lunes, 11 de abril de 2016

MAYCO OSIRIS RUIZ [18.403]


Mayco Osiris Ruiz 

(Xalapa, Veracruz, México, 1988) Estudió letras hispánicas en la Universidad Veracruzana. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

Con El revés de esta luz, Mayco Osiris Ruiz (1988) obtuvo por unanimidad el I Premio de Poesía Joven que lleva el nombre de Alejandro Aura (1944-2008) y representa de muchas maneras un merecido homenaje al poeta que precedió a nuestra generación y nos legó frescura y novedad para los caminos que habríamos de andar. El premio al que convocó la Ciudad de México por primera vez en 2014, a los setenta años de nacimiento del poeta, representa una apuesta por la refrescante continuidad de la poesía que se escribe en nuestro país. Recordemos que aquella añeja antología editada en 1967 por Siglo XXI, titulada Poesía joven de México, incluyó a José Carlos Becerra, Alejandro Aura, Raúl Garduño y Leopoldo Ayala, como una propuesta para que los lectores dieran un vistazo a la poesía más reciente que se escribía en México por aquellos años. En ese ámbito se distinguía la poesía de Alejandro Aura. Además, su trabajo en los escenarios de teatro y en la televisión reveló a un gran divulgador de la actividad cultural. Es también memorable su paso por la primera Secretaría de Cultura que hubo en esta enorme Ciudad de México. Al paso de los años, la comunidad siguió extrañando su presencia y cualidades de impulsor, promotor, verdadero guerrero de una razonada, necesaria y genuina promoción cultural para una megalópolis necesitada de afecto. - See more at: http://archivo.estepais.com/site/2015/el-reves-de-esta-luz-premio-de-poesia-joven-alejandro-aura/#sthash.1mj070MB.dpuf



Mayco Osiris Ruiz,
El revés de esta luz,
Taller Ditoria / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México,
México, 2014. 


Argos

Hay árboles menores
que nadie advierte nunca,
parapetos de niebla
creciendo a ras de suelo
donde el ojo no basta.
Son menos que la brisa de un latido de hierba,
saben medir el mundo del miedo al desencanto.
Viven como esas piedras que la corriente acalla
sin que jamás resuene su canto sobre el río.
Nacen entre la hierba
a veces se confunden
con la grama del patio,
cuerpos a la deriva ocultos por la sombra
de mil ojos cansados.
Hay árboles menores que nadie escribe nunca
acaso porque nunca       se ha atrevido a mirarlos.
Es cuestión de entender:
la ceguera no existe
(el tedio es una daga tan letal como el dios):
la oscuridad del árbol
nace de quien lo mira.



Árbol solo

Miro pasar los autos,
el tropel de los hombres
cruzando la avenida, invisibles e iguales,
desde hace tantos años.
Me cuesta imaginar la cara del silencio,
su cuerpo destrozado entre la batahola
de estos caballos blancos
que emergen de la noche, metálicos y hermosos.
Yo permanezco inmóvil,
sin rumbo y sin sentido, con mi porción de nada,
escribiendo en el aire
una verdad exhausta
que a nadie le interesa.
Por la calle incesante, la noche se desborda:
un árbol crece allí. Puedo mirar su estampa,
el peso de su fronda rendida por el tiempo,
su ramaje de insectos
trenzados en las redes del alumbrado público.
Como una bestia mansa, uncida
a los cordajes de un pedazo de tierra,
urde su resistencia, su derecho a la muerte,
se declara insensible
al vértigo espacial del automóvil.
El árbol solo es un mundo.
Plegado hacia sí mismo, es un poema.
Estoico en su relente de smog y de materia,
es la piedra curtida, hirviente
de un espacio bordado hacia el silencio.
No conozco su historia,
ignoro sus secretos, pero lo he visto y sé
que sus ramas esconden
la clave del regreso.



Regreso

A Malva Flores

No se regresa nunca porque uno ha sido siempre:
no pensemos siquiera en regresar.
Si he soñado que vuelvo
es quizá porque el mundo
me ha traído de vuelta:
aquél que he sido siempre
me espera bajo el árbol
que no he sido jamás.



