miércoles, 12 de octubre de 2016

VALENTÍN DÍAZ [19.271]


Valentín Díaz Marijuán

Nació en Burgos en 1951, estudió en el Liceo Maristas antes de irse a Madrid a cursar Periodismo. Periodista, trabajó en RTVE desde 1975 hasta 2007 siendo miembro de la Junta Directiva de TVE con Pilar Miró y corresponsal, luego, en Budapest, México, Lisboa, Miami y Moscú, cubriendo, entre otros muchos acontecimientos internacionales, el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, las guerras de Croacia y Bosnia y la rebelión zapatista de Chiapas. 

Premio «Antena de Oro» en 1986. Fue director del Centro de TVE en el País Vasco, de los Centros Territoriales de TVE y del Centro de Producción de TVE en Canarias. Entre 1977 y 1982 formó parte del Comité Organizador del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, dirigió la revista de literatura Kantil y fue corresponsal en el País Vasco del semanario Cuadernos para el diálogo. Co-autor de una monografía sobre Stanley Kubrick y del libro La Masonería en persona(s), ha colaborado durante muchos años en muy diversos diarios y revistas.

Autor del poemario Sueños de jazz (editorial Sapere Aude, 2016).

  


Sueños de jazz (editorial Sapere Aude, 2016).



SUEÑOS DE JAZZ

I

Hoy he visto la ciudad de mis sueños,
aquel fragmento de noche inacabado
con los mismos enigmas repetidos.
He tardado una vida en ese viaje
a la ciudad sin nombre del deseo,
persiguiendo en tinieblas lo ignorado
y perseguido a mi vez por el anhelo
de volver a soñar, y a huir del sueño.


II

He viajado a la calle más vacía
de un oscuro desierto de avenidas
para buscar la música escondida
en la noche secreta de la infancia




ESTIRPE HUIDA

                         A Miguel Ángel Molinero

¿Dónde hallarían los hippies, ahora, el agua primordial?
¿Sobre que colinas alzarían sus voces los profetas del amor?
¿Cómo avivarían las llamas de su frágil hermandad?
El brillo chispeante de las fogatas
es una estrella fugaz
en el ceniciento reino de las luces de neón.

Los que conocen el precio de su deber
huyen con los pies desnudos
en un río de cristales rotos.

Extraños mutantes airean las viejas banderas
de las tribus primitivas.
Un hedor caliente los convoca.
Pagan los diezmos del crimen
y entonan cínicas plegarias.
Ofrecen sus cuerpos en el altar de la impostura.
Carne que se oferta
en el mercado de renta variable.
Su destino escondido en un impulso digital.

Una estirpe huida guarda su palabra sagrada,
un latido de código abierto
para viajantes desarmados.

El estiércol se filtra en los veneros de la razón




SUEÑOS AJENOS

I

Eres hijo de un sueño ajeno
perdido bajo un océano de hielo.
Pienso en mi cuando te escribo
frases que el agua disuelve
apenas esbozadas.
Entiéndeme: han pasado mil sueños
desde que vi a un hombre suplicar la nada.
También el dolor empapaba el alma del poeta
que deambulaba moribundo por Vía Lamarmora
aspirando volutas de asco y desamparo


II

No lo sabíamos entonces,
en los días llenos de la urgencia de vivir.
Era simpático disfrazarse de Bogart,
tomar un bourbon seco,
subir emocionados en el cine-cohete
y desafiar los tiempos venideros.
La vida no era un juego perdido de antemano


III

Con tu voz, ahora llega la voz de aquel marino,
su bondad hundida
y esa luz que baja desde La Rhune
haciendo verde la hermosa armonía del tiempo inocente.
Hay travesías más largas que la razón.




FIN DE VIAJE

Ognuno sta solo sul cuor della terra
traffi to da un raggio di sole;
ed è súbito sera
(S. Quasimodo)


I

He buscado la emoción en la muralla de las tardes incendiadas
cuando la soledad no era más que un presagio,
una herida en el corazón adolescente.

He gozado intensamente mi fortuna y he agostado
discursos, penitencias, afanes, vanidades.
La pasión oculta en cada esquina del ignoto laberinto

No he querido huir de mi conciencia
de sus atrevimientos y perezas.
No es asunto menor el dolor de la renuncia

Una gota de sangre se desliza
por el tiempo marrón de las fotografías.
Mi libertad es ahora mi silencio


II

El alma es una sombra de cenizas
que vuelan en la noche hacia el desierto
soñando que dibujan un verso imaginario,
un símbolo disuelto por el viento
entre dunas de arena sin memoria

Porque somos tiempo y azar

Se acerca invisible el fi nal de la aventura
Lo que pudo ser ya fue



RETRATO EN EL ESPEJO

He jugado a vivir en un espejo
arañando el azogue contra el tiempo,
escarbando laberintos de memorias,
abriéndome los poros con uñas de acero.

