domingo, 8 de enero de 2017

JOSÉ ANTONIO MATEO ALBELDO [19.823]

José Antonio Mateo Albeldo acompañado de Mar Busquets


JOSÉ ANTONIO MATEO ALBELDO

(Valencia, 1966) es miembro del Grup Poètic Argila de l’Aire y del consejo de redacción de la editorial Els llibres de l’argila. Ha sido antologado en: Poesia a contrapèl (1995), En cadena (1995), Ecos (1998), El llibre de l’amor valencià (1999), Antología de poetas valencianos del 90 (2000), Retrato de familia (2003) y Segundo peldaño (2006). Sus poemas han sido traducidos al ruso para la revista internacional Golden Plaza Magazine (2014). 

Ha publicado Alas mágicas (1996), Mundo azul (1999), Instantes de mariposa (2002), La casa donde duermen los relojes (2009) y Poemas que mojó la lluvia (Neopàtria, 2015). 

En 1997 y 1998 es galardonado con la 1ª mención de honor y el primer premio del certamen «Amigos de la poesía» de Valencia. En 2005 recibe en Barcelona el tercer premio del XXIV certamen internacional «Federico García Lorca».



DE: Poemas que mojó la lluvia (Neopàtria, 2015). 

IV

el amor era la curva de los sueños
MAR BUSQUETS MATAIX


Desnúdate.

Muéstrame tu cuerpo de lluvia,
la espuma desolada de tu mar.

Escucha el llanto celoso del viento.

Tengo manos de sal para tu alma.



*


Buscadme a este lado del puente,
donde las montañas pierden su nombre
entre bolsillos rotos,
donde aún se escucha
l rumor del agua sin verla,
donde apetece ser redondo
para sentarse sobre la vida
y contemplar.
Todo acabará muriendo
a vuestro lado del puente.
Aquí,
la brisa nos seguirá buscando.
No somos nada.
Simplemente fluimos…

“Poemas que mojó la lluvia”: José Antonio Mateo Albeldo escribe su particular «canción de la tierra».

“Poemas que mojó la lluvia”: 
José Antonio Mateo Albeldo escribe su particular «canción de la tierra».


Poemas que mojó la lluvia
Neopàtria, 2015

Por José Antonio Olmedo


Poemas que mojó la lluvia es el quinto poemario de José Antonio Mateo Albeldo, poeta convicto, fundador del grupo poético Argila de l`Aire y un habitual en la escena lírica valenciana. Desde sus inicios, hace ya veinte años, con la publicación de Alas mágicas, pasando por Mundo azul (1999), hasta el libro que nos ocupa, ha publicado dos obras por década y en todas y cada una de ellas ha manifestado una particular habilidad para aunar reflexión y sensibilidad en sus poemas.

Su generación es la de Gallego y Marzal, no así su adscripción a la mal llamada «poesía de la experiencia», su singular destreza a la hora de transitar géneros y ponderar densidades lo convierte en un creador de difícil etiquetado. Su poesía es realista, pero también mágica, quizá en este libro sea más experiencial que en otros, más sensorial, pero se advierte en ella una maceración temporal, un trabajo de poda y buen gusto frente al que el buen lector podrá encontrar a un autor verdadero al tiempo que a sí mismo.
A través de los cuatro bloques —sí titulados— en que se divide la obra, encontramos tres constantes: brevedad, aumento exponencial del número de poemas y ausencia de títulos. Esta obra progresa geométricamente en muchos sentidos: en longitud (7, 8, 13, 18 poemas por bloque), en textura (se desplaza desde la tiniebla a la luz), en espacio (del paisaje interior se dirige hacia el paisaje exterior); y además desvela en su primera pieza —a modo de poética— toda su creatividad (neologismo), y a su vez toda la polisemia al servicio de un tema troncal que vertebra este peregrinar en cuatro actos, el amor.


La poeta Mar Busquets-Mataix firma unas palabras liminares como prosaica antesala a lo sinfónico, y en ellas dilucida —además del amor— otras cuestiones vertebrales y argumentales de la obra. Por ejemplo, su morfología de camino, la fusión entre el ser y la naturaleza a través de la contemplación o su honda metafísica expresada a través de signos telúricos, son solo algunas cualidades latentes de este poemario, rasgos que encuentran la argamasa que los une en lo sentimental.

