que pierde su follaje bajo la hábil podadera;
y allí llevarás un poco de incienso a un tosco santuario,
donde un cabrito se desplomará ante un rústico altar.
Luego imitarás, con las piernas desnudas, las danzas del país;
¡con tal que todo esté protegido de las miradas de hombre extraño!
Yo, por mi parte, cazaré. Me agrada ahora ya emprender
los ritos de Diana y dejar los votos de Venus.
Comenzaré tendiendo trampas a las fieras,
colgando cuernos como trofeo en los pinos,
aguijando a los perros temerarios con mi propia voz.
Con todo, no me atrevería a atacar enormes leones
o a llegar, ligero, muy cerca de los salvajes jabalíes.
Ya es audacia bastante para mí capturar tiernas liebres
y atravesar con mis flechas pájaros por donde el Clitumno
reviste sus hermosas corrientes con arboleda propia
y lava con sus ondas los níveos bueyes.
Cada vez que algo intentes, mi vida, acuérdate
de que me reuniré contigo dentro de breves días.
Si lo recuerdas, ni los bosques solos,
ni las errabundas corrientes que fluyen
por las musgosas cumbres, podrán impedir
que repita tu nombre con incansable lengua;
pues todo y todos están dispuestos a hacer daño
a un amante ausente.

Propercio, incluido en Antología de la poesía latina (Alianza editorial, Madrid, 2010, selec. y trad. de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar).



POR QUÉ PROPERCIO ES UN POETA MODERNO: LA PERSONA POÉTICA

Algunas veces, nuestra admiración por un autor antiguo nos lleva a identificarnos con él y a que lo veamos como si fuera uno más de nuestros "modernos". Sólo algunos autores de la Antigüedad han disfrutado de este privilegio: desde luego, poetas como Propercio y Catulo están dentro de este excepcional grupo. La clave, a menudo, se encuentra en la delicada identificación de la obra con la propia vida. 

Redactado por FRANCISCO GARCÍA JURADO

Borges manejó la posibilidad de una literatura compuesta por obras sin autor conocido. Se trataría de meros textos, huérfanos de la figura ajena de su autor, que, sin embargo, los sustenta y motiva. Sin embargo, necesitamos imaginar a los autores, pues de otra forma no podríamos dialogar con ellos. La forma más excelsa de diálogo viene dada cuando nos identificamos plenamente con el autor y tratamos de ver el mundo con sus propios ojos. A veces, el escritor moderno gusta de la recreación de un autor antiguo fundiendo, por lo general, su vida y su obra. Si bien los autores de una literatura antigua pueden subyacer en un texto moderno bajo diferentes aspectos, voy a destacar la modalidad que denominamos “personas” (“máscaras”), es decir, la representación de la "voz" de un autor por parte de otro. Tal procedimiento, si bien pueden rastrearse en todos los tiempos, recibe nombre y forma en la modernidad: Robert Browning dio nombre a esta singular forma de recreración, entre teatral y poética, de una voz, donde no podemos dejar de citar el monólogo dramático que a partir de Propercio hizo el poeta norteamericano Ezra Pound en su “Homage to Sextus Propertius”­. A caballo entre la traducción, a veces con defectos de interpretación del texto latino, y la recreación, lo cierto es que Pound ha conformado un texto donde se pone la “máscara” de un hermoso y vigoroso Propercio. Pound, asimismo, nos recuerda al poeta catalán Joan Perucho cuando evoca la reaparición fantasmal de Cintia en el poema titulado “La sombra de Propercio”, con ecos muy particulares a la elegía séptima del libro cuarto: 




“Llevabas la sortija calcinada en el dedo, 
fragmentos de barro en el rostro 
amoratado, y rota la seda de tu vestido 
cuando sentí el peso de tu cadera 
junto a mí, muy cerca de mi sueño. 
Intentaste hablar nuevamente, y tus ojos 
reflejaron los días llenos de amor 
por las cosas y por nuestros encuentros. 
Ha surgido así la cabaña del prado y el camino 
cerca del riachuelo de aguas heladas 
y la habitación donde moriste en la sombra. 
Un viento ha helado mi corazón. Nada vuelve otra vez. 
Escucho la nocturna voz de tu silencio 
y veo cómo sales sin abrir ni cerrar 
la puerta, y atraviesas la cerca.” 




Cabe que nos preguntemos quien habla en este poema. ¿Es Propercio, que habla con una Cintia ya fallecida? ¿Es Perucho, que habla con la Cintia de Propercio? ¿Son ambos? ¿Quizá no habla nadie? Puede ayudarnos a compender mejor este poema el intenso soneto que Luis Alberto de Cuenca ha dedicado también al poeta latino y cuyo título, “Pasión, muerte y resurrección de Propercio de Asís”, ya lo dice todo: 




“Sombras, Propercio, sombras, gavilanes 
oscuros, imprecisos, niebla pura, 
cincha, brida y espuela. No profanes 
el mástil del amor, la arboladura 

del deseo, la ofrenda de los manes, 
con la triste verdad de tu locura, 
cosmética, veneno, miel, divanes, 
y el perfume letal de la lectura. 

Conocerás un puente de cuchillos, 
la brisa del instante, el terciopelo 
remoto como el torso de una diosa. 

Sudor frío de muerte, tenues brillos 
de Cintia envuelta en luminoso velo, 
y, al fin, la permanencia de la rosa.” 




¿Quién habla en este poema, a quién se interpela realmente? ¿A Propercio? Estos son los misterios que nos regala la poesía y, en particular, esta historia no académica de la literatura antigua en las letras modernas a la que vengo dedicando ya años de lectura y vivencias. Seguiremos contando nuevos retazos de esta historia imprevista en nuevas entregas. 

Francisco García Jurado 
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE


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