jueves, 1 de octubre de 2015

RAMÓN GALGUERA NOVEROLA [17.160] Poeta de México


Ramón Galguera Noverola 

Nació en San Juan Bautista, hoy Villahermosa, México el 28 de junio de 1914. Sus estudios de primaria y secundaria los realizó en su ciudad natal. Fue hijo único del matrimonio formado por don Hermenegildo Galguera y su señora esposa, doña Esther Noverola de Galguera. Publicó dos libros de poemas: Examen de primer grado y Solar de soledades. Muere en la Ciudad de México en 1979.


Ramón Galguera Noverola, poeta de la angustia y la soledad

Desde muy joven, ya despuntaba, en Ramón Galguera Noverola, el gran poeta que conocemos a través de sus magníficos libros; y en 1934, cuando sólo contaba con  20 años de edad publica en el periódico La Voz del Estudiante, editado por la Sociedad de Estudiantes Libres del Instituto Juárez, el poema “Son dos gotas iguales”, compuesto de cinco raras décimas heptasílabas, en el que se nota el influjo que sobre el novel poeta ejercía la lectura de Gustavo Adolfo Bécquer a quien rinde homenaje y en el que a la vez, se advierte la atmósfera de tristeza y desolación que campeará en la totalidad de su obra poética, pues al parangonarse con el sevillano considerado uno de los más altos exponentes del romanticismo, declara:

Camarada en el llanto,/ compañero en la pena,/millonario de ensueños,/ trovador de sirenas,/ siempre tras una estrella/ sobre la comba fría;/ siempre amando la noche/ y aborreciendo el día,/ son dos gotas iguales/tu alma triste y la mía…”

Esa melancolía rayana en amargura, se advierte en el poema de corte nerudiano “sitio”, incluido por el maestro Francisco J. Santamaría en su libro La poesía tabasqueña, que en una de sus partes dice así:

“Aquí donde el crepúsculo/ corre borrando mástiles/ y el puerto lava el alma/ y es el vértigo urbano/ un rumor que se pierde/ y un afán que no llega;/ entre estas cosas húmedas/ de mares y gaviotas,/ bajo esta cruz de amargos/ soñares infinitos en que el otoño llega,/ dibuja el paso simple/ del amigo tranquilo,/ y nos deja en las manos/ un color de hojas secas…/ aquí te amo…”

En 1951, Galguera publica Examen de primer grado. En los poemas de este libro, ya es dueño de su propia y muy personal voz poética, de tal forma impregnada de angustia, que esta circunstancia es la que hace resaltar Margarita Paz Paredes en el magnífico juicio que sobre este libro y su autor, publica en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, correspondiente al mes de julio de 1952, del que transcribimos a continuación los siguientes párrafos insertados un poco arbitrariamente por nosotros, para sintetizar lo expresado por la brillante poeta mexicana:

“…nada hay en la poesía de Ramón que nos recuerde a Tabasco. Nos hemos asomado, con curiosidad y deslumbramiento, a su mundo poético, donde creíamos encontrar súbitamente el tronco vital de alguna ceiba milenaria, o el torrente avasallador de las aguas del Usumacinta, o el vuelo fugitivo de garzas y quetzales legendarios, o siquiera la sombra tutelar del poeta que ha dado a Tabasco carta de ciudadanía en el atlas de la poesía iberoamericana. Pero nada de eso encontramos…

”Poéticamente Ramón galguera Noverola está emparentado, por un lado con César Vallejo y por el otro con Edgar Allan Poe y Baudelaire (esto por lo que se refiere a la melancolía y calosfríos de ultratumba que palpitan en casi toda su obra)…

”Todo rezuma amargura y desesperanza en las estrofas estremecidas y estremecientes de este poeta que concibe el amor sólo en trance de despedida, o de ausencia…”

