jueves, 14 de abril de 2016

DINÍS DE PORTUGAL [18.444]


Dinís de Portugal

Dionisio I de Portugal (Dinís en portugués), apodado el Labrador (Lisboa, 9 de octubre de 1261 - Santarém, 7 de enero de 1325). Hijo del rey Alfonso III y de su segunda esposa, Beatriz de Castilla, sucedió a su padre en el trono de Portugal en 1279. Se intitulaba en los diplomas que otorgó durante su reinado como «Dom Denis, pella graça de Deus, Rei de Purtugal e do Algarue», y así consta en el fuero concedido a Rebordãos el 18 de mayo de 1285, así como en otros documentos.

Como heredero, su padre le hizo compartir las responsabilidades de gobierno. En la época de su ascenso al trono, Portugal se encontraba sumida en diversos conflictos diplomáticos con la Iglesia católica. Dionisio firmó un acuerdo con el papa y juró proteger los intereses de la iglesia en Portugal. Por eso, garantizó el asilo de los caballeros templarios perseguidos en Francia y creó la Orden de Cristo, designada a ser la continuación de la Orden del Temple.

Con la Reconquista terminada y el país libre de la ocupación musulmana, Dionisio se convirtió en un rey básicamente administrativo y no militar. Sin embargo, mantuvo una breve contienda con Castilla por las posesiones de Serpa y Moura. Después, Dionisio evitó la guerra; fue un amante de la paz durante un periodo especialmente tormentoso de la historia de Europa. Dionisio firmó un pacto de fronteras (el Tratado de Alcañices) con el rey Fernando IV de Castilla (1297) que ha permanecido hasta nuestros días.

La prioridad principal del gobierno de Dionisio fue la organización del país. Siguió las políticas de su padre en los temas de legislación y centralización del poder. Promulgó el núcleo de la legislación civil y criminal portuguesa, protegiendo a las clases bajas de los abusos y la extorsión. Viajó por todo el país, arreglando las situaciones injustas y resolviendo los problemas. Ordenó la construcción de numerosos castillos, creó nuevas ciudades y garantizó los privilegios de numerosas villas. Junto a su esposa, la princesa Isabel de Aragón, Dionisio trabajó para mejorar la vida de los más desfavorecidos y fundó diversas instituciones sociales.

Preocupado por las infraestructuras del país, Dionisio ordenó la explotación de minas de cobre, hierro y plata y organizó la exportación del exceso de la producción a otros países europeos. El primer acuerdo comercial portugués se firmó en Inglaterra en 1308. Dionisio fundó la marina portuguesa al mando de un almirante genovés y ordenó la construcción de varios puertos.

Su principal preocupación fue el desarrollo y promoción de las infraestructuras rurales, de ahí su apodo de El Labrador. Redistribuyó las tierras, promocionó la agricultura, organizó comités de agricultores y tuvo especial interés en el desarrollo de las exportaciones. Instituyó mercados fijos en numerosas ciudades y reguló sus actividades. Uno de sus logros principales fue la protección de las tierras agrícolas del avance de las arenas costeras,ordenando la plantación de bosques de pinos en la zona cercana a Leiria. Este bosque aún existe y está considerado como uno de los más importantes de Portugal. Se le conoce con el nombre de Pinhal de Leiria.

Cultura

Cruz de la Orden de Cristo que adornó, entre otras cosas, los navíos portugueses durante los descubrimentos.

La cultura fue otro de los intereses del rey Dionisio. Escribió diversos libros con temas que iban desde la administración a la caza, la ciencia o la poesía. Fue uno de los mayores y más fecundos trovadores de su tiempo. A nuestro días han llegado 137 cantigas con su autoría, distribuidas en todos los tipos: 73 cantigas de amor, 51 cantigas de amigo y 10 cantigas de escarnio y maldecir; además de la música original de las siete de esas cantigas descubiertas por el profesor Harvey L. Sharrer en el Archivo Nacional de la Torre do Tombo, en un pergamino que servía de cubierta a un libro de registros notariales del siglo XVI, y al que se le dio el nombre de Pergamino Sharrer.

En su época, Lisboa fue uno de los centros europeos de la cultura y el conocimiento. La Universidad de Coímbra se fundó gracias al decreto Magna Charta Priveligiorum firmado por Dionisio. Se enseñaban artes, derecho civil, derecho canónico y medicina. Mandó traducir importantes obras, teniendo su corte uno de los mayores centros literarios de la Península ibérica.

Últimos años y muerte

El final de su pacífico reinado estuvo marcado sin embargo por los conflictos internos. Los contendientes fueron dos de sus hijos, Alfonso el Bravo, legítimo heredero, y Alfonso Sánchez, hijo bastardo que reclamaba los favores reales. En el momento del fallecimiento de Dionisio en Santarén el 7 de enero de 1325, el rey había situado a Portugal al mismo nivel que el resto de los reinos de España. Fue sepultado en el Monasterio de San Dionisio, en Odivelas.

Descendencia

Dionisio estuvo casado en primeras nupcias con Isabel de Aragón, hija del rey Pedro III de Aragón y de su esposa Constanza II de Sicilia. Del matrimonio nacieron dos hijos:

Constanza de Portugal (1290-1313), nacida probablemente en Coímbra y llamada igual que su abuela materna, fue reina consorte por su matrimonio con Fernando IV de Castilla; Alfonso IV de Portugal (Coímbra, 8 de febrero de 1291-1357), rey de Portugal con el nombre de Alfonso IV.

Tuvo varios hijos naturales: Con Grácia Froes (también llamada Gracia Anes):

Pedro Alfonso (1287-1354), conde de Barcelos.

Con Aldonza Rodrigues Talha:

Alfonso Sánchez (1289-1329), señor de Alburquerque y rival de su medio-hermano Alfonso IV. Fue legitimado el 8 de mayo de 1304.

Con Marina Gomes:

María Alfonso, nacida antes de 1301, fue nombrada por su hermano Alfonso Sänchez como posible heredera del señorío de Alburquerque. Contrajo matrimonio antes de 1317 Juan Alfonso de la Cerda, señor de Gibraleón. Ambos fueron sepultados en el monasterio de Santo Domingos en Santarén;
María Alfonso (1301-1320), monja en Monasterio de San Dionisio Entre 1312 y 1320 mandó construir un altar en nombre de San Andrés.
Con María Pires, «una buena mujer de Oporto», según las palabras de Pedro Alfonso, el conde de Barcelos, nació a mediados de la década de los noventa:

Juan Alfonso de Portugal (c. 1295-1326), legitimado en 1317, fue alférez y mayordomo mayor de su padre de quien fue un fiel partidario así como de su medio hermano Alfonso Sánchez. Recibió muchas mercedes de su padre, incluyendo Póvoa de Ervas Tenras, Outeiro de Miranda, Vila Verde de Braganza, Vilarelho en tierras de Vilariça, las villas de Nuzelos, Alfândega, Arouce, Lousã, Ázere y Rebordões en tierra de Braganza. Fue mandado ejecutar por su hermano el rey Alfonso IV el 4 de julio de 1326.

De una mujer de nombre desconocido tuvo:

Fernán Sánchez (antes de 1290-1329), contrajo matrimonio con Fruilhe Anes de Soursa, sin descendencia. Falleció en junio de 1329 y fue sepultado en el Monasterio de Santo Domingos das Donas en Santarén;




Las cantigas de amigo de
Dinís de Portugal

I

Yo bien comprendí, amigo,
que muy gran pesar tuvisteis
cuando hablar vos no pudisteis
el otro día conmigo,
mas estad seguro, amigo,
que no fue tal vuestro pesar
que al mío se pueda igualar.

Y bien tengo por verdad
que estabais tan apenado
que no lo habréis remediado,
mas amigo, regresad
y tened bien por verdad
que no fue tal vuestro pesar
que al mío se pueda igualar.

No hay duda, amigo, yo advierto,
que al pesar vuestro aquel día
otro igual no se vería,
mas el mío fue más cierto
y por eso yo os advierto
que no fue tal vuestro pesar
que al mío se pueda igualar.

Pues no se me puede notar
ni yo lo podría negar.


II

Mucho hace, amiga, a la sazón,
que de aquí con el rey se fue
mi amigo, y por eso pensé
mil veces en mi corazón
que lejos murió con pesar,
pues ya no me volvió a hablar.

Porque ya él tarda tanto allá
y nunca me volvió a ver,
amiga, y yo tenga placer,
más de mil veces pensé ya
que lejos murió con pesar,
pues ya no me volvió a hablar.

Amiga, era su voluntad
el regresar muy pronto aquí
donde ver mis ojos y a mí,
y mil veces pienso, en verdad,
que lejos murió con pesar,
pues ya no me volvió a hablar.


