domingo, 6 de marzo de 2016

TERESA GARBÍ [18.202]


Teresa Garbí 

Teresa Garbí nace en Zaragoza en 1950. Estudia Filología Románica en esa ciudad. Simultanea sus estudios con el ingreso, como alumna libre, en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge, en Barcelona.
Trabaja en el Colegio Universitario de Huesca, en Institutos de Lérida y de Valencia, en la Escuela Superior de Arte Dramático de Valencia y en la Biblioteca Valenciana.
Es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia.
En 2013 funda la editorial digital Uno y Cero Ediciones, junto a Ángel y a Guillermo López García; Ana Miralles y Emilio Ruiz, Francisco Moreno Fernández y Sergio Gaspar.

OBRAS

Grisalla, 1981; Espacios, 1983; Alas, 1987; Cinco, 1988; La sombra y el pozo, 1993; El pájaro solitario anida tras el muro, 1997; Una pequeña historia, 2000; El bosque de serbal, 2001, traducido al italiano por Luna Sanfratello, Aracne Editrice, 2015; La gata Leocadia y La gata Leocadia en la granja, 2002; El regreso, 2005; Desde el silencio, nadie, 2007; Leonardo da Vinci: obstinado rigor, 2009; Sakkara, 2015.
Otras publicaciones: Mujer y literatura (ensayo), 1997. Versión literaria de Der Kaiser von Atlantis, de Víctor Ullmann y Peter Kien. Ópera representada en el Palau de la Música, en el Teatro Talía de Valencia y en el Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante. Valencia, 1999. La vida entornada. (Libreto para espectáculo en homenaje a Juan Gil-Albert). 2004. Edición de El caballero de Olmedo de Lope de Vega, 2004. “Consideraciones sobre la imagen de Leonardo”, Archivo de Arte Valenciano, nº XC; págs.: 63-68. Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, 2010. Edición de Romancero gitano, de Lorca, 2011.




Fragmentos de CINCO de Teresa Garbí 
con fotografías de Emilio Ruiz



I

La lluvia duró millones de años. Se ha forjado
la luz de tanta niebla. Han caído interminables
dibujos, una sinfonía de formas. El orden lo ha
impulsado todo. He visto la música de líneas y
cuerpos que, desde siempre, agitan el espacio;
he visto la sombra de las sombras caer decidida
sobre un plano infinito.

El éxtasis es la cima del dolor, la nota que ya
no puede vencerse: el momento puro y ciego
en el que todo es intersección de caminos; ese
sonido que nace de otros, pero que es ya muro
y fin de un tenebroso pasadizo. Nada se rompe,
pero ahí está el final: tu cuerpo, espíritu de los
cuatro elementos que lo conforman.

Se conjuran las estrellas y el espacio que las
contiene, las aguas y el fuego que animan
a la tierra. No existen, sin embargo. Sólo
su sombra permanece, la perspectiva de su
rumor, esa descarnada interpretación que
subyace a la materia. Se pueden destruir los
elementos, pero no su arquitectura, la insomne
peregrinación de geometría, esos huecos con
perfil que desprenden las cosas, las voces y los
pensamientos.

Tú duermes en la cima del oleaje: eres su
encarnación, suma de todos los sueños, el
único sentido.          




II

El agua atravesó túneles, filtró cenizas y
polvo de distinta calidad para posarse en ti,
en las ondas de tu piedra.

El aire se dispersaba, arrastrado por fuerzas
durísimas.

La tierra era una simple brizna. Pasaron
espacios, brillos incandescente, que parecían
amortiguarlo todo.

El fuego anunciaba la vehemencia de una
imagen, armonía de todos los errores que
siembran el espacio de cuerpos.

El agua dijo: hago un murmullo superior
a las palabras, semejante al murmullo de la
vida, igual a un trémolo.

El aire era una fuerza con el mismo ritmo
de la tierra y de los astros. Todo lo empujaba
para dotarle otro orden, una iluminación, una
senda desconocida.

El fuego brotaba en el centro y le transmitía
su ardor.


La tierra dijo: el tiempo dispersa y disuelve,
dibuja con trazos duros y violentos aquello que
sólo puede captarse en melodías estrelladas.