Carlos Pellicer, quien fuera maestro de Galguera en la Escuela Nacional Preparatoria y a partir de esa época, uno de sus más entrañables amigos, en la ya legendaria conferencia que sobre la poesía tabasqueña sustentó durante tres noches seguidas en el Instituto Juárez de Villahermosa, el mes de mayo de 1952, se refiere a él y a su libro Examen de primer grado, en los términos que a continuación citamos:

“Ramón toca el paisaje tabasqueño con la yema de los dedos, pero con exquisita delicadeza, acaso porque para él, la naturaleza tampoco existe. Como además, no es un poeta religioso, su desolada angustia lo lleva a refugiarse en el regazo de su madre a quien dedica dos poemas: El pequeño afán y La noche y mi madre.”

Carlos Pellicer confirma lo ya antes expuesto por Margarita Paz Paredes en el sentido de que, en la poesía de Galguera Noverola, está proscrito el paisaje pleno de sol, de colores y perfumes de Tabasco y que el influjo pelliceriano que Santamaría cree hallar en la poesía del autor de Examen de primer grado, es, como bien lo acota Margarita Paz Paredes, inexistente. Esta última característica ya la habíamos hecho notar en una sencilla nota biográfica de Ramón, al decir: Mientras Pellicer canta: “Trópico, ¿para qué me diste/ las manos llenas de color?/ Todo lo que yo toque/ Se llenará de sol…” Galguera expresa: “¿Y para qué la luz,/ sus tulipanes de gritada feria…?” Exigiendo más adelante: “¡Que asesinen la luz/ o la encadenen para siempre!…”

Más de diez años después, Galguera, que siempre fue refractario a camarillas o clubes de elogios mutuos y que jamás medró al amparo de su poesía, publica Solar de soledades.

Si en los poemas que integran Examen de primer grado encontramos de cuerpo entero a la angustia, ésta se hace más patente en la voz dolorida, más distante y distinta todavía de los poetas del trópico, que campea en Solar de soledades. De la lectura de este libro, sale uno con el espíritu mucho más desalentado y huérfano que el de quien “acaba de hacer una azarosa travesía por el Río Amarillo de la angustia”, como dijera Hildo Gómez Castillo en nota crítica sobre Examen de primer grado.

Al hablar de Galguera Noverola y referirse a su segundo libro, Manuel R. Mora, en un artículo publicado en la gaceta literaria Nivelen agosto de 1979, expresa lo siguiente:

“Solar de soledades ha sido su vida. Solo, siempre, en su grandeza. Ajeno a las tribus literarias. Por elemental respeto a sí mismo y al quehacer poético, nunca se ha promovido ni tampoco ha buscado promotores. Su trabajo se halla en la más conmovedora intimidad por no avenirse con el viento que pasa.

”Qué diferencia tan notable entre este poeta mayor, en el que se equilibran forma y fondo, respecto de algunos que, sin jerarquía ni facultades, se pasean por las calles, por las ferias, por los círculos de ineptos, pregonando ser lo que no son. ‘Yo soy poeta’, claman, cuando no hay en ellos (mujeres u hombres), la savia que integra y proyecta. La falta de pudor es el signo de estos indotados que se esponjan de abalorios y alquilan escaparates para exhibir sus carencias y su irresponsabilidad. Y lo grave es que encuentran cajas de resonancias que alientan el disparate y lo proliferan…”

Más adelante, Mora coincide con Margarita Paz Paredes, al comparar a Galguera, más que emparentarlo con César Vallejo, al expresar:

“Me atrevo a decir, de Ramón, que es el César Vallejo mexicano. ‘Me moriré en París con aguacero’, escribió el extraordinario poeta incaico, en dramática premonición. Galguera expresa, en su poema “De la muerte verdadera”: ‘Los que pasamos, pero no pasamos,/ porque al pasar nadie nos ha mirado./Los que estamos tan solos/ que no podemos preguntar siquiera:/ ¿cuándo fue el girasol condecorado?’

