jueves, 22 de octubre de 2015

JOSÉ DE VIERA Y CLAVIJO [17.267]


José de Viera y Clavijo

(Realejo de Arriba, Tenerife 1731-Las Palmas G.C.1813):
De constitución débil, prefirió siempre la lectura al ejercicio y al juego. Estudió en el convento dominico de La Orotava, donde destacó el las tesis de filosofía escolástica que más tarde aborrecería. Desde niño versificaba con gran corrección y escasa sensibilidad. Hizo un gran número de versos durante más de sesenta años. En 1750 recibe las órdenes menores en La Laguna y poco más tarde las órdenes mayores en Las Palmas de Gran Canaria. Tuvo diversos conflictos con el Santo Oficio como pensador incómodo poco dispuesto a obedecer a la tradición. Su carrera de autor e historiador quedó condicionada por la revelación que le supuso la obra crítica de Feijoo.

Cioranescu De Bayle le queda a Viera su falta de confianza para con lo que dice y piensa la gente, su necesidad de convencerse por sus propios medios, su afán de comprenderlo todo y de buscar el nexo lógico de todos los acontecimientos y de todos los hechos naturales. De Feijoo deriva la instauración y la coronación de la razón como único criterio de verdad... Todo debe ser transparente a la razón y nada debe aceptarse antes de haber sufrido esta prueba del fuego; por consiguiente, todo cuanto se considera cierto puede no serlo y debe volver a verificarse, antes de poderse admitir. Esta alianza de Montaigne con Descartes, este escepticismo frente a las verdades adquiridas íntimamente mezclado con la fe ciega en las verdades personalmente comprobadas por el método silogístico, son la principal característica de Viera. (Alejandro Cioranescu)

En 1756 se traslada con su familia a la ciudad de La Laguna. Es acogido en las mejores casas de la capital como la de don Tomás de Nava Grimón, marqués de Villanueva del Prado, donde comparte tertulia con don Cristóbal del Hoyo Solórzano, don Fernando de la Guerra, don Lope de la Guerra y don Juan Antonio de Urtusáustegui. Como resultado de las tertulias recopiló 50 números de una especie de gaceta confidencial titulada Papel hebdomadario, que no se conserva y que algunos consideran el primer periódico de Canarias. El acceso a la excepcional biblioteca del marqués le permitió leer a los grandes clásicos franceses y a los filósofos y moralistas como el marqués d'Argens, Fontenelle, Voltaire, Montesquieu y Rousseau. En 1763 comienza a escribir su Historia de Canarias.

Traslado a Madrid (1770):
En 1770 le ofrecen trasladarse a Madrid como ayo del joven marqués del Viso, hijo único de don José Joaquín de Silva Bazán Meneses y Sarmiento, marqués de Santa Cruz de Mudela. En casa de este culto aristócrata, director de la Real Academia Española, recibe un trato afectuoso. Viera retrata la vida cortesana de forma similar a la del Goya desengañado. En 1772 publica el primer tomo de la Historia de Canarias y el segundo un año más tarde. Posiblemente el marqués contribuyó al pago de los gastos de impresión. En 1777 pasó a socio supernumerario de la Academia de Historia, a propuesta de su director Campomanes. Fue colega de Jovellanos como censor y como académico, padrino de Meléndez Valdés y amigo entrañable del ilustre botánico Cavanilles.

Viajes por Europa:
Acompañando al marqués del Viso viaja por Europa y aprovecha la estancia en París de casi un año para seguir conferencias y cursillos científicos. Asistió a la recepción de Voltaire en la Academia, conoció a Condorcet y a d'Alembert. Tras esta estancia parisina se renovó su interés por las ciencias a las que ofreció una intensa dedicación. En 1779 fallece el joven y delicado marqués sin descendencia. En 1780 acompaña al marqués de Santa Cruz en un viaje en el que visitaron París, Turín, Roma, Nápoles, Venecia y Viena. Tras la boda del anciano marqués visitan Alemania y los Países Bajos. En Roma obtiene documenos importantes para su Historia y una licencia para leer libros prohibidos.