III

Que triste que está mi amigo,
ay amiga, en su corazón,
pues no puede hablar conmigo
ni verme, y tiene gran razón
mi amigo para triste andar:
no me ve y me ha de recordar.

Triste anda, y Dios me ayude,
con derecho, pues no me ve
y tiene, nadie lo dude,
muy gran razón, cual yo sé,
mi amigo para triste andar:
no me ve y me ha de recordar.

Anda triste y apenado,
pues no lo vi ni él a mí
ni recibió mi recado 
y tiene gran derecho aquí
mi amigo para triste andar:
no me ve y me ha de recordar.

Mas, Dios, ¿cómo puede aguantar
que aún no murió de pesar?


IV

De los que en la hueste van ahora,
amiga, yo quiero saber
si vienen ya o con demora,
por lo que aquí habéis de ver:
porque en la hueste va mi amigo.

Quiero saber yo el recado
de los que están, pues nada sé,
amiga, por Dios, de grado,
por lo que ahora os diré:
porque en la hueste va mi amigo.

¿Y más queréis que os diga?
Dios buen recado me dé
pues quiero yo saber, amiga,
nuevas de ellos, y ved por qué:
porque en la hueste va mi amigo.

Que por nada más os lo digo.


V

Cuánto hace que no llegó
el recado de mi amigo,
y, amiga, él habló conmigo
justo aquí, dónde estoy yo,
que en seguida enviaría
un recado o volvería.

Mucho tarda ya, sin duda,
que no llega su recado,
cuando él me había jurado
justo aquí, si Dios me ayuda,
que en seguida enviaría
un recado o volvería.

Y si yo verdad os diga,
estuvo él mucho llorando
y estuvo por mí jurando
donde ahora estoy, amiga,
que en seguida enviaría
un recado o volvería.

Mas, pues no viene ni envía
recado, es muerto o mentía.


VI

Ahora me llegó recado,
amiga, de vuestro amigo,
y dice el que habló conmigo
que está él tan apenado
que aunque poder tenéis,
curarlo ya no podréis.

Dice que es el tercer día
que lo salváis de la muerte,
mas tuvo pena tan fuerte
y allí tan triste yacía
que aunque poder tenéis,
curarlo ya no podréis.

Por el mal que vos le hicisteis
me juró, mi amiga hermosa,
sabiendo que poderosa
fuisteis de él cuanto quisisteis,
que aunque poder tenéis,
curarlo ya no podréis.

Y gran pérdida tendréis
si tal amigo perdéis.


VII

De mi amigo, amiga, no quiero, no,
que tenga gran pesar ni gran placer
pues quiero ya este asunto así traer,
y a tanto en lo suyo me atrevo yo:
no lo quiero yo curar ni matar
ni lo quiero de mí desesperar.

Pues, si amor yo le mostrara, bien sé
que eso le causaría tan gran bien
que le habrían de entender, si lo ven,
cuanto me quiere, y por eso así haré:
no lo quiero yo curar ni matar
ni lo quiero de mí desesperar.

Y, si le mostrara algún desamor,
no podría salvarse de la muerte,
pues él tendría una pena muy fuerte,
mas, para no errar en lo que es mejor,
no lo quiero yo curar ni matar
ni lo quiero de mí desesperar.

Y así puede ya su tiempo pasar,
cuando con placer, cuando con pesar.


VIII

Amiga, Dios muy loado sea
de que aquí viene mi amigo,
pero podréis creer conmigo,
cuando con mis ojos lo vea,
que el día que lo pueda ver
nunca veré mayor placer.

Y doy gracias a Dios loado
porque lo hace venir aquí,
pero podéis creerme a mí,
cuando vea a mi enamorado,
que el día que lo pueda ver
nunca veré mayor placer.


IX

Vos, que en los cantares vuestros ya sé
que mi amigo os llamáis, creed bien o mal
que nada yo doy por jactancia tal,
y por esto, señor, os mandaré 
que a partir de ahora hagáis así
cuanta jactancia quisierais de mí.

Llévese el diablo lo poco que doy
por tal jactancia un embustero hacer,
pues no me quita ni me ha de poner,
y por esto, señor, os mando hoy
que a partir de ahora hagáis así
cuanta jactancia quisierais de mí.

Que no me quita nada ni me da
el jactarse de mí tan sin razón
quien nunca tuvo de mí la atención,
y por esto, señor, os mando ya
que a partir de ahora hagáis así
cuanta jactancia quisierais de mí.

Y vos seguid tal como estáis, sin mí,
y desde ahora jactaos así.


X

Me rogó a mí hoy, hija, vuestro amigo
muy afligido que mucho os rogara
que de que él os ame no os pesara,
y por esto os ruego y así os lo digo
que no os pese que os tenga bien querer,
y nada os mando, hija, más hacer.

Y, cuando de vos él me estaba hablando
y esto que os digo mucho me rogaba,
me dolí de él, pues tanto lloraba,
y por esto, hija, os ruego y os mando
que no os pese que os tenga bien querer,
y nada os mando, hija, más hacer.

Pues en que os ame él de corazón
no veo nada que así vos perdáis,
si allí más no hubiera, sino ganáis,
y por esto así, con mi bendición,
que no os pese que os tenga bien querer,
y nada os mando, hija, más hacer.


XI

Me ha causado pesar mi amigo,
amiga, pero bien sé yo 
que en su corazón no pensó
darme pesar, pues yo os digo
que antes él querría morir
que a mí un pesar me producir.

Nunca creyó que me pesara
lo que él hizo, pues muy bien sé
que no había nada en lo que fue;
y así veo, si eso pensara,
que antes él querría morir
que a mí un pesar me producir.

Lo hizo sin idea encubierta,
pues sé que se habría de matar
antes que causarme pesar,
y por esto es cosa bien cierta
que antes él querría morir
que a mí un pesar me producir.

Pues de él morir o de vivir
sabe que puedo decidir.


XII

Amiga, yo bien sé de una mujer
que se esfuerza en con vos enemistar
a vuestro amigo, y lo quiere matar,
mas todo esto, amiga, solo ha de ser 
porque nunca ella con él puede hacer
que lo pueda por amigo tener.

Y así le busca con vos cuanto mal
ella puede, y muy bien lo sé yo,
y todo esto no lo hace sino
por su bien y es el motivo real,
porque nunca ella con él puede hacer
que lo pueda por amigo tener.

Ella se esfuerza, en toda ocasión,
en causarle así vuestro desamor,
y con ello tiene el placer mayor,
y de todo esto, amiga, es la razón
porque nunca ella con él puede hacer
que lo pueda por amigo tener.

Y así ella hará cuanto esté en su poder
para lograr que él os llegue a perder.


XIII

Buen día vi al amigo:
su recado es conmigo,
hermosa;

buen día vi al amado:
conmigo es su recado,
hermosa;

su recado es conmigo
y ruego a Dios y digo,
hermosa;

conmigo es su recado
y ruego a Dios de grado,
hermosa;

y ruego a Dios y digo
por ese mi amigo,
hermosa;

y ruego a Dios de grado
por ese enamorado,
hermosa;

por ese mi amigo,
que yo lo vea conmigo,
hermosa;

por ese enamorado,
que ya hubiera llegado,
hermosa.


XIV

No llegó, madre, mi amigo,
y hoy está el plazo cumplido;
ay, madre, muero de amor.

No llegó, madre, mi amado,
y hoy está el plazo pasado;
ay, madre, muero de amor.

Y hoy está el plazo cumplido;
¿por qué mintió el fementido?
ay, madre, muero de amor.

Y hoy está el plazo pasado;
¿por qué mintió el perjurado?
ay, madre, muero de amor.

¿Por qué mintió el fementido?
Me pesa, que aposta ha mentido; 
ay, madre, muero de amor.

¿Por qué mintió el perjurado?
Me pesa, pues mintió de grado;
ay, madre, muero de amor.


XV

─¿De qué morís, hija, la del cuerpo bellido?
─Madre, muero de amores que me dio mi amigo.
─¡El alba es, va ligero!

─¿De qué morís, hija, la del cuerpo lozano?
─Madre, muero de amores que me dio mi amado.
─¡El alba es, va ligero!

─Madre, muero de amores que me dio mi amigo
cuando veo esta cinta que por su amor ciño.
─¡El alba es, va ligero!

─Madre, muero de amores que me dio mi amado
cuando veo esta cinta que por su amor traigo.
─¡El alba es, va ligero!

─Cuando veo esta cinta que por su amor ciño
y me recuerda, hermosa, cuando él habló conmigo.
─¡El alba es, va ligero!

─Cuando veo esta cinta que por su amor traigo
y me recuerda, hermosa, cuando hablamos ambos.
─¡El alba es, va ligero!