”Es posible que los que desconocen la poesía del tabasqueño, consideren que se trata, al cotejarlo con Vallejo, de una comparación hiperbólica. Pues bien: preocúpense por conocer su obra. Búsquenla. Procuren la hazaña del descubrimiento. Cuando esto suceda, la joya se hará presente en su mágica excelsitud, en el ámbito de las letras hispanoamericanas.”

Ciertamente, la poesía de Ramón Galguera Noverola, escrita siempre bajo el amparo de la soledad y de la melancolía, refleja su ánimo torturado, la asfixiante angustia que siempre lo acompañó desde sus primeros años de vida. La falta del padre, asesinado cuando él contaba con pocos días de haber nacido, fue causa determinante de su ánimo desolado; su falta de fe y de seguridad en sí mismo, hicieron más difícil su tránsito por la vida y, su ensimismamiento rayano en la misantropía, lo alejó por completo de los círculos literarios —a los que se acercó exitosamente, a raíz de la publicación de Examen de primer grado— lo que trajo como consecuencia el desconocimiento casi total de su excelente obra poética.

Hacemos nuestras las palabras de don Manuel R. Mora, en el sentido de invitar a quienes desconocen la obra de Galguera, a buscarla y “procurar la hazaña del descubrimiento”.

Es todo por hoy, amables e hipotéticos lectores, les invitamos a leernos el próximo viernes, día de la brujería, en este mismo espacio de su diario favorito, “El Correo de Tabasco”, si los hados nos resultan propicios y el destino o una tizana de toloache no nos alcanza.  [Escrito por: Jorge Priego Martínez]




PERDIDO DE ENCONTRARME

Te estás allí
con la sonrisa siempre de perfil,
dándole vueltas a una idea terca,
a un propósito sin sentido,
con una mosca que se te mete
por los ojos
y habla del pudridero
que es el mundo.

Estás perdido de encontrarte
todas las noches,
a cada minuto.
Estás perdido y no sabes,
y no quieres llorar,
y no podrías llorar,
quitarte esa sonrisa
de ínfimo girasol
crecido entre la noche.

Vengo a buscarte
para que me digas:
en qué profundas naves
exiliaste a la tarde?

Se estremecen los muros,
ensordecen, como las amapolas
y como los vidrios
de todas las ventanas apedreadas,
esos timbales epilépticos.
En qué profundas naves
exiliaste la tarde?
Y nada dices
y un trago se te mete
como río de blasfemias,
porque no sabes, no quieres,
no podrías llorar.

A veces te digo
que allá, afuera,
en el arroyo de la calle,
un niño está viéndole a los ángeles
sonrisas como pájaros de harina;
que es mejor caminar,
caminar largo, sin rumbo fijo,
mejor que estar aquí
sacándole los ojos a la noche,
escupiendo hacia dentro
con el asco indistinto
de estar vivo o estar muerto,
pero no sabes más que estar aquí
hurgando basureros pestilentes,
aguardando la derrota total, definitiva.

Cada vez se te asfixia
más la aurora y yo te digo:
Ramón Galguera, buceador de nieblas,
amargo capitán de un barco ebrio,
mata si quieres pero no te quedes
con ese proyectil entre los ojos.
No, no vendrán aquí,
tendrás que irte,
debers buscar como se busca el sueño:
cansándole los pasos al desierto
de ser flecha de insomnio,
navegante nocturno;
pero sé bien que no vas a dar un paso:
te quedarás aquí, inamovible
como una fecha histórica,
con el asco indistinto
de estar vivo o estar muerto.





El pequeño afán

Madre, yo quiero ser la indescubierta
fuente que mana largos espacios musicales
en el jardín de vida subterránea.
Una cosa tan fácil, tan humilde
que empiece a deletrear los horizontes
y acaso ni ella sepa por qué existe.
Quiero ser una cosa tan sencilla,
que los ojos me vean sin mirarme
y ni una voz se acerque a mis orillas;
una cosa tirada en el camino,
huérfana de recuerdos y esperanzas,
simple de no encontrar cumbre ni abismo.

