martes, 13 de octubre de 2015

MELCHOR LÓPEZ [17.213]


Melchor López

Melchor López (Tenerife, 1965), «una de las voces más refinadas» del panorama poético de Islas Canarias y una de las menos valoradas, en opinión de Francisco León (La galaxia a mediodía). Melchor López ha publicado Tre­ce poemas (1993), Altos del sol (1995), El estilita (1998) y Oriental (2003) y Fama del día seguido de Escrito en Arrieta (2007), De la tiniebla (2013), con dibujos de Stypo Praniko, y Dos danzas (2014), editados respectivamente por dos pequeñas editoriales de Tenerife, la ya mítica Asphodel y La Espera Ediciones.

Poemas suyos fueron recogidos en antologías como Paradiso. Siete poetas (1994), La otra joven poesía española (2003) y Campo abierto. Antología del poema en prosa en España, 1990-2005 (2005).



La obcecación de la crítica y la poesía de Melchor López

Por FRANCISCO LEÓN

Resulta asombroso que un poeta en posesión de una de las voces más refinadas y de algunos de los libros más perfectos del panorama canario (y nacional) sea al mismo tiempo el menos valorado dentro del espacio literario de nuestras Islas. Nos referimos a Melchor López (Tenerife, 1965), cuyo caso resulta más asombroso y lamentable si pensamos en otros escritores coetáneos suyos, de calado estético inferior, que se han hecho receptores de una resonancia cultural que, en comparación, resulta desproporcionada e inmerecida. Juan Francisco González Díaz no lo nombra en su simplista «Aproximaciones a la poesía canaria actual» (Otro lunes, Revista Hispanoamericana de cultura, julio, 2013). Tampoco lo hacen los diez poetas canarios seleccionados por el propio González Díaz en su trabajo: ni Cecilia Domínguez, ni Alicia Llarena, ni Antonio Jiménez Paz, ni María Jesús Alvarado, ni Ernesto Suárez, ni Javier Cabrera, ni Santiago Gil, ni José Miguel Junco, ni Rosario Valcárcel, ni Antonio Arroyo Silva lo citan cuando se les pide que sugieran diez nombres de poetas canarios vivos imprescindibles. Literalmente imprescindibles. Sorprendentemente, pues nos parece el espacio perfecto para hacerlo, el «I Encuentro de Joven Crítica Canaria», que tuvo lugar el año pasado en Tenerife, prescindió casi por completo de la poesía actual y también de Melchor López. Aunque por causas rocambolescas, tampoco aparece Melchor López en ninguna de las tres partes de «Muestra de poesía canaria», publicadas el año pasado en la revista digital Círculo de poesía.

Si descartamos ciertos nombres relevantes de la poesía de Canarias de los últimos tiempos, Melchor López, por la rara intensidad de sus libros publicados hasta el momento, debería ser considerado el caso lírico más brillante y extraordinario de la poesía que comienza a escribirse en Canarias a partir de la segunda mitad de la década de los 80. Si además tenemos en cuenta que en nuestras tierras la poesía naciente en los años 80 no dio ―no ha dado― frutos de interés, salvo los aportados por poetas pertenecientes a promociones anteriores ―Arturo Maccanti, M. Padorno, Sánchez Robayna…―, Melchor López puede ser tenido como la voz poética canaria más excepcional de los últimos tiempos.

Melchor López publicó sus primeros poemas en el número 22 de revista literaria Syntaxis ―debut prestigioso― durante el invierno de 1990; es decir, hace hoy, cuando escribo estas líneas, veinte años exactos. Desde entonces hasta ahora su producción la constituyen cinco libros de poemas.

Su colaboración en la revista Syntaxis está formada por nueve poemas de una factura que raya la perfección formal en un género (el jayku y el tanka) particularmente difícil, aunque a menudo reducido por poetas poco capacitados a un simple juego de palabras y conceptos sin intensidad.

Algún tiempo antes de esta primera publicación, López, tal como le sucedía a la mayor parte de los jóvenes poetas de aquella época, abrevaba en las ya entonces estancadas aguas del grupo de poetas que se dieron a conocer en el panorama literario nacional de los 80 bajo el nombre de Novísimos. Y de hecho, aunque no poseemos documentos que corroboren este extremo, es conocido el dato de que durante sus primeros años universitarios el modelo lírico de López era el llamado culturalismo de los Novísimos. Es de suponer que el encuentro del poeta con los postulados defendidos por la revista Syntaxis (estéticamente casi opuestos a los difundidos por los Novísimos), y la asimilación posterior de estos postulados mismos, no se producirían sin un periodo de crisis y transformación.