 Armado de un lenguaje sencillo y diáfano, de verso blanco y libre, el poeta comienza su andadura mencionando a una niebla como metáfora total: Reconozco tus pasos / envueltos de niebla / entre las hojas que cayeron… Una niebla que no menciona, pero sí se revela y regresa en el último poema del libro: […] donde aún se escucha / el rumor del agua sin verla. Esa condensación de humedad en el aire, esa agua suspensa, esa garúa que invita a la opacidad, estará presente a lo largo del libro incluso en diferentes estados: […] caminar contigo, / atravesar senderos de espuma… // Lágrimas antiguas / amenazan la serenidad / de un paseante que vaga dormido. Su rol, tan magnificente como desasosegante, significa por entero el título del primer bloque “El desequilibrio que me habita”. En este apartado, el poeta expresa en un tono memorístico y trágico —exceptuando el poema en el que su hijo es el paisaje— un memorial de heridas —pasadas y futuras— que lo consternan y aleccionan en el fluir de la vida: 

De la luz que fuiste, 
apenas quedan 
unos zapatos sin pasos… 
No hay nada más, 
una sombra, 
una muerte que se acerca despacio.

En el segundo bloque, titulado “Lo que no es soledad”, los poemas oscilan entre tres y seis versos. Si en su sección anterior todo era influenciado por la contingencia de la muerte, ahora el poeta se dirige a la persona amada, y con mayor optimismo y esperanza lea ella se confiesa, la homenajea e incita, le agradece y canta: 

Siempre queda un paisaje 
en la memoria, 
un hilo de ausencia 
sobre la sombra de tus manos.
Bésame. Dibuja sobre mi piel
olas que nunca regresen.
Lloramos versos de tierra.

Esas olas que nunca regresan; como metáfora de los buenos recuerdos en eterna fuga; pasajeros irrecuperables de un tren hecho de tiempo, son las responsables de titular el tercer bloque. En este vagón de la estructura el poeta regresa a la elegía, aunque no absoluta, y anticipa con ella ese anhelo del vuelo que será el último epígrafe de su espina dorsal. Aquí la reflexión es más existencial, las imágenes más pictóricas y el dolor más mecánico: Tras cada puerta que se cierra / hay un pasado que renace. // El vértigo acecha / en el olvido de la noche. De repente, la palabra poética adquiere visos aforísticos, un tono sentencioso demuestra que el ser abatido recobró su entereza: 

Ser poeta es morir siempre buscando. 
La poesía es una condena 
que encadena al mar. 

Y da comienzo una deconstrucción de la conciencia que busca ahormarse a la hendidura de lo permanente: 

La soledad es una mirada atrás 
entre una niebla de farolas.

Esa mirada atrás constata la procrastinación de la inteligencia reflexiva a favor de la serena y profunda contemplación. Aprender el mensaje cifrado en el paisaje —antes lontananza— conlleva a fundirse con él y emprender el vuelo hacia el cuarto y último bloque.
“Intuición de vuelo” es su título. Aquí, a modo de apuntes paisajísticos, el poeta aborda en cada poema una localización concreta, un punto en la geografía y en el tiempo para modalizar el cauce de su nueva mirada. Los versos en esta ronda final perpetran luz y agradecimiento, el paisaje recobra —como un todo— su trono en primer plano y propone una enfática clausura de conocimiento y celebración: 

No soy nada. 

Lo soy todo, 
un río de melancolía 
que olvidó arrastrar el agua, 
un animal pequeño y torpe, 
una ínfima porción de eternidad.

Desconocemos una vida / que la poesía solo intuye…
Sin duda, resulta apasionante y revelador el itinerario que este libro propone. En palabras de Busquets-Mataix: El poeta no escribe, / abre su alma a la tierra. Como ya hiciesen —entre otros— poetas como Félix Grande, Mateo Albeldo abre su alma a la tierra y es la tierra misma, así nos lo transmite, y su canto, sin asomo de alarde u ornamento, transfiere en ocasiones su verdad y naturalidad a la manera de la poesía pura.
Citando a José Luis Zúñiga, a quien el propio autor invoca para empezar este viaje, cierro este comentario e invito a los futuros lectores de este libro a abordarlo con la misma inocencia que el 
verdadero haijín es sorprendido por la iluminación de un haiku:

Mojó la lluvia 
mi cuaderno de versos. 
Se emborronaron todas las palabras: 
solo quedó poesía.