Pero los hombres, madre, no comprenden,
no saben de este dulce milagro de ser,
en el concierto de todas las doradas maravillas,
una cosa sencilla.

Una vez tuve un sueño, una ilusión, un vivo
deseo de diamante, de estrella, de universo,
pero pasó tan raudo, tan fugaz,
que no tuvo tiempo para acogerlo
el nido de mis manos.
Una vez tuve el hondo deseo de hundirme
-lodo, harapo y escoria- al lirio,
milagroso de no tener espinas.

Tuve un amor. Te juro que en sus voces había
una seda de antiguos dobleces y una dulce
consolación de aromas, de ungüentos y alcanfores;
que la copa del bien en sus manos se abría,
que era como la blanca sandalia de la aurora,
musical como un árbol florecido de trinos.
Te digo que en sus ojos hubo siempre una clara
frescura de eucaliptos, de gasas mentoladas,
que sus anchas pupilas de mares sin orilla
fueron una agua absorta de impulsos contenidos;
que sus sonrisas alas, leves como las brisas,
rodaban en un aro de goces infantiles.

Tuve un amor. Las hojas del almendro han caído
y en una de esas hojas, barca de aéreos mares,
la última esperanza de cantar he perdido.

Madre, cómo pudiera encerrarme en la noche
de no saber del bien ni del mal de los hombres
y así, esperar tranquilo, con la mirada limpia,
la barca para el viaje largo y definitivo.




Ramón Galguera Noverola en la poesía tabasqueña

By Audomaro Hidalgo
  



Ramón Galguera Noverola. Ilustración de Alejandro Hernández-García.

Recientemente se cumplió el centenario del nacimiento de Ramón Galguera Noverola (1914-1979). Y porque las “celebraciones centenarias aturden”, como escribió Efraín Huerta, poeta mexicano del que también celebramos su centenario este año, valdría la pena detenernos a leer la obra de Galguera y preguntarnos cuál fue la aportación que éste poeta le hizo a la poesía escrita en Tabasco.

Ramón Galguera Noverola nació en el viejo San Juan Bautista el 28 de junio de 1914. Estudió la primaria y secundaria en Villahermosa, posteriormente se traslada a la Ciudad de México para ingresar en la Escuela Preparatoria “Coyoacán” y en la Escuela Nacional Preparatoria, en donde fue alumno de Carlos Pellicer. A partir de ahí comienza una amistad ininterrumpida entre ambos. Por cierto, otro poeta nacido el mismo año que Galguera, pero en la capital del país, del que también se cumplieron cien años de su nacimiento, Octavio Paz, fue alumno de Pellicer. ¿Se habrán conocido Paz y Galguera? ¿Fueron compañeros de cursos? ¿Hablaron alguna vez? ¿Caminaron juntos “entre San Ildefonso y el Zócalo”? Lo cierto es que en 1934 Galguera abandona el clima de agitación política, efervescencia literaria y artística de la capital y regresa a Tabasco. Tiene veinte años. En Villahermosa trabaja como periodista y empleado bancario, participa en campañas políticas y es orador oficial en actos públicos: descuido de la vocación, falta de roce intelectual y de experiencias artísticas, carencia de lecturas, disciplina relajada. La marisma del trópico como una ola de calor que todo lo envuelve y hace más hondo el aislamiento; el transcurrir sosegado del tiempo como un río sin corriente aparente y sin embargo…. Casi dos décadas después de haber regresado a Tabasco Ramón Galguera Noverola publica su primer libro de poemas. Tiene treinta y siete años.

