lunes, 30 de marzo de 2015

ALCEO DE MITILENE [15.319]


                     Safo y Alceo, óleo de 1881 de Lawrence Alma-Tadema.


Alceo de Mitilene

Alceo de Mitilene o Alfeo de Mitilene (en griego Ἀλκαῖος, Alkaĩos, latinizado como Alcaeus) fue un poeta griego de la Antigüedad, natural de Mitilene, ciudad de la isla de Lesbos (ca. 630 a. C. - ca. 580 a. C.).

Fue contemporáneo, amigo y presunto amante de la poetisa Safo, algo mayor que él, con quien intercambiaba poemas. Aunque se desconocen los nombres de sus padres, sí están documentados los nombres de sus hermanos, Antiménidas y Ciquis, con quienes se involucró en la vida cívica y política de su ciudad. Durante su vida, Lesbos afrontó una situación política caótica y violenta. La dinastía gobernante, los Pentílidas, que decían ser descendientes de Orestes, hijo de Agamenón, perdieron el poder y fueron derrotados con dos golpes de estado sucesivos. El poder pasó a manos del tirano Melancro. Alceo y sus hermanos intervinieron junto con Pítaco en la caída de Melancro, aunque el beneficiado, por alguna razón desconocida, fue Mírsilo. Durante su mandato, Alceo participó en la lucha lesbia contra los atenienses en Sigeon -en la Tróade, en la entrada del Helesponto-, que, dirigidos por el olimpionica Frinón, obtuvieron la victoria, luego enturbiada por la muerte de éste a manos de Pítaco y el arbitraje de Periandro de Corinto y la concesión final de Sigeon a los atenienses. Las relaciones hasta entonces excelentes entre Pítaco y Alceo se rompieron: conjurados en un principio contra Mírsilo, Pítaco en el último momento reveló los nombres de los rebeldes, y desde entonces compartieron el poder, por lo que Alceo hubo de exiliarse por primera vez en la cercana Pirra, una colonia interior del golfo lésbico. Tras la muerte de Mírsilo, celebrada por Alceo, que volvió del exilio, se consolidó la tiranía de Pítaco, de origen plebeyo e hijo del tracio Hirras, que, enemistado con todas las familias poderosas de Lesbos y casado como una jugada política con una Pentílida, emprendió en su condición de árbitro reconciliador unas reformas contra la aristocracia y consiguió desterrar a sus enemigos, entre quienes estaban Alceo y sus hermanos. En este segundo exilio, es posible que el poeta se refugiara en Lidia. Preparado el regreso de los exiliados con el deseo de expulsar al tirano, aquellos fueron vencidos, y los que no encontraron la muerte fueron nuevamente expulsados. Alceo tuvo que marchar al exilio por tercera vez, a Beocia, y posiblemente a Tracia, Lidia y, finalmente, Egipto. De su muerte no se sabe casi nada, y es probable que muriera en una batalla.

Obra poética

Sus poemas fueron reunidos en diez volúmenes por los eruditos de Alejandría, con comentarios de Aristófanes de Bizancio y Aristarco de Samotracia en el siglo III a. C. Sin embargo, la poesía de Alceo ha sobrevivido sólo en anotaciones.

Sus poemas, que fueron redactados en el dialecto eólico del griego, tratan acerca de varios temas: himnos a los dioses (Hymnoi); comentarios políticos o militares (Stasiotika), en ocasiones de índole personal; canciones de amor (Erotika); y por último canciones báquicas (Skolia), la clase de poesía que podía ser leída en un simposio. Todos los eruditos de Alejandría afirmaban que Alceo fue el segundo de los nueve poetas líricos canónicos. El considerable número de fragmentos existente, y las traducciones de Alceo al latín hechas por Horacio, quien lo consideraba su gran modelo, pueden ayudarnos a forjarnos una idea del carácter de su poesía.

Sus poemas eran monódicos (cantados por un solo intérprete en lugar del coro), y estaban compuestos por varios tipos de metros en estrofas de dos o cuatro versos, entre ellas la estrofa alcaica, llamada así en su honor. La extensión de su obra rivaliza sólo en la época arcaica con la de Arquíloco. Alceo está abierto a un amplio abanico de influencias. Cuando utiliza la lírica para denostar a alguien, borra las diferencias existentes entre ésta y el yambo. Sus himnos reciben la influencia de la tradición de los rapsodas.

Referencias

Volver arriba ↑ Simon (ed.) Hornblower, Antony Spawforth. Diccionario del Mundo Clásico (Editorial Critica, 2002), p. 9
Volver arriba ↑ Máximo Brioso Sánchez, Antonio Villarrubia Medina. Consideraciones en torno al amor en la literatuara de la Grecia antigua (Universidad de Sevilla, 1/01/2000), p. 48
Volver arriba ↑ Simon (ed.) Hornblower, Antony Spawforth. Diccionario del Mundo Clásico (Editorial Critica, 2002), pp. 9-10

Bibliografía

Juan Manuel Rodríguez Tobal: El ala y la cigarra. Fragmentos de la poesía arcaica griega no épica. Edición bilingüe. Hiperión. Madrid. 2005.

Traducciones

Francisco Rodríguez Adrados: Lírica griega arcaica (Poemas corales y monódicos, 700-300 a. C). Biblioteca Básica, 31. Editorial Gredos. Madrid. 2001.
Juan Ferraté: Líricos griegos arcaicos. Edición bilingüe. El Acantilado. Barcelona. 2000.



Dos poemas de Alceo de Mitilene 

Bebe y emborráchate, Melanipo, conmigo. ¿Qué piensas?
¿Qué vas a vadear de nuevo el vorticoso Aqueronte,
Una vez ya cruzado, y de nuevo del sol la luz clara
Vas a ver? Vamos, no te empeñes en tamañas porfías.
En efecto, también Sísifo, rey de los eolios, que a todos
Superaba en ingenio, se jactó de escapar a la muerte.
Y, desde luego, el muy artero, burlando su sino mortal,
Dos veces cruzó el vorticoso Aqueronte. Terrible
Y abrumador castigo le impuso el Crónida más tarde
Bajo la negra tierra. Con que, vamos, no te ilusiones.
Mientras jóvenes seamos, más que nunca, ahora importa
Gozar de todo aquello que un dios pueda ofrecernos.


***


Destella la enorme mansión con el bronce;
Y está todo el techo muy bien adornado
Con refulgentes cascos, y de ellos
Cuelgan los albos penachos de crines
De caballo, que engalanan el arnés
De un guerrero. De ganchos que ocultan
Que están enganchadas las grebas brillantes
De bronce, defensas del más duro dardo,
Los coseletes de lino reciente
Y cóncavos escudos cubren el suelo.
Junto a ellos están las espadas de Cálcide,
Y muchos cintos y casacas de guerra.
Ya no es posible olvidarnos de eso,
Una vez que a la acción nos hemos lanzado.



Para compensar un poquito más la balanza entre lo Antiguo y lo Moderno (entre arañas y abejas, según Jonathan Swift), traigo aquí hoy a Alceo de Mitilene (de todos los Alceos que trasegaron el mundo clásico, el más interesante, como reconoció tiempo después Horacio).

Coetáneo de Safo, oriundo también de la isla de Lesbos, poeta y soldado, belicoso tanto con sus versos como con su tenacidad política. Alceo fue desterrado de un mundo que él mismo había ayudado a exaltar; un mundo donde la joie de vivre se fundía con la violencia de las tormentas y la tensión que antecede las refriegas militares.

El legado de Alceo, como el de la mayoría de los líricos griegos arcaicos (la misma Safo o Anacreonte), se ha conservado muy fragmentariamente. De los dos extractos de hoy, uno recrea el paisaje antes de la batalla (me recuerda bastante a lo que siglos después haría Bertran de Born) y el otro es una exaltación -no sin resignación- de la juventud, la amistad y el favor de los dioses.

NOTA: Traducido por Carlos García Gual.
Seleccionados y comentados por Nacho Segurado.



Poema 21 (94D)

Báñate las costillas en vino, que ya vuelve la estrella 
y es penosa la época, y todo está sediento y con ardor 
y suena el son de la cigarra en el follaje; con sus alas 
derrama su fuerte y continua canción en el verano ardiente 
Florece el cardo. Ahora son mucho más pesadas las mujeres 
y débiles los hombres, porque Sirio abraza su cabeza y seca 
sus rodillas 



alceo de mitilene / poemas
versión y nota de Juan Manuel Macías

El poeta Alceo nació y vivió en la isla de Lesbos, icono geográfico que la posteridad ha ligado fatal e íntimamente a Safo. Este curioso azar quizá lo convirtiera en el más desarraigado de los líricos griegos arcaicos, aventajando, incluso, al mercenario Arquíloco, perpetuo exiliado de su isla. Pero el de Alceo es un desarraigo más sutil, filológico. En efecto, vivir a la sombra del complicado edificio sáfico ya propició desde la antigüedad que se lo tuviera por un poeta menor, una apagada réplica masculina de su famosa paisana; y, en épocas más cercanas, que pasase a ser una «cara b» poco escuchada en las ediciones críticas donde ambos están condenados a convivir por afinidades lingüísticas y de género literario. Por fortuna, vivimos tiempos más maduros para librar a Alceo del reduccionismo de gabinete (como también a Safo) y encontrar en él a un gran poeta, interesante a todas luces, de una voz y una entidad lírica firmemente asentadas e inconfundibles.

