jueves, 19 de enero de 2017

KAREN SALAZAR [19.878]


KAREN SALAZAR

Karen Salazar (Zacatecas, México 1993). Egresada de la Licenciatura en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha publicado en suplementos y revistas culturales. Ha pertenecido a talleres literarios, entre ellos el del poeta Javier Acosta. Fue becaria del Festival Interfaz-ISSSTE, Chihuahua 2016.


Plegaria de la escafandra

Que no se me permita observar el paso de mi vida
sin acariciar las suavidades y las asperezas
sólo el cristal de un ferrocarril que está vacío.
Quiero ser con mis manos
respirar a través del paso de mis pies
medir el tiempo con el sonido del caballo que galopa
con el undívago movimiento de las olas.
No se me castigue:
existir en un cuerpo muerto
entre telarañas y musgo.
Anhelo prender mis propias veladoras.



El grande

A Armando

A media voz el nombre
de entre todos uno
el sustantivo propio.

La terrible finitud de un cuerpo
congoja del adiós en el semidesierto
madre huérfana, piedra angular.

Madera incierta navegante: yo
y mis pies espumosos
yo y la sonata del mar.

Alta figura rupestre de un pueblo
el nombre y un gerundio en una lápida
el humo que sale de un pulmón perforado.

¿Queda algo? Odio-adiós/Odio-a-dios
la injusticia en las manos
el nombre cerrado en el expediente.



Cambio de domicilio

Ayer la carta que te envié se extravió
el cartero ha llorado
hace años que no veía los nombres
dos enamorados en un mismo sobre.
Destinatario, remitente.
Murió a causa de amor ajeno:
mi carta no tocó tus manos
y se perdió mi secreto
también lo he olvidado.

En su recuerdo busco tu nombre
la propaganda que llega a mi puerta
el recibo de luz
los carteles pegados de cosas encontradas.
Mas se esconde
sólo las líneas de una letra
no hay sonido, no hay significado.
¿Cuál es el secreto?
¿Hablaba de un viaje?
Castillos y bosques
las espinas son insuficientes para el misticismo
no tengo puntas suficientes en mi carne.

La respuesta
líneas cursivas en casa del cartero
la creencia de un rito
la certeza, un sacrificio. 




Al filo de una puerta en invierno

Tengo un pedazo de cielo, todo mío
cambia cada noche, es constante
hoy Orión y Pléyades, movimiento
mañana de luna cuarto menguante.

Lugares sin espacio donde me miran las estrellas
muertas centenares de años atrás
ya fenecidas cuando Hécate sacerdotisa
ahora mi diosa nocturna  renacida
en un cúmulo de años, yo, diosa de las diosas futuras.

Borrasca, frío:
¿Dónde está el techo de los niños
que andan como palomas
en busca de maíz en las principales plazas?
¿Dónde las caricias de los perros con hambre,
más hambre de cariño que de alimento?

Arrecia el viento del desierto
en mi lecho el calor de mil cabellos blancos
pienso en el padre que habita en los olimpos
tiene un pedazo de cielo
quizá mira por dentro un féretro.

Miguel Ángel de mis noches diurnas
hombre en La Sixtina que toca al padre
que deja de ser Dios, inexistente
toco la deidad con el meñique: gélido, frío infinito.

Llueven rosas, no hay agua
para quienes han llenado de lágrimas sus vidas
rosas y leche emanando entre nopales
leche que busca águilas que funden naciones.

Cada minuto un paisaje nuevo
humo sosegado aguardando una boca
¿cuál, sino la mía: consumo de tabaco?
consciente ser ceniza del rey Cronos.

Tengo un pedazo de cielo
trueque postrero de tierra
siembro flores y tunas
¿cosecharé? lápidas y cruces.




I.

Soy el ave que me ve por la ventana
cualquiera de los seis, dos huevos
no soy sus alas, su vuelo, su canto
sólo errante que emigra para volver a casa.

No soy el río que marcha hacia la máter
sí la salinidad que besa el agua, movimiento
¿acaso mañana metamorfosis de ballena
encallada entre cabezas de pescado?
Soy la opacidad de mi reflejo
otro cuando miro mis pies que se mueven disonantes
los padres que emblandecen el pan con lágrimas para la familia
las rodillas encharcadas por la fe ante una iglesia.

Otro cuando canto, yo, cenzontle de la abuela
y me riego aunque nenúfar
que camina sobre el mar en forma de sirena
cuando me toco el pubis con la frialdad del espejo envanecido.



II.

Dentro del mar mi madre
mar caliente a fuerza de persistencia, el sol
yo afuera asiéndome al ombligo
líquido amniótico mi primer llanto.

Soy joven,  tengo 96 años
aún duermo en la cama de mi madre
que me abraza, que me abrasa.
Al inicio el mar, mi madre
al ocaso yo en la madre que ya es tierra
el calor del pañuelo:  el calor de la mortaja.



MIS RECUERDOS SON UNA RUINA

Piedras que se desvanecen en el tiempo
al transcurrir las mil huellas
por el sendero de las sacerdotisas.

Las ruinas que han visto el vuelo de los halcones
y los ríos cubiertos de cuerpos fragmentados.
Los cuadernos con las medidas de los edificios nuevos.
La lista de las drogas diarias para el Zeus de la familia.

Me levanto con la nariz hinchada de polen,
las botas boleadas de barro y plomo,
la pesadez como cortinas de una bodega
cerrando mis ojos.

Mis recuerdos son una ruina
que persiste
que se postra en la presencia del adiós 
al final
sólo se fija en el diálogo interno de una niña.

Me levanto.
Apenas comienzo a destensar los músculos
me acuesto otra vez.
Mi cuerpo es el sacrificio perpetuo de la ruina.






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