Ramón Galguera Noverola es autor de dos libros de poesía, Examen de primer grado (1951) y Solar de soledades (1964). Ambos títulos, al igual que un puñado de poemas no coleccionados en libros, pero publicados en periódicos y revistas de la época, así como una muestra de fotos junto con una compilación de notas, comentarios y opiniones sobre su vida y obra, aparecen reunidos en Nocturnos horizontes (Secretaría de cultura, 2003). La edición deja mucho que desear. El libro no tiene solapas. La tipografía de los interiores es Times New Roman, un tipo de letra que prácticamente ha dejado de usarse en la edición de libros actuales. El color de la portada y contraportada es gris ceniza, lo cual impide leer las minúsculas letras ¡negras! con las que está escrito el texto de la cuarta de forros. También aparece una foto pequeña del poeta en la que viste –para no variar– un saco oscuro. En la portada hay un dibujo suyo hecho por Rosario Mora y debajo, en letras amarillas, el título: Nocturnos horizontes. Ésta última palabra aparece en tamaño un poco mayor que “nocturnos”, sin duda para causar un efecto por contraste y dar a entender que los “horizontes” siempre se están ensanchando, o mejor dicho extendiéndose, sólo que está vez no a lo lejos sino a lo ancho de una portada de cartulina couché. Por lo menos el editor se compadeció del lector y decidió poner en blanco el nombre del autor. De verdad que todo poeta debiera merecer ediciones sobrias pero bellas de sus libros, sencillas sin ser descuidadas, diseños (internos y externos), bien trabajados. En pocas palabras lo que se demanda es mejor gusto de los editores.

El evidente conocimiento de la métrica que pone en práctica Galguera Noverola en muchos de sus poemas lo acerca a Carlos Pellicer, maestro del verso y la música del poema”

Los textos sobre la vida y obra de Ramón Galguera Noverola, compilados al final de Nocturnos horizontes, escritos casi todos por amigos y conocidos del poeta, revelan opiniones extravagantes, comentarios entusiastas y lecturas superficiales. Quisiera comentar algunas. La primera es de Manuel R. Mora: “Me atrevo a decir, de Ramón, que es el César Vallejo mexicano”. Y más adelante: “Es posible que los que desconocen la poesía del tabasqueño, consideren que se trata, al cotejarlo con Vallejo, de una comparación hiperbólica”. ¿Nada más hiperbólica? De verdad que causa asombro leer opiniones de esta naturaleza. Entonces, si Galguera Noverola es el Vallejo mexicano hemos encontrado el eslabón perdido de la tradición poética hispanoamericana. No, Ramón Galguera Noverola no es ni fue el César Vallejo de México. En la obra del peruano hay una profunda renovación del lenguaje poético en lengua castellana (Trilce); hay varios caminos de exploración estética (poema en prosa, novela,teatro); también una breve parte teórica (El romanticismo en la poesía castellana). Ninguna actitud similar encontramos en la obra de Galguera, siempre en lucha con su yo interno mantenida en una sola forma de expresión artística. Es cierto que en ambos hay dolor, sólo que César Vallejo logra trascenderlo para que se escuche no su voz individual y concreta sino la voz del lenguaje, en su caso ese lenguaje es el de la conciencia de un pueblo único y específico: los indígenas del norte de Perú; en cambio en Ramón Galguera asistimos a una lucha angustiante con su yo interior, con sus fantasmas y sus resignaciones, un combate que muchas veces termina en un tedioso monólogo y una exposición sentimental. En 1952, durante tres noches, Carlos Pellicer ofreció una conferencia sobre la poesía tabasqueña en el Instituto Juárez. Al hablar de Galguera Noverola dijo: “…es un poeta típicamente egoísta. Toda su obra poética se establece sobre su propio yo; cuando externa sus ideas, no hace sino hablarse a sí mismo”. Es cierto lo que dice Pellicer, pero no es toda la verdad. Cuando Noverola se distancia de su yo que lo atormenta y logra transformar un sentimiento común en una experiencia colectiva al escuchar la voz interior que es la voz de los otros que también somos, nos entrega versos como estos:


Los que estamos tan solos,
los que nos vamos sin amor, sin odios,
sin huella de virtud ni de pecado;
los que estamos tan solos
que nada dimos, ni llevamos nada,
y no fuimos ni buenos ni malvados
los que pasamos, pero no pasamos…


Otro testimonio compilado es el de Francisco J. Santamaría. En su libro La poesía tabasqueña (1942) apunta: “Sigue este joven (Galguera) los rumbos de un verdadero poeta modernista”. ¿Modernista? Ser un poeta modernista en la década de los cuarenta era casi un anacronismo. El movimiento modernista, en México, había alcanzado su esplendor y consumación final con Enrique González Martínez. Los verdaderos iniciadores de la poesía moderna –que no modernista– en nuestro país fueron Ramón López Velarde, José Juan Tablada y Carlos Pellicer. El poeta-filósofo Ramón Xirau se ha dado cuenta de que la poesía mexicana pasaba por un impasse en la década del cuarenta, a pesar de que “seguían escribiendo los mejores poetas de México: Enrique González Martínez, Alfonso Reyes, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo y se afirmaba el que vendría a ser verdadero fundador de las nuevas corrientes poéticas: Octavio Paz”. Pero Xirau olvida ¿omite? un hito importante. En 1944 aparece Los hombres del alba, libro que le descubre a la poesía mexicana la presencia de la ciudad como el escenario central de los acontecimientos humanos y en consecuencia, del suceder histórico. Del mismo modo que en ciertos libros de Pablo Neruda escuchamos el mar (Memorial de Isla Negra, por ejemplo), en este de Efraín Huerta la ciudad no es un adorno de fondo o una mera alusión sino que se siente plenamente, con su crecimiento urbanístico y demográfico acelerado, con su ritmo diario, con la voz de su gente y el ruido de las calles y avenidas. Sentimiento ambiguo, la gran ciudad suscita nuestro amor y nuestro odio al mismo tiempo. La ciudad fue el espacio por el que transcurrió la segunda mitad del XIX y quizá la historia del siglo XX.

Por último, Margarita Paz Paredes publicó la nota “Imágenes de la angustia. Notas sobre la poesía de Ramón Galguera Noverola” en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (Julio, 1951). Este texto también está recogido en Nocturnos horizontes. La señora Paz Paredes fue la primera en aproximar los nombres de César Vallejo y Ramón Galguera en su artículo. La verdad es que al asociar a estos dos poetas incurrieron, ella y Manuel R. Mora, en un acto de injusticia estética. Ya expuse algunas razones que me impiden creer esta idea esbozada a la ligera. Paz Paredes también habla de “una obra extensa y variada”. No, la obra de Galguera no es extensa sino todo lo contrario, mucho menos es variada. Solamente escribió dos libros de poemas y en su escritura no hay exploración estilística ni crecimiento poético. Fue un escritor digno, en el sentido que empleó casi todos los metros con acierto, además nos dejó varios sonetos bien escritos, aunque a veces en alguna de estas composiciones el número gana a la idea:



No tengo otro recuerdo de ti sino la prisa
con que te esfumas siempre antes que en tu alma incube
la voz de la pasión que por tus brillos hube
cuando sentí el aliento sonoro de tu brisa.



El evidente conocimiento de la métrica que pone en práctica Galguera Noverola en muchos de sus poemas –conocimiento al que nadie hace referencia en ninguna de las notas y textos que acompañan a Nocturnos horizontes– lo acerca a Carlos Pellicer, maestro del verso y la música del poema. Esta es una semejanza importante entre ambos poetas, pero nada más. Los temas de Galguera son otros. Otras sus obsesiones y angustias.