De algunos de los fragmentos conservados de Safo y Alceo parece desprenderse que fueron contemporáneos y que tuvieron trato personal. Una leyenda antigua los suponía amantes, cosa poco probable, al margen de que, para dos poetas, compartir una cama puede ser más difícil que compartir una isla. Uno prefiere pensar que aprendieron a ser amigos y a reconocerse en la frontera de dos mundos, el femenino sáfico y el masculino de Alceo, poblado de naufragios, sediciones políticas y borracheras existenciales. Dos mundos cerrados y opresivos que tal vez sólo hayan existido en las frentes de los filólogos. Los poetas, al cabo, siempre prefieren las fronteras.


La selección de los fragmentos alcaicos que aquí se presenta está traducida sobre la edición de Eva Maria Voigt Sappho et Alcaeus (Ámsterdam, 1968). Los puntos suspensivos notan una laguna del original papiráceo o un pasaje ininteligible. Parte de la traducción del poema 130 b V es conjetural.

J. M. M.


34 V

Desde la isla de Pélope acudid,
de Zeus y Leda vástagos valientes;
mostraos con espíritu benévolo,
Cástor y Pólux.
Vosotros, que la tierra inmensa y todo el mar
atravesáis en rápidos corceles,
y al hombre fácilmente arrebatáis
la fría muerte,
saltando a lo alto de los bien bancados barcos,
y traéis, refulgiendo desde lejos,
la luz en la penosa noche para
la negra nave.


38 V

Oh Melanipo, bebe conmigo y emborráchate.
¿Qué piensas? ¿Ver de nuevo la clara luz del sol,
atravesado ya el voraginoso
Aqueronte? No aspires a tan altas hazañas.
Pues también el eólida rey Sísifo, el más sabio
de todos, afirmaba haber huido a la muerte.
Y, astuto como era, pasó el voraginoso
Aqueronte dos veces, por obra de las Keres.
Mas a llevar gran tormento bajo la negra tierra
lo condenara el Crónida. Anda, olvídate de eso.
No más que ahora jóvenes seremos
para gozar aprisa de cuanto un dios nos traiga.


45 V

El más hermoso de los ríos, Ebro,
que desembocas junto a Eno en el mar púrpura,
después de haber rugido por las tierras de Tracia,
rica en caballos.
Muchas doncellas llegan hasta ti
y por sus suaves muslos, con manos delicadas
se embelesan pasando como un bálsamo
tu agua de dioses.


130 b V

Vivo una vida simple, ay de mí,
en un destino rústico,
queriendo oír rumores de asamblea
y de consejo, oh Agesilaidas,
lo que tuvo mi padre, y el padre de mi padre,
mientras envejecían entre estos ciudadanos
malos unos con otros;
de lo que me han echado
y huyo hasta este confín, como Onimacles,
hasta este sitio, guarida de lobos,
lejos de la batalla, que no es lo más acorde con el fuerte
abandonar la sedición.
… Y hacia el recinto de los venturados dioses
… ando sobre la negra tierra
… con éstas…
… habito con mis pies lejos de las desgracias
allí donde las lesbias de largos peplos marchan
a lidiar en belleza, y suena en torno
un inefable eco femenino:
santo griterío anual.


140 V

Resplandece el gran templo con el bronce
y, en honor de Ares, el tejado entero
ornado está con relucientes yelmos
de los que penden blancos penachos de caballo,
honor de las cabezas varoniles.
Y ocultan a los clavos las broncíneas
grebas, puestas en torno,
defensa del venablo poderoso.
Hay corazas de lino nuevo,
y escudos cóncavos tirados,
y a su lado espadas de cálcide,
muchos ceñidores y túnicas.
No conviene olvidarse de esas cosas,
lanzados como estamos a esta empresa.


338 V

Llueve Zeus y grande es la borrasca
que de los cielos cae. Se han helado los ríos…
Echa abajo el invierno, prende el fuego,
el dulce vino mezcla sin reparos
y un almohadón mullido
aparéjate en torno de las sienes…


208 V

No entiendo la querella de los vientos:
viene una ola rodando de este lado
y de ése, otra, y nosotros en medio
somos llevados con la negra nave
en la gran tempestad, entre horribles esfuerzos;
pues llega el agua al pie del mástil
y ya todo el velamen se ha rasgado,
y jirones enormes cuelgan de él.
Ceden las anclas, y el timón …
Me sujeto a las jarcias por los pies:
tan sólo esto me mantiene a salvo …
… la carga echada por la borda ...


346 V

Bebamos, no esperemos las candelas, le resta un dedo al día.
Alza en alto las grandes y decoradas copas, buen amigo,
pues el vino a los hombres se lo dio el hijo de Sémele y Zeus
para olvido de penas. Mezcla una parte junto con dos partes
y escáncialo hasta el borde, y que una copa empuje
a otra.


347 V

Empapa tus pulmones de vino, que la estrella está girando
y la estación es dura, y todo tiene sed con el calor,
y se oye a la cigarra cantora entre las hojas…
y florecen los cardos, y las mujeres ahora son más pérfidas,
y los hombres más débiles, pues Sirio su cabeza y sus rodillas
quema.


348 V

Ceñida de violetas, inocente, la de dulce sonrisa, Safo.



LA LÍRICA DE ALCEO

Para la Nueva Celia

La vida de Alceo se desarrolló a caballo de los siglos VII y VI a.C., aproximadamente entre los años 630 y 580 anteriores al cambio de era, sin que se puedan precisar sus fechas de nacimiento y muerte ni siquiera en lo relativo al año. Sí que parece seguro que Alceo nació en la polis griega de Mitilene, la principal ciudad de Lesbos, la octava isla mediterránea por su extensión. En el paisaje de Lesbos destacan la abundancia de olivos, algunas formaciones montañosas y dos extensos entrantes de mar que hacen su costa muy recortada. Lesbos aparece en los textos hititas con el nombre de Lazpas, mientras que en los relatos homéricos figura como Macaros. La lengua hablada por Alceo fue el dialecto eólico del griego, cuya llegada a la isla se relaciona con la colonización protagonizada siglos antes por los tesalios, reflejada en la saga mítica de la invasión de los Pentílidas. Mitilene no controlaba políticamente toda la isla, sino que en ella florecieron también otras ciudades-estado de menor relevancia, como Ereso, cuna de la poetisa Safo, coetánea de Alceo. Las ciudades lesbias ejercían además su autoridad sobre algunos territorios de las cercanas costas minorasiáticas, que funcionaban como avanzadillas comerciales y aportaban recursos agrícolas. La conservación de estos enclaves supuso a comienzos del siglo VI a.C. el pago de importantes tributos a los lidios, considerados los inventores de la moneda, y que no llegaron a hacerse nunca con el dominio político de Lesbos.

El nombre recibido al nacer por el poeta lesbio tiene resonancias míticas, pues Alceo fue según tradiciones griegas que se remontan al período micénico uno de los reyes de la ciudad peloponesia de Tirinto, hijo de Perseo y Andrómeda, padre de Anfitrión y abuelo de Heracles. La mitología está presente en muchas de las composiciones líricas de Alceo, así como la herencia épica de los combates homéricos, sin cuestionar apenas el valor de la tradición, y sin que el sentimiento religioso parezca derivar en una creencia sincera en la vida más allá de la muerte. El poeta asume que son sus cantos los que pueden hacer indelebles los hechos de los hombres. Aunque Alceo perteneciera a la aristocracia lesbia, no expresa en sus poemas de forma unívoca el conjunto de valores de su privilegiada clase, sino sólo a través de retazos que se mezclan con el apasionamiento puesto en la consecución de sus objetivos políticos. Ello en parte se debe a su deseo de no disgustar en exceso a los sectores populares, sin cuyo apoyo no era posible hacer efectiva la caída de los tiranos. El ambiente en el que creció y se educó Alceo fue de un refinado orientalismo, salpicándose los conocimientos griegos impartidos a los jóvenes nobles de la isla con otros préstamos culturales exóticos, tomados por ejemplo de la pujante y ostentosa civilización lidia. En sus versos hizo Alceo con orgullo gala de su preparación militar, aunque en momentos decisivos el protagonismo bélico de su familia se vio ensombrecido por la figura de Pítaco, que unió a su valía como estratega su habilidad política.

