jueves, 22 de noviembre de 2012

FABIÁN RIVERA [8520]



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Fabián Rivera (Tuxtla Gutiérrez, MÉXICO 1984). Ha colaborado en publicaciones periódicas y revistas de circulación nacional y estatal. Ha participado en encuentros literarios y lecturas en varias partes del Estado y la República. Publicaciones: Antología Arbitraria de Poetas Jóvenes de Chiapas (Edysis, 2005); Voces que maduran en su caída, (Unach, 2006), 13 poetas de Chiapas: 1970-1986 (Punto de Partida, Unam, 2008). Premio universitario de poesía Joaquín Vásquez Aguilar (Unach, 2006); Premio de Poesía DFectos Literarios (REDNELL, 2008). Sus inquietudes lo han llevado a incursionar por el periodismo y la narrativa —uno que otro cuento—, oficiar la corrección de estilo y colaborar tareas diversas, relacionadas con la literatura. Actualmente forma parte del consejo editorial de la revista de poesía alternativa Vozquemadura y del sello editorial Jex, en el cual próximamente publicará el título Para un altar en llamas.





De Errar

(paréntesis)

Pensé
en el juguetero lleno de polvo
que nunca me dio nada
(ni una sonrisa
queriéndome arreglar la cara).
Pensé en el pan,
en la taza,
en el humo que de su calor
se desprendía,
y en la cuenta
tras la cuenta de los días
junto a ella.

Pensé
en los vestidos,
en los chalecos que cosía
entre los gestos
que protegieron su añoranza,
sobre la silla que albergó
sus entrañas miserables e infinitas.

Pensé
en el día de su muerte,
en cómo dijo

sin mover un dedo......... (un adiós)
en cómo dijo aquellos labios
que esbozaron, presurosos,
el asco de la vida
que vio derramarse a nuestro lado
con la belleza
de aquel vaso que se aguarda
y escapa a nuestro tacto
un día de sed
y de rupturas.





(alumbramiento)

a mi madre
No tengo para darte más que palabras
y mi cuerpo que se debe a tus caricias.
Lleno mis manos con palabras
pues son lo único que sé,
el clavo y la madera con que armo
los cimientos que han de cobijarte.

Lleno mi boca con palabras
como una leche tibia,
agua en que lavaste
mi pequeño rostro tantas veces:
tu aire, susurrante,
pedía que me irguiera como un hombre,
y mis manos
mi boca –la mirada–,
mis brazos,
mis piernas,
mis plantas
y mi voz,
a ti se deben.

Me tienes a tu lado
aún en la distancia,
conservas el abrazo promisorio,
la caricia primera que me cura,
las palabras,
el consuelo de mi carne dolorida.

Te deseo como el sol ama en silencio
a quienes beben de su luz,
y estás aquí,
te descubro siempre
como el más alto tesoro de mis días.






(una gota parla sobre el ojo demolido)

Pido perdón por omitirte
por no buscar para tu ausencia una respuesta.
Pido perdón por el momento
en que anunciaste tu partida
y mis lágrimas fueron para ti
una ofrenda sin sentido,
no ya el recuerdo último
antes que partieras.
Ahora sólo tengo para mí
lo que me falta,
tu aire que sostengo,
tus ojos que no callan,
lo último de mí que desea respirarte
como la tierra que en su abrazo
secular te toma:
tomo tus labios derrumbados,
tu ausencia derramada entre los cirios
que desean honrarte y no lo logran.


Qué porción de paraíso nos espera,
pues cada quien acoge el suyo y lo atesora.

Yo muero como tú,
morimos sobre el mismo vientre
pero a ti se te concede
la fortuna del descanso.






(herencia)

Es la cobardía la mayor de mis herencias.
Convalezco. Frente a todos convalezco.
Mis órganos perdieron la oscura voluntad que los describe.
Y la mirada turbia, aquella piedra,
rompe la quietud del mismo estanque.

¿Por qué insiste, diáfana en su hambre y su contorno,
por qué insiste en penetrar el mismo espejo,
hacerse líquida de abismos?






Aclaración preparatoria

Busca ahogar tus penas con los libros.
Prueba llorar como los héroes
de los que incansablemente hablas.
No requieres compañía:
las letras son tu bálsamo,

¿podrás apagar tu sed con tanto polvo?

Escribe, escribe, escribe,
escribe como escribo esto:

¿Qué se siente tener a tu merced todos mis versos?






Anegado de una líquida virgen que me ampara

Con los pies ebrios de asfalto
Espero las membranas de la tempestad
En la más próxima lluvia

Su finitud
Se recuesta sobre la hierba
Y cruje mineral el río

                                La constelada soledad de mi garganta

Miro mis manos
Son una llaga en el vientre de Cronos
Tomo mi lengua
Siembro lentamente su veneno
Brindo una copa de viento
Una lenta música de gotas

Es una noche de labor y odio

Ceniza y vid
Musitan
           Sobre las entrañas del alba






CANTO A MIS ESPALDAS.
Ebrio me busco
en puentes de alcohol y de saliva.

De nada sirve que me hable
porque a mí nada me importa:
en mi almíbar pataleo (así gusto)
queriendo que el olvido me recuerde.

Lloro, idiota, destrozado:
a nadie conmuevo con mi llanto.

Lloro, fetal, en la escalera:
a nadie conmuevo con mi llanto.

Lloro, obsoleto, derrotado
—nada espero—
lloro con el vientre apuñalado:
ni al estiércol conmuevo con mi llanto.

No me culpo corazón de haber nacido.






Persistencia

1

Porque me impronto si tocará la puerta en la mañana. Si borrasca, agrieta la paciencia, sus ventanas. Si habré de desprenderme y su gástrico latido me reclame queriendo saciar la sed de sus cadáveres. Si hambriento de ruptura abreve del más cercano abismo y ella gima, derrotada.

2

Con la pluma a medias en la mano, las horas florecen a su tiempo: hilo en que gargantas anhelan siempre derramarse, arroja sus murmullos en la memoria del día, en las ácidas mieles del exilio.

Un gorjeo de verdugos enhebra mantos de luz: la noche, su diámetro de altura.

Terriblemente sutil, la niebla se bifurca.

3

Busco yacer tras una mirada. Al degollar mis párpados, el cúmulo de polvo, el envenenado verso, agonizan.

Las sombras del cáncer exhalan sus vapores. La estación que recorre esta ladera infértil morará entre las llamas del vidrio, en su voraz péndulo.

Aflijo mis quimeras: el insomnio, recinto azul fuego mis arterias: larva antigua mi pecho desde la entrega del cosmos es imposible el caracol niegue su deleite plano a plano que el sol traza.

Mi voz rompe toda tregua a la cordura
el río no termina de engendrar su nombre

4

La guadaña y el oriente concilian. Transpiraré así el rosal de las mordazas. Las avenido en simulacros de ala enjuta y dolorida cual si el último terrón del éter vagara por mi tierra.

Me abandono al cerrar la luz el pórtico, la pesada fiebre en que todos los Hubiera culminan. Renazco al cerrar los ojos su madriguera de cortinas, al anunciar los astros su partida
ocurro

5

La inobjetable horda de crepúsculos, gravámenes, otoño. Entre polvo, tránsitos y días, jamás pensé que dos monedas pudieran valer un lugar un sufrimiento, que pudieran acaso conservar intacto el peso del espíritu.

6

Cual tangente, en apátridas rincones, cosecho las auroras, apago las enfermedades  del silencio.

Conservo una rota melodía, abrasando las espaldas salitrosas del invierno

Un trozo de luz albergo. Surgen del Apenas las señales
el camino





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