XVI

─Ay flores, ay flores del verde pino,
si supierais noticias de mi amigo,
ay Dios, ¿dónde está?

Ay flores, ay flores del verde ramo,
si supierais noticias de mi amado,
ay Dios, ¿dónde está?

Si supierais noticias de mi amigo,
aquel que mintió lo que habló conmigo,
¿ay Dios, dónde está?

Si supierais noticias de mi amado,
aquel que mintió lo que había jurado,
ay Dios, ¿dónde está?

─Vos me preguntabais por vuestro amigo
y yo aquí os digo que está sano y vivo.
─Ay Dios, ¿dónde está?

─Vos me preguntabais por vuestro amado
y yo aquí os digo que está vivo y sano.
─Ay Dios, ¿dónde está?

─Y yo os digo aquí que está sano y vivo
y vendrá antes del plazo cumplido.
─Ay Dios, ¿dónde está?

─Y yo os digo aquí que está vivo y sano
y vendrá antes del plazo pasado.
─Ay Dios, ¿dónde está?


XVII

Temprano la bellida,
se levantó al alba,
y va a lavar camisas;
al remanso
va a lavarlas al alba.

Temprano la lozana,
se levantó al alba,
va a lavar blusas blancas;
al remanso
va a lavarlas al alba.

Y va a lavar camisas,
se levantó al alba,
el viento las cogía;
al remanso
va a lavarlas al alba.

Va a lavar blusas blancas,
se levantó al alba,
el viento las llevaba;
al remanso
va a lavarlas al alba.

El viento las cogía,
se levantó al alba,
se metió el alba en ira;
al remanso
va a lavarlas al alba.

El viento las llevaba,
se levantó al alba,
se metió el alba en saña;
al remanso
va a lavarlas al alba?


XVIII

Amigo, mi amigo,
valga Dios,
ved la flor del pino
y poneos a andar.

Amigo, mi amado,
valga Dios,
ved la flor del ramo
y poneos a andar.

Ved la flor del pino,
valga Dios,
ensillad el bayito
y poneos a andar.

Ved la flor del ramo,
valga Dios,
ensillad el caballo
y poneos a andar.

Ensillad el bayito,
valga Dios,
veníos, ay amigo,
y poneos a andar.

Ensillad el caballo,
valga Dios,
veníos, ay amado,
y poneos a andar.


XIX

Vuestro amigo, desde que os conoció
de corazón tanto os mira y tan bien,
por Dios, amiga, que no sé yo quién
esto vea que no entienda que no
puede hallar el poder de hallar placer
en cosa alguna si no es en os ver.

Y quien sepa como a vos os miró
amiga, cuando aquí vino, también,
de no ser que fuera alguien sin muy buen
juicio, pronto puede entender que no
puede hallar el poder de hallar placer
en cosa alguna si no es en os ver.

Y cuando él viene a donde estáis, sé yo
que intenta encubrirse ante los que estén
allí, y eso cree, mas todos lo ven,
pues cuando él os mira entienden que no
puede hallar el poder de hallar placer
en cosa alguna si no es en os ver.


XX

¿Cómo osará aparecer ante mí
ese mi amigo, ay amiga, por Dios,
y aun como osará mirar mis dos
ojos, si lo trajera Dios aquí,
pues hace mucho que no vino a ver
mis ojos ni mi bello parecer?

Y, amiga, ¿cómo se atreverá,
siquiera a osar con sus ojos mirar
si él mis ojos viera un poco alzar,
o incluso corazón como tendrá,
pues hace mucho que no vino a ver
mis ojos ni mi bello parecer?

Pues sé que él no verá muy en razón,
puesto que me tiene tan gran amor,
osar llamarme su dama, ni valor
tendrá para verme, ni corazón,
pues hace mucho que no vino a ver
mis ojos ni mi bello parecer.


XXI

─En mala hora, señora, hablar yo os oí
y estos ojos míos os vieron a vos.
─Decid, amigo, qué he de hacer yo de mí
por vos en este apuro, así os valga Dios.
─Me haréis, señora, a mí vuestro favor.
─Lo haré, amigo, si es hacer lo mejor.

─Desde el punto en que yo os oí hablar,
señora, ya no pude más paz tener.
─Amigo, os quiero ahora preguntar
lo que de mí por vos podría yo hacer.
─Me haréis, señora, a mí vuestro favor.
─Lo haré, amigo, si es hacer lo mejor.

─Desde que os vi y os oí hablar, que no
vi placer, señora, ni dormí ni holgué.
─Amigo, por Dios, decid qué es lo que yo
de mí haga por vos, pues yo no lo sé.
─Me haréis, señora, a mí vuestro favor.
─Lo haré, amigo, si es hacer lo mejor.





XXII

─Amiga, me tiene muy asombrada
como vivir mi amigo ha de poder
donde mis ojos él no puede ver
o como se retrasa su llegada,
pues yo nunca tal maravilla vi:
que pueda mi amigo vivir sin mí,
pues, por Dios, es cosa poco adecuada.

─Amiga, estad ahora vos callada
un rato, y dejadme a mí responder:
por lo que cierto sé y puedo entender
nunca en el mundo fue mujer amada
como vos por vuestro amigo, y así
no tiene culpa él si tarda allí,
y si no, quedaré yo por culpada.

─Ay, amiga, estoy tan preocupada
que no puedo encontrar ningún placer
pensando en como se puede entender
que no esté ya conmigo de tornada,
y, por Dios, porque no lo he visto aquí,
de que esté muerto sospecha cogí,
y si está muerto, seré desdichada.

─Amiga muy hermosa y mesurada,
no niego que muerte pueda tener,
pues hombre es, y así deberá ser,
mas por Dios no seáis malpensada
de otra cosa, pues desde que nací
nunca de otro hombre tan leal oí,
y quien no dice así, no dice nada.


XXIII

A vuestro amigo, amiga, yo vi andar
con tal pena que nunca tuvo par
y casi ya no podía ni hablar,
pero cuando me vio, me dijo así:
«Id a mi señora y mi amor rogar,
por Dios, que ella tenga merced de mí.»

Él andaba triste y muy sin valor,
como el que tiene pena y gran dolor,
y perdido había juicio y color,
pero cuando me vio, me dijo así:
«Id rogar a mi señora y mi amor,
por Dios, que ella tenga merced de mí.»

Y, amiga, lo hallé con un andar tal
como muerto, pues es descomunal
el mal que sufre y la pena mortal,
pero cuando me vio, me dijo así:
«Rogad a la señora de mi mal,
por Dios, que ella tenga merced de mí.»


XXIV

─Amigo, ¿vos os queréis ir?
─Señora, debo cosa tal
hacer, pues sería mi mal
y el vuestro, y por tanto partir
me conviene de este lugar,
aunque gran pena soportar
habrá de ser sin vos vivir.

─Amigo, ¿y de mí que será?
─Señora, vos sois de buen prez
y, cuando me vaya esta vez,
lo vuestro pronto pasará,
mas la muerte me ha de causar
de vos lejos ir a morar,
y lo vuestro ha de pasar ya.

─Amigo, sin vos moriré.
─Eso nunca lo querrá Dios,
mas, si no voy donde estéis vos,
el que morirá yo seré;
quiero antes lo mío pasar
que no lo vuestro aventurar,
aunque sin vos de morir he.

─¿Me queréis, amigo, matar?
─No, señora; y por os salvar
me mato yo, pues lo busqué.


XXV

—Decime por Dios, amigo:
¿tanto y bien vos me queréis
como a mí decir soléis?
—Sí, señora, y también os digo:
ningún hombre ha de querer
tanto hoy en el mundo a mujer.

—No creo que tanto y bien
ya me pudiérais querer
como vos decís hacer.
—Sí, señora, y diré también:
ningún hombre ha de querer
tanto hoy en el mundo a mujer.

—Amigo, yo no os creeré,
por la fe de nuestro Señor,
que me tenéis tan grande amor.
—Sí, señora, y también diré:
ningún hombre ha de querer
tanto hoy en el mundo a mujer.


XXVI

─No puedo yo, mi amigo,
en vuestra soledad
vivir, bien os lo digo,
y por esto morad,
amigo, donde podáis
hablarme y me veáis.

No puedo, si no os veo,
vivir, esto creed,
y tanto yo os deseo
que por vivir haced,
amigo, donde podáis
hablarme y me veáis.

Nací en mal día, siento,
y, amigo, impedid
vos mi gran mal sin cuento
y por esto vivid,
amigo, donde podáis
hablarme y me veáis.

─Iré, bien lo creáis,
señora, donde mandáis.