El tono y el estilo de la poesía de Alceo parecen más homogéneos que los de la poesía de Safo, y por tanto más fáciles de imitar. La sensibilidad y la melancolía de los versos de Safo contrastan con la fogosidad y el belicismo característicos de los poemas de Alceo. Ambos pertenecieron a la misma elevada clase social. El hecho de que se mencionasen mutuamente en sus composiciones revela la amistad que existió entre ellos, la cual pudo convertirlos en amantes ocasionales. No hay certeza de ello, como tampoco de que la escuela de niñas de Safo incluyera sistemáticamente la iniciación en el lesbianismo. Alceo dedicó a su compatriota versos encendidos: “¡Coronada de violetas, sonrisa de miel, santa Safo!”, deseando que “Ojalá la vergüenza no te impulse a evitarme”. La poesía cromática y ritual de Safo, más atenta a los detalles de la naturaleza, encuentra réplica en el vitalismo desbocado de los versos alcaicos, centrados en los complots urdidos en las celebraciones simposiacas. Con los dos alcanza su cenit la monodia arcaica lesbia, de estrofas cortas y metros variados y sencillos, canciones entonadas con el acompañamiento de instrumentos de cuerda, como la lira, la cítara o una especie de laúd, recurriéndose a veces también al refuerzo del sonido de la flauta. El adjetivo “lírico” es por tanto literal, ya que muchos de estos poemas son compuestos para ser recitados con ayuda de la lira, tanto en fiestas populares como en ceremonias más intimistas. La lírica lesbia arcaica es una poesía depurada, de gusto aristocrático y fuerte personalismo, dándole el uso del dialecto local un toque de naturalidad y transparencia. Conocemos el nombre de dos músicos lesbios anteriores a Safo y Alceo, elemento indicativo del refinamiento y progreso cultural alcanzado en la isla; se trata de Terpandro y Arión.

En un óleo realizado en 1881 por el pintor neoclásico neerlandés Lawrence Alma-Tadema, conocido por sus suntuosos cuadros historicistas inspirados preferentemente en la cotidianeidad del mundo grecorromano, Alceo aparece en un pequeño y marmóreo teatro, recostado sobre una silla, recitando con su lira para Safo, la cual le escucha en compañía de sus pupilas. En este cuadro, Safo, cuyo peinado reproduce el de los bustos romanos que la representaron, se apoya en un atril sobre el que hay una corona de laurel con una cinta, que será el premio que reciba Alceo por sus canciones. En los asientos del teatro están escritos los nombres de algunas de las amantes que la poetisa menciona en sus versos: Gongila de Colofón, Mnasidika, Erina de Teos, Anactoria de Mileto y la pequeña Attis. Una niña que se alza junto a Safo evoca a las “korai” arcaicas, por su posición erguida, el cabello largo y trenzado, su leve sonrisa y su túnica arrugada. En el tratamiento pictórico que reciben las mujeres en este óleo se refleja la sociedad victoriana, es decir, es como si se estuviesen representando mujeres de clase alta contemporáneas a Alma-Tadema, pero vestidas con peplo. El instrumento que sostiene Alceo en sus piernas va decorado con una escena tomada de una cerámica griega, en la que figura otro músico en similar postura. El poeta no parece del todo concentrado en la lira, como si sus preocupaciones políticas estuvieran también presentes ante su reducido auditorio femenino. La insularidad del contexto queda bien lograda, con el mar de fondo y otras costas a lo lejos. Alma-Tadema realizó el cuadro por encargo del rico coleccionista americano William Walters, que deseaba poseer un cuadro suyo de tema sáfico. Al introducir a Alceo en la composición, el pintor se decanta por las tradiciones relativas a su romance con Safo, si bien incluye además numerosas referencias al lesbianismo.

En la transición del siglo VII al VI a.C. la isla de Lesbos y su mayor polis, Mitilene, fueron escenario de violentos enfrentamientos civiles por alcanzar el poder. Finalmente, Pítaco, el líder de la facción popular, logró convertirse en tirano de Mitilene, cosechando además importantes victorias frente a los enemigos exteriores. Su ideario suponía la extensión de cierta igualdad sociopolítica a un mayor número de ciudadanos. Alceo y su hermano, simpatizantes del partido aristocrático, se vieron envueltos en los conflictos. La fraternidad a la que pertenecían intentó reiteradamente socavar o al menos limitar las atribuciones políticas que se daban a sí mismos los tiranos, si bien en otras ocasiones colaboró con ellos. La intervención de los lidios en los asuntos propios de Lesbos fue frecuente, a instancias muchas veces de solicitudes formuladas por los inquietos nobles de la isla. Los versos siguientes revelan el hecho de que los lidios prestaron apoyo económico a la facción que trabajaba por socavar el poder de los tiranos de Mitilene. Alceo indica que la ayuda fue prestada sin la confirmación de futuras contrapartidas y apenas iniciadas las gestiones diplomáticas, lo que revela el interés lidio por fomentar la guerra civil lesbia. Los lidios buscaban el debilitamiento de Mitilene para hacer indiscutible su intermediación en las operaciones mercantiles de Lesbos en Anatolia.

“Los lidios, padre Zeus, que se han conmovido
por nuestras desgracias, dos mil estateras
nos dieron por si podíamos la sagrada
ciudad asaltar,
sin recibir ninguna promesa nuestra
y sin conocernos. Pero él, como un zorro
de artera mente, entre hábiles arengas
tramaba engaños…”

En el fragmento reproducido aparece Pítaco, tirano de Mitilene, descrito como un zorro, hábil en la oratoria, capaz de arrastrar en su favor al pueblo. También cabe destacar la veneración de Alceo hacia su ciudad, a la que no duda en otorgar el calificativo de sagrada. Al menos en dos ocasiones, Alceo tuvo que exiliarse forzosamente, pero parece que al final de su vida pudo regresar a Lesbos, reconciliándose con Pítaco. En otros momentos de su intensa actividad política, Alceo tuvo que refugiarse en lugares apartados, más rurales, de la propia isla de Lesbos, lejos del bullicio de Mitilene, así como en las posesiones lesbias de Ásia Menor. No todos sus viajes serían por causa del exilio o para recabar apoyos, sino que los habría por afán de experimentar y conocer.

Los compiladores alejandrinos de época helenística lograron reunir diez libros con las poesías líricas de Alceo, pero de ellos sólo se conservan pequeños fragmentos, gracias en algunos casos a breves citas posteriores o a los papiros hallados en el enclave egipcio de Oxirrinco. Ya esos diez libros agrupaban los poemas de Alceo en cuatro tipos de composiciones: “Hymnoi”, “Stasiotika”, “Erotika” y “Skolia”. Las canciones englobadas en la denominación de “Stasiotika” son expresión directa de su compromiso con los asuntos políticos que afectaban a su ciudad-estado, y a ellas se debe gran parte del prestigio que alcanzó como poeta en la Antigüedad. El concepto de “Stasiotika”, equiparable al término alemán “Kampflieder”, es traducible como himnos de guerra o cantos de batalla. Pero más que hacer referencia a una guerra abierta entre dos enemigos seculares, nos remite a las luchas internas por el poder en Lesbos. Es decir, son cantos de revuelta, de reacción ante los gestos populistas de los tiranos. “Stasis” es la crisis interna de la polis, a menudo atenuada con las empresas coloniales. La tensión presente en dichas canciones es reflejo de la participación de Alceo en los embrollos militares por desbancar a los líderes de su patria, que en su opinión la llevaban al caos. No hay apenas en Alceo sentimiento de culpa, a pesar de haber sido él uno de los grandes agitadores del momento, uno de los artífices ideológicos de la guerra civil.

Muchas de las canciones elaboradas por Alceo serían entonadas en los rituales simposiacos, es decir, en las reuniones en que los aristócratas reforzaban su cohesión, expresándola de variadas formas, mediante por ejemplo la discusión de las metas políticas y militares comunes. En tales reuniones, cuyo carácter festivo o más comedido podía variar, estaba normalmente presente el vino mezclado, diluido, agilizador de lenguas y resorte de ideas. Como hemos comentado, Alceo escribió además otro tipo de poemas, como himnos a los dioses, canciones de amor y adaptaciones de los temas míticos. Su expresión resulta en ocasiones burlesca, hiriente, amenazante, no ocultando su júbilo por las desgracias que afectan al enemigo, del que describe prolijamente sus defectos físicos y morales. En definitiva, el lenguaje de Alceo peca de bravuconería, trasluciendo la alta estima que tenía de sí mismo su núcleo nobiliar. La traición, la intriga, la conspiración… forman parte de su mundo poético como recursos válidos para alterar el funcionamiento del sistema político impuesto por los tiranos. Algunas composiciones hacen referencia a los preparativos para la guerra, sin que sepamos en cada caso a ciencia cierta la medida en que la oposición al tirano se organizaba, pudiendo apuntar a veces a guerra civil real y otras sólo a disturbios callejeros tras las borracheras. Los altibajos de la discordia civil encontraban eco rápido en los versos de Alceo, sucediéndose los cantos optimistas, confiados en la victoria, y los que reconocen amargamente la supremacía de los tiranos. En la lírica de Alceo los sucesos políticos de Mitilene se entremezclan con su estado anímico, convirtiéndose en hechos personales por su grado de implicación real y afectiva. Se nota en el poeta una clara conmoción por lo mal que se adaptan los desfasados ideales homéricos de honor y gloria al tiempo que le toca vivir, con luchas viles entre partidos y personas, en el corazón de su orientalizada polis.

