lunes, 19 de octubre de 2015

JOSÉ LUIS RICO CARRILLO [17.252] Poeta de México



José Luis Rico Carrillo

(Ciudad Juárez, Chihuahua, 1987). Poeta, traductor. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas 2010–2012. Ganador del Premio Nacional de Poesía para Jóvenes Escritores “Guillermo López Muñoz”, en 2012. Blanco, su primera plaquette, fue publicada por la editorial independiente La Dïéresis. Dunas, su primera obra publicada con la editorial Tierra Adentro en 2013. De Jabalíes (Tierra Adentro, 2015)

El poeta chihuahuense (Ciudad Juárez, 1987), José Luis Rico Carrillo, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2015 que es convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes (IQCA).

El trabajo que lo hizo merecedor al premio es el poemario “Jabalíes”, en el que –de acuerdo al jurado- apuesta al lenguaje a través de la fluidez y la cadencia de una propuesta lúdica, que no excluye el tema social ni urbano.



                                                De Jabalíes (Tierra Adentro, 2015)


Calle Mariscal

En el burdel, la alfombra bebe nuestros pasos.
Liliana avanza, displicente,
como una víbora de océano
entre un montón de olas y penumbras;
se lleva a mi amigo.
Yo los miro ascender por la escalera
como en el agua
salta un pez
y lo ataja una gaviota.

Afuera, en el teatro de las sombras,
la luna abre la calle
y la basura
fluye por las venas del mundo.
Las ciudades más grandes de la noche
ocultan en sus huesos
la dicha y los condones,
la plata quemada de mi infancia.
Lleno mis pulmones con el humo
y comprendo que somos la caída,
la lluvia de otra agua
que elige
no decirse.

Mi amigo y Liliana reaparecen. Una bailarina
se oprime el seno
y vierte leche en una copa.
Las horas pasan.

Ricardo se despide y se va.
Una mujer da un paso tambaleante
y se desploma. Otra la levanta por los hombros.
Clava sus ojos en los míos
de un modo en que sé
que una distancia inexorable nos hermana.




DENTROFUERA. MEDIODÍA NOCTURNO. 
¿CRÁNEO DEL VAQUERO?/¿DE MAX?/¿DE DIANA?

[Avistamiento. Behemoth, Bahamut, mostros posibles.]

Le dije: ven,
juega conmigo. Y lo empujé.
Las garras salieron de su pata,
colmillos le salieron del hocico.
Sus ojos de neblina se volvieron hacia mí.
Le dije: vamos a jugar
con las costillas de este arbusto.
El cedro de su cola
abanicó junto al océano.
Ven, hagamos jirones de este arbusto,
una pira en que se cuezan los caimanes.
El iris no podía reflejarme, algo mío
entraba en él y se perdía en la cueva
de poder y grasa de sus miembros,
no había modo,
yo no tenía ni rencor,
pero entonces, ahí
de una patada reventé su hocico
y él, eso, tan harto de cebarse en la familia,
se acostó otra vez,
hundiendo el rostro entre la sangre.



INTERIOR/EXTERIOR. DÍA. HABITACIÓN EN HOTEL DE LUJO

[Fractura en la vida de Matt Damon. Avistamiento del monstruo jabalí.]