Instantes de mariposa
Instituto de Estudios Modernistas, Valencia, 2002

José Antonio Mateo es desde finales de los años noventa un poeta frecuente en los círculos literarios de Valencia, además es socio fundador del grupo poético “Argila de l´Aire”, con sede en el centro cultural de Almussafes. José Antonio publicó su primer libro de poemas, Mundo azul (Colección Senia), en 1999, antes, en 1997, fue galardonado con la primera mención de honor del certamen poético “Fiesta de la Primavera”, organizado por “Amigos de la Poesía” de Valencia. Desde entonces ha publicado el libro que nos ocupa, Alas de mariposa, en 2002, La casa donde duermen los relojes (Els llibres de l´Argila) en 2009, y recientemente Poemas que mojó la lluvia (Editorial Neopàtria).

Publicado por Editorial Instituto de Estudios Modernistas, que dirige Ricardo Llopesa, en el número 63 de su colección “La Torre de Papel”, y con un  prólogo de Ricardo Bellveser donde éste hace un elogio a la brevedad y contención de un poeta guiado “por una cuestión de temperamento”, que le emparenta al alicantino universal Juan Gil-Albert,  Instantes de mariposa certifica la capacidad de condensación de la palabra en una poesía que se encuentra próxima a géneros como el epigrama o el aforismo y donde su contenido bordea con el silencio pues esos instantes de mariposa, con sus alas mojadas, no son otra cosa que tiempo huidizo, como los recuerdos que la memoria sesga. Una memoria que deja una pátina de melancolía donde apenas los ojos/ me sirven ya para llorar y la muerte/ estira más y más/ la sombra poderosa de sus dedos.

Los cuarenta y dos poemas, por lo general breves, que integran este poemario se encuentran divididos en cuatro partes, en la primera el peso de los sueños le cierra los párpados mutilando el azul, y la esperanza, de un mundo imperfecto, donde el silencio es veneno, pero también antídoto contra la imprecisión de las palabras. Sólo en la cara oculta de su luna el poeta, desnudo, puede soñar primaveras en días grises de otoño.
En la segunda parte, los brazos de la noche se adueñan de los versos y los sueños del poeta, sobre el cual gravita la sombra de un silencio pesaroso, y la memoria se materializa en recuerdos de una infancia donde la inocencia acaba superada por la miseria y la soledad.

La tercera parte es la más extensa y en ella el ayer, cubierto de nostalgia, y el miedo a la muerte, pero también a la vida, le hacen seguir soñando para hallar toda la poesía oculta/ en los caminos del silencio. Al amparo de la noche las sombras danzan ante la mirada del poeta, que se refugia en el asidero de los sueños para evadirse de una realidad que truncó demasiado temprano un ayer que se presenta como enigma. Una profunda tristeza invade los poemas, de nuevo la soledad acompaña el devenir del poeta, que se derrumba ante la impotencia de poder darle voz al silencio de las lágrimas vertidas sobre la herida de tu ausencia, donde los recuerdos agonizan, como la esperanza, en el páramo barrido por el viento de la noche. Se habla de adiós, de despedida de la vida, y aunque la negrura de la noche lo envuelva todo, el poeta se resiste a arrancar de su alma un sueño de amor pues siempre hay un eco más allá, donde la tibia sonrisa de tu luz/ será por siempre de mi sueño. Sólo el sueño es capaz de conjurar el silencio, aunque finalmente sólo éste perviva.

Los cuatro poemas que integran la cuarta y última parte rezuman un halo de romanticismo, con el mar como telón de fondo se hilvanan con sosiego recuerdos tan frágiles como el cristal, ahora el silencio es de hiedra y aunque la noche avanza, con los ojos cerrados la ausencia se aleja.






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