Desde el exilio, Alceo lamenta el no poder participar en la Asamblea de su polis, como hicieron sus antepasados inmediatos. Se siente excluido, le duele haber pasado a ser mero conocedor de los acontecimientos que sacuden su ciudad, sin ser ya uno más de los incendiarios. Mostrando su elitista mentalidad aristocrática, describe el verse apartado de la política como pasar a ser un campesino o un lobo en medio de la naturaleza, lejos de su amada ciudad. Ello refleja la temprana identificación que en Grecia se dio entre la polis y la política, entre la ciudad y la civilización. Desde algún paraje agreste de Lesbos o un territorio lesbio de ultramar, dotado de significado religioso, por ser centro de culto al que acuden las mujeres en sus festividades, Alceo expresa su desolación, aliviada por poder contemplar la belleza de las lesbias, ataviadas con sus largos vestidos sin mangas. Estas mujeres se convierten en compañeras a las que contar sus infortunios. Es una contrariedad para el poeta, que se jacta en repetidas ocasiones de estar listo para la guerra, el tener que probar por largo tiempo una vida relajada entre mujeres.



“…yo, desdichado,
vivo a la manera de un campesino,
anhelando escuchar, Argesilaidas,
los gritos que pregonan la asamblea
y el consejo. Eso que mi padre y el padre
de mi padre tuvieron hasta viejos
entre esos ciudadanos siempre en rencilla.
Pero estoy alejado de ellos yo,
exiliado en la lejanía, y aquí,
como Onomacles, en país de lobos
habito resignado a la guerra.
No es mejor soportar la revuelta…
Aquí el recinto de los dioses felices
frecuento cruzando esta oscura tierra,
con otras compañeras de camino…
y, con mis pies lejos de males, vivo
donde las lesbias de rozagante peplo
vienen a competir en belleza. Aquí
en torno retumba el griterío inmenso
de mujeres en sus anuales fiestas sacras.
… ¿Cuándo de mis muchos pesares
me van a liberar los Olímpicos?”



Entre los asuntos tratados por Alceo en sus rimas destaca la imagen de una nave que penosamente afronta una tempestad, metáfora de la difícil situación política por la que atravesaba su partido, así como de los inconvenientes y sacrificios que implica la lucha por el poder. Similar temática ya había sido desarrollada por el poeta Arquíloco de Paros, pero identificando en este caso la nave con el Estado, cuya integridad peligra. Este tipo de alegoría de la nave del Estado se perpetuó hasta nuestros días a través de distintos autores. La relación mental de barcos y Estados era lógica en una sociedad cuyas ciudades se comunicaban e interactuaban preferentemente por vía marítima. El poeta latino Horacio (65-8 a.C.), quien tradujo bastantes versos de Alceo, realizó con un estilo mimético al de éste una oda de parecidas características y significado, “Oh, navis”. Gracias a Horacio, que consideraba a Alceo como uno de sus maestros, nos han llegado muchos de los versos que del poeta griego quedan, pudiéndose así además analizar su métrica. El famoso fragmento náutico referido es:



“Me desconcierta la revuelta de los vientos.
De aquí llega rodando una ola y por allá
otra, y nosotros en medio arrastrados
nos vemos en nuestra nave negra,
afligidos por la muy enorme tempestad.
El agua de la sentina ya cubre el pie del mástil.
Toda la vela está ya transparente,
y cuelga en grandes jirones su tela,
no logran asidero las anclas, y el timón…
… mis dos piernas se afirman en las jarcias
y sólo esto me mantiene a salvo.
Toda la carga arrastrada fuera de borda va.”

Más emotivo es otro fragmento en el que Alceo llama a la cohesión y al valor de los ciudadanos transportados por la nave, de modo que no traicionen con un comportamiento cuestionable los ejemplos de coraje realizados por sus antepasados:




“De nuevo esta ola, como la de antes, avanza
contra nosotros, y nos dará mucho trabajo
resistirla cuando aborde nuestra nave…
… Aprestemos la defensa lo antes posible
y corramos al amparo de un puerto seguro.
Que a ninguno de nosotros la duda cobarde
le acose. Claro está que es enorme el empeño.
Recordad las fatigas que antaño soportamos.
Y que ahora todo hombre demuestre su valía.
Conque no avergoncemos por falta de coraje
a nuestros nobles padres que yacen bajo tierra.”



Las navegaciones efectuadas hacia el año 600 a.C. no se realizaban precisamente en condiciones de seguridad óptimas, a pesar de que en general se procuraba durante la travesía no apartarse demasiado de las costas. Las características geográficas del archipiélago egeo permitían a los marinos buscar refugio con prontitud en el puerto amigo más cercano en caso de tempestad o avería de la embarcación. Incluso al estar en territorio enemigo, las tropas interpretaban la visión del mar como elemento esperanzador, pues con los medios adecuados ése era el camino de regreso a su patria. Conservamos una súplica de Alceo, dirigida a los Dioscuros, para que acudan en socorro del amenazado barco en que se encuentra. Se trata de una ficción poética, pero que pudo tener como base algún susto experimentado en medio del mar embravecido.



“Dejando la isla de Pélope, acudid,
poderosos hijos de Zeus y de Leda.
Y con benévolo ánimo apareceos,
Cástor y Pólux,
que la vasta tierra y la mar entera
recorréis en vuestros veloces corceles,
y sin esfuerzo salváis a los humanos
de la cruel muerte,
cuando saltáis sobre lo alto del navío
y surgís entre las jarcias fulgurantes
trayendo una luz en la noche terrible
al negro bajel.”



Otro de los textos más conocidos de Alceo es el referido a la descripción de las bellas y brillantes armas acumuladas, susceptibles de ser empleadas en una próxima insurrección. Es controvertido el asunto de si se está refiriendo a un mero arsenal, quizás ubicado en una de las salas de su residencia, o a un templo dedicado a Ares o a otra divinidad, en el que como ofrendas temporales estuviera cuidadosamente ordenado el armamento. Cabe resaltar el valor poético otorgado a las armas, tanto por su belleza artesanal como por entenderlas como violentas impulsoras de los cambios políticos deseados. Y es que las armas muchas veces son la senda más rápida para hacerse con el poder. Tras conseguirlo, ya se vería cómo explicar su legitimidad, perniciosamente ganada por la sangre. Entre las armas descritas parece haber algunas ya pasadas de moda y otras más bárbaras que griegas.



“Destella la enorme mansión con el bronce;
y está todo el techo muy bien adornado
con refulgentes cascos, y de ellos
cuelgan los albos penachos de crines
de caballo, que engalanan el arnés
de un guerrero. De ganchos que ocultan
que están enganchadas las grebas brillantes
de bronce, defensas del más duro dardo,
los coseletes de lino reciente
y cóncavos escudos cubren el suelo.
Junto a ellos están las espadas de Cálcide,
y muchos cintos y casacas de guerra.
Ya no es posible olvidarnos de eso,
una vez que a la acción nos hemos lanzado.”



Alceo combatió contra el poder absoluto que sobre Mitilene ejercieron en distintas épocas tres tiranos: Melancro, Mírsilo y Pítaco. La muerte de Mírsilo hizo estallar de alegría al poeta, que escribió: “Ahora hay que emborracharse y beber / hasta el colmo, ¡que ha muerto Mírsilo!”. Su reacción, aunque comprensible, fue visceral y propia de una sociedad violenta, en la que la muerte del gobernante es concebida como el inicio de la regeneración nacional. A este respecto podemos citar la idealización que en época clásica, en pleno período democrático, se hizo de los tiranicidas Harmodio y Aristogitón, amantes, que por motivos más personales que políticos mataron al tirano de Atenas, Hiparco, en el 514 a.C., siendo ejecutados poco después. Se les ensalzó también visualmente mediante la colocación de sus estatuas, esculpidas por Antenor, en el ágora ateniense. Al principio la tiranía no era concebida en Grecia con tantas connotaciones negativas como actualmente, si bien tras las experiencias democráticas que tuvieron muchas “poleis”, sí que terminó adquiriendo un significado muy próximo al que nosotros conocemos, que es, en definitiva, el ejercicio indiscriminado de un poder político adquirido por la fuerza, sustentado en el populismo y la demagogia, y que crea además con frecuencia enemigos internos o extranjeros contra los que volcar las energías sociales, como vía de escape de las frustraciones reales de los ciudadanos. Como castigos humillantes para los tiranos, Alceo proponía por ejemplo arrancarles la barba, azotarlos, hacerles mover ruedas de molino y cubrirlos con ceniza caliente.