Los reporteros
de una cadena de tv mexicana
se despiden de Matt Damon. Él cierra la puerta y entra al baño.
Escupe en el lavabo y la saliva es transparente. El grifo le convida
agua pura y Matt la gargarea. Baja al vestíbulo del Ritz.
Recoge su abrigo. Tose. A pesar de haber vuelto a su vida cotidiana
no se va el regusto de drenaje que le entró en la boca
cuando el helicóptero bajó para grabar a ras del suelo
y revolvió ese río de agua sucia del Distrito Federal. De regreso
al norte, Matt se purgó y pulió su dentadura. Estaba perfecto,
le decían. Le sentaba de perlas el levísimo bronceado
que a través de la nata parduzca de Xochiaca le dio el sol.
Tenía un par de historias sobre el México profundo que mataron
de risa a sus amigos. Pero la acritud, la náusea desde entonces
no ha amainado. Sale a la nevada de la West 59th Street
y camina por la acera de Central Park. Náusea que no cura
ni su hija al jugar con las púas de su pelo. Los rostros ateridos
que pasan, las estelas de vaho callejero le raspan hondamente
la idea de su vida hasta esa tarde. ¿Quién de ellos,
de todos los que pasan por lo blanco a esa hora de la nieve
tuvo mierda en la boca alguna vez?
No logra pensar nada tan abyecto a no ser lo del gordo
Philip que después de recaer en la heroína se quedó
con los platos sucios y ya no lo visita su mujer. Matt gira a la izquierda
en la 5ta Avenida, camina a resbalones sobre el frío apisonado.
Soba con su lengua los molares, seguro de que un punto
de la encía guarda un trozo de algo, algo que retoza
y se diluye aciagamente. El viento mueve los ramajes de olmos
y robles cadavéricos que hacen una bóveda alta encima.
Matt recuerda exactamente el jirón de mierda
que se disparó contra su boca. El celular suena.
Es Luciana. Lo deja de nuevo en su bolsillo. ¿A dónde va?
67th, Consulate General of France, 79th… ¿Se angustia
porque el agua negra en su mejilla y el tentáculo nacido de la caca
lo siguieron a su departamento y ahí lo aguardan? ¿Necesitabas el dinero,
idiota? ¿Realmente necesitabas el dinero? ¿Valió la pena
esos días oliendo como un ano con la armadura a cuestas, la pantalla
unida a tu nuca en pegamento corrosivo? Llega ante el Metropolitan Museum.
Caminó dos millas sin notarlo. Desde el Ritz pasó ya casi
media hora. El celular repica. Es Luciana. Suena. No contesta.
Sube la escalinata del museo. Entra al vestíbulo de ecos en el mármol.
Su párpado derecho tiembla. Una empleada le coloca
un prendedor en la solapa y lanza, como un puño adicional de tierra
en el hocico, una miradita de “sí eres,
¿verdad?”. El ojo millonésimo
que lo atosiga adonde quiera que va y que ha ido después de Good Will Hunting
está en el iris pardo de la chica. Algas se erizan en un charco.
Matt entra a paso frenético. Gusanos. De los cuatro rediles
en que nuestra amantísima especie se reparte, según el tipo de mirada
bajo la cual desea existir el hombre, los ojos de los otros, telón simbólico
que oculta la guadaña, que arropa en el decurso a través de la mansión
de la piel tras bambalinas, Matt no cae en el redil de los que anhelan
el mirar de miles de ojos átonos. El público se antoja para él
ceniza de la pira acontecida ante la cámara. (Gracias
sean dadas a Kundera por esta escala optométrica del ser.)
Matt tampoco es el eterno anfitrión de cócteles y cenas
que precisa la mirada de rostros celebérrimos o bellos.
Ni requiere ser sorbido candorosamente por la córnea
de una amante, aunque eso afirme en entrevistas de farándula.
Matthew Damon es de esos animalitos idealistas del último
taxón, que necesita la mirada imaginaria de un ausente,
una mirada que lo guía en sus actos por la sala griega,
lo hace acelerar al norte, al pabellón egipcio, pensando
en la ventosa y otras huellas del asco traducibles en palabras.
Un pequeño calamar de escombro serpea en la pared
interior de su mejilla, lo persigue con su lengua. Escupe en el suelo.
Pone el botín encima del manchón traslúcido, sigue
entre vitrinas con sarcófagos, papiros que invocan a la lluvia,
hasta The Sackler Wing, que se abre en forma de barranco. No está claro
si la mirada de un ausente que dicta los pasos de Matt es de
su padre, de quien lleva la estatura exigua, o de Ben Affleck,
a quien siempre ha resentido en su intrinque subconsciente. El templo de Dendur,
lustroso de remar a contrapelo de los siglos, ofrece su dintel de piedra
en el centro de la sala y, más allá, el habitáculo mismo de Isis
que llora y se golpea la cabeza contra el muro arcilloso con relieve
de lotos y juncales por haber sido arrancada de su Egipto.
Matt cruza el dintel, entre una pareja de franceses inquietantes,
y de súbito siente una mirada como de búsqueda feral por la ribera
de su cuna. Las aguas de Xochiaca suben por su pecho. Algazara,
rugido de enormes oleoductos. No quiere voltear.
Los años de hojarasca en Cambridge, los parques de Manhattan,
el talante en los platós horas y horas a que nazca el platino incontestable
(Tómalo, Max, para que nunca olvides tus raíces) al ver la enorme
sombra de amplio lomo, con las venas de ramajes y ojos
reflejos glifos de Dendur de sal en llamas, la nevada arrecia el ventanal
se funde como brea.



AYER

Los anuncios de neón semejan dioses en la noche
y árboles de día. La triste historia de un ranchero enamorado,
jabalíes se atragantan con su cuerpo frío de ayer.


La mañana

En mi cráneo cae espuma
que despoja de murmullos de la noche
como echando jabón a una pared
hasta verla transparente. Me espumo
solitario, quitándome lo gris y lo verdoso
a través del vidrio en nombre
del trabajo que con águilas de fierro
aguarda la luz agradecida.
Y aunque ya no huela sigo 
siendo olor mamífero,
busca mi nariz algo caliente
en los huecos de sal que me apuntalan,
me doran las arterias 
los mosaicos amarillos de otro baño,
están tatuadas rayas negras
en el surco interno de mi rostro.
Allá donde vivía
la cebolleta borrascosa
y cucarachas sacaban las antenas 
mensajeras del miedo y del pasado… Allá donde tanto 
lujo de polvo se anuló,
y mis huesos estiraron su secreto
y cómo piden que me lave
justo ahora en el establo mata-gente. Cómo si estos pelos 
son parte de los órganos famélicos 
que arrastro desde antes siendo pez 
en el mar que se poblaba.
Cómo que ya nunca, que por siempre
el camión hacia el destino
y facturas manoseadas por mis ojos. 
Tras el vidrio llueven trozos de gorrión iluminado.
Sé que es tarde, cierro el agua 
y me pongo un grillete de loción.






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