domingo, 6 de marzo de 2016

ESTER FOLGUERAL [18.203]


Ester Folgueral 

(El Bierzo, León) es poeta, periodista y profesora de escritura creativa. Licenciada en Periodismo en Madrid; trabajó y colaboró en medios como El País, Canarias 7 o el Diario de León. Actualmente imparte talleres de creación literaria en Ponferrada.

Ha publicado cinco libros de poesía: Iucharba (1988), La espada azul (Premio Nuevas Escrituras Canarias, 1995), Memoria de la luz (Mención Especial Premio Manuela López, 2006), Lo indestructible (2010) y Toma de tierra (Gravitaciones, 2015), así como la plaquete La cuenta (2010) con grabados de Miguel Ángel Curiel y Juan Carlos Mestre.

Sus poemas han sido recogidos en antologías como Poesía para vencejos (Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2007), Sagrado Invierno (ed. Luis Carnicero, 2012) o Claraboya y sus amigos (Eolas, 2014).



No fue amor

«el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas»
(Alejandra Pizarnik)

Fue un jardín errante cerca de un río errante
donde crecían tulipanes negros.

Fue un relámpago interminable de deseo
lo que cultivabas sin esfuerzo en la noche,
un escorpión invisible, una sucesión
de cucarachas bajo los azulejos desconchados.
Un jardín errante
cerca de un río errante
de un deseo errante.

Fue la sombra de un duende travieso,
la mordaz espesura de un gigante infantil,
la mascarada de un corazón salvaje,
la canción inaudible de un desfile de muertos.
No fue amor.

Duele todavía como brasas mordiendo mi piel.

-

Voz y leche cuando visité el olvido
en la región de los charcos transparentes.

Un paso hacia la puerta del viento.
Dos pasos hacia el cazador.
¿Cuántos pasos da una liebre
hacia el destino de una bala?

Ahora el perfil de una nube parece
el perfil de mi memoria.

-

Fuego
más allá del aire
en lo que somos.

Moscas
para esquivar la muerte
por un día
en los cristales.

¿Con qué alas alcanzaré el invierno?

Sin vosotros,
esta casa
no es un lugar seguro.

-

La impostura tensa los rosales hasta deshojarnos la memoria.
No vayas al mar, porque allí, en la arena caliente, estará su respiración.
La impostura compra abecedarios y cuchillos usados en el mercado de disfraces.
No vuelvas al mar.
La impostura tiene un calcetín roto bajo mocasines de azul náutico.
No vuelvas al mar, a su respiración caliente sobre la arena.
La impostura tiene un tamaño similar a la ignorancia.
En el mar, si vuelves, estarán las gaviotas cerca del túnel, donde la boca
aspira la sal de la ternura muerta.





'Lo indestructible' (2010), colección 'Provincia' de poesía, que edita la Diputación de León, a través del Instituto Leonés de Cultura.



CONOZCO EL AGUA

Conozco el hambre del agua cuando duerme
entre estrellas en una charca oscura.
Conozco la vasija donde se hace el hombre,
el brillo de los renacuajos que lamen la luz,
las extrañas visiones de la niebla,
las edades del agua,
la fuerza del agua esculpiendo el mundo,
la humildad oscura transformada en diamantes.
Lo que siempre comienza.
lo que nunca termina.
Lo que canta en el agua.


***



No todo es resistencia,
pero los abismos precintados
llevan dentro pandoras de cartón
pudorosas
cuando se acuestan con el disfraz
de noviembre.

Las cajas
precintadas
orejas de muerto
y barbas imposibles de afeitar
sudan paz como niebla de valle.

Resistencia  ahora,
comer libros que saben a lluvia
y no envenenarse.

Resistencia,
no tocar el muerto
cuando el muerto tiene hambre,
y llorar como un bebé
bajo un árbol.

De los abismos
salen volando años hacia el sol
en fila
reptiles de los sueños.

Resistencia
ahora.


*

Se me olvida todo

Se me olvida todo. Pero este lugar fue un tiempo todos los lugares, ahora es todos los lugares. Un jardín de bolas de nieve que no se comen, el sabor de la luz en cucharas transparentes. La única escalera es respirar. Quién me visita es intocable y sus pensamientos son intocables como rostros ocultos en el resplandor de un día de junio. Todo lo que no es instante cansa. Escribir,  sonreír,  beber. Todo cansa, menos bajar los párpados y salir volando al infinito.

*


Atravieso los mapas de un país triste
-hay demasiado ruido en el mundo-
fatigada la boca

alas con sangre,
lavo los ojos con tus manos
y vuelo

cada silencio, lengua de los árboles

lo increíble
amor, sobre la rama rota
tu lengua de silencio

tu figura alta como chopo de río
o cedro del desierto
a punto de caer
sobre la arena

lavar las alas
cada silencio, 
lengua de los árboles



(Del libro “Toma de tierra”, Gravitaciones, 2015)

Uno de los móviles de la poesía arraiga en lo amoroso,
pero otro tiene su raíz en la violencia, en alguna clase de
rabia o intemperancia. [...] El poema, como el paisaje,
es lugar donde se nos permite hablar con los muertos;
también donde se nos permite sentir el dolor.

Olvido García Valdés


Algunas anotaciones para perderse 

Estas trazas no pretenden constituirse en prólogo; a lo sumo, son el intento de esbozar algunas sendas para adentrarse en la espesura poética que desde los primeros versos se despliega ante nuestros pies e invita a perdernos. Sendas que se desdibujan y se rehacen a cada vuelta de página, un puñado de anotaciones dejadas caer como miguitas luminosas para invitar al recorrido, si estas no acaban antes en el buche de esos pájaros ciegos y heridos que sobrevuelan los poemas. 