En esa orquestación de elipses y líneas que
se engendran unas a otras y se acoplan y se
sustituyen interpretando la única melodía
posible que no sabe de cortes y medidas, allí
donde todo está acotado porque es la propia
medida.

El agua aclaró la imagen y, por eso, quedó
impura. Venas de fuego removían tenebrosas
nieblas y, luego, flotaban sobre la superficie.

El aire impulsaba una masa cálida,
removiéndola, girando.

Era el fuego, su paso fulgurante; era un dolor,
una penetración, una pantalla inmensa en
donde desfilaban todas las historias, la savia
de todos los paisajes eternamente repetidos.

Pero la tierra conoce algo más: polvo, hojas,
cristales y un sin fin de miradas errantes que 
nunca han podido fijarse en nada y que, tal 
vez, nacieron tras una ventana herida por 
miles de reflejos.

Algo removía el agua y se formaban círculos 
en su brillo plateado. Todo, al caer, dejaba su 
corteza en el fondo. Hubo cuerpos sumergidos 
en su corriente. Algunos le transmitieron su 
palpitación y su ritmo interior.

El aire se estiraba, se resistía a sumergirse, 
pero la presión de la humedad y de las hojas 
caídas, su propio peso, le obligaron.

Era el fuego quien le empujaba con un 
bloque de vapor.

Y la tierra depositaba su palpitación en el 
curso del agua. Dirigía las emociones de 
todos los seres, retenía el calor del fuego en 
la superficie.

Dijo el agua: yo soy el flujo eterno, la 
negación del tiempo.


Pero soy yo, el aire, quien retiene las 
imágenes. A veces algo destella y no se borra 
jamás. Por eso vine atravesando un túnel de 
hojas que se agitaban a mi paso.

Y yo, el fuego, hacía destellar el camino.

Te detuviste en mí, la tierra. Hubo un silencio. 
Me habías quemado enrojeciéndome con una 
llama. Cayó la oscuridad. Habíamos salido 
fuera de nosotros y éramos otro cuerpo, un 
solo cuerpo. 

Tuvimos, desde entonces, una sola voz, la 
suya.

Voz llamada silencio. Un silencio material, 
dibujo supremo, síntesis de todas las fuerzas; 
una evidencia que respira nuestra emanación: 
Tú que eres todo desorden, todo mezcla, todo 
infinito, espíritu en el que el tiempo revierte 
en eternidad.



III

El cielo de Sigüenza no es enteramente azul.
Se respira un aire cansado, un aire de incienso
y de ceniza. No es posible apreciar su color
con la nitidez de otros celajes porque un velo
cubre la ciudad y todo está ensombrecido por
el peso y la palpitación de un rumor interno.

El viajero sabe que, al respirar, comulga
formas transparentes, el dibujo de ese rumor.

Sigüenza es seca, sedienta, pero, en cada
rincón, se desangra en fuentes que parecen
adormecerse besando el desierto en el que
nacieron. No hay agua más destilada ni
más pura que la que aflora en el secano, a
borbotones, como un lujo supremo, pero, a la
vez, esperado. Al igual que en el rigor de la
muerte sorprendemos siempre el claro curso
de la vida.

El viajero ha oído hablar de la ciudad
inmortal; de lo imposible que resulta destruir
lo que el hombre, impulsado por altos
designios, ha construido. Pero él sabe que
un día, dentro de millones de años, o acaso
ocurrió hace mucho tiempo, todo estallará.

Y, sin embargo, viene a Sigüenza en busca
de la inmortalidad que sigue ahí, dormida
en un cuerpo, en un hombre que conoce
su inoperancia, pero que, por eso, por ser 
hombre, mantiene dignamente su ficción
hasta el fin de los siglos, cuando regrese a los
elementos que le hicieron nacer y, más allá,
a las hermosas construcciones de los átomos
en donde quiere pensar que su rastro dejó una
razón indeleble.