Mientras López estudia Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna tiene lugar una de sus experiencias estéticas más importantes: la lectura de los poemas de La roca, del director de Syntaxis, Andrés Sánchez Robayna. La extrema condensación verbal presente en La roca supuso para López un hallazgo tan cruel como crucial. A pesar de sentirse cada vez más atraído por los postulados estéticos de Syntaxis, López no se siente del todo próximo a la poética de rigor y despojamiento que subyace en La roca. Sabemos que su reacción primera ante este libro es de desconcierto, incluso de rechazo. Sin embargo, todo cambia a partir de dicha lectura, ofrecida por el propio Sánchez Robayna a un reducido grupo de oyentes en un aula universitaria de la vieja Universidad. López se encuentra entre el grupo de estudiantes que acude al recital y está dispuesto a alzar la mano y requerir al poeta las oportunas explicaciones. Pero no se produce ningún enfrentamiento, sino más bien el tránsito primero hacia lo que el propio López denominaría algunos años después como «corrientes syntácticas» y hacia el conocimiento de autores que luego se revelarían cruciales en su trayectoria: Carlos de Oliveira, Haroldo de Campos, Eugenio de Andrade o Joao Cabral de Mello Neto, etc.
Poco tiempo después y aún en los últimos años de la década de 1980, López entrega al director de Syntaxis algunos manuscritos entre los que se encontraba, in nuce, su primer y magnífico libro Altos del Sol (1995). Hacia principios de los años 90, una vez concluido el curso délfico que le proporcionó el seguimiento y la lectura de la revista Syntaxis y las actividades literarias y artísticas llevadas a cabo por el grupo de escritores que hacían posible esa revista, López sintió que por fin su pensamiento poético quedaba orientado hacia la contención formal y la reflexión mítico-poético del espacio insular.

En 1993 la revista Syntaxis daría por concluida su trayectoria. Fue el momento elegido por su director, Andrés Sánchez Robayna, para preparar una antología que causaría no poco revuelo en el espacio lírico canario de aquellos años. Nos referimos a la publicación de Paradiso. Siete poetas, que nunca es presentada, por cierto, como una antología de la poesía canaria, sino como una muestra del trabajo que llevaba a cabo un grupo de jóvenes poetas.

Paradiso era el nombre de una mínima revista literaria puesta en marcha en 1993 por un grupo de estudiantes universitarios, la mayoría alumnos de Filología Hispánica. El programa lírico propuesto por esta revista no difería en mucho, por no decir en nada (salvo en la modestia del nuevo proyecto), del defendido durante diez años por Syntaxis. Por tanto, era lógico que López viera en los llamados paradisiacos a sus compañeros naturales de viaje. Esta complicidad provocó que el antólogo de Paradiso. Siete poetas no dudara en incluir a López en un foco de escritores compuesto en su mayoría por poetas que eran cinco años más jóvenes que él.

La edición del primer libro de López, Altos del sol, fue precisamente un empeño de los poetas agrupados en torno a la revista Paradiso que, con escasos dineros y gran sentido de la oportunidad, decidieron arriesgar su proyecto principal para publicar uno de los libros más importantes de la poesía joven de aquella y esta hora. Tres años después, López lograba editar su segundo libro, El estilita, en una colección de Ediciones La Palma, formada por una nómina de autores extraordinarios (Octavio Paz entre otros), pero también por desgracia escasamente difundida. Pese a tratarse de un libro escrito bajo el influjo de un rigor lírico inaudito hasta ese momento entre las jóvenes promociones de la poesía canaria, El estilita no recibió ni ha recibido hasta el momento, doce años después de su publicación, la escucha crítica que sin duda merece.
Hubo que esperar a 2003 para que otro proyecto editorial, tan modesto como los anteriores, sacara a la luz Oriental, el tercer libro de López, que rondaba ya los cuarenta años de edad. La Fragua de Vulcano, una sencilla colección de la Biblioteca Pública de Guía de Isora, logró que los lectores de poesía pudieran disfrutar de uno de los libros más extraordinarios de la poesía española de ese momento. Pero Oriental pasó sin pena ni gloria por el ámbito canario, que le concedió su más severa indiferencia.
En 2006, la insensibilidad nacional se tornó en indolencia. Los espacios de escucha peninsulares demostraron total sordera hacia la mejor poesía hecha en Canarias. Fama del día (Seguido de «Escrito en Arrieta»), publicado por Artemisa Ediciones alcanzó las librerías, pero no los espacios críticos extrainsulares. Y otra vez escasa, por no decir nula, fue también la repercusión de Fama del día en el escenario insular. El libro más reciente de López es De la tiniebla (Asphodel, 2013). Se trata de un libro de madurez, compuesto por prosas poéticas acompañadas por los dibujos de uno de los artistas totémicos del poeta, Stipo Pranyko. A excepción de un comentario publicado en estas páginas ―«La tiniebla blanca de Melchor López»―, hasta donde tenemos noticias, ni la crítica joven de Canarias ni la crítica más establecida han prestado la más mínima atención a este delicado y profundo libro.

