martes, 13 de octubre de 2015

BERNARDO CHEVILLY [17.212]


Bernardo Chevilly

Santa Cruz de Tenerife, 1961

Poemarios: Oratorio Apócrifo (Premio de Poesía Ciudad de La Laguna 1982; Tenerife, 1983) y Ofrenda del nombre (Madrid, 1996). Ensayo: Cuatro imágenes de Carlos Chevilly (Madrid, 1989). Ha colaborado en revistas como Insula, Litoral, Arteguía y La Aldaba. Su poesía ha sido traducida al alemán (Neue Lyrik aus Spanien, Zurich, 2002) y al francés (Autre Sud, Marseille, 2002). Dirige la colección de poesía Ministerio del Aire, de ediciones La Palma.
"Para piano solo (Algunos poemas, 1983-1998)" (Ediciones Baile del Sol, Sevilla, 2003).

Un poeta es su palabra. Y también sus silencios y su propio carácter. Hay poetas que sienten mucho y sin embargo dicen poco, pero profundamente. Bernardo Chevilly es uno de ellos. Apoyado en el silencio de la propia creación y en su amplio conocimiento de la música, nos va introduciendo en un mundo de pocas palabras, esencial diríamos, para transmitir una belleza sutil, basada en la inteligencia y en el conocimiento. Chevilly es un poeta mesurado y de entraña lírica, que basa su lenguaje en la música y en sonido de las propias palabras, en el filo que hay entre lo meramente musical y lo cognoscitivo. El poeta labora en la soledad y sabe que lo que nombra se marchita, como una ley inexorable de la física, la entropía. Es por ello que actúa con infinito cuidado en ese espacio mínimo del verso para dejar lo esencial, aquello que si quitáramos algo más ya no sería poema. Desde este punto de vista, Bernardo Chevilly es un poeta cuántico, que obra en un microcosmos diminuto que termina por explicar un macrocosmos infinito. Lo es en el sentido en que sabe que su arte es efímero por su propia fragilidad y belleza, con la caducidad del ocaso y con su eterno retorno. La memoria, y con ella la reconstrucción mediante un proceso mental de la propia vida, no sólo como experiencia, sino como sensación, son fundamentales. Porque es el poeta quien reordena el mundo. Aquí el poeta no sólo nombra, sino que investiga o descubre las partículas elementales del lenguaje y de la emoción para con ellas crear otros mundos posibles y paralelos, nuevas vivencias o recuerdos olvidados.

En su libro Oratorio apócrifo (1983), cuatro elementos se unen para crear ese universo: la música, la luz, lo religioso y lo profano se revelan como el hilo conductor de la belleza. En su libro Ofrenda del nombre (1996), Bernardo Chevilly se vuelve aún más asencial. Más ensimismado y más parco en palabras, pero también más directo. El silencio se transmuta en espacio en blanco y los poemas llegan a ser como esas esculturas de Giacometti, tan delgadas que uno no sabe si se diluyen en el aire o si están tomando cuerpo, donde lo que falta está indicado por el arte del lector.

Escribimos como somos, y Bernardo Chevilly no puede escapar a su propio ser interior, delicado y tímido, irónico y humano, luminoso y musical. Un poeta contenido por su yo, que a veces le hace ser avaro con nosotros en la búsqueda de su esencia, destilada como los mejores perfumes, y que, como los mejores perfumes, nos entrega en pequeños poemas, como si evitase deliberadamente la verborrea tan al uso para llevarnos a su terreno sin concesiones. Unas pertenencias diminutas pero intensas, llenas de sugerencias y verdades que sólo el poeta conoce, y que sólo el verdadero poeta puede mostrar en el microcosmos de música y orden que nos abre una puerta a un mundo superior e insospechado, donde el lector hace suyo el poema para a su vez hacerse más humano. Gracias, Bernardo Chevilly, por tu vida y por tu obra. Arrieros somos. Y en la belleza nos encontraremos.

Felipe L. Aranguren

(Nota de la Redacción: la selección de poemas ha sido obra de la colaboradora de Ojos de Papel Rosalía de Frutos.)






De Oratorio Apócrifo (1983)

(Pregúntale al cielo)

ad libitum
Pregúntale al cielo
si quiere ir a la siega contigo.

Como el contrapunto de un aria
es sentir la fiebre en tus manos,
arder, consumirse
en un éxtasis ambiguo y poderoso.

Como el gemido de un pájaro
es fingir un alba en el cielo
ausente y gris,
descolgarse ebrio bajo un sol de ébano.

El viento te acerca las lluvias cenagosas
entre manglares y palmas podridas
por el verano hostil,
hastiado de sorpresas pueriles,
infectado de últimos pretextos;
¿no oyes?, el agua aún reverbera entre tus huecos.

Pregúntale al cielo
si quiere recoger contigo la cosecha.
El fruto maduró con el rocío...
¡excelso pensamiento! El cieno putrefacto
habrá cuajado en sangre las espigas.

Con el sol en el cénit
la trilla avanza entre tus campos; solitaria
canta el agua en las acequias:
Pasión de tus manos,
devuélveme tu fiebre y tus heridas.


*



(Si te dijera)

ad libitum
Si te dijera: “Todos los días amanece
y las flores renuevan sus gritos de color cada mañana,
la luna nos alumbra y nos ofrece
el secreto candor de la pasión oculta;
todos los días
sacrificamos a las aves del cielo, a las bestias que pueblan 
la tierra,
a los peces del mar... ¿pretendes alcanzar la ignorada rosa
que se esconde con temor bajo las piedras del molino?”

Si te dijera: “¿Por qué no escuchas la música
que atraviesa las vidrieras y endulza los oídos?
La monodia reina en los cielos:
todas sus voces son iguales e irrepetibles”.

Si te dijera todo esto,
¿creerías en mí?, ¿bajarías la cabeza ante el hacha del verdugo?
Eres simple. Tu corazón es una flor oxidada
que espera la vuelta de los que marcharon a la guerra
con las brasas del odio en sus sentidos.


*


De Ofrenda del nombre (1996)


Nombre

ANCESTRO del tiempo,
reconoces tu rostro
cuando a nadie vigila
tu frente, cuando en soledad
vacía de signos
lentamente te arrastras.

Bajo el centro
del dolor
camina el recogimiento
que te habita,
nunca con posesión
destruye tu carne.

Cegado de manos
rehaces en fiel
sumisión al vértigo
tus cenizas.


*

Creación

Y EL verbo se hizo música,
sintagma percutido,
redoble de la cuerda donde germina el aire.


*

Antagonía

NO DISPONE el tiempo su presencia
en el silencio o en el grito
con el rigor del espacio que reparte
los huecos y los cuerpos.


*

Presencia

EN LA piedra está escrita la palabra,
la voz dúctil que regala a la penumbra
la soledad del templo inacabada.


*

Tristeza

ESPACIO subvertido,
desazón, monotonía
de la luz que ahueca el aire
mineral y esculpe
coágulos de luz en el vacío
ansioso de texturas olvidadas.


*


Miedo

CONDENADOS EL olvido o la tristeza
a la pena capital del desahucio,
¿qué más puedo esperar de la alegría
si acaso el nombre ignora su misterio?


*

Olvido

DESOLACIÓN DE plaza: en pedestales
instaura el hombre a la Memoria,
certeza, emoción exenta
que en devenir reniega de sí misma.


*


Silencio

EN ACTO de negación se anega el verbo,
sumiso ante la idea que lo tuvo
dictando su armonía para nadie.

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2227








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