Glaxosmithkline

Nos marchamos del mundo siempre de esa manera. En las cosas más vanas, en las que no advertimos. Creces como en penumbras.

Acaso sin mirar, sin sentir el impulso de esa fuerza invisible

que te empuja hacia afuera.

Veinticinco años después alguien cambia la fórmula de tu enjuague bucal y parece que algo se hubiera detenido, que una parte de ti se hundiera en las arenas. Aunque quieras quejarte, no encuentras las palabras. Imaginas el pasmo de las operadoras, su risa contenida al escucharte hablar del mundo que perdiste: tu vida a los cuatro años sentado en la pileta, lavándote los dientes al lado de tu madre, mirándola mezclar,

siempre en el mismo vaso, el enjuague

bucal. Te imaginas diciendo: Señorita,

las manos de mi madre eran como ventanas, como puertas abiertas por las que se filtraba la claridad del mundo, el resplandor del sol en la pileta. Y casi puedes ver su rostro divertido, su boca deformarse en una mueca tosca al escucharte hablar de cómo se iban juntos hasta la miscelánea, de cómo te cargaba para que tú eligieras alguna chuchería y te estuvieras quieto y sin llorar, esperando su vuelta, como todos los días, a las tres de la tarde. Por eso no los llamas. Te dirían que estás loco. Que te has ido del mundo. Que el mundo se transforma. Que todo cambia para bien. Que veinticinco años es un precio muy corto, un punto en el espacio, una luz que se apaga sin ruido en cualquier parte.




El Revés De esta Luz, de Mayco Osiris Ruiz

Por Pablo Molinet

El revés de esta luz es el libro de poesía pulcro y puntilloso de un esteta dotado de un oído y un ojo igualmente atentos. Si bien esos valores son de suyo encomiables –más aún, ejemplares–, leo en estos poemas cualidades de otra índole.

El revés de esta luz deriva su fuerza de una contradicción: es un libro exaltado y reticente a la vez. Un libro de oposiciones deliberadamente concebidas y puestas en página. Comienza con un canto a los árboles, vehemente, ceñido, absorto, que contiene episodios tan extasiados como este:


El árbol, por la tarde, es una hoguera verde,
un fuego vertical
anclado a las raíces,
donde todo comienza.


Y, versos después:


Cae la noche. El árbol sigue siendo
una antorcha encendida,
un reguero de jade creciendo
hacia lo abierto.


No obstante, este poema no es solamente un canto a la belleza natural, también es una queja de abandono:


Si estuvieras aquí, si vieras como yo
arder la huella del verano en cada hoja,
no tendría que cantar
para contarte lo que parece el árbol
al filo del ocaso.


Y, más adelante:


Si estuvieras aquí,
si vieras como yo poblarse de santelmos
la tiniebla, te aterraría esta danza macabra
de palabras cruzadas de silencio,
esta canción inútil girando en el vacío,
este ruido de espejos que al quebrarse
desconoce
el misterio del árbol cuando calla.



Ello, a su vez, conduce al asunto auténtico de este libro, que no es ni la Naturaleza ni el corazoncito sensitivo del poeta, sino una distancia muy específica: la que se abre, por ejemplo, entre la conciencia del mundo y el mundo mismo; o entre la experiencia y su descripción; o entre el lenguaje y la realidad.

Los árboles son, en este libro, mediadores entre un mundo anterior a una caída adánica –¿la adquisición del lenguaje, la llegada de la edad adulta, la ciudad?–; un mundo originario, digo, añorado por la voz lírica, que descubre, escondida en las ramas de un aislado árbol urbano, “la clave del regreso”. No obstante, esa vuelta a una suerte de estado de gracia primitiva es imposible; si me atengo a este libro, entre la poesía y la realidad media la separación irremediable contenida en la expresión “paraíso perdido”, puesto que, como asienta Ruiz, la conciencia humana está confinada a su identidad. Leo:



Aquel que he sido siempre
me espera bajo el árbol
que no he sido jamás.