Entre los adversarios políticos de Alceo destacó sin duda Pítaco (640-568 a.C.), cuyo carisma se convirtió en la pesadilla del poeta. Su poder tiránico se extendió sobre Mitilene aproximadamente entre los años 589 y 579 a.C. El pueblo le había ofrecido la máxima autoridad recordando su brillante participación en el enfrentamiento librado contra los atenienses de Frinón por el enclave de Sigeo, situado cerca de la entrada del Helesponto. La batalla, que podemos fechar entre el 607 y el 603 a.C., fue algo más favorable a los atenienses. Pero en duelo, Pítaco venció y mató a Frinón, gracias a la estratagema de envolverle con una red que escondía tras su escudo. Pítaco es uno de los gobernantes mejor valorados de la Antigüedad a pesar de haber sido tirano, “aysimnetes”, hasta el punto de haber sido incluido en la lista de los siete sabios de Grecia. Fueron vanos los esfuerzos poéticos de Alceo por denostarle, debidos en gran medida a que desde la llegada de Pítaco al poder la aristocracia lesbia había sufrido una considerable pérdida de protagonismo político. Entre los elementos, tal vez exagerados por la tradición, asociados al mandato de Pítaco está su desapego a la autoridad suprema, que sólo decía haber aceptado por obligación moral, sabiendo que era lo mejor para su patria. Y también su benevolencia, pues al parecer perdonó al asesino de su hijo, así como a muchos nobles díscolos y contrarios a su persona, entre los que se encontraba Alceo. En una de sus composiciones, Alceo alude enfurecido a las palabras amistosas que le dirigió Pítaco, como si ningún agravio se hubiese dado entre ellos: “La ocasión me permite que te haga volver a tu patria”. También contribuyó al renombre de Pítaco la manera pacífica en que abandonó el poder, para intentar así que no se reprodujesen las luchas intestinas de los lesbios, dejando a Mitilene un ordenamiento legislativo sólido. Su aforismo más conocido es: “Debes saber escoger la oportunidad”. Y entre sus consejos para el buen gobierno estuvieron sentencias que indicaban que era mejor no hablar mal ni de los enemigos, no exponer de antemano lo que se va a hacer por si sale mal, saber perdonar a los contrarios para cohesionar al cuerpo ciudadano, y que es fácil advertir la valía de los hombres por la energía que ponen en lo que hacen.

Si la única fuente que tuviésemos para conocer la labor política de Pítaco en Mitilene fuesen los poemas de Alceo, nuestra visión de la misma sería tremendamente negativa. Repasemos algunas de las críticas que Alceo hace a Pítaco en sus composiciones.



“Suena alegre la lira que participa
del festín. Entre sus torpes compadres
él anda de juerga…
… Que él, emparentado con los Atridas,
devore la ciudad, como con Mírsilo,
hasta que quiera Ares alzarnos en armas.
¡Si pudiéramos olvidar nuestra rabia!
Dejemos la angustia que el corazón nos roe
y la guerra civil, que algún olímpico
envió, que conduce al pueblo al desastre,
y da a Pítaco su maldito renombre.”



Son versos en los que Alceo llama a sus partidarios a disfrutar de una animada celebración con cómida y música, sabiendo que lo mismo hacen los miembros del bando contrario, en un respiro del conflicto civil, que a su pesar está solventando Pítaco. El comienzo del mandato de Pítaco había sido recibido por Alceo con rabia e indignación:



“Al malnacido Pítaco de esta ciudad,
desdichada y cansina, le han hecho tirano,
después que todos lo elogiaron mucho.”



Cuantos más halagos recibe Pítaco por parte de sus conciudadanos, más se le revuelven las tripas al poeta, que arremete líricamente contra su sagrada Mitilene, dada a las rencillas, tachándola de desgraciada y baja de miras. Alceo considera que es Pítaco el que lleva la ciudad a la destrucción, no los que se alzan contra el nuevo orden impuesto por el tirano.




“Este recinto en común consagraron,
grande y bien visible, los lesbios, y dentro
elevaron altares a los dioses eternos
e invocaron a Zeus el Protector,
y a ti, ilustre diosa, la Eolia,
generadora de todo, y en tercer puesto
a éste, Piel de Corzo, a Dioniso,
devorador de carne cruda. Vamos,
con ánimo benévolo escuchad
nuestra súplica y salvadnos
de estos rigores y el amargo exilio.
Y que caiga sobre el hijo de Hirras
la Erinis vengadora de quienes antaño
juramos, con rito sagrado, no entregar
nunca a ninguno de los compañeros,
sino quedar muertos revestidos de tierra,
a manos de los hombres que entonces
mandaban, o matarlos y al pueblo
librarlo luego de sus penalidades.
Mas entre ellos el Panzudo no habló
de corazón, sino que sin reparos
los juramentos pisotea y devora
nuestra ciudad…”



El texto reproducido aporta bastante información acerca de lo que sucedía en el entorno de Alceo. Se trata de una súplica religiosa, efectuada a los dioses, para que liberen a la polis del tirano Pítaco. Parece efectuada desde el exilio, lejos de Mitilene, pero en algún lugar sometido por entonces o en el pasado a los lesbios, bien dentro o fuera de la isla. Podría tratarse del templo panlesbio de Pirra. En el texto se aprecia la búsqueda de un doble sentimiento de cohesión, por un lado de todos los ciudadanos de Mitilene, y por otro lado de todos los lesbios entre sí, independientemente de la ciudad-estado a la que perteneciesen, dados los vínculos étnicos, culturales, lingüísticos, históricos… existentes. Alceo alude a que Pítaco de joven efectuó como tantos otros ciudadanos lesbios el juramento por el cual se comprometía a luchar contra aquéllos que amenazasen el bienestar de su patria, no abandonando jamás a ninguno de sus compañeros. El poeta recrimina a Pítaco haber traicionado tal compromiso para convertirse en un tirano, cuando él mismo había luchado antes contra los que se arrogaban tal dignidad. El juramento mencionado tal vez explica el hecho de que Pítaco se mostrase tan condescendiente con sus enemigos políticos internos, conmutándoles con frecuencia las penas, mientras que con respecto a los enemigos exteriores se mostró mucho más implacable. El poema aporta el nombre del padre de Pítaco, Hirras (según otros textos Hirradio), mientras que por otras fuentes conocemos el de su hijo asesinado, Tirreo. Alceo se mofa de la panza del tirano, imaginamos que reciente, ya que, aunque no le impediría ser un buen estratega, sí que de joven le habría dificultado destacar en el ámbito militar. Por otros versos sueltos sabemos que Alceo llamó a Pítaco, entre otras muchas lindezas que servían a veces como clave satírica para no mencionar su nombre, “el de la cara de manzana” o el que tiene “mejillas de manzana”.

Algunos elementos indican que existió amistad entre Alceo y Pítaco durante su formación escolar y militar, pues ambos frecuentarían similares ambientes aristocráticos, transformándose luego su relación en rivalidad desde que el segundo aceptó el poder máximo. Alceo siempre le recriminó a Pítaco tal decisión, que consideraba una alianza interesada con las clases populares para acumular prestigio y riqueza. Al rememorar su propia juventud en el ejército y ver a otros jóvenes dispuestos a afrontar los peligros de la guerra, Alceo se siente llamado a elaborar cánticos que cumplan una función social motivadora, y que mitiguen en lo posible el temor a cosechar en la batalla una muerte temprana de dudosa necesidad:



“Ahora te cantamos a ti,
madre nutricia de estos tiernos jóvenes,
quienes sin preocuparse por su propio interés,
se unieron a las primeras filas
en el ejército de nuestro pueblo.”



¿Qué es lo que define a una polis? ¿Su estructura material o la actitud de sus habitantes? Alceo se esfuerza por remarcar que son los ciudadanos los que constituyen la esencia de la polis. Si una ciudad se despoblase y fuese ocupada por gentes distintas, ya no sería ella aunque conservase su nombre, pues habría quedado roto el vínculo histórico y genético entre el lugar y sus primitivos pobladores. De ahí la importancia de defenderla y prestigiarla, de convertir con valor, astucia y trabajo su nombre en respetable. El perímetro amurallado de las urbes antiguas, que unía a sus funciones defensivas otras de carácter simbólico y religioso, es equiparado por Alceo al conjunto de los ciudadanos, que quedan así transformados en los verdaderos muros de la polis.