José de Viera y ClavijoRegreso a Canarias (1784):
En 1782 es nombrado arcediano de Fuerteventura en la Catedral de Las Palmas. En 1784 abandona Madrid y se embarca en Cádiz con destino a Canarias. En 1790 Antonio Porlier, miembro del Consejo de Indias, le ofreció varios empleos en Madrid que no aceptó. Vive bastante activo dedicado a las ocupaciones de su cargo, de la Real Sociedad Económica, del colegio de San Marcial y de sus trabajos literarios y traducciones. En 1797 conoce los relatos de la derrota de Nelson por el general Gutiérrez en su intento de tomar Santa Cruz de Tenerife. En 1799 escribe el Diccionario de historia natural de las islas Canarias y un año más tarde El nuevo Can Mayor o constelación canaria, colección de 13 octavas reales en las que elogia a canarios ilustres. La publicación de su Historia de Canarias le acarreó numerosos disgustos. Murió en Las Palmas el 21 de febrero de 1813. Sus restos fueron trasladados a la catedral en 1860.





José Viera y Clavijo, estado de la cuestión 
/ Por Alfonso Domingo Quintero

En el caso de José Viera y Clavijo, parecen confirmarse las palabras de Ángel Valbuena Prat cuando en su Historia de la poesía canaria (1937) afirmaba que una de las características de la Literatura Canaria era su aislamiento. En este sentido, es muy significativa esta cita de Francisco Rico: «Hay una serie de autores de los que sabemos muy poco o nada: […] Viera y Clavijo…» recogida en el «Preliminar» de su Historia y crítica de la literatura española (Tomo IV, 1983).  Esta cita viene a constatar lo que ya sabíamos, que en la España peninsular se desconocía la obra más significativa de José Viera y Clavijo, de hecho Juan Luis Alborg no nombra a nuestro escritor en su Historia de la literatura española (1966-1999), y Felipe B. Pedraza Jiménez  le dedica apenas unas breves palabras en su monumental Manual de literatura española (Tomo V, Siglo XVIII, Cénlit Ediciones, 1981). Este desconocimiento por parte de la España peninsular de la obra de Viera y Clavijo no se entiende, pues ya en 1935 el Instituto de Estudios Canarios había publicado la conferencia Sobre el signo de Viera de Agustín Espinosa. Pero lo cierto es que actualmente la cuestión sigue más o menos igual, situación del todo incomprensible si tenemos en cuenta los medios con los que cuenta actualmente cualquier investigador. Si hojeamos los nuevos manuales de literatura española sigue obviándose la figura de José Viera y Clavijo, o por lo menos no se le presta la atención que debiera. Si acudimos a María–Dolores Albiac Blanco y su Historia de la literatura española. 4. Razón y sentimiento 1692-1800 (Editorial Crítica, 2011), que es el último gran esfuerzo de una editorial por dar cuenta de la literatura española, comprobaremos con desazón que de las obras de Viera y Clavijo sólo se mencionan la Vida del noticioso Jorge Sargo y el Viaje a la Mancha como ya lo hiciera, por ejemplo, la Historia de la literatura española de la editorial Espasa-Calpe en 1998, lo que supone que en nada hemos avanzado en la divulgación de las dos obras más importantes de José Viera y Clavijo: su Noticias de la Historia General de las Islas Canarias (Madrid, 1772-1783), y su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias (La Palma, 1866), sin querer ahora nombrar el resto de su producción. Por lo menos sí vienen mencionadas ambas obras en la entrada dedicada a José Viera y Clavijo en el Diccionario de Espasa de la Literatura Española (2003) de Jesús Bregante; recordemos que Rosa Navarro Durán en su Enciclopedia de escritores en lengua castellana (Planeta, 2000) ni siquiera dedica una entrada a nuestro autor.

Como venimos diciendo, el desconocimiento por parte de la España peninsular de la obra de José Viera y Clavijo no se entiende desde estas islas, máxime cuando hay dos tesis que versan sobre este autor: La obra literaria de José de Viera y Clavijo de Victoria Galván González, dirigida por Andrés Sánchez Robayna, 1996 y La formación francesa de Viera y Clavijo : el viaje a Francia y Flandes de Rafael Padrón Fernández, dirigida por Dolores Corbella Díaz, 2007; sin olvidarnos del esfuerzo editorial que ha supuesto publicar sus obras por parte de editoriales como Idea o de instituciones como el Instituto de Estudios Canarios, el Cabildo Insular de Gran Canaria y el Cabildo Insular de Tenerife. En este mismo sentido, además, ha nacido el proyecto de publicar sus obras completas bajo la dirección de Rafael Padrón Hernández.

