viernes, 18 de marzo de 2016

ADERITO PÉREZ CALVO [18.253]



Aderito Pérez Calvo  

[Cuenca de Campos  (Valladolid), 1925 - Valladolid 2012].   
Aderito Pérez Calvo, tras concluir su vida laboral como agricultor, se anima a escribir lo que ya, quizás, tenía imaginado, emprendiendo nuevas sendas con su creación literaria.

La pasión por el paisaje castellano, por la naturaleza de su entorno vital –la comarca de Tierra de Campos–, por los hombres que habitan en esas campiñas con sus costumbres –humildes o épicas– y sus oficios y tradiciones, serán la base inspiradora en la que se fundamenta su poesía, inmersa, por lo común, en un naturalismo ruralista.    

Los metros tradicionales y los clásicos –esencialmente el soneto– serán los soportes estéticos de sus composiciones, cargadas de nostalgia –o bien de elogio– por un tiempo (y sus moradores) que ya ha desaparecido y que solo, a través de la invención  literaria,  es posible recobrar.  

Su hija, la pintora María José Pérez Ceinos, realizó los hermosos dibujos que ilustran las portadas y el interior de sus libros. 

Obras

Poesía

Renacer –Premio Inserso Castilla y León 1992–. (Prólogo de Pedro Gómez de Santamaría). 1993.
Recuerdo de Castronuño. 1993.
Huellas. (Prólogo de Carlos Medrano). 1995.
El despertar de Pintia. 2009.

Prosa

Cuenca de Campos, ayer. (Ensayo histórico). 2003.


Para una más completa información humana, bibliográfica y de la trayectoria poética de Aderito Pérez Calvo, véase el amplio prólogo del poeta Carlos Medrano al ya anotado poemario Huellas. También las dos siguientes referencias:

http://www.elnortedecastilla.es/20120902/local/valladolid/villafrades-rinde-homenaje-poeta-201209021905.html

http://villafrades.net/noticias/2012/120901.html





MAR

Breve tu nombre, inmenso en contenido.
Por ti, los que soñamos en Castilla,
vemos en el trigal la maravilla
de tus ondas marinas, tu latido.

Brotarán de tu salado seno:
los principios de vida germinal,
saurios y rojas crestas de coral,
con el divino aliento y sabor pleno.

Galopas sin cesar hacia la orilla, 
la luna te cabalga y pone freno,
amazona de plata va en tu silla. 

En busca vas del límite terreno,
profundo espejo donde mira y brilla
ese cielo tan alto y tan sereno.




INSINUACIÓN DEL PASADO

No es fábula, pues yo jamás quisiera
que el paso de un momento ya vivido
como fábula solo se creyera.
Mi memoria luchó con el olvido
y consiguió que al menos perviviera
un hálito de amor por lo existido,
rescoldos de cenizas todavía.
Solo está el hombre, pide compañía.




CELESTE CARRO

Sin yunta, la lanza sola
se ha quedado deslumbrante
en la quietud de la noche,
celeste carro triunfante.
Llorando Juno decía:
¡Ay los cuatreros del aire!
Que se lleven las mulillas
donde no las verá nadie.
Vuela Can, Pegaso corre;
ha sido un lucero errante
el que me llevó las mulas.
¡Que las vuelva a su atalaje!
Antes que llegue la aurora
quiero que mi carro avance
sobre calzada de estrellas,
mis pies sobre ruedas marchen.




ROSALÍA DE CASTRO

¿Quién te vistió de luto, Rosalía,
musa de las campanas y el orvallo?
En tu estatua, Santiago, yo me hallo;
toma esta flor que es de Castilla y mía.
Si yo te hiciera ver lo que sentía
el labrador, que en todo fue vasallo,
tal vez rectificaras algún fallo
sobre tus segadores de aquel día.
Tu mirada de musgos y verdores
no contempló serena los colores
de estos llanos de harina y lejanía.
Me están llegando espumas de tus mares,
aquel triste dulzor de tus cantares,
las “follas novas” de tu poesía.




TITIRITERA

Me cortas el aliento.
Milagro tu paseo por el aire.
Titiritera niña eres donaire.
Iluminan la luna
tus pies en el alambre al caminar,
golondrina al cruzar
por ese estrecho paso de fortuna.
Me cortas el aliento
y me pones el alma en movimiento.




OCRES Y VERDES

A Lázaro Sánchez Lobón


Nací sobre una tierra de colores,
donde el fuego del sol se vuelve arcilla;
aprendía a caminar en la amarilla
desolación de llanos y de alcores.

Me dieron estos campos sus amores
cuando les di mi pecho por semilla.
La entraña agradecida de Castilla
con el pan me entregó sus resplandores.

Esta Tierra de Campos me hizo austero, 
cubriéndome en ropajes franciscanos,
viví entre los barbechos y rastrojos

con el afán heredado y tesonero.
Encallecieron mis enjutas manos
y en busca de la luz fueron mis ojos.



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