Bajé por galerías de luz agonizante
dibujando fantasmas arbitrarios.
Me asomé, ensimismado, a un precipicio.
Descendí hasta el último peldaño
y encontré por fi n, allí, mi fi el retrato,
tres calles más abajo del infi erno




Su autor confiesa que es un «resumen de su experiencia vital», y aclara que la amargura, melancolía y soledad que planean sobre estos versos no significan que le acompañe una biografía desdichada. Nada más lejos de la realidad. «Pero el alimento de mi poesía es esa parte más sombría, la hecha de temblores íntimos, de tonos crepusculares. La vida no es solo luz. También son las sombras», afirma Díaz consciente de que «bucear en la intimidad de cada uno siempre es un ejercicio muy delicado y fundamentalmente tiene interés si lo consigues traducir a un lenguaje poético». 

Y él celebra haber llegado a esta meta. Si no considerara que así es nunca habría accedido a publicar Sueños de jazz (Sapere Aude). Aunque siempre ha escrito poesía, e incluso algún poema publicó, nunca se pensó con el arrojo para alumbrar un poemario completo. Guardaba estrofas, conservaba versos, algún poema incluso venció el paso del tiempo.

Pero este libro nació cuando logró escribir el poema que le da título. 

«Tenía un sueño infantil que era obsesivo y conseguir hacer ese poema fue una liberación. Mucho tiempo después escribí el segundo, Retrato en el espejo, también muy significativo para mí. A partir de ahí pensé que había logrado ese estilo», observa el vate que, aunque reconoce el eco de todo su intenso periplo vital en estos versos y sus lecturas -guiadas en muchos casos por sus amigos Miguel Ángel Molinero y Agustín Delgado-, advierte una presencia importante de esa infancia como «etapa en la que se graban de una manera más especial esos sentimientos que luego te acompañan a lo largo de la vida, que no serán los únicos, pero sí dejan un sello indeleble en no pocos aspectos».





Valentín Díaz

Por Luis Ortega · marzo 6, 2016

Mar mediante y presente la definición, acuso recibo de la esperada epifanía poética de un intelectual honesto y un hombre bueno, duplicidad extraña en tiempos poco propicios para la lírica y la convivencia. La revelación de Valentín Díaz – anticipada sólo en juicios certeros, metáforas felices, currencias en conversaciones prosaicas – me devuelve la confianza y la fe en la poesía, que nunca es estado (ni siquiera de gracia), sino visión del ideal, centella que llega y brilla cuando quiere y que, ante ella, tanto da comprender como temblar. Para nominarla, acudió a un título redondo (el acierto que bendice un libro) y a una expresión musical, su amado jazz, compuesta por cualidades únicas como el swing (la cadencia que vuelve a la palabra persuasiva); el sonido, que refleja la personalidad del intérprete, y la improvisación, sinónimo circunstancial de la libertad imprescindible. Al respecto de ese género música, Henri Matisse aludió a los valores de ritmo y significado que encajan con la obra de un burgalés, viajero de la literatura por el camino de la verdad, atento al nacimiento espontáneo, como la hoja del árbol, y cuidoso en la perpetuación de sus instantes de gloria. “Me reconozco una gran exigencia en la elaboración y depuración de cada verso; busco claridad, densidad y musicalidad” escribe quien no se considera un poeta y que, para pasmo de ingenuos y aviso de arrogantes, marca en diecisiete palabras un derrotero eterno de la lírica. En el prólogo Pérez Barredo descubre un “soliloquio luminoso pese a nutrirse de sombras del que no se puede escapar (ni el autor ni el lector) ni salir indemne” y que nos lleva por los ámbitos soñados y ausentes, por la sima del azogue, las decadencias, las venganzas y los boleros que las conducen al infierno, por las estirpes en fuga, la diáspora asentada en unos ojos negros y la busca del “milagro de ser y de ocultarme”. Introducidos por la cruel lucidez de Borges – “La vieja mano / sigue trazando versos / para el olvido” – once haikus – ¿azares, hallazgos, deseos, afirmaciones? – ponen pausa al camino de fulgor y peso y a las doce estancias en las que un hombre solo recupera el hálito de la niñez y el latido del universo y vierte, con la delicada e implacable constancia de la gota de agua que horada la roca, noticias, evidencias, credos y esperanzas: “Quizá escucho a Dios / cuando suenan las notas del gran Beethoven”. Tras el paréntesis, el regreso hacia “la emoción en la muralla de las tardes incendiadas, cuando la soledad no era más que un presagio, una herida en el corazón adolescente”. Una pobre recensión para un gran libro, “Sueños de jazz” (Sapere Aude, 2016).


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