En suma, la obra de José Viera y Clavijo no puede desprenderse de una de las características de nuestra literatura insular: su aislamiento, aun en plena era tecnológica y global. El desconocimiento de la España peninsular de José Viera y Clavijo sigue siendo actual como podemos constatar en los manuales de literatura española al uso.  Pero los que desde estas islas escribimos podemos decir que José Viera y Clavijo ha venido a ser ese poeta que reclamaba Juan Manuel Trujillo en su artículo Siete islas en busca de autor para estas islas, pues qué es su Noticias de la Historia General de las Islas Canarias y su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias sino el gran poema y la gran novela de las Islas Canarias.

En «El perseguidor», Diario de Avisos de Tenerife, domingo 05 de mayo de 2013


Viera y Clavijo, poeta ilustrado
Por SEBASTIÁN DE LA NUEZ
Universidad de La Laguna 





Recordaremos, sin embargo, el ingenio de Viera y Clavijo, que, en esta época y circunstancias, se manifiesta en dos vertientes: una burlesca-histórica y otra festivo-irónica, sin reparar en que en ambos tipos de composiciones hubiera ciertos matices irreverentes para los libros sagrados, sea el Génesis o el Nuevo Testamento, que pudieran hacerle sospechoso de influencias volterianas o enciclopedistas a los celosos familiares del Santo Oficio. Véanse, entre las primeras, estas dos quintillas:


Qué fortuna hubiera sido
(como dice Pedro Bayle),
para el hombre corrompido,
que se hubieran metido,
Eva Monja, y Adán Frayle!

Esto hubiera así evitado
daño y males prolijos;
pero, pues no han profesado
¿por qué después del pecado
no caparon a sus hijos?

Otra composición, donde se mezclan ternura, gracia y también algo de irreverente ironía, con alusiones a los acontecimientos de la época, es la composición hecha por Viera, para el día de Navidad, para ser representada por Alonsito, Catalinita y Antonia María, hijos de algunos próceres de la tertulia de Nava. He aquí cómo nos presenta el momento de la adoración de los Reyes:


Ant. Una estrella que en un pozo
aun dicen que suele verse,
nos sacó de nuestras casas
como sacó a los ingleses
la estrella que por el sol
pasó desnuda en Pelete. 

Alón. Y no soy divino Infante
el Rey del Alfonso Siete,
marido de Doña Urraca,
descasado por un breve.
Yo soy el Rey don Gaspar
aquel señor prepotente 
que allá en las islas Molucas
bebe el caldo con especies.

Cath. Ni a mí tampoco me llaman
Doña Catalina Ocene
porque con el Obispo de Sota
del Rey hago papeles,
y me nombro Balthazar
en Babilonia y en Telde. 



Pero recordemos aquí un soneto que compone en «elogio al nuevo método de predicación abrazado por la mayor parte de los oradores de la Octava de Nuestra Señora de los Remedios» (hoy catedral), año de 1767, que dice:


¡Oh pura¡ ¡Oh celestial! ¡Oh verdad santa!
que en tu cátedra y trono perseguida
de una oratoria loca y atrevida
sufriste tanto insulto, injuria tanta.

Vuelve de tu destierro... canta, canta,
el triunfo de la victoria merecida,
ya la cláusula muere, ya en huida
el falso asunto está. Ya no se aguanta

y el vil realce y profano texto,
ya se dejan los vanos calamistros,
y vestida de un traje más modesto

sin temer de la crítica registros
puede decir a vista de todo esto:
Hoy conozco en sus obras, mis ministros. 


Finalmente, también pertenecen a este momento otros poemas de tono más solemne y filosófico, como el panegírico elegiaco dedicado a la muerte del célebre personaje, también poeta, el citado Vizconde de Buen Paso, don Cristóbal del Hoyo y Solórzano (1677-1762), y en donde se notan claras reminiscencias de nuestros poetas del Siglo de Oro, especialmente del Quevedo poeta ascético, como se ve desde el comienzo:

En fin, en esta Iglesia, en este Hoyo,
sin lápida, sin mármol ni epitafio,
sin ofrenda, sin tumba y sin escudo
Don Cristóbal del Hoyo halló el descanso. 

Obsérvese el juego de palabras entre el «hoyo» donde yace y el apellido del prócer, los versos formados por elementos trimembres o bimembres, en figura de polisíndeton: «Sin lápida, sin mármol, ni epitafio».
Significativa es la estrofa (formada por endecasílabos asonantes al estilo de los romances heroicos) que expresa el carácter de crítica ilustrada cuando Viera sella su enemistad con la mentira y las supersticiones, dentro de la más estricta línea feijoniana; no en vano desde 1759 reinaba Carlos III, el Rey ilustrado:

Perdió los embustes su enemigo,
los hechizos y brujas su contrario.