“No son las casas finamente techadas,
ni las piedras de los muros bien construidos,
ni los canales ni los artilleros
los que hacen la ciudad,
sino los ciudadanos dispuestos a probar su fortuna…
… Ni las piedras ni la madera, ni el artificio del ebanista
hacen la ciudad,
sino los hombres que saben cómo mantenerse a salvo,
esos son los que constituyen los muros y la ciudad.”



El “symposion” o reunión de amigos para banquetear y beber en animada charla, queda bien reflejado en la poesía alcaica. De hecho, muchos de los versos de Alceo fueron compuestos con idea de ser recitados en tales reuniones. En ellas la variedad temática de las conversaciones era infinita, los asuntos se entremezclaban velozmente, en parte por el estado de exaltación que propiciaba el consumo de vino aguado o sazonado con miel. El agua retrasaba el aturdimiento provocado por el vino, permitiendo prolongar las reuniones. Las ideas iban así bullendo, confundiéndose verdades y bravatas. Los “symposia” en los que participó Alceo no tuvieron siempre el mismo carácter, pues mientras que en algunos primaban las celebraciones por asuntos familiares en otros se conspiraba abiertamente contra los tiranos. En ocasiones no era posible deslindar ambas facetas, de modo que a la vez que se celebraba un éxito político, se trataban cuestiones menores de índole personal. Alceo aprovechaba los convites para leer sus proclamas y versificaciones, mientras los instrumentos de cuerda o la flauta acompañaban la rítmica exposición de sus ideas. La bienvenida a la celebración podía incluir la entrega de guirnaldas de hojas y flores para la cabeza o el cuello de los invitados, cuyo pecho además podía recibir adornos y perfumes:



“Bien, venga cualquiera a ponernos al cuello
las guirnaldas trenzadas de flores de anís,
y luego derrame la mirra olorosa
en nuestro pecho.”



Hay bastantes versos de Alceo que elogian el vino y sus efectos: “El vino, caro amigo, es también la verdad”; “El vino, pues, es el espejo del hombre”; “No plantes ningún árbol antes que la vid”. El poeta considera que el vino hace que los hombres se muestren realmente como son, sin ocultar lo que teje su mente; el vino permite exponer abiertamente planteamientos arriesgados o sensaciones propias, sin temor a recibir la burla de los compañeros, aunque ésta a veces se produzca. Ante una situación adversa, ante el pesar producido por una contrariedad, Alceo recomienda no hundirse, sino recurrir al alivio del vino. Hasta ese punto estaba la ingesta del vino arraigada en las sociedades grecorromanas:



“No hay que abandonar el ánimo a los males.
Pues nada avanzaremos con apenarnos,
oh Bicquis, y no hay mejor remedio
que mandar a por vino y embriagarnos.”



Pero tras la borrachera, lo más probable es que el problema siguiera sin resolver, a pesar de la batería de soluciones enunciada con creciente frenesí en el “symposion”. También coloca Alceo el vino como ayuda frente a las terribles decisiones que sobre la vida de los hombres toman los dioses, o le sirve para evocar escenas de calidez hogareña mientras fuera ruge la tempestad:



“Zeus hace llover, baja del cielo
una enorme tormenta y están helados
los cursos de las aguas…
Desprecia la tormenta, aviva el fuego,
sazona, sin escatimarlo, el vino
dulce con miel, y luego reclina
tus sienes sobre un blando cojín.”



Esta aparente apología del alcoholismo efectuada por Alceo refleja en definitiva cómo los sectores aristocráticos de una sociedad que ha reflexionado sobre las miserias y fragilidades humanas recurren al consumo ritualizado del vino como acto integrador, buscando en él el olvido de las desgracias y una alegría pasajera:



“Bebamos. ¿A qué aguardar las candelas? Hay un dedo de día.
Descuelga y trae las grandes copas pintadas, enseguida.
Porque el vino lo dio a los humanos el hijo de Sémele y Zeus
para olvido de penas. Escancia mezclando uno y dos cazos,
y llena los vasos hasta el borde, y que una copa empuje
a la otra…”



La religiosidad está presente en los banquetes, efectuándose libaciones de gratitud a los dioses o en honor de los caídos. Los versos de Alceo revelan que aunque lo común era consumir el vino en celebraciones nocturnas, no era necesario esperar a la noche para empezar a beber. El vino transmite por tanto también en el lenguaje alcaico una idea de libertad frente a ciertas convenciones sociales, si bien era precisamente el sector nobiliar al que Alceo pertenecía el más preocupado por la conservación de las tradiciones. Se hace referencia en el texto anterior al uso de copas pintadas, las cuales por la cronología responderían seguramente al estilo de las figuras negras, con préstamos orientales y más volcado aún a los frisos de animales que a las escenas míticas que se desarrollarían posteriormente. Se alude también a la primitiva costumbre de brindar, de hacer chocar las copas para expresar la alegría o los deseos del grupo.



“Báñate las costillas en vino, que ya vuelve la estrella,
y es penosa la época, y todo está sediento y con ardor,
y suena el son de la cigarra en el follaje; con sus alas
derrama su fuerte y continua canción en el verano ardiente…
Florece el cardo. Ahora son mucho más pesadas las mujeres
y débiles los hombres, porque Sirio abrasa su cabeza y seca
sus rodillas.”



En medio del verano ardiente, la propuesta del poeta es una vez más el vino, esta vez para sobrellevar los perjuicios del calor. A pesar de indicar el debilitamiento que sufren los hombres, en verano eran comunes las iniciativas bélicas, tanto terrestres como marítimas, en contraste con otras épocas en que las tropas solían estar acantonadas. En un contexto simposiaco, en el que el vino hubiera alimentado la locuacidad de los comensales, tal vez surgió una de las frases más famosas de Alceo: “Si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres”. Esta expresión nos sirve para resumir los esfuerzos dialécticos de Alceo, encaminados a retar a los partidarios de los tiranos y mostrar la debilidad de sus planteamientos, confiando en poder evitar un nuevo enfrentamiento civil.

En cuanto a las inclinaciones sexuales del poeta, pudieron ser variadas, si bien abundan más los textos que inciden en la belleza de las lesbias que los que elogian la belleza masculina, y sin que estos últimos aclaren si mantuvo relaciones homosexuales, práctica común entre los antiguos griegos. Uno de los fragmentos ambiguos referidos es: “Ruego que alguno invite al precioso Menón, / si quiere que yo tenga mi gozo en el banquete”. Cicerón criticó el hecho de que Alceo hubiese compuesto versos de amor destinados a muchachos, entre los cuales figuró su amigo Melanipo. A una mujer estaría seguramente dirigida la ferviente súplica que sigue, deseando enamorarla recitando con la lira: “¡Abre, que vengo de ronda, abre, te lo pido, te lo pido”. Si bien la frase es susceptible de otras interpretaciones, al igual que otros textos inconexos conservados del poeta. Entre ellos está la cita suelta de “Que no haya más muertes de mujeres”, la cual podría aludir a los desmanes que estaba acarreando el conflicto civil, o por el contrario podría ser una mera expresión poética ensalzadora de todo lo femenino. También se recrea Alceo con la contemplación de las mujeres en una escena poética voluptuosa, describiendo el baño de unas jóvenes en el río tracio Hebro:



“Hebro, hermosísimo río, que ante Eno
vas a desembocar en el mar purpúreo
tras cruzar, rugiendo, la tierra de Tracia
rica en caballos.
Y a ti acuden numerosas muchachas,
y con manos suaves a sus muslos llevan
como si fuera ungüento, hechizándose,
tu agua divina…”



En un poema oscuro de asunto prosaico Alceo exhorta a alguien a no tratar con prostitutas, pues ello arruina la hacienda y trae deshonor: “Lo que uno da a una prostituta equivale a arrojar semillas a la ola del mar canoso”. En otro fragmento confuso Alceo rechaza a una mujer vieja por la que él se interesó cuando ambos eran más jóvenes: “Tu tiempo ya ha pasado y el fruto que había ha sido todo recogido. Había esperanza de que tus sarmientos, en verdad bellos, dieran racimos nada escasos, pero es tarde”. Un tema popular recogido por la lírica alcaica es el de los cantos de despedida a alguien que va a embarcarse. Su emotividad radicaba en parte en que los peligros de la travesía o del destino alcanzado podían suponer el no ver más a quien partía. Entre los procedimientos líricos novedosos empleados por Alceo está la llamada “narración a saltos”, luego muy utilizada por Píndaro. El influjo hesiódico de su poesía lo podemos rastrear en el tratamiento de aspectos característicos de la vida cotididana, expresados de forma pasional y directa. No nos han llegado de Alceo muchas evocaciones femeninas, como este lamento desgarrado que pone en boca de una muchacha: “¡Ay de mí!, mujer desgraciada, sufridora de toda clase de infortunios… me alcanza mal insaciable y me nace en el pecho aterrado bramido de ciervo”. En unos versos, Alceo se lamenta de la acusación que le lanza un tal Amardis, probablemente medo, atribuyéndole el asesinato de un personaje de cierta relevancia. El poeta asegura no ser el asesino, pero a la vez afirma con su característica fanfarronería que dicha muerte no le desagrada.

