martes, 22 de marzo de 2016

ADRIÁN DE PRADO [18.280]

San Jerónimo 


Adrián de Prado

Adrián de o del Prado fue un poeta barroco jerónimo español del siglo XVII.

Poeta español, nacido en Sigüenza (Guadalajara) en la segunda mitad del siglo XVI y fallecido en 1920 en lugar desconocido. Apenas han llegado hasta nuestros días algunos datos fiables acerca de su peripecia vital, gran parte de la cual debió de transcurrir dentro de la disciplina de una orden monástica (probablemente, la de los frailes jerónimos). Se ha atribuido a su autoría la célebre composición poética titulada Canción real a san Jerónimo en Suria (1619), cuya fama en su tiempo motivó su inclusión en el no menos conocido y celebrado Cancionero de 1628. Compuesto de veinte estancias y un envío, este extenso poema -que, por sus peculiaridades léxicas y sintácticas, se inscribe sin vacilaciones en la fecunda estela culterana abierta por los émulos de don Luis de Góngora y Argote- exalta la figura del santo que fundó la orden a la que se cree perteneció Adrián Prado, y refiere algunos de los pormenores de su vida, con especial atención a su período ascético como ermitaño y a su fervor sencillo y sincero por la oración.

Pocos datos se conocen sobre su vida. Su barroca Canción real a San Jerónimo en Siria tiene un arranque osado y consiguió celebridad por su retrato realista del paisaje, la persona y la dura vida ascética de San Jerónimo, de quien le interesa mostrar más los sufrimientos del penitente que la constancia del sabio y el saber del filólogo. Parece describir un cuadro del Santo hoy perdido, imaginario o todavía no identificado. El poema, incluido en el Cancionero de 1628 (editado por José Manuel Blecua en 1945) se reimprimió en Floresta de rimas antiguas castellanas de Nicolás Böhl de Faber (Hamburgo, 1821), quien fundó su edición en un pliego suelto sevillano de 1619 mucho menos extenso (130 versos frente a los 300 de las versiones más conocidas); de 1622 es una edición valenciana por Vicente Franco que altera el orden de las estrofas y añade una más que no aparece en el resto de las versiones, seguramente apócrifa, para completar el pliego; de 1628 es un pliego sevillano del que se conservan dos ejemplares en Londres; incluye al final una Canción a Nuestra Señora del doctor Agustín Tejada Páez. En 1629 hubo dos ediciones: en una recopilación poética llevada a cabo por fray Gerónimo de la Madre de Dios, Ramillete de divinas flores para el desengaño de la vida humana (Amberes, 1629) y la que contiene un pliego sevillano de Pedro Gómez de Pastrana, actualmente perdido pero conocido gracias a la edición que de él hizo don Justo de Sancha en 1849. Este impreso añade un Romance al Santísimo Sacramento. Se reimprimió con el romance "Al Santísimo Sacramento" en el volumen XXXV de la Biblioteca de Autores Españoles (1855) y más recientemente en la Floresta de lírica española de José Manuel Blecua (2.ª ed. 1968).

Obras

Canción del Gloriosíssimo Cardenal y Dotor de la Iglesia San Gerónimo, donde se descrive la fragosidad de el desierto que abitava, las fayciones del santo, y el riguroso modo de su Penitencia. Compuesto por Fray Adrián del Prado de la misma orden. Granada: Martín Fernández, 1616.



Apéndice

II

Transcripción del poema, siguiendo la edición de 1616

Canción del Gloriosíssimo Cardenal y Dotor de la Iglesia San Gerónimo, donde se descrive la fragosidad de el desierto que abitava, las fayciones del santo, y el riguroso modo de su Penitencia. Compuesto por Fray Adrián del Prado de la misma orden. En Granada por Martín Fernández. Año 1616.


  En la desierta Syria despoblada
cuyos montes preñados de animales
llegan con la cabeça a las estrellas;
tierra de pardos riscos engendrada,
de cuyos avarientos pedernales
la cólera del Sol saca centellas;
donde las flores bellas
nunca su pie enterraron
ni su algalia sembraron;
adonde tiene siempre puesto el Cielo
su pavellón azul de terciopelo,
y cuyas piedras nunca se mojaron
porque de aquí, jamás preñada nube,
por convertirse en agua al cielo sube.

  Aquí sólo se ven rajadas peñas,
de cuyo vientre estéril por un lado,
naçe trepando el mísero quexigo;
tienen aquí las próvidas Cigüeñas
el tosco y pobre nido fabricado,
de los caducos padres dulce abrigo.
Nunca el dorado trigo
halló aquí sepultura,
porque esta tierra dura
no ha sentido jamás sobre su frente
lengua de açada ni de arado diente,
ni el golpe de la sabia Agricultura,
sino sólo del cielo los rigores: 
fuego de rayos y del Sol calores.