Termina el poema con todo el peso de la sabiduría senequista y clasicista pasada por el tamiz del pensamiento del autor de los Sueños:


¡En ochenta y cinco años qué vería!
pero como este tiempo es momentáneo,
él murió confesando que a su vida
un puro sueño de poco rato.
Encomendarlo a Dios, tú, pasajero,
que al sepulcro también vas caminando,
y sabes que vivir ocho u ochenta
lo mismo viene a ser tarde o temprano. 


Así, bajo la forma métrica de la octava real propia de la poesía épica, compone
todo su poema a los llamados «aires fijos», cuya estrofa tercera dice:


El Padre Omnipotente, que ordenando
este vano espectáculo del mundo
sus máquinas internas fecundando
bajo el velo de un horror profundo,
se digna de entregar, de cuando en cuando
a algún ingenio en discurrir fecundo
ciertas llaves maestras con que abriendo
saque de un ser, un ser más estupendo. 


Poco antes de volver de su último viaje por Europa, en Viena, tiene la humorada, como un nuevo Villon o un Quevedo, de hacer un testamento poético en forma de soneto, donde deja una parva herencia a su amigo don Isidoro Bosate, secretario del Excmo. Sr. Conde de Aguilar, embajador de España en la corte de Viena, y en sucesivas enumeraciones de modestos objetos, muchos de ellos ya desconocidos para nosotros, pero característicos del ajuar de un eclesiástico pobre e ilustrado, forma su composición del siguiente modo:


Una manta de lana, una calota,
un sombrero candil, que pie de paja,
un bote de bornada, y una caxa
que tuvo polvos de bergamota:

una chupa sin mangas algo rota,
una caxilla retorcida y maja,
un frasquito con opio, rica alhaja,
cuatro billetes, y una gran pelota.

Dos trozos de rabat, palos de dientes,
una toma de sal de Inglaterra,
tres petrificaciones excelentes,

dos zapatos de cuero de becerra,
dos alzacuellos viejos, indecentes,
una bayeta, un libro y mucha tierra. 


Para nosotros, Los Meses representa la plenitud expresiva de Viera, desde el punto de vista del neoclasicismo propiamente dicho en su variante isleña y del sentimiento del paisaje, como se puede observar en dos pasajes: uno dedicado al Teide y otro a la Selva de Doramas. En el canto cuarto, dedicado al Estío, en las estrofas correspondientes al mes de Junio, nos encontramos con ese emocionado recuerdo de una ascensión al Teide, al que llama «Pico gigante» que «animoso / entró con los Titanes en la guerra». Pero veamos cómo, en su exposición descriptivonarrativa, nos va mostrando, en un alarde de soltura versificatoria y de poesía que podríamos denominar idílico-realista, los distintos estadios de la gradual subida al monte colosal:


Ya dejo atrás aquella hermosa cueva,
habitación de hielo: ya me encumbro
sobre el borde exterior de su caldera,
cuando la noche, a quien persigue el alba,
lleva en su negro manto las estrellas,
y apenas con las rosas de sus manos
la Aurora en el Oriente abre las puertas,
ya las florestas, montes, pueblos, valles,
se me van descubriendo, y me ordenan
así como se vieron y ordenaron
cuando tuvieron ser la vez primera.
El teatro se ensancha: el mar cerúleo
un inmenso horizonte me presenta,
donde las demás islas se divisan
entre una roja y mal dorada niebla. 


El otro paisaje canario es el dedicado a la Selva de Doramas, en Gran Canaria, en el que evoca al poeta Cairasco, cantor de ese famoso bosque, y protesta por su destrucción; destacándose aquí sus elementos sentimentales y nostálgicos en la descripción de la Naturaleza:


Sitios queridos de las nueve musas
en cuyos frondosísimos andenes
paseó de su numen agitado
el divino Cairasco tantas veces.
¡Montaña de Doramas deliciosa!
¿Quién robó la espesura de tus sienes?
¿Qué hiciste de tu noble barbusano?
Tu palo blanco ¿qué gusano aleve
le consumió? Yo vi el honor y gloria
de tus tilos caer sobre tus fuentes... 