La reflexión sobre el discurrir incansable de los días le lleva a decir: “En cuanto a mí, cuando la gravosa edad agote mis fuerzas / tendré todavía vigor para recordar a mis viejos amigos”. No faltan en las composiciones alcaicas las invitaciones a disfrutar de la efímera juventud, tema obsesivo, recurrente y hasta angustiado de la lírica griega. Alceo parece reprimir la ilusión trascendente de un joven demasiado impetuoso, dispuesto a desafiar a la muerte. En esta reflexión sobre la necesidad de aprovechar cada instante de la vida se entremezcla el mito de Sísifo, personaje con una genealogía ficticia vinculada a los lesbios a través de los eolios, el cual, queriendo regresar de la muerte, fue castigado a empujar eternamente un peñasco ladera arriba:



“Bebe y emborráchate, Melanipo, conmigo. ¿Qué piensas?
¿Que vas a vadear de nuevo el vorticoso Aqueronte,
una vez ya cruzado, y de nuevo del sol la luz clara
vas a ver? Vamos, no te empeñes en tamañas porfías.
En efecto, también Sísifo, rey de los eolios, que a todos
superaba en ingenio, se jactó de escapar a la muerte.
Y, desde luego, el muy artero, burlando su sino mortal,
dos veces cruzó el vorticoso Aqueronte. Terrible
y abrumador castigo le impuso el Crónida más tarde
bajo la negra tierra. Conque, vamos, no te ilusiones.
Mientras jóvenes seamos, más que nunca, ahora importa
gozar de todo aquello que un dios pueda ofrecernos.”



También a su joven amigo Melanipo va dirigido el poema en que Alceo se lamenta de haber perdido sus armas. La afrenta se produjo en la batalla de Sigeo, enclave del Helesponto disputado entre lesbios y atenienses. El resultado de la igualada batalla tuvo que ser sometido al arbitraje de Periandro, tirano de Corinto. Su decisión supuso que la ciudad colonial pasase a estar controlada por Atenas, conservando los lesbios como compensación moral el estratégico promontorio en que se situaba el túmulo erigido en honor de Aquiles. Este lugar sagrado fue asilo tradicional para los perseguidos, pues se consideraba una terrible impiedad matar a alguien allí. Al referirse al abandono de su pesado escudo, Alceo nos remite al tipo de combate fraternal hoplítico, en formación cerrada, con lanza larga y escudo redondo de gran diámetro. Fue necesario que Alceo dejase su escudo en el campo de batalla para poder salvar la vida, pues con él era imposible huir rápido. Se trataba de una deshonra que el poeta no quiso ocultar, y que le siguió atormentando cada vez que escribía versos para estimular el valor de la milicia ciudadana.



“Corre hacia la amada Mitilene, ¡Oh, heraldo!,
y dile a mi adorado Melanipo
que Alceo se encuentra a salvo,
aunque no sus armas.
Los atenienses colgaron su poderoso escudo como trofeo
en el templo de la diosa de glaucos ojos.”



Conservamos dos fragmentos en los que Alceo alude al escarnio que puede suponer el ser pobre. Él había crecido en un ambiente privilegiado, aristocrático, accediendo a una buena educación y a toda clase de ventajas sociales. Al mirar a su alrededor se da cuenta de las situaciones lamentables por las que atraviesan los económicamente desfavorecidos: “Cruel, insufrible daño es la Pobreza, que a un pueblo / grande somete a la par de su hermana, la Impotencia”. Personifica la pobreza y la impotencia, indicando que ambas están estrechamente ligadas, pues la falta de recursos impide acometer grandes empresas. Emite esta sentencia con cierto sentido nacional, en cuanto a que se lamenta de que un pueblo dotado de grandes condiciones y potencialidades, se ve condenado a ocuparse de asuntos mucho más prosaicos por su pobreza. Contrasta esta supuesta preocupación de Alceo por sus conciudadanos más pobres con el hecho de querer impedir la extensión de ciertos derechos al pueblo, principio en que se basó la gestión interesada de muchos tiranos. El sentido de clase es expresado por Alceo de forma aún más clara en esta estrofa:



“Pues cuentan que una vez Aristodamo
dijo en Esparta una frase indiscutible:
El dinero es el hombre; ningún pobre
resulta hombre valioso ni apreciado.”



La elección de Esparta para enmarcar el sentido del poema no es casual, pues esa polis griega encarnaba más que cualquier otra los valores relacionados con la austeridad, con el desprecio del dinero, exaltando en cambio las virtudes militares, inculcadas o retroalimentadas por poetas como Tirteo. Querer definir en Esparta a un hombre más por su dinero que por su arrojo era casi una blasfemia, a pesar de lo cual la sociedad espartana se cuidó mucho de segregar a la población en función de su origen aristocrático o humilde. Al hablar de dinero para referirnos a la época de Alceo no debemos pensar en términos de monedas de metales preciosos, pues la moneda apenas empezaba a difundirse por entonces por el ámbito griego, sino que debemos apuntar a otras fuentes de recursos y de creación de patrimonio, destacando entre todas, las posesiones agropecuarias o las derivadas de las actividades políticas y comerciales. Alceo recibió bastantes críticas por parte de escritores posteriores que consideraban que había puesto demasiado énfasis en la descripción de toda clase de lujos, desmarcando de manera clasista su existencia de la que llevaba la mayoría de la sacrificada población. Entre estos autores estuvo Quintiliano, escritor hispanorromano del siglo I.

La temática mitológica está presente en la poesía de Alceo, el cual emite juicios de valor moralizantes acerca del comportamiento de los personajes que pueblan los ciclos narrativos míticos. Adentrándose en la cosmovisión homérica de las tradiciones épicas griegas, Alceo contrapone la volubilidad de Helena, acusándola de causar la devastación de Troya, con la virtud de Tetis, de cuya unión con Peleo fue fruto el héroe Aquiles:



“Es fama, Helena, que la amarga ruina
a Príamo y a sus hijos les sobrevino
por tu culpa y Zeus arrasó con fuego
la santa Troya.
Cuán distinta era aquella doncella gentil
que el Eácida tomó del hogar de Nereo,
invitando a su boda a todos los dioses
al conducirla
a casa de Quirón. La joven esposa
soltó su cinto virginal. Y unió el amor
a Peleo y la mejor de las Nereidas.
Y ella, al año
le dio a luz un hijo, héroe supremo,
feliz conductor de sus bayos corceles;
mientras que por culpa de Helena murieron
Troya y los frigios.”



En otro fragmento Alceo insiste en los errores fatales cometidos por Helena, cuyo arrebato por amor supuso según el relato tradicional el abandono de su hija y su esposo, trayendo además consigo la muerte de muchos jóvenes guerreros, tanto compatriotas suyos como del bando de su raptor y nuevo valedor, Paris. Ni siquiera puede considerarse en favor de Helena el hecho de que renunciase por amor a una vida cómoda en palacio, pues en su destino pensó que tendría otra vida similar. En medio de la carnicería, descrita por Alceo como la que apaga los ojos de los soldados, aparece Aquiles, en cuya figura ve el poeta la encarnación del valor en el combate:



“Y perturbó en su pecho el ánimo
de la argiva Helena, y, enloquecida,
por el troyano traidor a su huésped,
marchó en su nave,
abandonando a su hija en palacio
y el suntuoso lecho de su esposo,
pues persuadió su corazón al amor
la hija de Zeus
y de Diona…
… a muchos de sus hermanos la negra tierra
los cubre, muertos en el llano de Troya
por culpa de ella.
Y muchos carros entre nubes de polvo
cayeron, y muchos mozos de ojos vivos
pisoteados quedaban, y a la matanza
venía Aquiles…”