  Están aquí los pálidos peñascos
sustentando mil nidos de Halcones
en sus calbas y tórridas cabeças;
y en la rotura que dexó en los cascos
el Rayo con su bala y perdigones,
por hilas mete el Sol salamanquesas;
y armado de cortezas,
por la misma herida
sale a buscar la vida
el enzino tenaz, sin flor ni hoja,
y en saliendo en los braços se le arroja
una higuera inútil, mal vestida,
a quien tienen del tiempo los sucessos,
desnuda, enferma, pobre y en los guessos.

  Ay en aqueste yermo peña rubia
que jamás la cabeça se ha mojado,
ni en su frente cayó verde guirnalda;
antes, para pedir al cielo pluvia,
tiene, desde que Dios cuerpo le ha dado,
la boca abierta en medio del espalda,
y de color de gualda
por entre sus dos labios
a padecer agravios
del rubio Sol y de su ardiente toque,
sale en lugar de lengua, un alcornoque,
cuyos pies corvos como pobres sabios,
porque a los cielos pida agua la roca,
no le dexan jamás cerrar la boca.

 Entre aquestos peñascos perezosos
levanta la cabeça encenizada
la cerviz recia de un pelado Risco,
de cuyos hombros torpes y nudosos
pende la espalda rústica y tostada,
con dos costillas secas de lantisco;
y del pecho arenisco,
también como costillas,
dos yedras amarillas
que por entre los cóncabos y guecos
van enlazando aquellos miembros secos,
pintando venas hasta las mexillas, 
las quales en su máscara de piedra
pegar no dexan la sembrada yedra.

 Tiene roturas mil este peñasco,
y en una, la Tarántola pintada
texe aposento con su débil hebra,
y el Áspid con su ropa de damasco,
assoma la cabeça jaspeada
por entre las dos rajas de otra piedra;
aquí la vil culebra
del lagarto engullida,
por escapar la vida,
pretende sacar chispas con la cola
del pedernal rebelde, que arrebola
con la sangre que sale de su herida,
y finalmente muere y dexa harto
el fuerte diente del cruel lagarto.

  Viénense por un lado deslizando,
un cobarde esquadrón de lagartijas,
tras el qual una víbora deciende,
que con la mayor dellas encontrando,
entre las muelas tardas y prolixas,
muele sus carnes y sus huessos hiende;
déxala muerta y tiende
el passo hazia adelante,
y en aquel mismo instante
al cadáver se llega el tosco grajo,
la verde abispa y negro escarabajo,
entre todos le comen sin trinchante,
dexando solamente el guesso y niervo,
para que lleve al nido el sagaz cuervo.

 Vereys aquí también de las hormigas
el tropel en exército ordenado,
yr a buscar el mísero sustento,
y no hallando auríferas espigas,
buelve con una arista que ha hallado,
una dellas cargada a su aposento;
otra con passo lento
arrastrando ha traydo
un caracol torcido;
trae una a cuestas una seca hoja,
y otra tirando della atrás se arroja; 
otras tres llevan una pluma al nido,
y desque riñen sobre un grano verde,
la que más puede, a la otra arrastra y muerde.

 Por un lado se va el risco arrojando,
y de los dos doblezes entre [ab]rojos,
se fabrica una oscura y seca ruga,
dentro en la qual veréys centelleando
del rubio Montañés los rubios ojos,
cuyo humor cristalino el Sol no enxuga;
y sobre una verruga
que de Iaspe morisco
tiene en la frente el risco,
veréys la veloz Águila sentada
en comer un cernícalo ocupada,
y abaxo, en otra quiebra, un basilisco,
y en otras mil roturas y rincones,
Ossos, Grifos, Serpientes y Leones.

 En el redondo vientre desta peña
labró Naturaleza toscamente
un aposento helado, claro, enxuto,
por una parte de color de alheña,
por otra parte azul y transparente,
propria morada de algún fauno o bruto;
tiene de intenso luto
que texen pedernales,
el suelo y los umbrales
dos remiendos que al bivo los pespunta,
y otros de una mezclilla do se junta
la esmeralda, safiro y los colores,
la qual librea, luego que amanece,
con passamanos de oro el Sol guarnece.

 A la pequeña boca desta cueva
hallan un melancólico ribete
los espinosos braços de una çarça,
la qual a cuestas por el risco lleva
la carga de sus crines y copete
hecho de seda pálida cadarça,
y para que se esparça
el esmalte y follajes
y las puntas y encajes,
de que lleva vestida con mil hojas 
la multitud confusa de sus braços,
y a trechos va poniéndose plumages
cuyas moras allí reciben luego
el Bautismo que el Sol les da de fuego.

 En esta cueva, pues, y en este yermo,
el Cardenal Gerónimo se oculta,
porque a Dios descubrir su pecho quiere,
y para vivir siempre, el cuerpo enfermo
en esta helada bóbeda sepulta,
que quien se entierra vivo nunca muere.
Pensará quien le viere
en aquel sitio bronco,
que es algún seco tronco,
que su flaqueza y penitencia es tanta,
que apenas le concede la garganta
sacar la inútil voz del pecho ronco,
porque con llanto y lágrimas velozes
negocia con su Dios, más que con vozes.