Resulta fácil comparar a Ramón Galguera Noverola con Carlos Pellicer para darnos cuenta de las diferencias entre ambas poéticas. Se ha dicho hasta la saciedad, tanto que se ha vuelto un lugar común, que Noverola es un poeta de la soledad, la noche, la angustia, la melancolía y todos esos estados que han gozado de un prestigio ya desgastado en la poesía. Apenas leemos la poesía de cada uno de ellos advertimos algunos de los rasgos que las caracterizan. Pero la diferencia más importante entre ambos poetas es que en Carlos Pellicer sí hay una visión del mundo, una mirada que lo ordena y lo trasciende, una verdad que se vive hasta confundirse con ella. Todo está vivo en Pellicer. En cambio en Galguera sólo existe un sentir la realidad, un drama anímico casi siempre personal, de tal modo que lo que siente o imagina termina acorralándolo:



Un perro negro busca devorarme las manos
y no puedo gritar,
ni siquiera gritar
porque dirían los nombres y las cosas:
encerradle en un pozo,
en el peor agujero
en la tiniebla nauseabunda de los leprosos



Pero cuando se acuerda de hablarle a los otros para seguir hablando consigo mismo, a través de esas “rutas internas” en la hora más callada, de su ámbito solitario Ramón Galguera nos arroja esta imagen de verdad escalofriante:



Estamos con las flores
del pantano sobre los hombros



O nos confronta recordándonos la fragilidad de nuestras certezas y esperanzas:



Quién no sintió mordida su estructura
su catedral de acero, su columna



Pese a los casi quince años de publicación que separan al primer libro del segundo, su lenguaje es básicamente el mismo. Galguera Noverola no pudo o no supo desprenderse de ese tono un tanto romántico ni abandonar el color nocturno de su escritura. En ocasiones molesta su decir sentencioso y tajante (¿huellas de su afición a la oratoria?) para enfatizar su sentir. A veces sus frases son demasiado largas y prosaicas. La extensión media que caracteriza a sus poemas permite que a muchos se les vean las costuras: no sabía cómo terminarlos, acaso porque en su interior no habían madurado o no estaban resueltos. (Curiosamente dos de sus mejores poemas, “La fuga inevitable” y “Obligado viaje”, tienen como tema la partida, su ausencia). Otros textos muchas veces trastabillan, cojean y algunos francamente se caen. En sus composiciones más largas hay rodeos, vaguedades alrededor del motivo central. Por su temple y por la naturaleza de sus obsesiones –muerte, soledad, ausencia, etc.– le hubiera venido bien el poema corto: condensación de la idea en dos o tres estrofas de versos precisos, como los pareados octosílabos sin rima de uno de sus primeros textos, “El niño del trapo rojo”, poema canción que seduce por la limpidez y concentración del lenguaje y la espontaneidad de las imágenes:



El niño del trapo rojo
vino en las ondas del agua.



Por los cabellos de alambre,

oscuras manos del viento.


Leche de estrellas la frente,
y una caracol en las manos.


Ay, a las tres de la tarde
se fue camino de Triana.

Era de seda el vestido,
llevaba espada de miel.


Ay, a las seis de la tarde
doble crepúsculo vemos



La gran ausente, el hueco en la poesía de Ramón Galguera Noverola es la mujer, “presencia de esfumados contornos”. Lo que Galguera Noverola vive –y padece– es el otro rostro del amor: abandono, partida y ausencia son estados permanentes que vuelven angustiantes su existir. Temperamento solitario, ninguna pasión lo consume, ninguna pasión lo exalta. Su drama, profundamente religioso, no es con su conciencia sino con su persona. Ahí donde principia la conciencia también comienza el lenguaje. Galguera Noverola no fue el creador de un lenguaje poético sino que vivió sumido en su exacerbada atención al yo: “ojos volcados / a las simas internas”. Esto hace que los demás aspectos de la realidad se pierdan: los estímulos exteriores aparecen muy poco en sus poemas. No es que sea malo, todo lo contrario. Pero en él esta inclinación hace más explícito el desamparo que vive. Este es el tema de varias de sus composiciones, especialmente en poemas como “El niño del trajecito blanco”, “El niño de las ventanas oscuras”, “El hijo de la diosa verde”, “El niño de los lirios irredentos”, etc. Niño, hijo: figuras de la inocencia, también del abandono.