XXVII

Por Dios, amigo, quién creería
que nunca pudierais vos partir
tan largo tiempo sin mí a vivir,
mas desde hoy, por santa María,
nunca una mujer, bien os lo digo,
debe creer juramentos de amigo.

Dijisteis cuando de mí marchasteis:
«Muy pronto aquí estaré, sin temor»,
y así lo jurasteis por mi amor,
mas desde hoy, pues vos perjurasteis,
nunca una mujer, bien os lo digo,
debe creer juramentos de amigo.

Jurasteis allí muy obstinado
que pronto pronto, sin más tardar,
queríais conmigo regresar,
mas desde hoy, ay vos, perjurado,
nunca una mujer, bien os lo digo,
debe creer juramentos de amigo.

Y así haré yo, bien os lo digo,
por cuanto vos hicisteis conmigo.


XXVIII

Mi amigo un mal muy grande tiene,
tal, amiga, que es tanto mal para él
que en verdad no hay mal peor que aquel,
y todo esto ved de donde le viene:
porque no cree mi bien conseguir
vive apenado, en pena por morir.

Tanto mal sufre, y que Dios dé perdón,
que él, amiga, ya lástima me dio,
y, por cuanto de sus asuntos sé yo,
todo su mal es por esta razón:
porque no cree mi bien conseguir
vive apenado, en pena por morir.

Morirá de esta, y nada es más real,
pues tiene dentro tan grande pesar
que no puede de la muerte escapar
y, amiga, viene aquí todo su mal:
porque no cree mi bien conseguir
vive apenado, en pena por morir.

Pues si creyera mi bien conseguir
mejor querría vivir que morir.




XXIX

Mi amigo, yo no puedo vivir
sin vos ni vos sin mí, y que será
de vos? Mas a Dios, que el poder da,
yo le ruego que Él quiera elegir,
por vos, amigo, y también por mí,
que no muramos vos ni yo así

como morimos, pues no es menester
que tal vida hayamos de pasar,
que más os valdrá muerte os dar,
mas Dios elija, si a Él le ha de placer,
por vos, amigo, y también por mí,
que no muramos vos ni yo así

como morimos, pues en la mayor
pena del mundo y en la más mortal
vivimos, amigo, y el mayor mal,
mas Dios elija, como buen Señor,
por vos, amigo, y también por mí,
que no muramos vos ni yo así

como morimos, en verdad, pues
hace mucho que este mal nos llegó
y aún sigue, y mucho nos duró,
mas Dios elija, como quien Él es,
por vos, amigo, y también por mí,
que no muramos vos ni yo así

como morimos, y Dios ponga aquí
remedio, amigo, a vos y a mí.


XXX

Qué ansia tuvisteis, madre y señor,
de impedirme que pudiera yo ver
a mi amigo, mi bien y mi placer,
mas si yo logro, por Nuestro Señor,
que lo vea y le pueda hablar,
lo haré, y pese a quien quiera pesar.

Vos pusisteis todo vuestro poder
en buscar que, por ninguna razón,
yo viera a mi amigo y mi corazón,
mas, si logro, con todo mi poder,
que lo vea y le pueda hablar,
lo haré, y pese a quien quiera pesar.

Mi muerte queréis, madre, y nada más,
pues hicisteis que ya nunca también
llegara ver a mi amigo y mi bien,
mas, si logro, y no puede haber más,
que lo vea y le pueda hablar,
lo haré, y pese a quien quiera pesar.

Y si, madre, esto puedo alcanzar,
lo otro pase como pueda pasar.


XXXI

Amigo falso y desleal,
de qué os vale trabajar
por mi merced poder ganar,
pues lo habéis llevado tan mal
que, aunque quiera, no he de poder,
amigo, ya bien os hacer.

Llevasteis el asunto así
como quien no es conocedor
de bien ni de prez ni de amor,
y por esto creedme a mí
que, aunque quiera, no he de poder,
amigo, ya bien os hacer.

Caísteis en tal perdición
que remedio aquí no os sé,
pues yo ya os abandoné
de manera, y Dios dé perdón,
que, aunque quiera, no he de poder,
amigo, ya bien os hacer.


XXXII

Mi amigo viene hoy aquí
y quiere conmigo hablar
y sabe él que me hace pesar,
madre, pues yo le prohibí
que no fuese a ninguna hora
donde yo fuera, y viene ahora

aquí, y fue suyo el pecado 
de pensar en su corazón
en quebrantar mi prohibición,
pues sabe que yo le he mandado
que no fuese a ninguna hora
donde yo fuera, y viene ahora

aquí, cuando yo con él hablé
ante vos, madre, y con rigor,
y así él ha perdido mi amor,
pues yo le prohibí y le mandé
que no fuese a ninguna hora
donde yo fuera, y viene ahora

aquí y, si el buen juicio ignora,
que pierda mi bien sin demora.


XXXIII

Quisiera con vos hablar de grado,
ay, mi amigo y mi enamorado,
pero no oso ahora con con vos hablar,
pues tengo gran miedo del airado;
airado haya a Dios quien me lo fue a dar.

En cuitas de mil modos me trabo
por deciros con qué yo me agravo,
pero no oso ahora con con vos hablar,
pues tengo gran miedo del mal bravo;
mal bravo haya a Dios quien me lo fue a dar.

Pesar sufro, amigo, y a menudo
os quiero decir mi mal tan mudo,
pero no oso ahora con con vos hablar,
pues tengo gran miedo del muy rudo;
muy rudo haya a Dios quien me lo fue a dar.

Señor de mi corazón, cautivo
sois vos por yo vivir con quien vivo,
pero no oso ahora con con vos hablar,
pues tengo gran miedo del esquivo;
esquivo haya a Dios quien me lo fue a dar.


XXXIV

Con mi amigo, madre, os vi yo a vos
hoy hablar y ello me dio gran placer
porque lo vi de junto a vos volver
alegre, y creo que me hace bien Dios,
pues, si él tan alegre partió de aquí,
no puede ser sino un bien para mí.

Se volvió alegre y se rio, ya que
hace mucho tiempo que no lo hacía,
mas, puesto que esto esta vez sucedía,
me quedo alegre, y Dios bien me dé,
pues, si él tan alegre partió de aquí,
no puede ser sino un bien para mí.

Él me miró a los ojos con pasión,
cuando visteis que se os despidió,
y miró hacia vos alegre y se rio,
y tengo placer en mi corazón,
pues, si él tan alegre partió de aquí,
no puede ser sino un bien para mí.

Y, aunque yo de palabra nada oí,
tengo muy gran placer en lo que vi.


XXXV

Hace tiempo, amigo, que no quiso Dios
que con mis dos ojos os viera yo a vos,
y no pone, por tal razón, en mí los 
suyos mi madre, amigo, y, pues es así,
arreglad de irnos, por Dios, ya de aquí,
y que haga mi madre lo que pueda allí.

No os vi hace tiempo ni así se arregló,
pues lo impidió mi madre, a quien le pesó
este asunto, y le pesa, y me guardó
que no os viese, amigo, y, pues es así,
arreglad de irnos, por Dios, ya de aquí,
y que haga mi madre lo que pueda allí.

Que hace mucho que mis ojos no os ven
ni vi en este tiempo yo ningún bien,
que lo impidió mi madre, e hizo también
que no os viese, amigo, y, pues es así,
arreglad de irnos, por Dios, ya de aquí,
y que haga mi madre lo que pueda allí.

Y, si no lo arreglarais muy pronto así,
os matáis, amigo, y me matáis a mí.


XXXVI

Os auxiliaría, amigo y mi bien,
si yo me atreviera, mas mirad quien
me lo impide y quiere mi mal:
mi madre, que os tiene mortal
desamor, y, con pena tal,
morir ya no me pesaría.

Os auxiliaría, por Dios, mi bien,
si yo me atreviera, mas mirad quien
me impide que lo pueda hacer:
mi madre, que tiene el poder
y muy mal os sabe querer
y ya aquí mi muerte querría.


XXXVII

Para ver a mi amigo,
que dejó de hablar conmigo,
voy allá, madre.

Para ver a mi amado,
que conmigo lo ha dejado,
voy allá, madre.

Que dejó de hablar conmigo
es por esto que yo os digo:
voy allá, madre.

Que conmigo lo ha dejado
es por esto que yo os hablo:
voy allá, madre.


XXXVIII

Me llegó, amiga, el recado
de aquel que quiero muy bien,
de que, al saber mi mandado,
ya él vendrá en un amén,
y estoy yo alegre y también
hago en esto lo adecuado.

Por llegar viene angustiado,
pues sufre gran mal de amor,
porque está muy alejado
de hallar placer ni calor
sino donde yo esté, por
ser todo este su cuidado.