 Del edificio de su cuerpo bello
solamente le queda la madera,
con la media naranja que le cubre
los guessos digo, sobre el débil cuello,
la calva y titubante calavera,
que la piel flaca y arrugada encubre;
la qual sólo descubre
las enxutas mexillas
y disformes canillas
de la bellosa pierna y flaco braço,
el nudoso y decrépito espinazo
y el esquadrón desnudo de costillas,
las quijadas, artejos y pulmones
de aquellos pedernales eslabones.

 De la hendida barba mal peynada
caen sobre el pecho lleno de roturas,
las plateadas canas reverendas,
y vense por la piel parda y tostada
de los guessos, los poros y junturas,
y de las venas las confusas sendas.
Vense a modo de riendas
los [nervios] importantes
unidos y distantes 
ceñir los miembros de su cuerpo todo,
y desde la muñeca hasta el codo,
los que rigen el braço tan tirantes,
que con ellos la mano apenas medra,
que sus dedos aprieten una piedra.

 Tiene el Dotor divino alta estatura,
el color entre pardo y macilento,
delgado el cuerpo y grande la cabeça,
ceñido un brebe lienço a la cintura,
blanco y listado, pero ya sangriento
a costa de sus venas y aspereza;
los ojos de flaqueza
en el casco metidos,
turbios y consumidos,
de color verde claro como acanto,
pero ya hechos carne con el llanto;
quadrados dientes, anchos y bruñidos,
delgados labios, boca bien cortada,
y la nariz enxuta y afilada.

 La calba circular grande y lustrosa,
tiene por orla de pequeñas canas,
a las espaldas una media luna
y la frente quadrada, y esparzida
sobre las cejas fértiles y ancianas,
tres arrugas quebradas y una a una,
y la frágil coluna
del cuello, seca y monda,
descubre como honda
del cuello, del sustento los anillos,
desiguales, distintos y amarillos,
y de la nuez la cáscara redonda;
y vense luego de los dos costados,
los dobes de los guessos descarnados.

 Una rotura abrió naturaleza
en la cueva, por donde mete un braço
una jara que fuera nace y crece;
aqueste para dentro se endereça
del qual cruzando luego otro pedaço,
haze una Cruz que de Évano parece,
la cual quando amanece
entra a besar postrado 
el rubio Sol dorado
por la misma rotura, boca o poro;
en la qual Cruz está con clavos de oro
un Christo de metal crucificado
que, a no ser de metal y estar ya muerto,
mal sufriera el rigor deste desierto.

 Tiene este Crucifixo por Calvario
un roto casco de una calabera
que cuelga de la Cruz con un vencejo,
en cuya frente aqueste Relicario
tiene engastado: Soy lo que no era
y serás lo que soy, mísero viejo.

 Debaxo deste espejo,
en la tierra caydo,
tiene un bordón torcido,
un libro y los antojos en su caja,
y sobre un risco que la cueva ataja,
arrojado el Capelo y el vestido
que solamente a un risco se concede
sustentar un Capelo, y aun no puede.

 Delante desta antigua imagen tiene
el Perlado Ilustríssimo hincadas
en la peña, en dos hoyos, las rodillas,
la qual postura tanto le entretiene
que están las losas por allí gastadas
del assiduo exercicio de herillas.
Aquí se haze astillas
con un mellado canto,
el pecho, hasta tanto
que baxan de su sangre dos arroyos
a henchir de la tierra los dos hoyos
que le ha hecho en la cara el viejo santo,
el qual assí le dize cada instante
a su Crucificado y tierno amante:

 Señor, si tuve hecho piedra el pecho
con esta piedra ya, sin darle alivio,
carne le hago por sacar más medra;
y si en la piedra yo señal no he hecho
con lágrimas y llanto, como tibio,
basta que haga en mí señal la piedra.
Ya veis que no se arredra 
de mi espalda mezquina
la dura diciplina
y estrecha cota de un silicio tosco;
y que en aqueste yermo no conozco
sino el sustento que me da una enzina
por piedras que le tira el braço anciano,
por tener siempre piedras en la mano.

 Bien veis que bebo de agua turbia al dia,
la que el poroso nudo de una corcha
saca del vientre vil de una laguna,
y que no tengo aquí por compañía
sino del cielo la veloz antorcha
y la cara inconstante de la Luna.
Esta vida importuna
me tiene como un leño:
no me conoce el sueño
ni quiero sino sólo el de la muerte,
del qual hazed, Señor, que yo despierte
a gozaros sin fin; porque si dueño
no me hazéys de las lucidas moradas,
el cielo hé de pediros a pedradas.

 Acaba ya, Canción, lo dicho baste,
que como te criaste
entre peñas y riscos y aspereza ,
es tal tu tosquedad y tu dureza,
que al santo mío que alabar pretendes,
quanto le ensalças pienso que le ofendes.

LAVS DEO 


La difusión popular de la faceta eremita
de San Jerónimo en el siglo XVII español

Por Ana Isabel Martínez
http://ler.letras.up.pt/uploads/ficheiros/3479.pdf






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