La poesía ligera, la anacreóntica típica del neoclasicismo sensible, tuvo también en Viera su cultivador, como correspondía a un buen abate culto, cortesano, galante. Así tenemos poemas como el «Idilio pastoril»:


Ayer en la pradera
mi perro te hizo halagos,
y al punto le corriste
levantando el cayado;
mas si el perro de Tirso
sigue tal vez tus pasos,
lo llamas por su nombre.
¡Ah! yo no soy amado. 


El retrato dedicado al conocido escritor ilustrado lanzaroteño, su primo, don José Clavijo y Fajardo dice así:


¿Qué cuerpo celestial, cual Astro fixo
puede enlazar con sus sabias producciones,
si se compara a Don José Clavijo,
pensador que cumuló los Adisones,
redactor de un Mercurio no prolixo
glorioso traductor de los Buffones
a quien tres reinos dan por privilegio
la dirección del Gabinete Regio? 

Hacia 1782, Viera, influido por Cavanilles, estudia Botánica, poco tiempo antes de emprender su viaje a Canarias para tomar posesión de su plaza de Arcediano de Fuerteventura. Allí pone en práctica sus conocimientos de química e historia natural, aplicados al estudio de las particularidades zoológicas, botánicas y mineralógicas que le ofrecen las islas. Nos interesa destacar ahora cómo fue clasificando y agrupando la flora canaria según el antiguo sistema sexual de Linneo. Fruto de estos trabajos serían su Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias (1799-1810)", y el Catálogo de plantas indígenas de Canarias (1808) y el poema La boda de las Plantas (1804), que comienza declarando su objetivo:


Los desposorios de la amable Flora
cantar en un vergel es mi deseo, 

cuyo canto desarrolla, en cuarenta y siete octavas reales, según la estructura
de los poemas épicos del siglo XVI y los cantos didácticos del siglo XVIII, todas las características de las distintas especies clasificadas según los órganos sexuales: monoicas, dioicas, hermafroditas, etc., con tal lujo de detalles que se hace digno de la mejor clasificación profesional (pues para ilustrar sus conferencias de botánica estaba destinado el poema), pero también de cierto regodeo erótico en torno el tema del himeneo vegetal en relación con el humano. Sienta desde la estrofa tercera lo que podrían ser las bases de una antropología vegetal:


Cualquiera vegetable es un viviente,
que nace, que digiere, que respira,
que da ciertas señales de que siente,
que en busca del humor y del sol gira,
que crece, duerme y suele estar doliente,
que es macho, o hembra, y engendrar conspira,
que envejece, que muere, que reposa,
y que deja una prole numerosa.


Al imperio del amor, motor de la reproducción de las especies animales, se someten también las vegetales, que pasan por todas las etapas —igual que el hombre— del desarrollo, hasta alcanzar la pubertad, época en que se consuma la unión sexual o matrimonial, como se expresa en la estrofa oncena:


A estas leyes de amor, que a los vivientes
para su bien dictó Naturaleza,
fieles los vegetales y obedientes,
se rinden con pasión y con viveza:
por eso, al ver que se hallan florecientes,
señal de pubertad no sin presteza
a su destino dando testimonio,
procuran contraer el matrimonio.


En una perfecta alegoría Viera correlaciona, miembro a miembro, los elemenos de la metáfora continuada de los órganos sexuales de las plantas con los humanos, incluidas las circunstancias de la ceremonia matrimonial, no exenta de misterio y escondido deleite, como vemos en la estrofa trece:


No lo dudéis, la Flor es una boda;
el cáliz es el tálamo y el lecho;
los pétalos, lucidos y de moda,
son las cortinas, que al capullo han hecho,
y el gran misterio encubren; aula toda
se perfuma de olores hasta el techo;
y el néctar, que la abeja allí codicia,
es el pan de la boda y la delicia.


Dentro de los poemas heroico-costumbristas se puede clasificar Las Cometas (1812), una de las últimas composiciones de Viera, donde parece querer combinar la oriental invención sutil y el experimento científico, resumir la fórmula horaciana, a la que siempre había permanecido fiel: «utile et dulce». Con su comienzo cerramos el ciclo vital y poético de nuestro poeta e historiador, que habrá que estudiar más profundamente para colocarlo en el lugar que le corresponde en el parnaso del neoclasicismo español:


Anda cometa bella
toma de mi mano el vuelo
y vete subiendo al cielo
hasta parecer estrella,
extiende como centella
esa cola con que brillas
y corriendo largas millas
por los aires más ligeros
asusta a los gallineros,
y espanta a las aguilillas. 









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