“Pero eso no es lo triste”, escribe Ruiz para concluir su jornada arbórea, “Lo triste”, continúa –lo que de veras duele–



Es este canto llano que insiste en continuar,
la mano en el tintero
arriesgándole al aire dos palabras vacías,
 dos versos mutilados, dos metáforas mudas.



El revés de esta luz es un libro de poesía sobre la imposibilidad de la poesía. O, dicho de otra manera, un libro de poemas que señala el trecho insalvable entre las palabras y las cosas. Escribe Ruiz:




Entre mi voz y este roble:
qué distancia.
Digo su nombre, mi lengua vibra
pero hay algo vacío,
Como un tambor resonando
inútilmente en el desierto.



Versos después, concluye:


Y temo tanto haber hablado en vano
vertido en el papel tinta invisible
sabiendo –como sé–
que no hay un roble
que quepa entero en la palabra roble.



Así que no, Platón –y no, Borges–, no es como afirmaste en el Cratilo¸ el nombre no es arquetipo de la cosa; la rosa no está en las letras de “rosa” ni el Nilo cabe en la palabra “Nilo”.

Este libro de ironías cultas y guiños populares, de manglares y alejandrinos, de cipreses y tugurios y endecasílabos, parece atravesado de principio a fin por la sospecha de que versificación, pulcritud y erudición no bastan –no pueden bastar– para otorgarle estatuto de realidad a ese “Reino mental” –título de la segunda sección del libro–, cargado de hechizos y magnificencias que son, ay, sola, únicamente verbales:



Otros han visto en mí
 a alguien que desconozco.
Me dicen: “Serás rey”
y es de niebla la túnica que me circuye el hombro.
Mas mi cetro es mi voz cansada
de nombrar una tierra extranjera, mi trono
estas palabras
que a fuerza de decirse
han perdido su albor.
Por castillo me dieron
una verdad incierta,
prados de extraña luz
que ya nadie frecuenta.
Para qué proseguir: no hay armas que cantar,
ni talento
ni dios para reconstruirlo;
 sólo esta amarga queja
 –de rey sin caravana–
 que te doy.



Y, más adelante,



Tanto hablar de milagros, tanto pedir la luz, para salir también
con esta voluntad que ni siquiera es piedra, esta masturbación
que ni siquiera es canto.
Qué lástima, poeta, qué lástima.



En la tercera y última sección del libro, llamada –decisivamente– “Trasluz”, el poema final se preguntará “¿escribir para qué?” y, elegante y evasivo, antes que una respuesta, señalará: un “libro ilegible”, una “lengua sin palabras” y ello, a su vez, tenderá un lazo, tan firme como sutil, a los asuntos aquí brevemente formulados y al título mismo del libro, pero no debo escatimar al lector el placer de rastrear ese y otros lazos.

Es difícil que un primer libro de poesía admita tal reticencia, tal escepticismo ante los poderes hipnóticos de la exaltación lírica; escribe Ruiz:



El verdadero horror es no saber
si he dicho lo que quiero decir.



Reticencia, dije. Bien pude decir: atención crítica, claridad de propósito, conciencia profunda de la naturaleza del arte verbal.

Frente al arrebato emotivo, el narcisismo juvenil, la fruición fatal con el lirismo, Ruiz introduce un giro escéptico en el que reside, a mi ver, la fortaleza central de El revés de esta luz. Se trata de un poeta que, gracias a la lectura a la vez apasionada y crítica de su tradición, concibe sus textos como artefactos verbales, y opera en ellos con toda conciencia y deliberación para conducirlos en direcciones distintas a las ya conocidas, aceptadas, prestigiadas. El propio título del libro es revelador al respecto: seguramente sobreinterpreto si leo en él una alusión a Huysmans; no obstante, en la voluntad de hallarle el revés a esta luz, veo el principio de un camino que se promete tan largo como para atravesar manglares, bosques, cordilleras.



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