Con todo el mal que ha pasado,
amiga, el modo veré
de darle algo de agrado,
pues viene cual le mandé,
y luego él será, bien sé,
del mal sanado y pagado,

y del mal que le causé
desde que es mi enamorado.


XXXIX

Que vos muráis por mí muy justo es,
amigo, y mi belleza no debéis
en nada agradecer y bien sabréis
que a Dios yo gracias doy, en verdad, pues
morir por mí sin razón no ha de ser
para el que esta belleza pueda ver.

De morir por mí nada os debo yo
agradecer, pues igual ha de hacer
quien bien mire belleza de mujer,
y, pues Dios esta belleza me dio,
morir por mí sin razón no ha de ser
para el que esta belleza pueda ver.

De así por mi amor vos os matar
yo en nada nunca os lo agradeceré
y, mi amigo, aún más aquí os diré:
pues me quiso Dios tal belleza dar,
morir por mí sin razón no ha de ser
para el que esta belleza pueda ver

que Dios me ha dado, y podéis creer
que yo nada os tengo que agradecer.


XL

Mi madre querida,
al baile yo iba
de amor;

mi madre alabada,
yo al baile marchaba
de amor;

al baile yo iba
que hay en la villa,
de amor;

yo al baile marchaba
que hay en la casa,
de amor;

que hay en la villa
del que bien quería,
de amor;

que hay en casa
del que mucho amaba,
de amor;

del que bien quería,
o soy fementida,
de amor;

del que mucho amaba,
o soy perjurada,
de amor.


XLI

Infeliz vivo, amigo, porque yo no os veo
y vos vivís infeliz y con gran deseo
de verme y de hablarme, y por esto creo
que es pena tan fuerte
que no me es sino muerte,
como quien vive, amigo, en tan gran deseo.

Yo por veros, amigo, vivo apenada,
e igual vos, por verme, que ya no es nada
la vida que hacemos, y así asombrada
estoy de como vivo
sufriendo tan esquivo
mal, pues más me valdría no ser yo aquí nada.

Ya por veros, amigo, no sé quién sufriera
tal pena cual yo sufro, y vos, que no muriera,
y, así con estas penas, ya que no naciera,
qué será de mí no sé
y la muerte envidiaré
a todo hombre o mujer que ya muriera.


XLII

De vuestro amigo, ay amiga,
en el que tanto confiáis,
pronto quiero que sepáis
que una, que Dios maldiga,
lo tiene loco y maltrecho,
y yo muero de despecho.

No hay aquí verdad profunda
ni nada os es encubierto,
mas tenedlo muy por cierto
que una, que Dios cofunda,
lo tiene loco y maltrecho,
y yo muero de despecho.

No sé mujer que se pague
de quitarles a su amigo,
a las otras mas yo os digo
que una, que Dios estrague,
lo tiene loco y maltrecho,
y yo muero de despecho.

Y tengo mucho derecho,
pues quiero vuestro provecho.


XLIII

Ay, falso amigo y sin lealtad,
veo ahora la gran falsedad
con que vos tanto tiempo me hablasteis,
pues ya de otra yo sé en verdad
a la que esa piedra vos lanzasteis.

Amigo falso y muy encubierto,
veo vuestro engaño al descubierto
con que vos tanto tiempo me hablasteis,
pues ya de otra yo sé bien cierto
a la que esa piedra vos lanzasteis.

Ay, falso amigo, yo no temía
esta gran traición y felonía
con que vos tanto tiempo me hablasteis,
pues ya de otra sé, que lo sabía,
a la que esa piedra vos lanzasteis.

Y que cogierais justo sería
las falsedades que sembrasteis.


XLIV

Amigo, yo esto creo,
nunca pierdo el deseo
sino cuando os veo,
y de esto vivo apenada
con este mal tan feo
que sufro yo, agraciada.

Pues sin vos, donde sea,
mi ser siempre os desea
mientras que yo no os vea,
y de esto vivo apenada
con la pena tan fea
que sufro yo, agraciada.

Es solamente espanto
cuando no os veo cuanto
yo hallo, y quebranto,
y de esto vivo apenada
con todo este mal, tanto,
que sufro yo, agraciada.


XLV

Por Dios, intentad ver a mi estimado
amigo, amiga, que aquí llegó,
y decidle, aunque me ha importunado,
que lo que muchas veces me rogó,
que a él le hiciera yo aquel placer,
por mor de mi madre no he de poder.

Si vos lo veis os lo agradeceré,
pues sabéis cuánto hace que me sirvió,
y decidle, aunque se lo reproché,
que lo que él rogó siempre que me vio,
que a él le hiciera yo aquel placer,
por mor de mi madre no he de poder.

Si vos lo veis gran gozo tendré aquí,
pues de mi bien desesperado está;
por esto, amiga, decidle así:
que aquello que él mucho me rogó ya,
que a él le hiciera yo aquel placer,
por mor de mi madre no he de poder.

Y por esto no tengo yo el poder
de procurarle a él ni a mí placer.


XLVI

Amiga, aquel que os ama
y está por vos penado
y que vuestro se llama,
desde que fue enamorado
no vio placer, yo lo sé;
por esto morirá
y de ello me doleré.

Aquel que pena fuerte
tuvo desde aquel día
que os vio, que igual que muerte
le es, por santa María,
nunca vio placer ni bien;
por esto morirá
y me pesa a mí también.


XLVII

Amigo, mientras no os vi
no descansé ni dormí,
pero ahora ya aquí
que os veo, descansaré
y veré placer en mí
pues veo cuánto deseé.

Porque no os llegaba a ver
calma no pude tener,
y ya, Dios os fue a traer,
que os veo, descansaré
y veré en mí placer
pues veo cuánto deseé.

Cuando mis ojos no os ven
no han placer, y pierdo el buen
juicio, mas ahora también
que os veo, descansaré
y veré todo mi bien
pues veo cuánto deseé.

Poder veros es mi paz
y además me place asaz,
y si hace Dios, que es veraz,
que os veo, descansaré
y tendré muy gran solaz
pues veo cuánto deseé.


XLVIII

Pues ya dice mi amigo
que quiere irse conmigo,
pues a él place asaz,
me place, bien os digo;
este es mi solaz.

Pues dice que a porfía
vamos a nuestra vía,
pues a él place asaz,
me place, y en buen día;
este es mi solaz.

Pues que llevarme veo
que es su solo deseo,
pues a él place asaz,
me place, y ya lo creo;
este es mi solaz.


XLIX

Por Dios, amiga, lamentad el mal
que anda diciendo aquel muy desleal,
pues dice de mí, y de vos igual,
y a muchos, que yo le hice bien
y que vos sabéis de todo este mal,
mas tal cosa yo ignoro, y vos también.

Debéis lamentaros de esta cuestión
pues anda diciendo muy gran traición
de mí y de vos, que Dios nos dé perdón,
y se alaba de que yo le hice bien
y que vos sabéis toda la cuestión,
mas tal cosa yo ignoro, y vos también.

Y que aquí os lamentéis muy justo es
pues habla muy mal, y todo al revés,
de mí y de vos allá donde esté, pues
él dice, amiga, que yo le hice bien
y que vos sabéis todo tal como es,
mas tal cosa yo ignoro, y vos también


L

Me habló hoy mi amigo
muy bien y muy humildoso
de mi semblante hermoso,
amiga, estando conmigo,
mas, aun así yo os digo
que no le quedó recado
que a él le fuera de su agrado.

Me dijo él, amiga, cuanto
yo mejor que él sabía
que de cuán bien yo lucía
era todo su quebranto,
mas, aun así sabed tanto:
que no le quedó recado
que a él le fuera de su agrado.

Me dijo él: «Señora, creed
que vuestra gran hermosura
me hace un mal sin mesura,
por esto de mí doled».
Aun así, amiga, sabed
que no le quedó recado
que a él le fuera de su agrado.

Y se fue tan apenado
que ya me ha preocupado.


LI

Se marcha mi amigo a muy lejos morar
y, amiga, por Dios, de eso tengo pesar,
porque ya se va, en mi corazón,
tan grande que no se puede contar,
pues se lo prohibí, y tengo gran razón.

Yo le prohibí que se marchara de aquí,
pues todo mi bien perdería él así,
y ahora se va y me hace gran traición,
y desde hoy no sé qué va a ser de mí 
y morir sólo, amiga, es mi ambición.


LII

No sé, amigo, de quién padeciera
pena cual padezco, que no muriera,
sino yo, infeliz, mejor no naciera,
porque no os veo cuanto yo querría,
y quiera Dios que yo olvidar pudiera
que os vi, amigo, en aquel mal día.

No sé, amigo, mujer que pasara
pena cual yo paso, que lo soportara
y no muriera o se desesperara,
porque no os veo cuanto yo querría,
y quiera Dios que yo no recordara
que os vi, amigo, en aquel mal día.