Acerca de uno de los hermanos de Alceo, Antiménidas, versa el siguiente fragmento, en el que encontramos elementos comunes a los “nostoi”, relatos legendarios referidos a las peripecias que en el regreso a su hogar afrontaron los guerreros que habían participado en la guerra de Troya. La más conocida de este tipo de narraciones épicas es la Odisea, obra atribuida a Homero, en la que el protagonista alcanza con su nave los sitios más diversos, retrasándose mucho más de lo deseado el avistamiento de su hermosa isla de Ítaca. Las numerosas dificultades y los desvíos imprevistos que asaltan a los soldados en el regreso marítimo a su tierra tienen como explicación religiosa la cólera de algunas divinidades, disgustadas con el comportamiento impío de muchos griegos en el saqueo de Troya. Estos “nostoi” son también relacionables con los movimientos y alteraciones provocados por los llamados “pueblos del mar” en el convulso período en que se produjo la caída del poderío palacial micénico, hacia fines del siglo XIII a.C. y durante la siguiente centuria. Además son muestra de las exploraciones precoloniales realizadas por los griegos a lo largo del Mediterráneo, y de otros viajes de raíz diplomática o comercial. En el caso de estos breves versos de Alceo, estaríamos ante la vuelta triunfal de un valeroso guerrero griego, mercenario de los babilonios, curtido en gestas, y cuyo mayor tesoro es la suntuosidad de sus herramientas, las armas. Otra interpretación no nos remitiría a los “nostoi”, sino a los ecos de otro tipo de tradición heroica oriental, relacionada con Gilgamesh y las aventuras que vivió en su búsqueda de la inmortalidad, representadas en un buen número de manufacturas fenicias, las cuales muestran por ejemplo la lucha del hombre contra el león.



“… Has venido del confín de la tierra,
trayendo recubierta de oro
la empuñadura de marfil de tu espada,
y cumpliste una gran hazaña peleando
con los babilonios, y los libraste de agobios,
al matar a un guerrero tremendo
a quien sólo un palmo faltaba
para medir cinco codos reales.”




La riqueza de la mitología griega hace casi innecesario buscar claves interpretativas fuera de ella para la poesía alcaica, si bien recibió influencias culturales de los distintos pueblos vecinos minorasiáticos, más acusadas en el caso de Lesbos, cuyos asuntos fueron seguidos con interés por los lidios. Al igual que su hermano Antiménidas, es posible que Alceo combatiese ocasionalmente como mercenario durante su forzado exilio, tal vez al servicio de Egipto, lo cual explicaría estos versos: “Porque cuando yo estaba luchando contra los eritreos / Apolo se me apareció en sueños / con un ramo de tamarindo en la mano”. Entre los partidarios de que Alceo conoció Egipto durante su destierro se encontraba el geógrafo griego Estrabón. Es posible también que hubiese permanecido algún tiempo en territorio lidio recabando apoyos para su causa, lo que le habría llevado junto con otros nobles mitilenios hasta la corte capitalina de Sardes. Tanto Antiménidas como su otro hermano Ciquis eran de mayor edad que Alceo. Entre las familias lesbias rivales de la suya estaban la de los Arqueanáctidas y la de los Cleonáctidas. La religiosidad de Alceo se tradujo en sinceros elogios a los dioses, como si buscase en ellos inspiración y fuerza para sus versos, contribuyendo así mismo a fijar la cosmogonía imperante. A Ártemis la describe en estos términos, poniendo incluso palabras en sus labios:



“… A Febo de rubios cabellos al que la hija de Coos dio a luz
tras de unirse al Crónida ilustre que mora en las nubes.
Y Ártemis hizo el gran juramento que hacen los dioses:
“Juro por tu cabeza que seré siempre virgen indómita,
y viviré cazando sobre las cumbres de los montes agrestes.
Así que, vamos, consiente en esto y dame esta gracia”.
Así dijo. Y al punto asintió el Padre de los dioses felices.
A la doncella “Montaraz cazadora de ciervos” la llaman
los dioses y los hombres con digno sobrenombre.
Y Eros que el desmayo produce, a ella no se acerca.”



A Eros precisamente lo califica Alceo de “el más terrible de los dioses, / al que dio a luz Iris de bellas sandalias, tras de unirse a Céfiro de áurea cabellera”. Se inclina por esta genealogía de Eros, de entre las varias que se barajaban. Y al definirle como tan temible no hace sino sublimar el sentimiento del amor, frente a otro tipo de pesares o dolores físicos. Sobre el astuto Hermes tenemos unas líneas de una oración: “Salve, oh tú que reinas en Cilene, / pues mi ánimo quiere en himno celebrarte, a ti a quien en santas cimas parió Maya, / tras unirse al Crónida en todo soberano”. Con requiebros poéticos Alceo busca el favor de los dioses, dando además a los fieles fórmulas religiosas rítmicas con las que poder orar. Algunos de los himnos de Alceo son posiblemente encargos de santuarios en los que él mismo los habría cantado.

Si Safo aludió en sus versos a los gorriones, signo de que encontraba poesía y belleza en lo pequeño y cotidiano, Alceo dejó constancia de su curiosidad por el vuelo de las aves migratorias, a las que miraba admirado, preguntándose por su origen y destino: “¿Qué pájaros son estos de un país del confín del Océano, / que vienen como gansos de largo cuello y amplias alas?”. También recurrió a las aves para ilustrar ejemplos de temor o valentía: “Se acobardan como pájaros / a la vista repentina de una veloz águila”. Son pocos los poemas conservados en que Alceo dé muestras de una detenida observación de la naturaleza con sentido lírico, pues, como hemos analizado, su pensamiento andaba más en cuestiones políticas, como si se sintiese llamado a reorientar las voluntades de sus conciudadanos. Entre los versos naturalistas de Alceo se encuentran los siguientes, en los que se aprecia el interés musical por los sonidos que en su entorno emiten aves e insectos.



“Por los senderos coronados de flores,
entre las altas encinas,
con las variadas voces de los pájaros,
que llegaban desde el lago o desde las colinas,
por donde corría el agua fría,
que nutría los verdes viñedos.
Mientras sobre los barrancos
crecen los cañaverales largos y verdes,
el grillo, tartamudeando sus confusos gritos,
se deja oír a lo largo de las colinas primaverales
y en los caminos.
La golondrina alimenta a sus polluelos bajo las alas,
que bate mientras escucha sus gorjeos.”



Las innovaciones métricas introducidas tanto por Alceo como por Safo en la lírica griega fueron hábilmente recogidas y cultivadas por autores posteriores, dando renombre a la monodia arcaica lesbia. Las escasas noticias biográficas que conocemos de Alceo, alteradas por conjeturas nacidas en época romana, insisten en presentarle obcecado en su lucha contra los tiranos, a pesar de los perjuicios inmediatos que sus versos, alentadores del conflicto civil, pudieran ocasionar en la población. No había para él mejor sistema político que el tradicional, aquél que preservaba los derechos de los “aristoi”. Tuvo que dolerle el ver muertos por guerras intestinas a tantos mitilenios, pero aun así no vaciló en extender con sus canciones la agitación social. Lo que de positivo tuviera su lucha contra los tiranos quedaba ensombrecido por negarle a gran parte del pueblo la posibilidad de tener una mayor participación política. Era absurdo que Alceo buscase el apoyo del pueblo para impedir que el pueblo tuviera mayor capacidad decisoria. A pesar de ello, resulta llamativa la influencia que la poesía de Alceo tuvo en la política lesbia. No se trataba de libelos anónimos, sino de canciones cuyo autor se enorgullecía de vilipendiar públicamente la tiranía. Tal vez la fama de Alceo derive principalmente de sus versos políticos, a veces de liberación y a veces reaccionarios, más que de otro tipo de composiciones, de temática más amable y despreocupada. Ello se debe a su ingenua pero resuelta voluntad de luchar con poemas por el giro de los acontecimientos políticos. A la vez que escribía, Alceo se implicaba con escaso éxito en las operaciones militares de la guerra civil, caóticamente planteada por su bando. El poeta formaba parte de algo así como “la resistencia” al régimen instaurado en su polis, pero sin que podamos describir su movimiento como vía sincera para liberar al pueblo de la opresión. Aunque muchas de las ideas de Alceo nos parezcan insostenibles por su elitismo, hay que reconocerle el mérito de haber interrelacionado lírica y realidad, dejando su vida al descubierto, para salvación de los historiadores. Sus “Stasiotika”, sus cantos de batalla, quedarán siempre como modelo de llamada a la rebelión, a una febril y desorganizada reacción patriótica.

BIBLIOGRAFÍA:

-“Antología de la poesía lírica griega (Siglos VII-IV a.C.)”; Selección, prólogo y traducción de Carlos García Gual; Alianza Editorial; Madrid; 1980.
-Barrow, Rosemary J.; “Lawrence Alma-Tadema”; Phaidon Press; Hong Kong; 2007.
-Ferrate Soler, Juan; “Líricos griegos arcaicos”; El Acantilado; 2000.
-Varios Autores; “Antología de la lírica griega arcaica”; Ediciones Cátedra; 2002.

Publicado por Víctor Manuel Dávila Vegas


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