La explicación a este caso de lamentable omisión no guarda relación alguna con una hipotética debilidad estética de los poemas de López, sino con la tradicional negligencia, desprecio e ignorancia que tanto los focos críticos ibéricos como los canarios, lo cual es todavía más descorazonador, dispensan por regla general a la poesía canaria de estirpe «syntaxiana», pese a que se trata de una línea de sangre que, a nuestro entender, ha dado algunas de las mejores voces líricas del momento.
Tal vez los motivos que desencadenan esta sordera crítica interior podrían quedar sintetizados en el hecho de que la poesía de López ―edificada sobre seis libros indiscutibles― pertenece a una estirpe en que la dimensión privativa de la simbología lírica, el alto grado de radicación material de su proceso creativo, la aspiración estética internacionalista, el alto grado de especulación filosófica y el sentimiento de pertenencia a un paradigma de reformulación trans-moderno forman una expresión estética que resulta demasiado compleja para la disgregadas capacidades analíticas de nuestra institución crítica local.

Lejos de analizar los espacios individuales, los estamentos críticos de Canarias suelen estudiar los espacios colectivos mediante visiones de conjunto que nada o casi nada aportan a lo ya sabido (especialmente en un territorio tan reducido como el nuestro). Por este medio acumulativo, el menoscabo de las voces excepcionales, como la de Melchor López, resulta innegable. Un ejemplo reciente de este tipo de estudios, la antología Poesía canaria actual (A partir de 1980) de M. Martinón, que incluía a Melchor López. Un acierto indudable del antólogo, pero sumido en una lista demasiado vaga de 34 poetas actuales.

Es urgente y mucho más enriquecedor iniciar estudios monográficos sobre los autores y sus obras. Mientras la ocasión no llega, demasiado a menudo somos testigos de la publicación y ―lo que es peor aún― de la ponderación de obras líricas de escaso valor estético en editoriales casi siempre subvencionadas por las instituciones públicas, al tiempo que la poesía actual digna de ese nombre hecha en Canarias, como la del autor que nos ocupa, por ejemplo, es sometida a un silenciamiento que ya no sólo resulta descorazonador, sino extrañamente cainita y vengativo.

La institución de los estudios y la crítica literarios no puede inhibirse de su labor sincrónica, por muy comprometedora que resulte llevarla a cabo en el contexto contemporáneo. Tal inhibición ha significado ya la delegación de estas funciones discriminantes en manos de las plataformas pseudo-críticas desautorizadas para el discernimiento de la cualificación literaria.

En tal contexto, tejido por indistinciones y groserías, obras excepcionales como la de Melchor López, de enorme belleza, de gran perfección lingüística y honda cultura, se ven abocadas a la más triste desaparición.





Herencia

¿Quién vivió aquí, pregunto,
a quién, en esta casa de ecos
enmudecida? 
Unos zapatos
retorcidos, sucios,
cubiertos por el polvo cansado de la edad. 
Un sombrero que cuelga todavía
de un clavo en la pared. 
Pobres señales, pobres huellas,
hitos sin importancia, ralea de las horas. 
Cómo no estremecerse,
cómo, ante la imagen del sombrero
que parece esperar en vano
la mano de su dueño. 
Cómo no estremecerse
ante la irrelevante herencia
que han dejado los hombres
—estirpes olvidadas, ídolos enterrados—
en la dentada rueda en la que gira y gira,
mudo, el porvenir.

«Herencia», perteneciente al libro Fama del día



LUGAR DEL BASILISCO
                                                             
                         Para Sergio Barreto  
         
Se petrificó el curso
señalado del sol.

El mefítico aliento   
resquebrajó las piedras.                            

Los arbustos malditos se desploman
en las raíces yermas.