¿Qué palabra con sombra 
para nombrar la casa? 
¿Qué palabra salpica a los pájaros 
que vuelan como heridos? 


El libro está atravesado por apariciones y espectros. Vivos y muertos se reencuentran en las páginas y la linealidad del tiempo se hace añicos: ingresamos a una especie de tiempo primigenio en el que al nombrar muertos, nacen orugas musicales. Tiempo circular en el que subsisten esas sobras de amor que nadie recoge y en el que algo muere en algún lugar para sostener lo que vive. Como señala María Zambrano en la cita que acompaña unos versos: «Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo el tiempo», también aquí la palabra se curva operando en el pasado, dibujando agujeros de muerte en el sueño de los vivos. 


No entiendan los muertos que están muertos, 
y llamen a nuestra puerta 
como seres visibles que aún huelen las rosas. 


En estos tiempos de pugna por lograr visibilidad y reconocimiento, el ego del artista termina eclipsando y haciendo famélica la obra. Ester Folgueral sabe escuchar, aprendió a esperar la palabra necesaria, camina descalza (así anda su escritura) para entrar a esa habitación blanca y vacía en la que se escribe sin que nadie nos vea. Escritura coherente con una actitud vital cuya nota clave es el despojamiento, el deshacerse de todo lo sobrante, lo inútil, lo altisonante.

Su poemario consta de tres estancias porosas, comunicadas por la imagen de la toma de tierra. 

En la primera de ellas, El vulnerable animal, hay un descenso a las raíces, al árbol de la infancia, a un mundo en el que la casa abierta es atravesada por fantasmas y se camina a la sombra de los muertos. El tiempo vuelve sobre sus pasos y las palabras no alcanzan para nombrar, con los ojos desmesurados del niño que asoma al mundo sin defensas, ante una herida completamente abierta. Solo el niño ve al muerto en el espejo y la infancia dura hasta que comprendemos que no hay dulzura que encuentre duración en la lengua de los vivos. Mirar nuestra propia vulnerabilidad a los ojos y no olvidar esas criaturas que, en la insignificancia que les asigna la impostura adulta, aún sueñan lo que importa, aún cantan lo que importa. 

En El río lava el tiempo, hay un recorrido por la herida, por paisajes de lo que ha sido expoliado y, aun así, el atrevimiento de abrir la casa donde todos han muerto para alojar a los que quedan. La corriente de este río lleva las pérdidas, amantes que partieron o no tuvieron el valor de amar. Las despedidas. La memoria reconstruida y el reconocimiento de todas las muertes que sostienen lo que hoy vive. Y su agua es capaz también de lavar las heridas. Circulares como el río, reverdecemos sobre tanta hoja seca, vivimos de lo sumergido. Sanar en el interior del tiempo. Alimentar a los muertos que nos sostienen. 

La última estancia se titula Resistencia. Apurando el concepto de toma de tierra, resistencia es toda oposición que la corriente encuentra a su paso, cerrando, atenuando o frenando el libre flujo de los electrones (de las palabras). Cuando la resistencia es elevada, comienzan a chocar unas con otras y a liberar energía en forma de calor. Ahí, en ese punto de fricción y liberación, comienza precisamente lo poético. La palabra revelando todo su potencial, sacudiéndose la inercia de los circuitos normalizados. Esta es la paradoja de la palabra poética: lo que hace que la herida, como nos recuerda Anne Carson, irradie su propia luz. 

Resistencia: 
no tocar el muerto 
cuando el muerto tiene hambre, 
y llorar como un bebé 
bajo el árbol. 


En Resistencia la curación es posible. Hay un movimiento hacia la restauración que hace posible decir lo que importa, aunque sea con fragmentos, con restos de lo vivido: Hacer dulce lo amargo. Encender las rosas. 

Laura Giordani.  Mayo 2015 Prólogo de Toma de Tierra  (Editorial Gravitaciones, 2015)




Salir a gatas por las raíces, nuevo y sin nombre […]
Intentar hablar y casi conseguir
sanar en el interior
del tiempo y otras personas.
Ted Hughes




No entiendan los muertos que están muertos,
y llamen a nuestra puerta como seres visibles
que aún huelen las rosas.

Pero su sangre, arena.
Pero su pelo,
pelucas en el escaparate de la ciudad castigada.

¿Qué palabra con sombra
para nombrar la casa?
¿Qué palabra salpica a los pájaros
que vuelan como heridos?
¿Qué volumen de luz la palabra leche,
con el frío lamiendo sus pezones?

Nombras muertos y nacen orugas musicales.
La agenda del corazón siempre gana lo perdido.

No entiendan los muertos que están muertos,
y llamen a nuestra puerta
como seres visibles que aún huelen las rosas.





La serpiente escribe en piedras
con su lengua amorosa.

Con su lengua amorosa
el viento dibuja agujeros de muerte en el sueño de los vivos,
miel que no se guarda en un vaso de juncos.

La serpiente escribe
que la miel no dura en la lengua de los vivos.





Aquí los vivos comen luz caliente
con cucharas de hueso.
Las tallaron los pájaros
en jardines abandonados.

Toma de tierra.
Todo hombre es un árbol:
sus extremidades ramificándose;
lo inútil
baja
a morir en las raíces.

Aquí los muertos comen la luz fría,
su ceniza alimenta nuestras hojas,
la fragilidad verde de la rama.






Las serpientes escriben en las piedras
con la lengua del frío.

Has de pisar con cuidado
los artificios del verano,
lleno de podredumbres,
que esconde entre sus nidos
el veneno del miedo.

La lengua del frío escribe
sobre el musgo amarillo.
Ve letras
que duermen en el fuego.
Las come.
Se arrastra con ellas en la lentitud
de los solitarios,
que desarman su corazón
como una hoja en blanco.



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