No sé, amigo, quién el dolor sintiera
que yo siento, que así lo encubriera,
sino yo, infeliz, que Dios maldijera,
porque no os veo cuanto yo querría,
y quiera Dios que yo nunca supiera
que os vi, amigo, en aquel mal día.


LIII

La pastora se quejaba
mucho tiempo el otro día
y consigo allí hablaba
y lloraba y aun decía,
del amor que la forzaba:
«Por Dios, te vi en mal día,
ay, amor».

Y se seguía quejando
como mujer con gran pena
y que al pesar, desde cuando
nació, siempre fue ajena,
y allí decía llorando:
«Tú no eres sino mi pena,
ay, amor».

Penas le daban amores
que no le eran sino muerte,
y se acostó entre unas flores
y dijo con pena fuerte:
«Mal te venga en donde mores,
pues no eres sino mi muerte,
ay, amor».


LIV

Una pastora agraciada
pensando iba en su amigo
y estaba, bien os lo digo,
por lo que vi, disgustada,
y dijo: «No vale nada
el fiarse de enamorado
la mujer enamorada,
pues el mío ha perjurado».

Ella traía en la mano
un papagayo hermoso
cantando muy delicioso,
pues ya entraba el verano,
y dijo: «Amigo lozano,
¿qué haría por amores,
pues hablasteis tan en vano?»
Y cayó entre unas flores.

Una gran parte del día
yació allí, y nada hablaba,
y a veces despertaba,
y a veces desfallecía,
y dijo: «Ay, santa María,
¿qué será de mí ahora?»
Y el papagayo decía:
«Bien, por lo que sé, señora».

«Si no me quieres herida»,
dice ella, «di la verdad,
papagayo, en caridad,
porque me es muerte esta vida».
Dijo él: «Señora cumplida
en todo, no os quejéis,
pues al que os tiene servida,
alzad la vista y veréis».





***


 
XXII

─Amiga, fáçome maravilhada
como pode meu amigo viver
u os meus olhos non pode veer
ou como pod’ alá fazer tardada,
ca nunca tan gran maravilha vi:
poder meu amigo viver sen mí,
e, par Deus, é cousa mui desguisada.

─Amiga, estade ora calada
un pouco, e leixad’ a min dizer:
per quant’ eu sei cert’ e poss’ entender
nunca no mundo foi molher amada
come vós de voss’ amig’, e assí,
se el tarda, sol non é culpad’ i;
se non, eu quer’ én ficar por culpada.

─Ai, amiga, eu ando tan coitada
que sol non poss’ en mí tomar prazer
cuidand’ en como se pode fazer
que non é ja comigo de tornada,
e, par Deus, porque o non vej’ aquí,
que é morto gran sospeita tom’ i,
e se mort’ é, mal día eu fui nada.

─Amiga fremosa e mesurada,
non vos dig’ eu que non pode seer
voss’ amigo, pois om’ é, de morrer,
mais, por Deus, non sejades sospeitada
doutro mal del, ca des quand’ eu nací
nunca doutr’ ome tan leal oí
falar, e quen end’ al diz, non diz nada.


XXIII

O voss’ amig’, amiga, vi andar
tan coitado que nunca lhi vi par
que adur mi podía ja falar,
pero quando me viu, díssemi assí:
«Ai senhor, id’ a mía senhor rogar,
por Deus, que aja mercee de mí.»

El andava trist’ e mui sen sabor,
come quen é tan coitado d’ amor,
e perdud’ á o sen e a color,
pero quando me viu, díssemi assí:
«Ai senhor, ide rogar mía senhor,
por Deus, que aja mercee de mí.»

El, amiga, achei eu andar tal
come morto, ca é descomunal
o mal que sofr’ e a coita mortal,
pero quando me viu, díssemi assí:
«Senhor, rogad’ a senhor do meu mal,
por Deus, que aja mercee de mí.»


XXIV

─Amigo, queredes vos ir?
─Si, mía senhor, ca non poss’ al
fazer, ca sería meu mal
e vosso; por end’ a partir
mi convén daqueste logar,
mais que gran coita d’ endurar
mi será, pois me sen vós vir.

─Amig’, e de min que será?
─Ben, senhor boa e de prez,
e, pois m’ eu for daquesta vez,
o vosso mui ben passará,
mais morte m’ é de m’ alongar
de vós e irm’ alhur morar,
mais pass’ o voss’ unha vez ja.

─Amig’, eu sen vós morrerei.
─Non querrá Deus esso, senhor,
mais, pois u vós fordes non for,
o que morrerá eu serei;
máis quer’ eu ant’ o meu passar
ca assí do voss’ aventurar,
ca eu sen vós de morrer ei.

─Queredes mi, amigo, matar?
─Non, mía senhor; mais, por guardar
vós, mátomi, que mho busquei.


XXV

─Dizede por Deus, amigo:
tamanho ben me queredes
como vós a mí dizedes?
─Si, senhor, e máis vos digo:
non cuido que oj’ ome quer
tan gran ben no mund’ a molher.

─Non creo que tamanho ben
mi vós podéssedes querer
camanh’ a mí ides dizer.
─Si, senhor, e máis direi én:
non cuido que oj’ ome quer
tan gran ben no mund’ a molher.

─Amig’, eu non vos creerei,
fe que dev’ a nostro Senhor,
que m’ avedes tan grand’ amor.
─Si, senhor, e máis vos direi:
non cuido que oj’ ome quer
tan gran ben no mund’ a molher.


XXVI

─Non poss’ eu, meu amigo,
con vossa soidade
viver, ben volo digo,
e por esto morade,
amigo, u mi possades
falar e me vejades.

Non poss’, u vos non vejo,
viver, ben o creede,
tan muito vos desejo
e por esto vivede,
amigo, u mi possades
falar e me vejades.

Nací en forte ponto
e, amigo, partide
o meu gran mal sen conto
e por esto guaride,
amigo, u mi possades
falar e me vejades.

─Guarrei, ben o creades,
senhor, u me mandardes.


XXVII

Por Deus, amigo, quen cuidaría
que vós nunca ouvéssedes poder
de tan longo tempo sen mí viver,
e des oimais, par santa María,
nunca molher deve, ben vos digo,
muit’ a creer per juras d’ amigo.

Disséstesmi u vos de min quitastes:
«Log’ aquí serei convosco, senhor»,
e jurástesmi polo meu amor,
e des oimais, pois vos perjurastes,
nunca molher deve, ben vos digo,
muit’ a creer per juras d’ amigo.

Jurástesm’ entón muit’ aficado
que logo logo, sen outro tardar,
vos queriades pera mí tornar,
e des oimais, ai meu perjurado,
nunca molher deve, ben vos digo,
muit’ a creer per juras d’ amigo.

E assí farei eu, ben vos digo,
por quanto vós passastes comigo.


XXVIII

O meu amigo á de mal assaz
tant’, amiga, que muito mal per é
que no mal non á máis, per boa fe,
e tod’ aquesto vedes que lho faz:
porque non cuida de mí ben aver,
viv’ en coita, coitado per morrer.

Tanto mal sofre, se Deus mi perdón,
que ja eu, amiga, del doo ei,
e, per quanto de sa fazenda sei,
tod’ este mal é por esta razón:
porque non cuida de mí ben aver,
viv’ en coita, coitado per morrer.

Morrerá desta, u non pod’ aver al,
que toma en si tamanho pesar
que se non pode de morte guardar
e, amiga, venlh’ i tod’ este mal:
porque non cuida de mí ben aver,
viv’ en coita, coitado per morrer.

Ca se cuidasse de mí ben aver
ant’ el quería viver ca morrer.


 
XXIX

Meu amigo, non poss’ eu guarecer
sen vós nen vós sen mí, e que será
de vós? Mais Deus, que end’ o poder á,
lhi rog’ eu que El quera escolher,
por vós, amigo, e des i por mí,
que non moirades vós nen eu assí

como morremos, ca non á mester
de tal vida avermos de passar,
ca máis vos valrría de vos matar,
mais Deus escolha, se a El prouguer,
por vós, amigo, e des i por mí,
que non moirades vós nen eu assí

como morremos, ca ena maior
coita do mundo nen na máis mortal
vivemos, amigo, e no maior mal,
mais Deus escolha, come bon Senhor,
por vós, amigo, e des i por mí,
que non moirades vós nen eu assí

como morremos, ca, per boa fe,
mui gran temp’ á que este mal passou
per nós, e passa, e muito durou,
mais Deus escolha, come quen Ele é,
por vós, amigo, e des i por mí,
que non moirades vós nen eu assí

como morremos, e Deus ponha i
conselh’, amigo, a vós e a mí.