En la penumbra fósil del aljibe,
se vislumbran las mondas osamentas
de onagros y pastores,
entre un nimbo de polvo subterráneo.

No debes probar nunca de esa agua,
de ese líquido infecto
que el mismo sol desdeña.

Protégete del fuego con un velo,
guárdate del ojo que fulmina
la entraña con su rayo.

El caballero de la armadura de espejos
se extravió en los desiertos
dilatados de Libia.                             

Cada mañana,
con menguada esperanza,                                                     
a la sombra lacónica
de los muros de toba,
aguardamos el canto del gallo de leyenda
que aniquile a la bestia.
                                     





MÉDANO
                                                             
                                                   Para Néstor y José Miguel Cuenca

¿Resurgirá aquel médano,
aquel inconcebible monstruo
de arena y ululante viento,

tragaldabas voraz
que sepultara
poblados y cisternas,

impelido por qué ira
de la tierra emanada

 -¡cómo aullaban los perros,
cómo, abandonados,
gemían los tullidos
en sus pobres jergones!- ,                           

aquel médano,
azuzado por una turba de Berbería,
emanación malévola
del desierto
que engullera la ermita de Mozaga
y las inermes tallas de los santos?

¿Resurgirá aquel médano,
aquella duna
que avanzara implacable
como una fiera                            
de fauces espumosas,
acosando las sombras
repudiadas de las rameras?

¿Será acaso ese médano  
la inusitada fuerza, el ávido señor
que, de una orilla a otra,
devastándolo todo, -escorias y castillos-
de todo al fin se adueñe,
el médano de médanos?





ELEGÍA EN ÓRZOLA
                                                              
        En la muerte de mi tío Fernando

Al norte, en el muelle de Órzola, resguardado en el automóvil, escuchas la obsesiva coda de la lluvia; una fúnebre melodía que pareciera sonar adentro de la mente o al contrario, allá, muy lejos, en una cripta de reconocibles sombras; una persistente música interpretada por músicos ciegos que acudiera desde un pabellón remoto, las desconsoladoras notas de un aciago día de duelo.

(¿Reposa ya tu espíritu en los fértiles campos presentidos, en la infinita viña? ¿El roce de un dedo en la boca ha despertado en ti un hálito nuevo?)

En el interior del automóvil, a través de la ventanilla, vislumbras cómo las funestas aves se retiran, ahuyentadas, tierra adentro, cómo, contra las erizadas rocas, se astilla el inútil madero y cómo, en mitad del canal, zozobra la barquichuela.

Pocos recuerdan un invierno más riguroso. No contabas con añadir aún más frío al frío de este febrero.

En el muelle de Órzola, al norte, - qué soledad sin centro - la lluvia arrecia hostigada por el viento más acerbo y tú ya no cuentas, para aliviar tu dolor, con más palabras ni más lágrimas verdaderas.



Dos poemas del Cuaderno portugués, Melchor López


CATACUMBAS
DE SAN FRANCISCO

Para la calavera de Juan Llampallas


Aquí yace Manoel Gomes dos Santos.
Aquí yace Maria Albina de Sá Nasareth.
Aquí yace Custódio Luiz de Miranda.

Los enterrados próceres de Oporto
ya no lucen sus finas galas,
abajo, en las tumbas coronadas
por huesos y macabros
coros de calaveras.

Los enterrados próceres de Oporto
ya no pueden oír, arriba,
en el templo, el canto de los ángeles
declarando la gloria de la vida
que todavía fluye, poderosa,
entre profusos oros vegetales.

Aquí yace Thomas Leite Ferreira.
Aquí yace Maria Emilia Braga.
Aquí yace.
Aquí.




RUEGO
AL NIÑO JESÚS
DE PRAGA

Oyendo a Jorge Ben

Menino Jesus de Praga, tú que en la mano sostienes la esfera terrestre como un juguete infantil, aléjame de las ambiciones que manchan el ánimo de los hombres y de las vanidades hueras de los espíritus contrahechos. Tú, Niño Jesús de Praga, acércame pronto hasta el corazón indiviso del mundo, como una falena que se acercara indemne hasta la llama que jamás se apaga. Apártame, tú, de los taimados, y de los viles, y de aquellos que comercian en los mercados populosos con el metal de las palabras. Y si esto no está en tu mano, si esto excede a tus poderes, concédeme al menos, una vez, Niño, la esperanza que salva. Y algo de Belleza. Y algo de Verdad.






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