Dicen que en Sigüenza se nota la vigilia del
Doncel. Que no hay nadie vivo, que nadie
duerme. Que el sol hiere a los viajeros que se
arriesgan a conocer sus empinadas calles. Que
todo está apresado por ese velo que repite en
cada retícula una mirada del Doncel. Dicen
que, con el aire, se absorbe su cuerpo y se
conoce el misterio de todas las cosas y ya no
es posible escapar.

El campo duerme. A considerable altura
revolotea una bandada de vencejos. Todas las
calles parecen traspasadas por su vuelo y sus
cantos. 

En la llanura un río avanza penosamente
dejando tras sí una red de salinas. No se ve a
nadie ni aquí ni en la ciudad. Generaciones
enteras, desprovistas de color, de palabra, como
fantasmas que hubieran aceptado la muerte
desde siempre, dejaron en el camino la esencia
y la armonía de la música eterna. Esa música
que el viajero busca a través del vacío, olvidando
las formas y los cuerpos debajo de la materia.

Camina orlado por un aura húmeda y verde. Se
entrecruzan por arriba ramas de robles y chopos.
La maleza lame sus pies. Entre la luminosidad
que destella su propio cuerpo y los rayos que se
filtran por entre el verdor, se forma una cúpula
radiante que, por el sendero, se desparrama en
sombras rectilíneas.

El viajero no ha logrado fundirse con el
paisaje porque los árboles y el polvo del camino
parecen aún pintados, fragmentos cuya hilazón
desconoce. No ha logrado romper su aislamiento
ni ha podido rimar su palpitación con la del
exterior. Mira el cielo y los alcores y la silueta
diminuta de un lejano castillo conociendo
su distinta naturaleza y el dolor le llena de
melancolía.

Contempla el paso de antiguas comitivas.
Han acudido invocadas por ese tiempo eterno,
inmóvil, en donde todo se condensa. Son un
gesto, una línea que contiene la armonía de la luz
y la tragedia de la noche, un gesto que conoce la
verdad.

El caminante intuye esa verdad oculta en la
vegetación. Para alcanzarla quisiera olvidar
el brillo áspero de las encinas y de los robles,
el sonido sordo de las espigas, la sombra
estrecha que las hojas tejen sobre su camino,
el susurro de la vida. Porque él sólo desea el río
subterráneo, el significado de tanta apariencia.

Querría enfrentarse con ese aire destilado en
el que la nada y la luz convergen.
La búsqueda termina frente a un montón de
casas sobre las que surge, en lo alto, el castillo,
y, más baja, flotante, irradiando una dorada
luminosidad, la Catedral.

El viajero vuelve definitivamente a Sigüenza.
La vida es eso: dejarse mecer por los cánticos
sagrados, caminar por las calles errante,
tejiendo con sus pasos un laberinto, una
crisálida que sea respuesta al velo que lo
envuelve todo. Y, por fin, dejarse morir
hasta que la piedra nos convierta en piedra e
interpretemos su trama y su razón.

Una pequeña luna centellea sobre el castillo.
Se recogen las ovejas y los perros. Suena
el agua de la fuente, junto a la catedral. El
casco de algún caballo repica sobre las losas.
Desde la Alameda sube un rumor apagado de
paseantes. Cada uno interpreta su compás lo
mismo que las hojas y el aire. Todos son notas 
de la melodía única, de esa melodía que, en
Sigüenza, se ha encarnado en el cuerpo del
Doncel para dar sentido a la muerte y dotarla
de inmortalidad.

El empedrado está caliente, pero también
las fachadas y el pórtico de la Plaza Mayor y
los pinares que perfilan a la ciudad. A veces,
una sombra pálida, el hálito de la catedral, se
desplaza invadiéndolo todo y parece que el
aire quede transido.

No hay nadie. Pero el viajero sabe que es
imposible sentirse solo porque le posee la
soledad misma y los cuerpos y las sonrisas
tienen la dulzura dorada de los sillares y su
misma palpitación. Porque Sigüenza tiene
ritmo interior y puede ceder, abrirse, para
ofrecer un cobijo al caminante cansado.


Fragmentos de CINCO (Sobre el Doncel de Sigüenza) de Teresa Garbí y fotografías de Emilio Ruiz. Uno y Cero Ediciones.










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