XXX

Que coita ouvestes, madr’ e senhor,
de me guardar que non possa veer
meu amig’ e meu ben e meu prazer,
mais, se eu posso, par Nostro Senhor,
que o veja e lhi possa falar,
guisarlho ei, e pes a quen pesar.

Vós fezestes todo vosso poder,
madr’ e senhor, de me guardar que non
visse meu amig’ e meu coraçón,
mais, se eu posso, a todo meu poder,
que o veja e lhi possa falar,
guisarlho ei, e pes a quen pesar.

Mía morte quisestes, madr’, e non al,
quand’ aguisastes que per nulha ren
eu non viss’ o meu amig’ e meu ben,
mais, se eu posso, u non pod’ aver al,
que o veja e lhi possa falar,
guisarlho ei, e pes a quen pesar.

E se eu, madr’, esto poss’ acabar,
o al passe como poder passar.


XXXI

Amig’ e fals’ e desleal,
que prol á de vos trabalhar
d’ én a mía mercee cobrar,
ca tanto o trouxestes mal
que non ei de vos ben fazer,
pero m’ eu quisesse, poder.

Vós trouxestes o preit’ assí
come quen non é sabedor
de ben nen de prez nen d’ amor,
e por én creede per mí
que non ei de vos ben fazer,
pero m’ eu quisesse, poder.

Caestes en tal ocajón
que sol conselho non vos sei,
ca ja vos eu desemparei
en guisa, se Deus mi perdón,
que non ei de vos ben fazer,
pero m’ eu quisesse, poder.


XXXII

Meu amigo vén oj’ aquí
e diz que quer migo falar
e sab’ el que mi faz pesar,
madre, pois que lh’ eu defendí
que non fosse per nulha ren
per u eu foss’, e ora vén

aquí, e foi pecado seu
de sol poer no coraçón,
madre, passar mía defensón,
ca sab’ el que lhi mandei eu
que non fosse per nulha ren
per u eu foss’, e ora vén

aquí, u eu con el falei
per ante vós, madr’ e senhor,
e oimais perde meu amor,
pois lh’ eu defendi e mandei
que non fosse per nulha ren
per u eu foss’, e ora vén

aquí, madr’, e pois fez mal sen,
dereit’ é que perça meu ben.


XXXIII

Quisera vosco falar de grado,
ai, meu amig’ e meu namorado,
mais non ous’ oj’ eu convosc’ a falar,
ca ei mui gran medo do irado;
irad’ aja Deus quen me lhi foi dar.

En cuidados de mil guisas travo
por vos dizer o con que m’ agravo,
mais non ous’ oj’ eu convosc’ a falar,
ca ei mui gran medo do mal bravo;
mal brav’ aja Deus quen me lhi foi dar.

Gran pesar ei, amigo, sofrudo
por vos dizer meu mal ascondudo,
mais non ous’ oj’ eu convosc’ a falar,
ca ei mui gran medo do sanhudo;
sanhud’ aja Deus quen me lhi foi dar.

Senhor do meu coraçón, cativo
sodes en eu viver con quen vivo,
mais non ous’ oj’ eu convosc’ a falar,
ca ei mui gran medo do esquivo;
esquiv’ aja Deus quen me lhi foi dar.


XXXIV

Vivos, madre, con meu amig’ aquí
oje falar e ouv’ én gran prazer
porque o vi de cabo vós erger
led’, e tenho que mi faz Deus ben i,
ca, pois que s’ el ledo partiu d’ aquén,
non pode seer senón por meu ben.

Ergeuse ledo e riiu ja que,
o que mui gran temp’ á que el non fez,
mais, pois ja esto passou esta vez,
fic’ end’ eu leda, se Deus ben mi dé,
ca, pois que s’ el ledo partiu d’ aquén,
non pode seer senón por meu ben.

El pos os seus olhos nos meus entón,
quando vistes que xi vos espediu,
e tornou contra vós led’ e riiu,
e por end’ ei prazer no coraçón,
ca, pois que s’ el ledo partiu d’ aquén,
non pode seer senón por meu ben.

E, pero m’ eu da fala non sei ren,
de quant’ eu vi, madr’, ei gran prazer én.


XXXV

Gran temp’ á, meu amigo, que non quis Deus
que vos veer podesse dos olhos meus,
e non pon, con tod’ esto, en mí os seus
olhos mía madr’, amig’, e, pois ést’ assí,
guisade de nos irmos, por Deus, d’ aquí,
e faça mía madr’ o que poder des i.

Non vos vi á gran tempo nen se guisou,
ca o partiu mía madre, a que pesou
daqueste preit’, e pesa, e min guardou
que vos non viss’, amig’, e, pois ést’ assí,
guisade de nos irmos, por Deus, d’ aquí,
e faça mía madr’ o que poder des i.

Que vos non vi á muito, e nulha ren
non vi des aquel tempo de nen un ben,
ca o partiu mía madre, e fez por én
que vos non viss’, amig’, e, pois ést’ assí,
guisade de nos irmos, por Deus, d’ aquí,
e faça mía madr’ o que poder des i.

E, se o non guisardes mui ced’ assí,
matádesvos, amig’, e matades mí.


 
XXXVI

Valervos ía, amig’ e meu ben,
se eu ousasse, mais vedes quen
me tolhe daquest’ e non al:
mía madre, que vos á mortal
desamor, e, con este mal,
de morrer non mi pesaría.

Valervos ía, par Deus, meu ben,
se eu ousasse, mais vedes quen
me tolhe de vos non valer:
mía madre, que end’ á poder
e vos sabe gran mal querer
e por én mía morte quería.


XXXVII

Pera veer meu amigo,
que talhou preito comigo,
alá vou, madre.

Pera veer meu amado,
que mig’ á preito talhado,
alá vou, madre.

Que talhou preito comigo
é por esto que vos digo:
alá vou, madre.

Que mig’ á preito talhado
é por esto que vos falo:
alá vou, madre.


XXXVIII

Chegoumh, amiga, recado
daquel que quero gran ben,
que, pois que viu meu mandado,
quanto pode viir, vén,
e and’ eu leda por én
e faço muit’ aguisado.

El vén por chegar coitado,
ca sofre gran mal d’ amor,
er anda muit’ alongado
d’ aver prazer nen sabor
senón alí u eu for,
u é todo seu cuidado.

Por quanto mal á levado,
amiga, razón farei
de lhi dar end’ algun grado,
pois vén como lh’ eu mandei,
e log’ el será, ben sei,
do mal guarid’ e cobrado,

e das coitas que lh’ eu dei
des que foi meu namorado.


XXXIX

De morrerdes por mí gran dereit’ é,
amigo, ca tanto paresc’ eu ben
que desto mal grad’ ajades vós én
e Deus bon grado, ca, per boa fe,
non é sen guisa de por mí morrer
quen mui ben vir este meu parecer.

De morrerdes por mí non vos dev’ eu
bon grado poer, ca esto fará quenquer
que ben cousir parecer de molher,
e, pois mi Deus este parecer deu,
non é sen guisa de por mí morrer
quen mui ben vir este meu parecer.

De vos por mi amor assí matar,
nunca vos desto bon grado darei
e, meu amigo, máis vos én direi:
pois me Deus quis este parecer dar,
non é sen guisa de por mí morrer
quen mui ben vir este meu parecer

que mi Deus deu, e podedes creer
que non ei ren que vos i gradecer.


XL

Mía madre velida,
voum’ a la bailía
do amor;

mía madre loada,
voum’ a la bailada
do amor;

voum’ a la bailía
que fazen en vila
do amor;

voum’ a la bailada
que fazen en casa
do amor;

que fazen en vila
do que eu ben quería
do amor;

que fazen en casa
do que eu muit’ amava
do amor;

do que eu ben quería;
chamarm’ án garrida
do amor;

do que eu muit’ amava;
chamarm’ án perjurada
do amor.


XLI

Coitada viv’, amigo, porque vos non vejo
e vós vivedes coitad’ e con gran desejo
de me veer e mi falar, e por én sejo
sempr’ en coita tan forte
que non m’ é senón morte,
come quen viv’, amigo, en tan gran desejo.

Por vos veer, amigo, vivo tan coitada,
e vós, por me veer, que oimais non é nada
a vida que fazemos, e maravilhada
soo de como vivo
sofrendo tan esquivo
mal, ca máis mi valrría de non seer nada.

Por vos veer, amigo, non sei quen sofresse
tal coita qual eu sofr’, e vós, que non morresse,
e, con aquestas coitas, eu que non nacesse,
non sei de min que seja
e da mort’ ei enveja
a todo ome ou molher que ja morresse.