Galguera Noverola sabe que “l´amour est a reinventer”, pero ante la responsabilidad y el compromiso que exige una idea semejante, retrocede y opta por una triste resignación frente al sentimiento amoroso:



Se dice amor todos los días
como se aborda un tren
o se muerde una fruta,
pero mirar de frente esa palabra
y volverla a esculpir,
y levantarla
para que tenga nueva luz
y viva…

De eso mejor callar, ni una palabra,
únicamente el lento y silencioso
masticar de las yerbas amargas.



Si el amor vivido en plenitud colma las horas y le da consistencia a la realidad, “el amor llorado a solas” en Galguera va unido a la percepción que tiene del tiempo, el cual actúa como agente calmado pero puntual en la descomposición del entorno y de los hombres:



deshace sus pirámides el tiempo,
languidecen las cosas,
diluyen sus contornos.



La mujer es el vínculo verdadero entre el hombre y el mundo, es conocimiento y hogar, es una invitación a abandonar la carencia y la posibilidad de volver a enlazar los pronombres: tú y yo en el nosotros del comienzo. Gracias a la mujer la realidad adquiere cuerpo, por ella aprendemos a esculpirle una forma al tiempo. Así, Galguera Noverola recuerda los días de esplendor:



En ti fundé la tienda de ventura,
amontoné los himnos verdaderos
y encontré el manantial y la escultura.



Ramón Galguera Noverola vivió los últimos años de su vida en la Ciudad de México. Se desempeñó como empleado de la Secretaría del Trabajo y viajó a California por motivos laborales. Vueltas de la vida: murió en la misma ciudad que había abandonado con apenas veinte años cuando aún era estudiante. Pero Galguera nunca fue un poeta de la ciudad. En su obra la ciudad es sólo un esbozo o un matiz, no una presencia. Demasiado arraigado al territorio natal, el ambiente muchas veces soporífero del trópico se apoderó de él. Aquí escribió sus dos únicos libros. ¿Qué leía? ¿Con quién hablaba?

Galguera Noverola fue un precursor y no un renovador como Carlos Pellicer. Después de éste, el poeta nacido en Tabasco que de verdad incidió en la tradición poética mexicana es José Carlos Becerra. No menciono a José Gorostiza porque salvo por su primer libro, Canciones para cantar en las barcas, no hay señales que hagan referencia a la tierra en que nació, de donde se lo llevaron con apenas unos meses de existencia. El temple reflexivo de Gorostiza no era el de una gente del trópico sino del altiplano. Muerte sin fin es la mejor prueba de lo que digo. Ramón Galguera le aportó hondura a la poesía escrita en Tabasco, pero en el ámbito nacional su acento, su tono ya existía (López Velarde, Nervo, Othón). En cambio la voz de Pellicer va ser escuchada por primera vez. Pellicer oxigena a la poesía escrita en México. El continuador de Ramón Galguera Noverola se llama Ciprián Cabrera Jasso (1950), sobretodo en sus primeros libros. Por cierto, hay una simetría funesta entre estos dos escritores: ambos intentaron suicidarse, Galguera dos veces y Cabrera Jasso…Porque las conocemos, algunas cosas no deben repetirse.

Hay momentos de su poesía que me seducen, sobretodo cuando Ramón Galguera Noverola se aparta de su voz muy personal y logra escuchar la voz otra que viene del fondo de uno o del lenguaje, concentrada llama que se esculpe en silencio:



Con esa nieve, a llamas conseguida
tras un arder nocturno entre la lumbre
de ser hielo en las vastas soledades


Villahermosa, 30 de junio de 2014.






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