XLII

O voss’ amig’, ai amiga,
de que vós muito fiades,
tanto quer’ eu que sabhades
que unha, que Deus maldiga,
volo ten louc’ e tolheito,
e moir’ end’ eu con despeito.

Non ei ren que vos asconda
nen vos será encoberto,
mais sabede ben por certo
que unha, que Deus cofonda,
volo ten louc’ e tolheito,
e moir’ end’ eu con despeito.

Non sei molher que se pague
de lh’ outras o seu amigo
filhar, e por én vos digo
que unha, que Deus estrague,
volo ten louc’ e tolheito,
e moir’ end’ eu con despeito.

E faço mui gran dereito,
pois quero vosso proveito.

 
XLIII

Ai, fals’ amig’ e sen lealdade,
ora vej’ eu a gran falsidade
con que mi vós á gran temp’ andastes,
ca doutra sei eu ja por verdade
a que vós atal pedra lançastes.

Amigo fals’ e muit’ encoberto,
ora vej’ eu o gran mal deserto
con que mi vós á gran temp’ andastes,
ca doutra sei eu ja ben por certo
a que vós atal pedra lançastes.

Ai, fals’ amig’, eu non me temía
do gran mal e da sabedoría
con que mi vós á gran temp’ andastes,
ca doutra sei eu, que o ben sabía,
a que vós atal pedra lançastes.

E de colherdes razón sería
da falsidade que semeastes.


XLIV

Meu amig’, u eu sejo
nunca perço desejo
senón quando vos vejo,
e por én vivo coitada
con este mal sobejo
que sofr’ eu, ben talhada.

U quer que sen vós seja
sempr’ o meu cor deseja
vos, ata que vos veja,
e por én vivo coitada
con gran coita sobeja
que sofr’ eu, ben talhada.

Non é senón espanto
u vos non vejo quanto
eu desej’, e quebranto,
e por én vivo coitada
com aqueste mal, tanto,
que sofr’ eu, ben talhada.


XLV

Por Deus, punhade de veerdes meu
amig’, amiga, que aquí chegou,
e dizédelhi, pero me foi greu,
o que m’ el ja muitas vezes rogou,
que lhi faría end’ eu o prazer,
mais tólhem’ ende mía madr’ o poder.

De o veerdes gradecer volo ei,
ca sabedes quant’ á que me serviu,
e dizédelhi, pero lh’ estranhei,
o que m’ el rogou cada que me viu,
que lhi faría end’ eu o prazer,
mais tólhem’ ende mía madr’ o poder.

De o veerdes gran prazer ei i,
pois do meu ben desasperad’ está;
por end’, amiga, dizédelh’ assí:
que o que m’ el per vezes rogou ja,
que lhi faría end’ eu o prazer,
mais tólhem’ ende mía madr’ o poder.

E por aquesto non ei eu poder
de fazer a min nen a el prazer.


XLVI

Amiga, quen vos ama
e por vós é coitado
e se por vosso chama,
des que foi namorado
non viu prazer, seio eu;
por én ja morrerá
e por aquesto m’ é greu.

Aquel que coita forte
ouve des aquel día
que vos el viu, que morte
lh’ é, par santa María,
nunca viu prazer nen ben;
por én ja morrerá
e a min pesa muit’ én.


XLVII

Amigo, pois vos non vi
nunca folguei nen dormí,
mais ora ja des aquí,
que vos vejo, folgarei
e verei prazer de mí
pois vejo quanto ben ei.

Pois vos non pudi veer
ja máis non ouví lezer,
e, u vos Deus quis trager
que vos vejo, folgarei
e verei de min prazer
pois vejo quanto ben ei.

Des que vos non vi, de ren
non vi prazer, e o sen
perdí, mais pois que mi avén
que vos vejo, folgarei
e verei todo meu ben
pois vejo quanto ben ei.

De vos veer a min praz
tanto que muito é assaz,
mais, u m’ este ben Deus faz
que vos vejo, folgarei
e averei gran solaz
pois vejo quanto ben ei.


XLVIII

Pois que diz meu amigo
que se quer ir comigo,
pois que a el praz,
praz a mí, ben vos digo;
este é o meu solaz.

Pois diz que toda vía
nos imos nossa vía,
pois que a el praz,
prazm’ e vej’ i bon día;
este é o meu solaz.

Pois m’ ende levar vejo
que este é o seu desejo,
pois que a el praz,
prazmi muito sobejo;
este é o meu solaz.


XLIX

Por Deus, amiga, pesvos do gran mal
que diz andand’ aquel meu desleal,
ca diz de mí, e de vós outro tal,
andand’ a muitos, que lhi fiz eu ben
e que vós soubestes tod’ este mal,
de que eu nen vós non soubemos ren.

De vos én pesar é mui gran razón
ca diz andando mui gran traiçón
de min e de vós, se Deus mi perdón,
u se louva de min que lhi fiz ben
e que vós soubestes end’ a razón,
de que eu nen vós non soubemos ren.

De vos én pesar dereito per é
ca diz de min gran mal, per boa fe,
e de vós, amiga, cada u sé
falando, ca diz que lhi fiz eu ben
e ca vós soubestes todo com’ é,
de que eu nen vós non soubemos ren.

 
L

Faloum’ oj’ o meu amigo
mui ben e muit’ omildoso
no meu parecer fremoso,
amiga, que eu ei migo,
mais, pero tanto vos digo
que lhi non tornei recado
ond’ el ficasse pagado.

Díssem’ el, amiga, quanto
m’ eu melhor ca el sabía
que de quan ben parecía
que tod’ era seu quebranto,
mais, pero sabede tanto:
que lhi non tornei recado
ond’ el ficasse pagado.

Díssem’ el: «Senhor, creede
que a vossa fremosura
mi faz gran mal sen mesura,
por én de mí vos doede».
Pero, amiga, sabede
que lhi non tornei recado
ond’ el ficasse pagado.

E fois’ end’ el tan coitado
que tom’ end’ eu ja coidado.


LI

Vais’ o meu amig’ alhur sen mí morar
e, par Deus, amiga, ei end’ eu pesar,
porque s’ ora vai, eno meu coraçón,
tamanho que esto non é de falar,
ca lho defendí, e faço gran razón.

Defendilh’ eu que se non fosse d’ aquí,
ca todo meu ben perdería per i,
e ora vais’ e faz mi gran traiçón,
e des oimáis non sei que seja de mí
nen ar vej’ i, amiga, se morte non.


LII

Non sei oj’, amigo, quen padecesse
coita qual padesco, que non morresse,
senón eu, coitada, que non nacesse,
porque vos non vejo com’ eu quería;
e quisesse Deus que m’ escaecesse
vos que vi, amigo, en grave día.

Non sei, amigo, molher que passasse
coita qual eu passo, que ja durasse,
que non morresse ou desasperasse,
porque vos non vejo com’ eu quería;
e quisesse Deus que me non nembrasse
vos que vi, amigo, en grave día.

Non sei, amigo, quen o mal sentisse
que eu senço, que o sol encobrisse,
se non eu, coitada, que Deus mal disse,
porque vos non vejo com’ eu quería;
e quisesse Deus que nunca eu visse
vos que vi, amigo, en grave día.


LIII [Pastorela]

Unha pastor se queixava
muit’ estando noutro día
e sigo medes falava
e chorava e dizía,
con amor que a forçava:
«Par Deus, vi t’ en grave día,
ai, amor».

Ela s’ estava queixando
come molher con gran coita
e que a pesar, des quando
nacera, non fora doita,
por én dizía chorando:
«Tu non es senón mía coita,
ai, amor».

Coitas lhi davan amores
que non lh’ eran senón morte,
e deitous’ antr’ unhas flores
e disse con coita forte:
«Mal ti venha per u fores,
ca non es se non mía morte,
ai, amor».


LIV [Pastorela]

Unha pastor ben talhada
cuidava en seu amigo
e estava, ben vos digo,
per quant’ eu vi, mui coitada,
e diss’: «Oimáis non é nada
de fiar per namorado
nunca molher namorada,
pois que mi o meu á errado».

Ela tragía na mao
un papagai mui fremoso
cantando mui saboroso,
ca entrava o verao,
e diss’: «Amigo louçao,
que faría por amores,
pois m’ errastes tan en vao?»
E caeu antr’ unhas flores.

Unha gran peça do día
jouv’ alí, que non falava,
e a vezes acordava,
e a vezes esmorecía,
e diss’: «Ai, santa María,
que será de min agora?»
E o papagai dizía:
«Ben, per quant’ eu sei, senhora».

«Se me queres dar guarida»,
diss’ a pastor, «di verdade,
papagai, por caridade,
ca morte m’ é esta vida».
Diss’ ele: «Senhor comprida
de ben, e non vos queixedes,
ca o que vos á servida,
erged’ olho e veelo edes».





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